El Soplo

El soplo que barre el polvo
y despeja los caminos
el que separa la semilla de la paja
y desnuda la brasa en la ceniza
el soplo de Ometéotl
que alzó el cielo a sus alturas
y distinguió lo cerca de lo lejos
el cielo de la tierra y cada día
del largo tropel del calendario
el soplo que avivó el tonalli
que te trajo al mundo
y que hoy te da de respirar
de alimentarte de aire
de vivir la vida tuya
a ritmo con sus fuelles
(el que sopla aire y el que sopla sangre)
el soplo ese en fin que a fin de cuentas
será lo último de ti lo último
que de ti recibiremos.


Ana

Dido —dicen—
tuvo merced de mí
escatimándome la espada
con que también yo
habría cortado
mis lazos con la vida.

Que por piedad de mí
me apartó de su designio …

Llegué tarde hasta ella sin aliento
rogándole a dios:

“Si un último suspiro
aún vaga entre sus labios deja
que yo lo tome entre los míos” …

Ese beso —dicen—
espantó a la muerte de mi espalda.

Pero ¿qué sabe nadie
del sabor a sombra de esos labios?

De ellos bebí yo el aliento
que me condenó a vivir.


Aire vivo

No me oyes con el oído interno
como oían los apóstoles a Dios
los locos su locura y cada quien
a sus fantasmas y sus sueños.

No. Tú me estás oyendo ahora
como se oye una voz cualquiera cualquier día
—un ladrido el mar la lluvia— me oyes
fuera de ti con tus orejas mundanas
comunes y corrientes.

Y sin embargo te espanto
como cosa de otro mundo.

Abres grandes los ojos. Miras
a un lado y otro. Tiemblas
como un cachorro apartado de su madre.
Porque te acaba de constar que puedo
mover los muebles de tu cuarto
como se mueve la ouija en su tablero.
Y abres los ojos y te agitas
porque también te consta
que en cambio tú no puedes
ni verme ni tocarme.

Aparte de mi voz no tienes
más indicio sensorial de mi presencia
que un aire levemente enrarecido
que a veces sopla y desbarata el orden
y a veces se remansa como ahora
dejando tus papeles cerniéndose en el aire. 

Pero no soy un espectro ni un demonio.
Soy aire —aire vivo— una voluta
que olvidó en el mundo
el eón primogénito —Simón
Simón el mago.

Formándome a mí a la manera
en que Zeus acumulaba nubes
—casi sólo con quererlo—
quiso probarle a Pedro
que su teúrgia no sólo era mejor
que la de Jesús y sus apóstoles
sino además más poderosa y limpia y amplia
que la de su demiurgo el vano
desprolijo iracundo Jehová.

No soy pues ultraterreno. Soy apenas
más denso que una brisa. Un hálito
que pasa murmurando por tu estudio.

Soy un nuevo Adán
hecho de aire en vez de lodo.
 Soy el soplo —sólo el soplo—
que infunde vida y vivo para siempre
sin hallar un pecado nuevo una nueva culpa
para salir de este Edén sin triunfo
sin manzana y sin condena.

Por eso vengo a ti
a ver si tú con tus artes puedes
volverme al aire como vuelve
el polvo al polvo y la ceniza a la ceniza. 


Francisco Segovia (Ciudad de México, 1958).

Lexicógrafo, traductor, ensayista y poeta. Durante años ha trabajado en el Diccionario del español de México. Sus últimos libros de poesía son: Escenario y Cala de poemas. En 2022 fue coeditor de Primer amor (Antología de poesía amorosa), que reúne los poemas de amor más antiguos en 52 lenguas o fases de esas lenguas.


Crédito fotográfico: Sebastián Machado.

Crédito de imagen:
Francisco Navarro Ruiz.
Eros I.
Encáustica sobre tela.
Museo Centro Cultural Texcoco.

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