Alimentar al fantasma

Jorge Luis Borges decía que la necesidad de poner orden al caos es inherente al ser humano, pero es una necesidad estéril pues no hay forma de ordenar el universo para ajustarlo a nuestra propia naturaleza, la cual en gran parte desconocemos. Tan solo podemos aspirar a intentar nombrar lo que percibimos. En este sentido, escribir sería un intento de ordenar la realidad. Claro que, a poco que profundicemos en el concepto de realidad, nos asalta el análisis que de la misma hace el filósofo alemán Kant, cuando afirma que esta es una mera construcción mental. No existe una realidad como tal en sí misma, únicamente existe la percepción e interpretación que de esta hacemos.

Una vez asentada la premisa entre realidad y percepción, asumimos que esta última es interna, pues todo estímulo externo que nos llega pasa por los filtros de los datos y las distintas categorías mentales que poseemos a la hora de interpretarlo. En esta realidad subjetiva en la que vivimos, lo invisible (el mundo de las ideas, que diría Platón) se plasma, funde y confunde con lo visible, dando un sentido a nuestra percepción.

Hay todo un imaginario colectivo que se alimenta de mitos y símbolos de las distintas culturas que forman parte de la memoria o conciencia social humana. De este imaginario se nutren las distintas artes, como la escritura.

Entre los mitos griegos más legendarios está el mito del minotauro, una bestia mitad hombre, mitad toro, al que el rey Minos acabó encerrando en un laberinto, y al que había que entregar cada año un buen número de jóvenes para saciar su voraz apetito. Adentrándonos en el simbolismo de este mito, vemos que el minotauro representa la dualidad del ser humano, la lucha entre la razón y el instinto, entre el bien y el mal que conforma nuestra naturaleza. El apetito de la bestia no tiene fin y requiere de sacrificios continuos entre la población de los atenienses. La cruenta sangría solo puede detenerse acabando con el animal, con ese monstruo cuya conducta ha sido alimentada durante años. Quizás, cuando Teseo mata, por fin, al minotauro, no solo está liberando a Atenas de la tiranía de la bestia, sino a la propia bestia del encierro y oscuridad en la que vive.

Decía el dramaturgo, filósofo, novelista y poeta, Johann Wolfgang Goethe, que «allí donde hay mucha luz, la sombra es más negra». Quizás, precisamente porque el artista se nutre de ese submundo imaginario, cuánto más grande es la luz que lo ilumina y asiste en su creación, también más grande es la sombra que le acecha y atrae hacia ese abismo en el que se sumerge.

En el misterioso poema de Edgar, Alan Poe, El cuervo, se hace patente la angustia que oprime el alma del escritor, en duelo por la pérdida de su amada. La muerte, el denso silencio, la oscuridad y la nada que se cierne sobre el autor, se personifica en ese pájaro negro, que da voz a sus pensamientos en forma de esa frase repetitiva: «nunca más».

Los fantasmas están dentro de nuestra mente. Todos tenemos demonios internos a los que enfrentarnos, espectros con los que cargamos, siendo el mayor de todos ellos el propio miedo. Podemos alimentar al fantasma o deconstruirlo para darle una forma más bella; quedarnos en su oscuridad o devolverlo al mundo en forma de grito universal, poema, oda, elegía, cuento, alegoría que hemos macerado en nuestro tintero hasta dar con la cadencia que precisa para mostrarse. Nuestro fantasma puede ser un pájaro, como en el caso de Poe, un golpe a nuestra puerta a media noche o un gato negro, que va extrayendo porciones de nuestra memoria hasta saltar y dejarse caer por nuestros dedos sobre el teclado.

El resultado de nuestra obra, tanto literaria como personal, estará condicionado por nuestro proceder con ese fantasma. Podemos encerrarnos con él y con una botella de vodka y escribir como los poetas malditos, tratando de ablandarlo con la bebida, o podemos cultivarlo como a un bonsái, cuidarlo primorosamente y hacer que florezca.


Manuela Vicente Fernández (Ourense, España).

Poeta, narradora y columnista literaria. Dirige el blog grupal Nosotras, que escribimos, desde el que difunde la voz de autoras contemporáneas. Socia de AMEIS (Asociación de Mujeres Escritoras e ilustradoras) y del colectivo REM (Red Internacional de Escritoras de Minificción). Ha publicado cuento, microrrelato, poemas y diversos artículos en revistas nacionales e internacionales. Su obra ha obtenido diversos premios. Ha publicado reseñas literarias en revistas de crítica especializada (Contrapunto, Kopek, Revista Moon Magazine…) labor que realiza habitualmente en la revista Culturamas. Sus microrrelatos han sido recogidos en antologías y revistas sobre el género: Revista Luzes (A Coruña, Galicia); Brevilla (Chile), Plesiosaurio (Perú); Inmediaciones (Bolivia); Letras Itinerantes (Colombia); Consultario (México); Pájaros y Nomenclaturas (México); Liebre por gato (Infolibre, España), etc. Su poemario Piel Atópica, finalista del I Premio de Poesía Las Nueve Musas, fue publicado en abril de 2021.


Fotografía: cortesía de la autora.

Crédito de imagen:
Martín Olivera.
Óleo sobre tela 100×100 cm.

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