Eduardo Rosales (Xalapa, XII/24)
Como una madre demasiado amorosa, una madre terrible que ahoga, como una leona taciturna y solar, como una sola ola del tamaño del mar,
Octavio Paz, “Mudra”
Todo lenguaje materno es lenguaje marítimo. Todo lenguaje marítimo es remembranza materna.
Las palabras del mar son las palabras de una madre: verbos de agua salada, trabados uno detrás del otro, ritmo creado en un vaivén, oleaje y marea donde ocurrió aquel arrullo del origen en la gruta profunda del vientre inmemorial. Allí —allá— la voz materna, columna de viento esculpida en la evolución milenaria, penetra como sólo la música y el poema logran penetrar. La voz de la madre que se vuelve canto para guiar como estrella en la ruta y el naufragio de la hija. La voz de una madre que será, para siempre, la voz del corazón del universo.
No otra cosa ofrenda Roxana Cortés (Acapulco, 1988) en Océano madre (Editorial Praxis, 2023), un libro que —puñado de arena— en apenas cincuenta y dos páginas logra cifrar las facetas (llegada—gestación—alumbramiento) de la experiencia materna en un eco inmenso e incesante del océano visto/sentido/leído/y escuchado como lo que realmente es: madre primera de todo lo que pide nacer.
La madre poeta, es decir creadora por naturaleza, en un primer tempo del libro, deseante, abierta y “agrietada” se ofrece “al susurro de los tiempos, / a las visitaciones de otra carne, / a la incertidumbre del mañana”, y conjugada, ancla su voz a la del mar:
ola tras ola
te bordo
mi vientre ensancha
atemporal en mí
ser de agua.
El océano madre arroba y alberga toda emoción, desea “secretamente que todo resplandezca, que de esa brillantez surjan aves, que las aves tracen estalactitas subterráneas por el fondo marino”, que sea verdad y hermosura todo lo posible: la vida en ciernes que nunca es sin ser herida, violencia del tiempo contra el espacio, singladura interior del cuerpo, su reacomodo en nuevos pulsos.
Cercanía
En este océano acuna
el enigma de tu cercanía.
La furia de tu carne.
Las palpitaciones de mi cuerpo.
Alumbro,
ola tras ola,
doy a luz:
te imagino.
Recorre a casi toda la extensión de este libro una voz de recogimiento (devoción) y clamor (ternura). Los poemas de Océano madre —piedras quietas— cantan en silencio, en la opacidad sonora de la profundidad oceánica. Como cuando nos sumergimos en el agua y, ahítos de respiración, nuestras branquias recuerdan que venimos de un mundo submarino, de un vientre en pleamar. Se llega pronto a descubrir que el libro que tenemos entre las manos es una atarraya cargada de oraciones, de peces que son plegarias y canciones que la madre dirige a su hija, es decir, a su vez, a sí misma, memoria en espiral —la forma del caracol y del oído— que se sabe eterna repetición fecunda del agua.
El viaje
Nacer es dilatarse:
viajar de una mujer a otra
trazar
una pestaña
dos pupilas
caer sin peso
cual párpado que abre
el vientre del océano.
Roxana Cortés, “oceánida”, alza en una ola la poesía del mar, su antigüedad al fin comprendida, el conocimiento minucioso del viaje sin retorno, la sabia navegación que sólo una madre, astrolabio de sí misma, puede contra los maremotos del dolor también, de la luz no alumbrada:
No puedes nacer. Mi cuerpo no confeccionó tu orilla.
No hay cartografía que guíe tu mano hacia mi mano.
Serás el enigma que blandirá en el batir secreto de mis olas.
Pero la madre ha sido madre por el mero hecho de haber tenido en el centro de sus aguas el origen de la vida que nunca cesa de romper en aguas siempre más vastas.
Madre.
Océano madre.
Océano.
Rompí.
Rompí como una ola.
Todo lenguaje marítimo es materno. Todo lenguaje materno es testimonio amoroso del mar.

Eduardo Rosales (Orizaba, 1990), historiador y traductor.







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