Por Mijail Lamas.
Texto leído el 4 de agosto del 2024 en el homenaje en el homenaje póstumo del poeta Héctor Carreto, en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes (México).
En 1979, el poeta mexicano Héctor Carreto publicó el libro de poemas Volver a Ítaca. En este volumen traza las características propias de un yo poético que será clave para el entendimiento de una buena parte de su obra. Vale la pena decir que este sujeto de la enunciación lírica, es la instancia de enunciación que desde el territorio del texto se desenvuelve y actúa, dando paso a su vez a las diferentes situaciones enunciativas. El yo lírico, el que habla en los poemas, tiene sus propias peculiaridades, puesto que «…la formalidad de la poesía obliga al cuestionamiento de la intención y del sujeto. Obliga a una función ética: elegir la necesidad para ser un Yo” que significa» (Blasing). Es decir, el poema obliga a la construcción de una subjetividad y es de esta subjetividad, que habita los poemas de Héctor Carreto, de la que hoy quiero hablarles.
El yo poético que de forma hábil delinea Héctor Carreto en sus poemas, no es una entidad del todo estable, pero si definida, puesto que sus cualidades estilísticas y temáticas habrán de desenvolverse de forma constante en muchos de sus libros: un yo que se calza el nombre del héroe clásico del mito grecolatino o del héroe moderno, en el caso de Superman o el del poeta epigramático (sobre todo a la manera de Catulo y Propercio). Pero en esta personalidad, que es a la vez refinada y heroica, se mezcla el pathos del hombre común, el burócrata, al que muchos hoy en día podrían identificar con el epíteto de godín: «yo era Ulises, modesto empleadillo de banco…»
Este sujeto, cuya medianía, define el estado de la clase trabajadora aspiracional de finales de los ochenta y que en nuestros días se desdibuja, producto de una terrible precarización laboral.
La existencia de la instancia enunciativa en los poemas de Carreto, que se articula en el anacronismo en el que se mezclan el pasado clásico y el tiempo contemporáneo, tal vez pueda explicarse con ayuda del filósofo alemán Walter Benjamin y su concepto de imagen dialéctica expresada en unos de los abundantes y variados apuntes contenidos en ese montaje caleidoscópico que sus editores titularon como Libro de los pasajes:
No es que el pasado arroje luz sobre el presente, o lo presente sobre lo pasado, sino que imagen es aquello en donde lo que ha sido se une como un relámpago al ahora en una constelación.
Este concepto ha sido desarrollado de forma fragmentaria y dispersa por el filósofo alemán en trabajos tan disímbolos como sus Tesis sobre la filosofía de la historia (1940) y el antes mencionado El libro de los pasajes (1983), en ellos plantea la posibilidad de un espacio (imagen) donde convergen diferentes temporalidades, mediante un método que interrumpe la linealidad histórica, cuyo fetiche, es el progreso como acumulación de capital y productor de plusvalía.
Este método, el de la producción de la imagen dialéctica, permite al pasado, sobre todo «aquel que resplandece en un momento de peligro», introducirse en nuestras imágenes del presente (Eagleton 95). Esto ofrece la posibilidad para que el poema construya imágenes dialécticas con un potencial emancipador, como cuando en el poema «Lección de historia» de Héctor Carreto, se denuncia el devenir humano como búsqueda insaciable de la ganancia como máximo fin:
De niño fui Jasón:
deseaba una dorada medallita.
Para obtenerla
tuve que pasar el visto bueno
en las aduanas de la escuela.
Después me convertí en Lope de Aguirre:
para alcanzar ciudades de oro
crucé selvas de mar
y mar de selvas
matando enanos y gigantes;
fue la aventura.
Ahora me llamo Mr. Golden
y me basta una firma
para obtener el
cuerpo dorado de afrodita.
El yo poético en los poemas de Carreto es uno y muchos, es materia mutable de la historia y su voz es denuncia. Este yo poético también devela el deseo cubierto por el manto del mito, por una influencia clínica, supongo, del psicoanálisis freudiano, que pone en evidencia el Edipo mismo de nuestro Señor Jesucristo en la jocosa Respuesta de dios a la «Confesión de San Héctor»:
Mi madre se ajustaba una media
con lujo de detalles.
¡Qué espectáculo, San Héctor,
qué delicia!
Como podemos leer, para Héctor Carreto el poema es el espacio en el que el sujeto enunciador muta de forma variable, de tal manera que la instancia enunciativa que Carreto construye le cede la voz a otros personajes, como cuando por llamada telefónica, el personaje del poeta es reprendido por la musa ya que este se atrevió a describirla «con palabras de epitafio»:
Escúchame: no escribas más como geómetra abstraído,
en un lenguaje de cristales que entrechocan,
capaz de pintar una batalla como ramo de madreselvas.
Confía en el instinto: que tus labios refieran con orgullo mi talento en el baile, mi afición por el vino.
