Dra. Rocío García Rey
“Torna a llorar el hombre /
con desgarradas lágrimas de siglos [… ]”
Margarita Paz Paredes
Cuando tenía entre 14 y 15 años, descubrí tres libros señeros para mí: Litoral del tiempo, de Margarita Paz Paredes (1922 – 1980) Las vírgenes terrestres, de Enriqueta Ochoa y El otoño recorre las islas, de José Carlos Becerra. Puede adquirir los libros gracias a mis ahorros y, además, porque la edición, recuerdo era francamente barata: Lecturas Mexicanas. No supe que libro abrir primero. No recuerdo qué poema fue el primero que leyó aquella adolescente hambrienta de poesía y poemas. Lo que sí recuerdo es que hubo dos textos que, como enamorada del anhelo revolucionario, quise durante mucho tiempo tatuar en mi memoria. Se trataba de “Carta desintegrada” y “Es viernes y pienso en ti”. Sí, anhelaba que llegara a mi vida un “camarada” para leerle aquellos poemas de Margarita Paz Paredes que han quedado como impronta en mí.
El presente escrito no tiene que ver únicamente con lo anecdótico, sino con plantear la riqueza del lenguaje poético de Paz Paredes. Dicha riqueza que la autora presenta en diferentes tonos a través del único libro que parece que existe, sólo para los afortunadas(os), que lo tenemos, debiera ser propalado hacia las nuevas generaciones.
Litoral del tiempo es una compilación que contiene, por ejemplo, un solo poema del primer poemario de la autora: Sonaja (1942). El poema se titula “Yo nunca tendré calma”. El poemario se publicó cuando Paz Paredes contaba con apenas veinte años y, al menos, el poema citado tiene todo el rigor del tratamiento del lenguaje figurado, llevado sin ningún rasgo de lacrimoso, a un gran tema: la muerte. La propia muerte. En los poemas que aquí comentaremos el tema metafísico es innegable.
Antes de pasar propiamente al comentario de los escritos, me pregunto por qué aun tratándose de mujeres, que lamentablemente no hemos formado parte del gran canon, sigue habiendo escritoras cuya producción está colocada incluso en márgenes más extremos, como es el caso de Paz Paredes. Litoral del tiempo es una joya invaluable que no ha vuelto a ser editado.
Consciente estoy de que algunos estudiosos de su obra la ubican más hacia el poema de brega, el poema político, que efectivamente también cultivó. Es precisamente por esta maestría en el desplazamiento de temas a lo largo de su trabajo como poeta, que también escribió textos a América Latina, a Genaro Vázquez, a Salvador Allende. Pero ahí no se agota la riqueza ni la brega poética.
El mundo como oquedad
En Filosofía y poesía, la filósofa, María Zambrano, entre otras cuestiones afirma: “En la poesía encontramos directamente al hombre concreto, individual [,,,] La poesía es encuentro, don, hallazgo por gracia.”[1] Si de acuerdo a Zambrano la filosofía a lo largo del tiempo ha “menospreciado” a la poesía por su falta de “método”, podemos decir que el discurso poético de Margarita Paz Paredes puede ser un hallazgo por gracia, no religiosa, sino precisamente de pensamiento, de cavilaciones acerca de la existencia humana. ¿Y qué halla? En “Yo nunca tendré calma” y “A veces llora del hombre” encuentra y pule la palabra para exponer el vacío de la existencia. La perene finitud y dolor del hombre.
En ambos poemas hallamos un campo icónico sólido que sostiene el hecho poetizado, la imposibilidad incluso de nacer para conocer, en algún momento, el placer, La alegría. El hombre está condenado a lo yermo que en el mismo habita. Esto lo observamos sobre todo en “A veces llora el hombre”. Hay incluso cierta vecindad con el tratamiento de algunos cuentos de José Revueltas, por ejemplo: “Cuánta será la oscuridad”.
En el poema que a continuación comentaremos. “Yo nunca tendré calma”; la voz lírica es un yo que enfrenta a la muerte. Brega y ese yo (que inferimos es en femenino) saldrá vencedora: “No acallará mis ansias ni aquietará mi cuerpo.” Hay un planteamiento, al principio, muy cercano, a una idea de resurrección, en tanto permanezca lo opuesto a Tánatos, el Eros: “Renacerán mis besos”. El beso, aunque sabemos que existe el mítico beso de Judas, generalmente simboliza amor – vida en muchos sentidos. Es así el Eros el portador de la resurrección.
