Con el mar en los ojos

Carmen Nozal

Influido por Charles Baudelaire, Friedrich Hölderlin y Herman Hesse, autores quienes de alguna manera se puede decir que le mostraron el camino de la poesía, Fernando Salazar Torres, (México, 1983-2024), conoció muy bien la Modernidad. Indagó en las obras de Mallarmé, Isidore Ducasse, Víctor Hugo y Apollinaire. En español, Vicente Huidobro, Jorge Luis Borges y Octavio Paz significaron para él la ruta a través de la que ordenó sus ideas literarias. De Roberto Juarroz, Juan Ramón Jiménez, César Vallejo y Federico García Lorca tomó el lado más encarnizado del español, influido por la tradición andalusí, en la construcción e imagen del verso sollozante.

    Pero también nuestro poeta exploró la literatura como ensayista, editor, crítico y gestor cultural. Desde que lo conocí, siempre estaba estudiando algo: la licenciatura en Filosofía en la Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Iztapalapa, la maestría en Teoría Literaria y el doctorado en Literatura Hispanoamericana por la BUAP, con estancia de investigación en la Universidad de Salamanca, durante 2019. Quizás por su amplia preparación supo y afirmó en varias ocasiones que muchas de las conocidas teorías literarias no eran más que una copia y desdoblamiento de diversos marcos filosóficos. Fui testigo de su capacidad de superación y su deseo de conocimiento. Quizás por su forma de pensamiento no se conformaba con nada, gustaba de la perfección, consciente de las limitaciones, pero estaba atraído por el mundo grecolatino y la poesía del mundo árabe. Movido por el interés en las formas clásicas españolas encontró la gacela, que surge en la poesía árabe preislámica y que se conoce como “ghazal”, utilizada también en el mundo persa, ideal para composiciones breves, que cantan al amor o lloran su pérdida como lo hizo de manera extraordinaria el místico sufi, Hafiz. Y fue en plena pandemia cuando Fernando se refugió en este tipo de estrofas para escribir el libro que tituló Divã da Hispânia (2022) y con el que obtuvo el XX Premio Literario Naji Naaman, en Líbano, en el área de creación y que, posteriormente, fue publicado en la editorial Espolones del artista plástico Fernando Gallo. Para mi fortuna conservo un ejemplar dedicado: “Para Carmen. Para ti estos pequeños poemas, gacelas de tono andalusí con gusto español. Ciudad de México, 17 de febrero de 2023”. En esa época hablamos por teléfono casi todas las noches y, en numerosas ocasiones, a la una de la madrugada nos leíamos los poemas inéditos que habíamos escrito la semana anterior. Como compartíamos el gusto por la musicalidad en los versos, en nuestras conversaciones estaba presente el sonido de la poesía que para él era como “una concha de mar pegada al oído o el sonido interior del océano, es decir, desconocido”. Solía decir que “la armonía es elemental en la lírica, pues los acentos, tonos y ritmos son una propiedad material del lenguaje, que brindan a la poesía de uno de sus caracteres esenciales. La poesía moderna nos enseñó que el sonido es sentido. La armonía en español tiene sus propias identidades derivadas de la fundación del idioma. Por nuestra tradición pasan los sonidos de la poesía griega, latina, árabe, provenzal, judía, francesa, italiana e inglesa.” Como compartíamos también el gusto por el español, y ambos lo consideramos una de las lenguas más completas para escribir poesía, coincidíamos en pensar que si se tuviera que representar a la poesía con un sonido sería el del endecasílabo.

    Pero a Fernando lo que en verdad le hubiera gustado, sería haber vivido en la época de la Iberia del siglo IX al XII, conocida como periodo andalusí pues fue el tiempo dedicado a edificar “el tono de la poesía en un español primitivo, denominado de manera equívoca como mozárabe. El tono melancólico de la lírica andalusí, de amor, pertenece al canto de las esclavas cristianas, que con el tiempo se convirtió en el estilo impostado por los trovadores galos y que, después, Petrarca haría suyo. El tono de la voz original de la poesía de un español primitivo o protoespañol, el de la lírica andalusí, es una voz de mujer,” solía comentar Fernando, al recordar esta época cuando los poetas componían sus poemas e impostaban la voz, percibiéndose con total claridad como la voz lírica de una mujer. A partir de ahí, surge la fundación del español, su periodo preferido. Quizás por eso, gran parte de su tiempo lo dedicó al estudio de temas sobre hispanidad. Recurrentemente, regresaba desde cualquier escenario, a la época de la Conquista, y de una u otra forma, sacaba a colación anécdotas sobre Hernán Cortés, como si quisiera encontrar un dato desconocido para armar su rompecabezas. Además, de su pasión por la investigación tenía otra: el magisterio, fungiendo como docente en la Escuela de Escritores de Madrid. Anteriormente, escribió Sueños de cadáver (2010), libro al que pertenece el poema titulado Morir es quedarse.