Al leer la poesía de Héctor Carreto podemos intuir que él pertenece a un linaje de poetas que huyen de la expresión tiesa y solemne, al linaje al que me refiero también pertenecen Renato Leduc o Salvador Novo, cuyo arsenal frecuentemente fue disparado contra al poder y sus representantes hegemónicos, el yo poético de Carreto, consciente de esta herencia, echa mano del epigrama para detonar, en medio del atroz silencio, bombas como esta:
Ha muerto Octavio, señor de esta casa.
Le sobreviven sus gatos.
¿A quién le corresponde beber el vaso de leche?
Antes hablé de linaje, por lo que me parece importante mencionar al poeta Miguel Guardia y su poema «El retorno», sin duda un eco constante en los poemas en los que Héctor Carreto hace actuar a los héroes, ya sean clásicos o modernos. Guardia escribe en su poema «El retorno» las siguientes líneas:
Ya no hay héroes ¿me oyes? Ya no hay héroes:
todos asisten diariamente a una oficina
y son buenos empleados y trabajadores;
todos están casados y tienen hijos innumerables;
Uno no puede dejar de pensar en los versos de Guardia cuando en El Testamento de Clark Kent leemos el testimonio de Martha Kent sobre su prodigioso hijo:
[IV. LA MADRE EVOCA]
Era un niño normal, como todos.
Después de sus labores escolares,
mientras otros hacían rodar su bicicleta,
mi hijo volaba muy bien, y muy alto.
Pero, ya ve usted, mientras uno crece
le hacen trizas los sueños,
ya en el colegio, ya en oficinas,
los amigos, las mujeres.
Mi Clark no vuela más.
Ahora es un hombre de bien,
anclado a un paralítico escritorio;
un hombre, como dicen,
con los pies en la Tierra.
Finalmente hay otro personaje que habita los poemas de Héctor Carreto, el que sueña y vive en Habitante de los parques públicos y en Clase turista, un yo poético mucho más autorreferencial. En estos dos libros los poemas son un vagabundeo azaroso por geografías familiares y extranjeras, transfiguradas por el sueño y la memoria.
Quiero terminar diciendo que, a diferencia de mis colegas, yo sólo conocí tres veces a Héctor Carreto, la primera, un tanto distraídamente, fue en 2006, en el 1er Encuentro Iberoamericano de Poesía Ciudad de México, organizado por los poetas que posteriormente se reunieron alrededor de la Revista electrónica Círculo de Poesía. Ahí lo escuché leer algunos poemas del “Testamento de Clark Kent” como diálogo y respuesta al poema de «Tarzán» del poeta peruano Arturo Corcuera. La segunda vez fue leyendo sus poemas de forma más atenta y reseñando sus libros a lo largo de los años, robándole, como algunos personajes de sus poemas, horas al trabajo en oficinas de gobierno. Finalmente, coincidimos como jurados de un premio de poesía centroamericana. Los dos concordamos con el libro ganador, argumentando firmemente contra el tercer jurado. Desde entonces mantuvimos una simpatía que solíamos refrendar con algún comentario o saludo amistoso por las redes sociales. No hay más anécdotas, solo esta sincera admiración a su poesía que hizo coincidir la ironía crítica y breve del epigrama grecolatino con el tono conversacional y exteriorista de la poesía latinoamericana, el erotismo desacralizado y no pocas veces el humor, sus poemas son dardos envenenados contra la poesía oficial, la mojigatería pequeñoburguesa, la cortesanía burocrática y la grilla cultural. Salve Héctor Carreto.

Mijail Lamas (Culiacán, México, 1979).
Poeta, traductor y maestro de escritura creativa. Tiene un MFA en Creative Writing por la University of Texas at El Paso. Ha publicado los libros Contraverano (2007), Cuaderno de Tyler Durden seguido de Fundación de la casa (2008), Trevas. Canción del navegante de sí mismo (2013), El canto y la piedra (2017), Un recuento Parcial de los Incendios, selección de poemas 2007-2017 (2022) y Memoria deldesierto (2023). Tradujo las antologías Lluvia oblicua. Poesía portuguesa actual (2018), ¿Lo diría mejor el tiempo? Un siglo de poetas portuguesas (2020) y [corset], de Beatriz Hierro Lopes. Ha obtenido el accésit del X Concurso de Poesía Ciudad de Zaragoza 2011, el Premio de Poesía Clemencia Isaura del Carnaval Internacional Mazatlán 2012 y el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen (poesía) en 2023. Fue editor en jefe de Rio Grande Review, revista del Creative Writing Program de la University Of Texas at El Paso. Es uno de los editores de la revista electrónica Círculo de Poesía.
Créditos de imagen:
Fotografía de Héctor Carreto cortesía de Dana Gelinas.
Fotografía del autor: Leticia Palma.







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