Ada Zapata Arriarán
Objetos, seres y paisajes que se detienen en la contemplación a manera de postales, cuadros o fotografías alucinatorias. Sensaciones que pacientemente ritualizan la búsqueda desesperada de trascendencia hacia la unidad entre cuerpo y alma. Así es el estilo de Héctor Viel Temperley en Hospital Británico (1986), su última obra. Singularmente mística, nos entrega la prosa descriptiva del empírico juego de abalorios convocado por la imaginación y la locura en la enfermedad.
Esta obra conjuga el escenario religioso y sagrado con una particular mundanidad, íntima y surrealista. Temperley hace de la imagen, protagonista de metáforas abigarradas y sorprendentemente plásticas. Eucaristía del cuerpo erotizado y delirante, carnalidad herida de un afuera abismado, por el exilio de la enfermedad.
Invocación o diálogo del alma al cuerpo y del herido cuerpo al alma. El poemario parece describir el sacramento de una ostia que debe fagocitarse para alcanzar la comunión, hostia de desgarramiento empapada de incertidumbre.
La distante institución parece ser el lugar del revestimiento y la transformación, metamorfosis para dar cuerpo al alma y alma, al cuerpo ultrajado y abierto.
En el tiempo detenido y silente del poemario, el lector asistirá a una retorcida estética de luz y sombra. Sobre el deslumbramiento de la luz surge la oscuridad, traslucido adverso del reverso, regreso al origen, al útero y la semilla de la carne, la disipación de la raíz:
“Tengo la cabeza vendada. Permanezco en el pecho de la luz horas y horas. Soy feliz. Me han sacado del mundo (…) Alguien me odió ante el sol al que mi madre me arrojó. Necesito estar a oscuras necesito regresar al hombre. (…) El sol como las puertas, con dos hombres blanquísimos, de un colegio militar en un desierto; un colegio militar que no es más que un desierto en un lugar dentro de esta playa de la que huye el futuro”.
Las fechas al final de cada poema, pretendido diario o testigo del tiempo, registran una memoria en fuga, ajenidad separada del cuerpo. La pared de la clausura es la pantalla de la libertad. Como un lienzo blanco detona el espacio del viaje de la memoria seducida por la desintegración. Este tapiz o muralla abre la mirada al vínculo de la delgada subjetividad con misteriosas imágenes creadas por la imaginación poética. En Pabellón Rosetto se dice:
“Aquella blanca pared nueva, joven, que hablaba a las palmeras en una playa- enfermeras de pechos de luz verde – en una fotografía que perdí en mi adolescencia”.
Así se representa la enfermedad, como sacrificio y resurrección. En el martirio, santidad y convalecencia de Larga esquina de verano, surge este maravilloso ser y deidad, tótem poético y perverso enigma del enigma:
“La postal viene de un Christus Pantokrator que cuando bajo las persianas, apago la luz y cierro los ojos, me pide que filme su Silencio dentro de una botella varada en un banco infinito” (1985).
En la obra Hospital Británico, no poder llegar al lugar sagrado dentro del cuerpo, con una distancia que no se puede atravesar; es constante. Fascinación y suspensión en éxtasis. Permanente impasibilidad que no puede desentrañar la condena que lo habita:
“¿Quién puso en mi esa misa a la que nunca llego?”. Es difícil llegar a la capilla: “se puede orar entre las cañas en el viento debajo de la cama”.
La llamada a esta entidad que es el deseante, lúbrico cuerpo sensualizado, gravita entre la perdida enajenante y la necesidad de encarnarlo. El rostro y la cabeza, son lugares de revelación ante la locura y el arrobamiento de la desintegración. Las líneas de Tengo la cabeza vendada (texto del hombre en la playa) describen:
“El sol entra con mi alma en mi cabeza (o mi cuerpo- con la Resurrección-entra en mi alma)” (1984).
“Mariposa de Dios, pubis de María: Atraviesa la sangre de mi frente-hasta besarme el Rostro en Jesucristo” (1982).
Larga esquina de verano nos dice:
“¿Nunca morirá la sensación de que el demonio puede servirse de los cielos, y de las nubes y las aves, para observarme las entrañas? (…) Se nubla y se desnubla. Me hundo en mi carne; me hundo en la iglesia de desagüe a cielo abierto en la que creo. Espero la resurrección- espero su estallido contra mis enemigos-en este cuerpo”.
Sumergiéndonos en los apartados de Larga esquina de verano, la difuminada subjetividad poética refiere un tú que es un yo, ánima tan erotizada como ausente. Casi como si se pidiese su descenso a la tierra, la llegada y la resurrección de entre los muertos. No es otra la indócil alianza alquímica, la ligadura, la unión imposible con el mundo:
“Pero como sitiado por una eternidad, ¿yo puedo hacer violencia para que aparezca tu cuerpo? (…) Sin Tu Cuerpo en la tierra muere sin sangre el que no muere mártir; sin Tu Cuerpo en la tierra soy trastienda de un negocio donde se deshacen cadenas, brújulas, timones-lentamente como hostias- bajo un ventilador de techo gris; sin tu Cuerpo en la tierra no sé cómo pedir perdón”.
En suma, todo el mecanismo ritual del poemario parece destinado obsesivamente a conjurar la enajenación del cuerpo, el rapto de la enfermedad hacia la locura:
“Voy hacia lo que menos conocí en mi vida: voy hacia mi cuerpo” (1984).
En Tengo la cabeza vendada (textos proféticos) quizás se cumple con digresiones, el deseo de transcendencia, impenitente comunión y perversa reencarnación del cuerpo, donde es el cuerpo el que entra en el alma:
“Mi cuerpo-con aves como bisturíes en la frente-entra en mi alma” (1984).
De esta forma, lívida y carnal, se marca en estos versos la íntima y profana experiencia mística. Eternizando la institución de salud donde el autor estuvo internado a raíz de una operación en el cerebro. Artilugio personal de la locura, sinuosa biografía poética de su sorprendente, maravilloso y humano creador.

Ada Zapata Arriarán (Bolivia)
Poeta, ensayista y periodista cultural. Ha publicado los poemarios Fragmentos en el Aire, Ed. Gente Común, Bolivia,2008; El Sueño del Mundo, Ed. Ablucionistas, México 2022 y El Sueño del Mundo, segunda edición, Bolivia, Ed. 3600, 2024. Ha copublicado el libro de ensayos Apuntes de Cine (Ed. 3600, Bolivia, 2018) con 50 ensayos de su autoría. Editora y cofundadora de la revista digital de arte y cultura Palabras Más, ganadora del premio Eduardo Abaroa. Coeditora de la antología de textos Palabras Más, FAUTAPO, 2009, Bolivia. Sus poemas han sido traducidos al catalán, inglés, e italiano. Su obra esta difundida en varias antologías y ha participado en múltiples festivales internacionales de poesía en Bolivia, Perú, Argentina, Colombia, Brasil, México, Cuba y Centro América.
Fotografía: cortesía de la autora.







Dejar un comentario