Guillermo de Aquitania: el primer trovador

Elsa Cross

En el capítulo XXV de la Vita nuova, hablando de los dicitori d’amore, de los cantores de amor que usaron por primera vez una lengua vulgar o romance –-en este caso, la lengua de oc, hablada en el sur de Francia— para escribir poemas, dice Dante lo siguiente:

Y lo que movió al primero de todos ellos a versificar en lengua de sí, fue el deseo de que entendiera sus decires una mujer, a quien se le hacían de difícil entendimiento los versos latinos.[1]

Aquí Dante da razón de dos hechos: fue la lírica occitana o provenzal la que rompió por primera vez con el latín como vehículo de expresión literaria, y esta lírica fue fundamentalmente una lírica amorosa, dirigida a una ‘dama’. La explicación de Dante, por su sencillez y su belleza, me parece más convincente que las argumentaciones especializadas que tratan de explicar el origen de la lírica provenzal. Sin embargo, nunca dejará de ser un enigma, pues como Atenea, esta poesía apareció de golpe y armada ya de pies a cabeza.

El primer trovador occitano del que se tiene noticia fue un gran señor. Se dice que tal vez por eso se conservaron sus poemas; pero no hay referencias de poetas anteriores que escribieran en este estilo. Se trata de Guilhem o Guillermo IX, Duque de Aquitania y Conde de Poitou, prototipo del señor feudal y del guerrero, que combatió contra los almorávides de España y fue a la primera cruzada. Este duque, que fue abuelo de Eleanor de Aquitania y bisabuelo de Ricardo Corazón de León es, al mismo tiempo, el primer trovador.

En Guillermo de Aquitania pueden apreciarse por primera vez, muchas de las características que conservará la poesía de los trovadores posteriores. Documentos antiguos los describen así: “fue este audaz y valeroso, sobremanera alegre, superando incluso por sus muchos donaires a los juglares más graciosos”; otro dice que fue “fatuus et lubricus”; otro más le llama “enemigo de todo pudor y santidad”, y en la Vida que aparece junto con las de otros trovadores, leemos:

El conde de Poitou fue uno de los [hombres] más corteses del mundo, y de los más grandes burladores de damas, y buen caballero de armas, y liberal a la hora de cortejar. Supo trovar y cantar bien, y anduvo largo tiempo por el mundo engañando a las damas.[2]

Este es el primer trovador, negación aparente de lo que será la imagen tradicional y también estereotipada del trovador, cortejando a una dama “que siempre dice no” y con su aspiración a un amor casto. En Guillermo de Aquitania, sin embargo, están ya presentes muchas de las formas poéticas y de los temas que enriquecerá la lírica occitana de los siguientes dos siglos. Habla ya del temps novel, la primavera, como el tiempo del amor en que “los pájaros –-dice— cantan cada uno en su latín”; habla de amor, joi e jovén, o sea, del amor, el gozo y la jovialidad, que serán palabras claves en los poetas posteriores.

Uno de sus poemas, que se ha calificado como muy moderno, por su desparpajo, dice en la primera estrofa:

Haré un poema de la pura nada.
No tratará de mí ni de otra gente.
No celebrará amor ni juventud
ni cosa alguna,
pues fue compuesto durmiendo
sobre un caballo.[3]

Hay otras varias canciones suyas que tienen un carácter lúdico y lúbrico, y un lenguaje tan directo que solo se recuperó hasta el siglo XX. Una de estas canciones, que se ha clasificado como un “fabliau escrito en primera persona”, una fábula, probablemente crónica de algunas de sus andanzas, de proporciones épicas, da cuenta del tinte pícaro y cínico que estuvo también presente en la lírica occitana. Lo cito, sintetizando el comienzo que es un poco extenso.

Encontrándose a dos damas en el camino, el autor se finge mudo. Lo invitan a su casa y para cerciorarse que no divulgará las intenciones de ellas, una sugiere traer a su gato. Dice el poema:

Cuando hubimos bebido y comido,
me desnudé a su voluntad;
me pusieron detrás al gato
malvado y desleal
y una de ellas me lo extendió desde el costado
hasta los talones.

La otra, al punto, le tiró al gato
de la cola, y él arañó;
me hicieron más de cien heridas
aquella vez, pero yo no me habría movido
aunque me hubieran matado.

“Hermana”, dijo Inés a Emersinda,
“está muy claro que este es mudo.”
“Hermana, preparémonos para el deleite
y para el goce.”
Ocho días, y aún más, estuve
en aquel horno.

Las follé tanto como vais a oír:
ciento ochenta y ocho veces,
que no rompí por poco mi equipo y mi arnés;
y no os puedo decir la enfermedad
tan grande que cogí.

