Lucrecia: entre Shakespeare y Sor Juana

Elsa Cross

Dos de los sonetos de Sor Juana Inés de la Cruz que se han clasificado como “Histórico-mitológicos”, están dedicados a un episodio que influyó poderosamente para poner fin a la sucesión de los antiguos reyes de Roma, dando paso a la república: la violación de Lucrecia, hija y esposa de nobles romanos, por Sexto Tarquinio, hijo del séptimo y último rey de Roma, Lucio Tarquinio, llamado El Soberbio.  

Las circunstancias de este hecho y sus tremendas consecuencias políticas hicieron que, de entre tantas violaciones como ha habido en el mundo, esta, que ocurrió en el año 510 a. C., trascendiera hasta nuestros días. Dan noticia del suceso Tito Livio en su Historia de Roma desde su fundación (I, 58-60), y Ovidio, que lo retoma en sus Fastos (Libro II, 24). Pero en tanto que Tito Livio hace una narración histórica del suceso, Ovidio lo transforma en un poema, que sirvió de inspiración directa a Shakespeare.

Un siglo antes de la muerte de Sor Juana, Shakespeare tomó el episodio como tema de uno de sus dos grandes poemas narrativos, que son poemas de juventud: el que se llama precisamente La violación de Lucrecia (The Rape of Lucrece, 1594), que siguió a Venus y Adonis (Venus and Adonis, 1593); ambos poemas dedicados al Conde de Southampton. Me parece interesante contrastar la versión de Shakespeare y la de Sor Juana acerca de este suceso, y es lo que, brevemente, intenta hacer este texto.

En principio habrá que tomar en cuenta una diferencia importante, y es que a los 28 versos de los dos sonetos de Sor Juana, se contraponen los 1855 del poema de Shakespeare, lo cual implica necesariamente un enfoque muy diferente en los dos textos, así como distinta velocidad y concentración en el tratamiento del tema.

Shakespeare puso como prólogo de su poema el argumento de esta historia, que sigue bastante puntualmente el hecho tal como es narrado por los autores latinos. Este es de los muy pocos textos de Shakespeare que no es poesía ni teatro. Por este interés, y dado que es el mejor antecedente del propio suceso, lo presento a continuación, en traducción mía.

El argumento

Lucio Tarquinio (por su orgullo excesivo apodado el Soberbio), después de provocar que su suegro Servio Tulio fuera asesinado cruelmente y, en contra de las leyes y costumbres romanas, sin pedir ni atender los sufragios del pueblo, luego de haberse apoderado del reino, en compañía de sus hijos y otros nobles de Roma, fue a poner sitio a Ardea. Durante este sitio, los hombres principales del ejército se encontraron una noche en la tienda de Sexto Tarquinio, hijo del rey, y en sus discursos después de cenar, cada uno alabó las virtudes de su propia esposa; entre estos, Colatino exaltó la castidad incomparable de su esposa Lucrecia. En ese ánimo festivo todos se dirigieron a Roma; e intentando con su llegada secreta e intempestiva  poner a prueba lo que cada uno había pregonado antes, solo Colatino encuentra a su esposa (aunque era tarde en la noche) hilando entre sus doncellas; a las otras señoras las hallaron bailando, divirtiéndose o en diversas andanzas. En consecuencia los nobles le dieron la victoria a Colatino y a su esposa la fama. Entonces, habiéndose encendido Sexto Tarquinio con la belleza de Lucrecia, pero sofocando sus pasiones, por lo pronto, volvió con los demás al campamento; de donde poco después se regresó en secreto, y fue (de acuerdo con su condición) regiamente recibido y alojado por Lucrecia en Collatium. En la misma noche él se introdujo a traición en la recámara de ella, la forzó con violencia, y al amanecer huyó de prisa. Lucrecia, en este predicamento lamentable, envió presurosa mensajeros, uno hacia Roma a su padre, y el otro al campamento a Colatino. Llegaron, uno acompañado de Junio Bruto, y el otro de Publio Valerio; y encontrando a Lucrecia vestida de luto, le preguntaron la causa de su dolor. Ella, haciéndoles jurar primero que la vengarían, reveló al autor [del crimen] y toda su forma de proceder, y luego de modo repentino se apuñaló. Con esto, unánimemente juraron desarraigar a toda la odiada familia de los Tarquinios; y llevando el cadáver a Roma, Bruto dio a conocer a la gente el culpable y el modo del vil suceso, con amargas invectivas contra la tiranía del rey; con esto la gente se conmovió de tal manera que con una sola voluntad  y por aclamación general, exiliaron a todos los Tarquinios y el gobierno del estado cambió de reyes a cónsules.[1]