Es en la tercera estrofa cuando la voz lírica le habla a alguien y lo exhorta a no dolerse por la muerte. Es en esta estrofa donde aparece la palabra arcoíris. “Yo no quiero que tú/ te sientes a la orilla / de tu gran amargura/ a llorar mi partida/ hasta que el arcoíris /tranquilo del olvido/ ilumine las lágrimas /de tu hosco sufrimiento, y te encienda la risa/ y te seque los ojos (pp.15-16) El arcoíris es el momento de calma. De acuerdo con el Diccionario de símbolos, compilado por Nerio Tello, leemos: “Después de las lluvias, une el arcoíris el cielo y la tierra; además para muchas culturas es una manifestación divina de carácter benevolente […].[2] El dolor por la ausencia será permanente, que hará que sea Tánatos quien habite lo que se transforma – en términos figurados – en el gran páramo donde solo habitará un dolor hiperbolizado que: “ni crecerá una flor”.
Aun con lo planteado en la estrofa tres, en la cuarta y última la salvación a quien le hable estará en la cuasi resurrección. “Las ansias”. El oxímoron se construye, porque la soledad estará llena de las palabras de la ausente: “[…] esperarás que suenen / con tu abismal silencio/ las horas del crepúsculo. Es así como, ni arcoíris, ni deidad alguna puedan bregar contra el páramo de la muerte y la desolación. La gran salvación está en la misma poesía, en el lenguaje, en las palabras.
Revisemos ahora, el poema “El anhelo plural” de 1948. Este texto es sumamente cercano al que comentamos anteriormente, aunque en éste hallemos una vertiente proclive a una mirada existencialista: el hombre – humanidad se halla en una orfandad perenne que lo coloca en la desolación durante toda su existencia.
La vida es inútil, y en ese sentido, es acaso un accidente de vida. El sufrimiento por la misma existencia viene de siglos: “A veces llora el hombre / con desgarradas lágrimas de siglos, / como si fuera el último superviviente náufrago del mundo. /
Estos versos que resuenan un hondo dolor creo que hallan cierta cercanía con la visión cuasi nihilista – existencialista.
Avanzamos en el poema e inferimos que el universo que construye Paz paredes es el de una humanidad que perece continuamente al no hallar un ancla de vida. Por eso: “[…] sólo puede caminar con pasos de fantasma” (p. 32, estrofa 4) Lo único extendido es el miedo que, en la hiperbolización, se vuelve el pavor infinito que estremece al hombre.
La anáfora “A veces llora el hombre” es un recurso paradójico, porque a lo largo del poema, es el llanto eterno el que hace que la reproducción del hombre sea también causa de ausencia de esperanza. De hecho, como una matrioska pintada de dolor, la estrofa siete dice: “cuando el mundo se olvida / de que el hombre ha llorado/. (p. 32)
Aun cuando en la estrofa ocho parece que habrá una vuelta de tuerca, que nos hace creer en el renacimiento y en la liberación de la pertinaz angustia, el invierno abarca de nuevo la angustia. Es así que el hombre está permanentemente preso en la angustia existencial. “Y la gema de leche/ de su honda poesía / le ilumina la entraña sosegada del llanto/ (p.33).
La alusión a la leche es la metáfora del hombre – infante, que aun cuando es alimentado, simbólicamente no crece porque la vida es el páramo absoluto y extendido que es habitado por la oquedad, por ello la agonía es constante.
La vida en este poema es “el todavía no”, en términos de Kosellek; es decir el tiempo de espera. Cuando la poeta finaliza el poema da cuenta que es imposible que el hombre no enfrente la aniquilación, porque desde su origen es agónico.
En la penúltima estrofa hay otro giro hiperbólico para acentuar más el sufrimiento. “Torna a llorar el hombre / con desgarradas lágrimas de siglos / y antes que el grito asombre /al silencio del alba /agoniza en los labios la canción infantil de la esperanza.
Paz Paredes en “A veces llora el hombre”, crea el mundo de los abismos en el que ni siquiera el Creador puede bregar contra eso que en toda existencia habita: la oquedad de la existencia.
No me queda más que concluir que la óptica para estudiar a Paz Paredes debe ser más amplia, para no hacer de ella un estereotipo literario.

Rocío García Rey (México, 1971).
Doctora en Letras por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es tallerista de la Facultad de Estudios Superiores Acatlán – UNAM y del Museo Universitario del Chopo. También es profesora en la FFyL-UNAM y en la Universidad La Salle. Escribe poesía, ensayo y artículos académicos.
[1] Zambrano, María. Filosofía y poesía, México, FCE, 2013, p. 13.
[2] Tello, Nerio (compilador), Diccionario de símbolos, Buenos Aires, Kier, 2009, p. 21
Fotografía: cortesía de Rocío García Rey.







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