Monet, por la mañana irás de mi parte,
con este poema en el zurrón,
derecho a la mujer de Garín
y a la de Bernardo,
y les dirás que, por mi amor,
¡maten al gato![4]

En otro poema de Guillermo de Aquitania aparece la contraposición entre “cortés” y “villano”, que no solo se refiere ya a la corte y la villa, a lo noble y lo plebeyo, sino que lleva implícita toda la complejidad de connotaciones que la palabra “cortés” adquirió cuando fue utilizada por los trovadores, referida al amor. El amor cortés o la fin’ amors –-amor es de género femenino en lengua occitana— fue un amor muy distinto del que conoció el Occidente en todos los siglos anteriores.

Mucho se ha hablado de que fue un cambio muy radical, y que en las preferencias femeninas el brutal guerrero en armadura fue reemplazado por el trovador galante. Algo similar a la transformación de un rudimentario rinoceronte en un grácil unicornio, como describe la prosa extraordinaria de Juan José Arreola en uno de sus textos:

Vencido por una virgen prudente, el rinoceronte carnal se transfigura, abandona su empuje y se agacela, se acierva y se arrodilla. Y el cuerno obtuso de agresión masculina se vuelve ante la doncella una esbelta endecha de marfil.[5]

El poema sobre el gato de Emersinda, así como otros de tónica parecida, coexisten con este, donde está ya presente ese nuevo espíritu lírico que va a caracterizar el cambio al que dio origen la lírica occitana:

Nadie será de veras fiel
a Amor, si no se le somete,
y si con extraños y próximos
no es complaciente,
y si no se pone al servicio
de todos los que Amor hospeda.

Al servicio debe ponerse
de muchos el que quiere amar,
y conviene que sepa hacer
hechos corteses
y se guarde en corte
de hablar villanamente.[6]

Dice después, “Mi señora me ha puesto a dura prueba”, y “Antes quiero entregarme y rendirme a ella”, y “a otra no adoro”, y “¿Qué provecho obtendréis, noble señora, en que vuestro amor me rechace?” y  “…sabed que os amo tanto / que temo que el dolor me mate”, y “Ella debe escoger lo mejor para mí / pues sabe que es mi única salvación.” Etcétera.

¿Qué pasó aquí? se habrá preguntado más de un lector. ¿Es el mismo Guillermo de la fábula cínica? Sí, y los dos rasgos son profundamente occitanos, y están siempre presentes en los dos siglos de escritura trovadoresca, aunque responden desde luego a distintas inspiraciones y persiguen diversas metas. ¿Qué es ese amor que obliga a “hacer hechos corteses”, a amar y servir a una sola dama? Aunque estos motivos se convirtieron en poco tiempo en convenciones literarias y en estereotipos, de cualquier manera reflejan mucho de lo que ocurrió en la sensibilidad y las formas de trato amoroso.

El matrimonio era una institución feudal. Celebrado como negocio, por su mero valor de cambio, rara vez daba lugar al amor. La nieta del propio Guillermo, la reina Eleanor de Aquitania, y una de sus biznietas, Marie de Champagne, hija de Eleanor y de Luis VII de Francia, en sus célebres Cortes de amor darían como veredicto que no era posible el amor verdadero entre esposos, pues en un matrimonio había demasiados intereses de por medio, demasiadas “obligaciones de necesidad”; en tanto que “los amantes –decía Marie—se otorgan todo recíproca y gratuitamente.”

El amor cortés, el amor refinado y depurado que fue la fin’ amors surge no solo como tema o moda literarios, sino como un sentimiento vivo, real, capaz de enaltecer y de elevar espiritualmente.  Se ha señalado muchas veces que la dama era casi un pretexto para encender el sentimiento, el fuego amoroso, y mantenerlo vivo, haciendo de él un vehículo de perfeccionamiento interior   –y un motivo de inspiración poética. Por alguna extraña dialéctica, entre los goliardos de Alemania y otras partes de Europa, vino a ocurrir exactamente lo contrario, pues siendo clérigos y religiosos, terminaron escribiendo poemas profanos de gran sensualidad.