Shakespeare sigue en su poema -–que con algo más habría podido convertirse en una de sus tragedias— la línea de acción que describe el Argumento. Sin embargo, el énfasis del poema reside en la conciencia de los personajes: la sucesión de los hechos ofrece al autor un buen pretexto para desplegar las espléndidas descripciones de los estados de ánimo de Tarquinio y Lucrecia, con sus pensamientos y luchas interiores. No hay solo un hilo narrativo ornamentado, como en otros autores de la época, sino esa reflexión que equilibra dos densidades, una lírica y otra filosófica, dando mayor fondo al poema.

Entre los típicos juegos retóricos renacentistas, llenos de una dialéctica de paradojas y antítesis, y que fueron ampliamente cultivados tanto por Shakespeare como por Sor Juana, vemos en el poema shakespeareano cómo se contraponen, se contrastan, se combinan la belleza y la virtud de Lucrecia, que tienen incluso flores y colores emblemáticos. Pero no muy lejos todavía de un espíritu medieval, hay casi una personificación de las virtudes y los vicios, que a veces dan forma a rebuscadas alegorías: compiten la Virtud –-blanca— y la Belleza –-roja—de Lucrecia, y producen “Esta guerra callada de lirios y de rosas”.

Aunque la descripción de cada circunstancia del poema no escapa de dar un juicio moral sobre los personajes y los eventos, el mayor énfasis está puesto en los movimientos internos de conciencia, un flujo de pensamiento que aquí se desenvuelve más libremente que en un drama. A la lucha –-involuntaria en Lucrecia–  entre la belleza y la virtud, que el poeta se ha limitado a describir, en la conciencia de Tarquinio se debaten el deseo y el temor. Él mismo sopesa el riesgo de la acción que desea cometer: “For one sweet grape, who will the vine destroy?” (200).  “Por una uva dulce, ¿quién destruiría la viña?” O bien:

               What win I if I gain the thing I seek?
A dream, a breath, a froth of fleeting joy:” (211)

               “¿Qué gano yo si obtengo lo que busco?
Un sueño, aliento, espuma de gozo pasajero.”

Tarquinio también está consciente de que poseer a Lucrecia representará una infamia hacia Colatino, que es su amigo (e históricamente era su primo). Y sus frías consideraciones sobre el mal que entrañaría su acción entran en lucha con las cálidas imágenes de la belleza de Lucrecia, que terminan por vencer, cuando invocando a Amor y Fortuna toma la decisión de cumplir su deseo.

A la extensa descripción, casi cinematográfica, de Lucrecia dormida –mejilla, mano, cabello, senos, venas, piel (de alabastro), labios, mentón–, sigue en una secuencia muy lenta cómo cada parte de su cuerpo desata y enciende aún más el deseo de Tarquinio, y la comunicación instantánea y secreta que en Tarquinio va del ojo a las venas, de las venas al corazón, del corazón al ojo, del ojo a la mano, y de la mano al seno de ella.  Da el poema entonces un giro hacia una imagen de cetrería: Lucrecia empieza a oír sus palabras como un ave doméstica las campanillas del halcón.

Tarquinio ya ha sostenido la gran lucha con su propia conciencia, y al llegar a Lucrecia le dice simplemente que si no accede a sus deseos, le dará muerte a ella y a algún esclavo que dejará en sus brazos, diciendo que él los ha matado al encontrarlos juntos; esto, para eterna deshonra de ella y su marido. Pero si cede, todo quedaría en una complicidad silenciosa: “I rest thy secret friend”. A los argumentos que Lucrecia opone a lo largo de una docena de estrofas, Tarquinio responde con la amenaza del principio.

