El enigma del manuscrito: la escritura como truco y revelación

Por Askari Trejo.

La mano es mágica, dicen los ilusionistas; también lo afirman los escribas y los poetas. La historia de la escritura es la historia de un truco: la mano traza signos, dibuja palabras antes de que la mirada las descifre por completo. En cada signo escrito hay un acto de premonición, un gesto donde la realidad se transforma en lenguaje y el lenguaje en permanencia.

Cuando el ser humano comenzó a escribir, la letra no era letra, sino dibujo, garra, cueva, silueta de un animal en fuga. Los primeros alfabetos fueron jeroglíficos, signos prestados de la naturaleza, trazados con una economía exacta: la serpiente no se traza con más ondulaciones de las necesarias, el sol es un círculo, el trono es un triángulo. La mano que dibuja es la misma que domestica el símbolo y lo reduce a lo justo.

Las tablillas de arcilla en Mesopotamia, los papiros egipcios, los códices mayas, las escrituras talladas en piedra: todas compartían algo en común—su peso—. La palabra era densa, grabada en la materia, destinada a durar tanto como la piedra o el pergamino lo destinaran.

Escribir es un acto físico, un esfuerzo de la mano por dejar marca en el mundo. Las palabras deben sentir la mano, transmitir su danza, su demora. La escritura es una hazaña contra la marcha y la prisa del pensamiento actual. Ya no hay pausa entre idea y palabra. La mano le da presencia a la palabra, le concede un peso antes de quedar fija en el papel. Quien escribe a mano insiste en la reflexión, en la lentitud, en la espera. Es un acto de rebeldía contra el vértigo de los tiempos.

Con la era digital, la escritura ha dejado de revelar la personalidad de su autor. Se ha vuelto un trazo uniforme y mecánico; no obstante, existe una tipografía, una disposición en la hoja digital, pero las palabras han perdido el temblor del pulso humano.

El pulso impreso en la palabra transmite otro poema, otra escritura. La caligrafía no solo traduce el pensamiento, también lo prolonga, lo reescribe en cada curva, en cada inclinación del trazo. Cada letra contiene un temblor, un eco, una intención que la mecanización no puede replicar. El poema no es solo un decir, sino la forma en que se dice. La inclinación de la ‘a’, el espacio entre las sílabas, el resquicio de aire que deja la palabra en la página, todo ello es un segundo lenguaje, una inscripción secreta dentro de la escritura misma.

La escritura a mano es un conjuro personal. Las letras adoptan la personalidad del escritor: la indescifrable receta de un médico, la nota de un enamorado, el testimonio de un preso en la pared de su celda. Cada trazo de la mano es un signo de identidad, una huella en el tiempo. Escribir a mano es recordarle al mundo que la palabra no es solo significado, sino también ritmo, movimiento, respiración; sobrevive siglos, pero también desaparece. Las palabras en piedra se erosionan; en papiros, se deshacen; en servilletas, se vuelan con el viento. ¿Qué es, entonces, escribir? ¿Es un acto de permanencia o de desaparición?

Quizás escribir sea el truco de hacer que algo efímero parezca eterno, y tal vez la historia de ese truco nos revele una dimensión más amplia de la magia de escribir a mano.

Un día, un hombre se agachó sobre la arena y trazó una línea. Nadie puede asegurar la forma de aquel primer signo: un surco de significado o el gesto del azar. Pero sí que la escritura nació como un intento de permanencia. Desde ese incipiente trazo, la humanidad ha escrito su historia en piedra, en papiro, en pergamino, en papel, en el código binario, en el bit y en el humo de las señales.

Moisés descendió del monte Sinaí con las manos pesadas de mandamientos. La ley quedó esculpida con la permanencia de quien pretende hablar por los siglos. Pero también con la fragilidad de quien ignora si su testimonio perdurará, pues los mandamientos fueron quebrados antes de que la memoria colectiva pudiera asimilarlos. Así, la escritura ha oscilado siempre entre la permanencia y la pérdida, entre la promesa de eternidad y la certeza del olvido.

Los antiguos egipcios confiaron su voz a los papiros, cuya fibra vegetal, bañada de tinta, guardó los registros de los muertos y de los dioses. Los escribas, con pétrea paciencia, sabían que la tinta es el sudor del tiempo y la plasmaban en jeroglíficos con la precisión que los muertos prometen en el más allá. Pero los papiros se desmoronaron con los siglos, como si los dioses hubieran reclamado el secreto de su propia invocación.

Mientras tanto, en otro rincón del mundo, los códices mesoamericanos tejían genealogías y augurios en la piel curtida del venado. Escribieron su historia con imágenes que hablaban con la claridad del relámpago. Pero el fuego de la conquista redujo esa piel a cenizas, y la escritura del pueblo mexica se alzó en humo, se extinguió en sombra.

La imprenta de Gutenberg multiplicó la palabra escrita y la hizo viajar por las huellas de Marco Polo, pero también la encerró en cárceles de papel: libros censurados, quemados por inquisidores, prohibidos por dictadores. Al margen de esos textos canonizados, alguien siguió escribiendo en las paredes de una prisión, grabando con las uñas el testimonio de su existencia.  En cada celda, en cada campo de concentración, una mano dibujó una frase, una fecha, un nombre. Esos muros, esos papiros improvisados, resistieron el viento de la historia mejor que muchas enciclopedias. Cartas lanzadas al mar, encerradas en botellas como súplicas para nadie. Epigramas esculpidos en lápidas, donde un nombre y dos fechas enmarcan el resumen de una vida. Frases en la piel de los enamorados, donde la tinta se mezcla con la sangre para prometer lo que ninguna escritura puede garantizar: la permanencia absoluta.

Pero todo escrito está destinado a perderse. La imprenta se oxida. Los códices se deshacen en polvo. Los muros se derrumban. Lo que queda no es el papel ni la piedra, sino la insistencia de volver a escribir. Porque la escritura no es el trazo ni la tinta, sino la necesidad de que alguien, en algún lugar, encuentre una marca y sepa que ahí hubo una voz, que ahí estuvo un ser humano diciendo: “Yo fui, yo soy, yo seré.”


Askari Trejo (México).

Es ingeniero, activista ambiental y poeta, cuya obra propone un diálogo entre la poesía y la ingeniería como formas complementarias de interpretar y transformar el mundo. Su propuesta literaria se inscribe en una tradición que encuentra en el número y el ritmo una puerta hacia el ser, evocando a los pitagóricos, quienes vieron en las proporciones matemáticas el latido mismo del cosmos. Así como Leonardo da Vinci conjugó ciencia y arte en su búsqueda incesante, Trejo explora la téchne de los griegos —esa unión entre la técnica y la poética— como un espacio fértil para construir una narrativa en la que lo humano, lo natural y lo mecánico dialogan en armonía.

Autor de la plaquette La anatomía del silencio (2018) y con textos publicados en revistas como Periódico de Poesía, Punto de Partida (UNAM), Tropo a la uña y Revista Calibán, Trejo también ha llevado su propuesta a encuentros de poesía en la Ciudad de México. En estos espacios, ha encontrado lectoras interesadas en cómo su obra traduce el lenguaje frío de la técnica en una poética que late, reflexionando sobre la sostenibilidad, la tecnología y el impacto humano en el entorno.


Crédito de imagen: Francisco Navarro Ruiz.

Título: Luna Roja.
Técnica: Encaústica sobre tela.
Colección: Museo Centro Cultural Texcoco.

Más popular

Dejar un comentario