La infancia no viaja y otros poemas

La infancia no viaja

La infancia no viaja.
Se hace vieja, atrás.

Fernanda García Lao

1.

Cocuyos decían algunos

“bichos de luz”

verano

lejos de las manos que los encerraban

en el vidrio

nosotros esperábamos la noche

para bailar con el brillo en los párpados

el mundo era un cuadrado de pasto

siempre a medio crecer

los perros         las bicis

y el calor que llegaba

con chicharras y siestas

no había aún herida en el canto

ni cenizas enterradas

todo respiraba con el mismo ritmo

el río   la lengua   las pieles

pero la infancia no viaja

es luciérnaga que envejece

en un mapa invertido

2.

Hay una voz desterrada que persiste en mis sueños.

Vicente Huidobro[1]

Vuelve la lengua. Siempre. Una y otra vez. La lengua. La voz. Tu piel. Desde la mudez deslenguada del que ha perdido la tierra.

¿Y si no hablo? ¿Si no hablara más? ¿Si hiciera un pacto con el ángel caído?

¿Si me perdiera en el fondo abisal del sur? ¿Si hiciera de la palabra un puro deseo? ¿Si dejara los sonidos en el fondo del río? Barro. Huesos.

Sueño con una moneda en la tráquea. Una moneda oxidada como voto de silencio.

3.

Me avergüenza ese instante en que las sílabas se traban. No es error. No es tropiezo. Es la historia que corre por mis venas. Es la memoria que fractura lo que vendrá. Seré huesos tartamudos.

¿Quién habla allí?

Shibboleth

Hubiera muerto yo con los cuarenta y dos mil balbuceantes efraimitas. No es tropiezo, dice el Libro de los Jueces.

No es la belleza de la voz

es el riesgo oculto en el sonido.

¿Te irías? ¿Te perderías, entonces, en el marrón rojizo de mis ríos? ¿Te volverías también tú un puro silencio astillado?

¿Cómo desaparecerías si no te quedara más remedio?

¿Si el centro del río te absorbiera?

¿Si te hubieras vaciado de palabras?

4.

Entrar en la pampa como se entra al mar

dejando todo en la orilla

bien doblado lejos del agua

cada tanto un grupo de árboles

y el mito de la tierra fértil

cultivaban papas en el fondo del jardín

de ahí nos vienen, ma, las manos de campesinas

las venas marcadas las palmas fuertes

lo tenían prohibido y los cosacos eran implacables

aunque fueran sólo tres latas con algunos brotes

el bisabuelo les recitaba versos que un joven Bialik

escribía en el pueblo vecino

mientras alguien imaginaba ya la ciudad asesinada

aquí edificios y montañas parecen una sola cosa

únicamente las distingue el ruido

casi escribo “la sordera” para hablar del silencio

trampas de la añoranza

Un día lo hice (creo):

dejé todo en la orilla

y seguí el camino de las hormigas

como si entrara al mar.

5.

Cocuyos decían algunos

También quise huir / borrarme / sembrar mi lengua en el desierto  

voz desterrada / aterrada que arrulla el balbuceo en un frasco

bichos de luz

caranchos

no todo es trigo y huesos en esa patria

que se hace vieja, atrás


Mapas II

como en las trazas de un cuerpo quemado
el mapa produce territorio
María Auxiliadora Álvarez

Mapas, me dicen.

Ciudades, pueblos, calles.

Cartas marinas.

Continentes apenas imaginados.

Montañas, ríos.

Y nuestros pasos encima para poblar el encierro,

para volverlo aire y juego.

Fuego.

Recuerdo las piernas tatuadas.

Las voces de la selva. Los gritos.

Las desplazadas.

Éxodo.

La memoria en la piel.

Hoy no es el amor.

Aunque te extrañe.

Aunque me duelan las manos de tanto no tocarte,

como ya lo escribiera alguien más.

Hoy son los mapas.

Los pasos del miedo.

Vuelvo a la madriguera.

Sobre el piso dibujo tu cuerpo.

¿Podré aún recordar cada curva, cada pliegue, cada cicatriz?

La memoria es punzón que me graba en la carne la ruta distante de tu aliento.

“Todo mapa es una isla”, escribe Alberto Blanco.

Y yo leo “Todo mapa es una vida”.

Como nuestra historia.

Iba a hablar de errores. De confusiones.

La India que es América.

Mares que son ríos.

Lenguas nunca antes oídas

Aunque al decir “nuestra historia” pensé en tu voz

en nombres equivocados

en sinuosos recorridos al borde del abismo

“Todo mapa es una vida”.

El cuerpo quemado

marcado

bruciato

                            grieta

                                         quiebre 

                                                       quie

                                                                     bre

verano que arrasa

y se pega a las piernas de las que huyen

un bulto

más un niño o dos

atravesar el monte

agua

grieta en la tierra sedienta

quemada

marcada

 bruciata

tatuados los caminos

los signos cardinales

cardenales

azules

golpes tan fuertes en la vida

heridas que no cierran

sed que mastica polvo

monte sin viento

abrasado

¿Te acuerdas todavía?