Cuando después de haberla violado Sexto Tarquinio se va, con un sentimiento de insatisfacción y tristeza, la atención del poema se vuelve hacia Lucrecia, que entra en una serie de diálogos consigo misma, de consideraciones y luchas internas. Increpa a la Noche, equiparable al Caos; a la Ocasión, que favorece más al pecado que a la virtud; al Tiempo y los males que trae consigo. Pide que se castigue a Tarquinio de tal modo que llegue al punto de tener miedo hasta de su propia sombra. Después de la dilatada lamentación, dice: (p. 1016)

               Out, idle words, servants to shallow fools,
               Unprofitable sounds, weak arbitrators (1016)

               “Fuera, ociosas palabras, siervas de tontos vanos
               Sonidos sin provecho, endebles árbitros”

Es a partir de aquí que empieza a considerar el suicido como única salida honrosa para ella y Colatino, aduciendo numerosas razones. Un precedente así no puede quedar sin respuesta; su muerte no solo es lo único que puede lavar la honra sino que además garantizará el castigo del violador. Se ha aducido que la Lucrecia de Shakespeare es más isabelina que romana, pues alude indirectamente a Platón y Boecio lo mismo que a un claro espíritu cristiano, pero el personaje lleva a cabo su designio de pedir ser vengada y darse muerte después.

Volviéndonos ahora hacia Sor Juana, el primero de los sonetos tiene como título o explicación “Engrandece el hecho de Lucrecia”, y el segundo “Nueva alabanza del hecho mismo.” Los reproduzco a continuación:

Engrandece el hecho de Lucrecia

¡Oh famosa Lucrecia, gentil dama,
de cuyo ensangrentado noble pecho
salió la sangre que extinguió, a despecho
del Rey injusto, la lasciva llama!

¡Oh, con cuánta razón el mundo aclama
tu virtud, pues por premio de tal hecho,
aun es para tus sienes cerco estrecho
la amplísima corona de tu Fama!

Pero si el modo de tu fin violento
puedes borrar del tiempo y sus anales,
quita la punta del puñal sangriento

con que pusiste fin a tantos males;
que es mengua de tu honrado sentimiento
decir que te ayudaste de puñales.

Nueva alabanza del hecho mismo

Intenta de Tarquino el artificio
a tu pecho, Lucrecia, dar batalla;
ya amante llora, ya modesto calla,
ya ofrece todo el alma en sacrificio.

Y cuando piensa ya que más propicio
tu pecho a tanto imperio se avasalla,
el premio, como Sísifo, que halla,
es empezar de nuevo el ejercicio.

Arde furioso, y la amorosa tema
crece en la resistencia de tu honra,
con tanta privación más obstinada.

¡Oh providencia de Deidad suprema!
¡Tu honestidad motiva tu deshonra,
y tu deshonra te eterniza honrada![2]

Sor Juana, al igual que Shakespeare, plantea como asunto principal de estos poemas la cuestión del honor. Sin que dejara de ser importante en la Inglaterra isabelina, en España –-y sus colonias–  fue, como sabemos, una cuestión crucial. De modo que esa virtud que defiende al honor con la propia vida, es muy claro motivo de alabanza en el primero de los sonetos de Sor Juana, si bien la cuestión del suicidio es siempre incómoda, y tal vez tratan de atenuarla los últimos versos:

quita la punta del puñal sangriento
con que pusiste fin a tantos males;
que es mengua de tu honrado sentimiento
decir que te ayudaste de puñales.

Hay cierto sesgo, con un subtono irónico, donde se cuestiona el “honrado sentimiento” que tal vez debería haber bastado para que Lucrecia muriera, sin necesidad de apuñalarse. En el orden del poema puede verse que el “puñal sangriento” no pertenece a la esfera de elementos que rodean a Lucrecia: lo gentil, lo noble, la virtud, la honradez. A Tarquinio –-que Sor Juana caracteriza como el rey y no como su hijo— corresponden la injusticia, la lascivia, la violencia. Y entonces parecería que la verdadera violación es llevar a Lucrecia a ejercer también un acto violento, si bien por su honra. Tal vez por esto mismo, tiene un poder especial, en “la sangre que extinguió, a despecho / del Rey injusto, la lasciva llama”. La “amplísima corona” de la fama de Lucrecia, como una corona del martirio, es el contrapunto del “puñal sangriento”, que no debe prevalecer en los anales del tiempo.