Para los trovadores, la dama tenía que ser alguien excepcional, capaz de despertar y de guiar ese sentimiento. El prototipo, fuera del espacio del Languedoc, pero no del de la fin’ amors es desde luego Beatriz. En su hermoso libro El otoño de la Edad Media, decía Johan Huizinga:

Desde que los trovadores provenzales del siglo XII entonaron la melodía del deseo insatisfecho, fueron cantando los violines de la canción de amor cada vez más alto, hasta que solo un Dante pudo tocar con pureza el instrumento.[7]

En Dante se cumplen ciertamente todos los ideales del amor cortés. Su donna, su dama o señora –-con la que jamás cruzó palabra—lo conduce a la salvación en virtud de Amor. Este Amor con mayúscula es una entidad casi personificada, tal como él explica en su Vita Nuova. De Amor recibe guía, amonestaciones, sueños donde puede ver a Beatriz, y la visión que dará origen a la Commedia, como dice al final de la Vita Nuova:

contemplé cosas tales que me determinaron a no hablar de aquella alma bienaventurada hasta que no pudiera hablar de ella más dignamente […] si el Sumo Hacedor quiere que mi vida dure todavía algunos años, espero decir de ella lo que jamás se dijo de ninguna…[8]

Este amor, que es el impulso divino que lo conducirá a la esfera más alta, no es muy distinto del Eros de que habla Sócrates en el Fedro, donde dice que en la lengua de los dioses Eros se llama Pteros, puesto que le crecen alas cuando en vez de satisfacer el instinto de la naturaleza inferior, que desea poseer de inmediato al ser amado, se llega ante él con modestia, temor y reverencia, y permanece puro; pero si cae en lo terreno y lo carnal, será incapaz de remontarse a las esferas altas. Esto es un hecho universal y un mecanismo simple que está presente en el fenómeno de la mística, tanto oriental como occidental; en las dos hay en ocasiones una exigencia de castidad. Pueden aducirse razones morales, pero la verdadera causa es que la energía sexual, no reprimida sino transmutada, es uno de los vehículos más poderosos de elevación interior.

¿Hasta qué punto hay algo de esto en las formas del amor cortés? Si lo hay, ¿se dio de un modo fortuito o deliberado? Este es un punto problemático. Ha sido motivo de largas controversias entre especialistas desde el siglo XIX. ¿De dónde surgieron, para extenderse como una epidemia, una literatura y ciertas formas de trato que proponen un ideal amoroso totalmente ajeno a lo producido por las formas de la antigüedad grecolatina, y muy diferente de lo que hasta entonces proponía la cristiandad? ¿Por qué brotó en el Languedoc y no en Flandes o en Baviera? Este nuevo espíritu, no solo transformó la concepción y las formas del amor e hizo surgir la poesía trovadoresca, sino que además recreó, bajo este ideal, muchas tradiciones y leyendas celtas, bretonas y germanas, dando origen también a la novela caballeresca.

Sería apasionante, aunque imposible, revisar todas las tesis que se han propuesto y sus réplicas. Se han planteado y rechazado hipótesis de que es de una influencia árabe, concretamente sufí, de donde la lírica occitana tomó no solo muchas de sus formas poéticas sino el espíritu mismo del sentimiento amoroso. El propio Guillermo de Aquitania, al igual que muchos otros nobles y trovadores, al estar en las Cruzadas tuvieron contacto con el mundo islámico. ¿Se transfirió a la relación entre el trovador y su dama, lo que para los sufíes eran distintas fases de un proceso místico? Por ejemplo, paralelo a la iniciación, que para los sufíes representaba el comienzo de la vida espiritual, se consideró el saludo que otorgaba la dama al trovador; y baste recordar lo que significaba para Dante el saludo de Beatriz.

A ese saludo seguían pruebas que la dama ponía al amante, antes de concederle su amor. Esta era la fase de endura, el aguantar y soportar todo. Es similar a la ascesis de purificación que hay en todas las tradiciones místicas y también en el Sufismo. Luego seguían otras fases más, descritas un tanto tardíamente (hacia 1246) en un salut d’amor anónimo: el enamorado se encuentra ante la dama en cuatro situaciones: la del fenhedor (tímido), pregador (suplicante), entendedor (enamorado tolerado) y drutz (amante), según expone Martín de Riquer[9] (I, p. 90). Se han comparado  estas fases con diversos grados de alcance espiritual. El enamorado quedaba enteramente al servicio de su dama, no solo como un vasallo al servicio de su señor, sino como un discípulo al servicio de su maestro. A este respecto recuerdo el singular encuentro entre Jalal-ud-din Rumi y Shams de Tabriz, quien habría de ser su maestro, en la ciudad de Konya, Turquía, en 1274, época de los últimos grandes trovadores, y toda la extraordinaria poesía mística que escribió Rumi, a partir de este encuentro.