Yo podría recorrerte con mi lengua distante

para aprender una a una tus palabras secretas

                            tu voz más oscura

                            tu sabor más violento

soy el aquí de tu allá cada vez que amanece

en nuestros infinitos mapas superpuestos

Mis pasos circulan sobre mis pasos

una vez y otra y otra más

Alguna vez fuimos distintas

hoy sólo soy este caminar sin fin

hacia un horizonte ausente

Mapas, me dicen.

Ciudades, pueblos, calles.

Cartas marinas.

Las trazas de un cuerpo quemado.

Tantas veces pensando en cenizas

y encuentro ahora estos restos

nada casi

arrullo

pedacito de hueso

Nota: La fotografía pertenece al proyecto Signos cardinales de la colombiana Libia Posada.


La arena del silencio

Llevo dentro de mí los desiertos, la arena caliente del silencio.
Edmond Jabès

1.

Tengo el recuerdo de un nombre

en la punta de la lengua,

por eso exploro las pieles

como quien busca un tesoro.

Eso te dije la mañana del encuentro

intentando explicarte mi sed de desierto.

Tengo el recuerdo de un nombre.

Sonidos brumosos, sílabas,

una cierta tibieza en el oído,

y la historia del ángel aquel

-viejo cuento de arrullos en idisch-

que se lleva en un beso la memoria

del recién nacido.

Por eso exploro las pieles

como quien busca un tesoro,

ávida y metódicamente,

te dije la mañana del encuentro

al despertar nadando en tu vientre marino,

sal de todas las sales

para mi sed de desierto.

2.

Desierto escribí y fue la noche de Iquique cayendo sobre el Pacífico.

Doce mujeres me contaron sus historias. Hoy las tengo envueltas en papel de China.

Tenían hijos o nietos. Miedos y deseos.

Una cargaba amorosamente a su bebé. Se llamaba Mirta y era paraguaya.

La mayor llevaba ahí casi veinte años.

Tomamos té y hablamos de libros como si fuera un encuentro cualquiera.

Cada tanto repetían: “Desde acá no se ve el mar”. 

La misma nostalgia de horizonte que mi padre tiene en la mirada.

Algunas eran casi adolescentes,

como nosotras cuando escuchábamos la cantata de Santa María.

Cerca del penal vi un letrero que decía “Peligro tsunamis”

“Señoras y señores, venimos a contar,

aquello que la historia no quiere recordar

pasó en el norte grande, fue Iquique la ciudad

1907 marcó fatalidad.”

Las laderas de los cerros estaban rojas de atardecer,

y yo recordé de pronto un momento que fue sólo nuestro

frente a este mismo océano.

Caminé entonces durante horas por la costa,

extrañándote, y avergonzada de estar afuera.

3.

Desierto escribí y un aire caliente me cubrió brazos y piernas.

Fuego oscuro en medio del pecho.

La luz que me obligaba a cerrar los ojos, la arena clavada en la piel.

¿Qué tengo que ver yo con cuarenta años de éxodo?

¿Qué historia también mía asoma en la sonrisa de mi madre,

o en las manos dulces de mi abuela?

Me reconozco acaso en la travesía,

en la mirada que extranjera ansía una palabra que dé raíz.

Sin rezos ni velas cada viernes

cargo un libro desde hace siglos.

Lo deletreo buscando tu nombre,

agua fresca de tus islas para mi sed.

Soy la que camina hacia la última frontera

Valla de acero

Tren en marcha

Cuerpo agrietado

Desierto escribí

Mil, dos mil, cinco mil,

Y tantas más que quedan en el camino.

¿Qué tengo que ver con el frío que hiere en las noches?

Albergue

Refugio

Ven que te llevo de la mano.

Te cubro con mi abrazo

Cargo tu mochila

Beso tus llagas

Qué tengo que ver con el desierto

Sal de todas las sales

Para mi sed


Sandra Lorenzano (Buenos Aires, Argentina, 7 mar. 1960).

Narradora, poeta y ensayista “argen-mex” (vive en México desde 1976). Creadora honorífica del Sistema Nacional de Creadores de Arte y académica de la UNAM. Entre sus libros se encuentran los poemarios Vestigios (Pre-Textos), Herencia (Vaso Roto) y Abismos, quise decir (Premio Nacional de Poesía Clemencia Isaura 2023, Círculo de poesía), así como las novelas Saudades, Fuga en mí menor, La estirpe del silencio y El día que no fue (Alfaguara, 2019). Su publicación más reciente es Herida fecunda, XV Premio Málaga de Ensayo (Páginas de Espuma, 2024). Su obra ha sido publicada en numerosas antologías tanto de México como del extranjero. 

Actualmente se desempeña como Directora de la sede de la UNAM en Cuba.


Fotografía: Cecilia Núñez.


[1] Citado por Sylvia Molloy en “Vivir entre lenguas”.

Más popular

Dejar un comentario