En el otro soneto aparece Tarquinio desplegando todos los recursos de la seducción:

ya amante llora, ya modesto calla,
ya ofrece todo el alma en sacrificio.

La resistencia de Lucrecia lo enardece más, haciéndole recurrir a otra estrategia, para al final tener que empezar otra vez cuesta arriba, como Sísifo, hasta que “Arde furioso”. A la resistencia de Lucrecia se opone la obstinación, esa “amorosa tema” que “crece en la resistencia” de la honra, con otro posible sesgo,  en este caso erótico. En femenino, ‘tema’ es porfía, obsesión, la idea fija de un loco.

En contraste con la Lucrecia de Shakespeare, que es quien hace uso de argumentos y toda la persuasión de que es capaz, para disuadir a Tarquinio de su intento, de la Lucrecia de Sor Juana solo sabemos que opone una resistencia como de muralla;  no hay mayores matices, ni se juega más con el frecuentado tópico de la ciudad sitiada. Termina el soneto con un juego de opuestos:

¡Tu honestidad motiva tu deshonra,
y tu deshonra te eterniza honrada!

Hay también un contraste evidente con la concepción shakespeareana de Tarquinio, quien no intenta seducir ni convencer a Lucrecia, una vez que se ha convencido a sí mismo de lo que quiere hacer; simplemente la amenaza y la viola. Es desde luego más interesante la posibilidad de la seducción, que es la que utiliza Sor Juana –y que Shakespeare desarrollará magistralmente en Ricardo III, enla escena entre Ricardo y Lady Anne.

En ese  segundo soneto de Sor Juana, Tarquinio no logra seducir a Lucrecia cuando intenta “dar batalla” a su pecho. Tarquinio se ha puesto el ropaje del amor y la modestia, “ya ofrece toda el alma en sacrificio”, dice el soneto. Pero Lucrecia opone la resistencia de su pecho que no se avasalla ante “tanto imperio”. El elemento del ‘pecho’ se repite y será el mismo “ensangrentado noble pecho” de Lucrecia, el que recibirá el puñal.

Vale la pena comentar al margen que tanto Shakespeare como Sor Juana se habrían quedado sin argumentos si hubieran seguido más textualmente el relato de Tito Livio, donde no hay ningún forcejeo, ni oposición, por parte de Lucrecia, quien cree que es su marido quien entra a la alcoba.

Aunque necesariamente han tenido que quedar fuera de estos comentarios muchísimos elementos, sobre todo del poema de Shakespeare, se puede establecer un contraste en la distinta interrelación de los dos personajes: el Tarquinio de Shakespeare, se impone por la fuerza, y Lucrecia argumenta para disuadirlo. En Sor Juana es Tarquinio quien argumenta para seducir, y ella quien opone la fuerza de su virtud. Entre innumerables razones que podrían buscarse para estas diferencias, dejo abierta la pregunta, para estudios de género, de si lo que separa los dos diferentes tratamientos del tema tendría que ver con la distinta psicología masculina y femenina de los dos autores.  


[1] “The Rape of Lucrece” en Shakespeare, Narrative Poems, [Chicago, The Signet Classic Shakespeare, 1968], p. 91 s.

[2] En Sor Juana Inés de la Cruz,  Obras completas I. Lírica personal [México, Fondo de Cultura Económica, Biblioteca Americana, 1988]  p. 281 s.


Elsa Cross (Ciudad de México, 1946).

Poeta, ensayista y traductora. Ha publicado muy numerosos libros de poemas en México y nueve países más. Ha recibido en México el Premio Nacional de Artes y Literatura (2016), el Premio Internacional Alfonso Reyes (2023) y muchos otros, tanto en su país como en el extranjero. Es doctora en filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México, donde es profesora titular de Filosofía de la Religión. También ha publicado libros de ensayo, de traducción de poesía, y la vasta compilación El Lejano Oriente en la poesía mexicana (2022).


Crédito fotográfico: Pascual Borzelli Iglesias.

Crédito de imagen: Fernando Leal Audirac.
Paisaje de sangre
110 x 140 cm. , 2019

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