Otra tesis con una magnífica articulación, pero que ha sido totalmente refutada es la que Denis de Rougemont proponía en Amor y Occidente[10]: que fue a partir de las doctrinas de los cátaros o albigenses –-secta gnóstica cristiana con una base maniquea— o por influencia de ellos, que tanto la lírica occitana como la novela bretona, y en particular Tristán e Iseo, tomaron su peculiar configuración. Rougemont afirma que hay en todo esto un trasfondo de herejía que exalta las bases de una mística unitiva, propia, según él, solo de la mística oriental, que se superpuso disfrazada al concepto de la mística cristiana que él ve, siguiendo a Rudolf  Otto, solo como agápe, y no también como éros. Habría aquí un conflicto entre éros y agápe. Éros visto como el amor pasión, como un impulso loco de unión con lo divino –-o con un amado humano—, y agápe entendido como el amor de la caridad y la compasión, el amor cristiano del servicio al prójimo. Esta división tan tajante también es discutible, puesto que tanto en la mística oriental como en la occidental aparecen los dos impulsos, como fases consecutivas o simultáneas de un proceso totalizador que no excluye a ninguna; aunque una mística unitiva extrema, como la del Maestro Eckhart produjo tal escándalo en los inquisidores, que acabaron acusándolo de herejía.

Aunque haya sido refutada, la vieja tesis de Rougemont es ejemplo de un extraordinario ejercicio interpretativo. Tesis más sobrias como las de René Nelly y Martín de Riquer, que han descartado como delirantes a las anteriores, son más sensatas y desde luego mucho más aburridas; aunque pudieron ser más útiles para fines de estudio, puesto que hicieron una labor sana de desmitificación.

Sin embargo, ¿qué tan importante es saber si ocurrió realmente lo que se cuenta? ¿El trovador Jaufre Rudel murió efectivamente en los brazos de la Condesa de Trípoli, después de cruzar el Mediterráneo en su busca, enamorado de ella sin haberla visto jamás? ¿O fue cierto el tour de force amatorio de Guillermo de Aquitania? O en la historia de Guillermo de Cabestani, ¿en verdad su corazón le fue servido en un plato a su dama, por órdenes del marido celoso? ¿Puede afirmarse, como dice Riquer refiriéndose a una anécdota de Ricardo Corazón de León, que algo sea demasiado bello (o terrible o increíble) para ser cierto? ¿Qué es finalmente lo que tiene fuerza poética, lo que transmite, lo que crea una tradición sino lo demasiado bello, lo inverosímil, o lo que se desprende de la realidad crasa para tocar la realidad de lo mágico o lo sagrado?

La transmisión de la fuerza poética opera de modos no detectables en los manuales ni en la documentación, pero es finalmente lo que vale. Es lo único que va quedando de cada poeta o de cada época. La huella que dejó Guillermo de Aquitania, lo que movió a los otros trovadores no nos es ajeno ni puede considerarse solo como una curiosidad literaria. Es tal vez un impulso libre del alma que tiende, a través del amor, a buscar la experiencia de lo sagrado. O al revés. Como decía Guido Cavalcanti, heredero directo de esta tradición al igual que Dante: “El amor existe cuando el deseo es tan grande que sobrepasa el límite del amor natural.”


[1] Dante Alighieri, La vida nueva. Vita nuova, Trad. Francisco Almela y Vives [México, UNAM, 1965] p. 147

[2] Apud. Martín de Riquer, Vidas y retratos de trovadores [Barcelona, Galaxia Gutenberg 1995]  Traduce el texto provenzal Vidas y razós.

[3] Guillermo de Aquitania, Poesía completa, Trad. Luis Alberto de Cuenca. [Madrid, Siruela, 1983].  p. 17

[4] Op. cit. p. 27 ss

[5] Bestiario, “El rinoceronte”, en Juan José Arreola, Confabulario total [México, Fondo de Cultura Económica, 1962], p. 30

[6] Guillermo de Aquitania, Op. cit., p. 39

[7] J. Huzinga, El otoño de la Edad Media [Madrid, Revista de Occidente, 1952] , Cap. VIII p. 149

[8] Vita nuova, XLII,  p. 209

[9] En Los trovadores. Historia literaria y textos (3 Vol.) [Barcelona, Planeta, 1995] 

[10] Denis de Rougemont, Amor y Occidente (Trad. Ramón Xirau) México, Editorial Leyenda, 1945.


Elsa Cross (Ciudad de México, 1946).

Poeta, ensayista y traductora. Ha publicado muy numerosos libros de poemas en México y nueve países más. Ha recibido en México el Premio Nacional de Artes y Literatura (2016), el Premio Internacional Alfonso Reyes (2023) y muchos otros, tanto en su país como en el extranjero. Es doctora en filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México, donde es profesora titular de Filosofía de la Religión. También ha publicado libros de ensayo, de traducción de poesía, y la vasta compilación El Lejano Oriente en la poesía mexicana (2022).


Fotografía: Pascual Borzelli Iglesias.

Imagen: Bibliothèque Nationale, MS cod. fr. 12473 (Dominio público).

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