Nada, ya nada debo salvo el tiempo.
Sin mirar atrás,          
nada debo si el año muere.
Mi memoria queda prendida a ti,
de la hojarasca del otoño,
de los pasos que dejo.
Pasar a ojos cerrados y labios
en vilo con la noche
con la ciencia de que llegar es irse
y volver a soñarte
y otra vez retornar,
una vez más quedarse.
No, nada debo, el tiempo aqueja,
dolerte del mismo modo hasta siempre,
arderme y dolerme
otra piel en mi cuerpo;
vivir así, como dicen, como es,
así es el amor en esta tierra prometida,
quiero decir húmeda,
porque debajo
muy abajo de este mundo
hay carne en la muerte, así vengo,
cabalgando encima del espinazo
de un animal fracturado
de un animal roto
que fue contenido bajo tierra.
 

La muerte nada, nada guarda.
O el tiempo o la memoria
que me vivieron
me hacen llorar en desmedida
cada noche y cada día;
mejor es irme
y dejar cada cosa en su lugar
y permitir que las horas nos dejen.

Intentaré de nuevo la historia,
dejo este cadáver en flor;
soy esa oscuridad en mi cuerpo,
mi otro yo que perdí,
mi alma que te vivió.
Mirarte sin mirarnos hasta nunca
en el adiós de la muerte que llega.
Viene por mí el caballo melancólico,
el mismo que me trajo a tu sombra,
a mi casa donde existir
es de pronto desvanecerse.

En 2015 escribió Visiones de otro reino. Poemas 2013-2014. Mediante doce textos, Fernando consigue concluir un “poemario donde el intertexto no sólo es un elemento más, sino que es la piedra angular de esta propuesta poética. El autor coloca al protagonista en medio de un luto amoroso: cumplido un año de la muerte de la amada, decide —como en su momento lo hiciera Orfeo por Eurídice— descender al inframundo para tratar de rescatar el alma de su querida” como bien escribió Armando Escalón. De ese libro leo este poema.

Día ocho, las huellas
Cambia el pasado en un presente que está siendo
y mis horas son el rostro irremediable
de un hombre nacido para cicatrizar
Al ser otro me doy a la actualidad
Al dejar de ser el que fui he muerto
Si ya no soy ahora soy y he sido

El hogar está más cerca.ya lo sé
La vida es una dimensión fractal

Detenido frente a unas huellas abandonadas
descubro que no hace mucho estuvo aquí
Dejó las señales a merced de mi deseo
su incienso limpia mis marcas del reino perdido

Hay una mujer nacida de la espuma venusina
hay un resplandor que me impresiona y anega
como en el primer día
Es la otra quien no había visto
soy quien habla conmigo y contigo

Tu voz es una niebla de serenidades
lluvia que recupera las plazas
donde vuelvo a pisar firmemente
Das aliento a las cosas perdidas
y anticipas el futuro

Nos miramos. El mutismo nos comunica
Nos encontramos en el rumor del follaje
Escribimos encima de las hojas
Volvemos al comienzo del día
Hablamos hasta crear palabras nuevas
Hablar contigo es plantar un árbol

Su último libro titulado Morfeo: fragmentos nocturnos (2024), fue traducido al portugués por Carlos Ramos.

Soñé con la última fecha de mi vida y era el mismo día de siempre, igual el raso viento girando, fijo el trote de la gente yendo y viniendo de un lugar a otro, sin pausa, semejante el mediodía que se fragmenta en su sol, siempre el mismo día repitiéndose invariablemente. Ese es el último día de mi vida, sin pompa ni sobresalto me iré inadvertido, igual que cualquiera. El último día de mi vida es como el de cada uno, como el de todos, pareja es la osadía de la muerte que embiste a todos por igual en el mismo día.

De alguna forma, puedo decir, que aunque no estuve presente el día de su muerte, nunca me separé de Fernando. Sucedió que primero hizo un periplo poético por España, Italia, Grecia, Rumanía y Portugal. En diversos intervalos de su recorrido, me escribió para que lo contactara con diversos poetas. No logró encontrarse con la maravillosa Natalia Moreleón en Grecia, quien también falleció por esas fechas, pero sí pudo conocer a la poeta portuguesa Leocadia Regalo, quien lo invitó a su casa y con quien inició una hermosa amistad. Recibió el Premio de Poesía de la Academia Tomitana en Rumanía, y además pudo quedarse con el Mar Adriático en los ojos. Se despidió de Salamanca y de su gran amor, la poeta española, María Calle Bajo y regresó para participar en el Primer Encuentro de Poetas Iberoamericanos con sede en México que tengo el gusto de dirigir. Nos vimos en la inauguración que se llevó a cabo en el Museo de la Ciudad. Tras abrazarlo me di cuenta de lo mucho que había bajado de peso. En ese momento, sospeché lo que me escribió en mi teléfono y que todavía conservo en el whats con fecha del 26 de febrero de 2024: “Tengo cáncer, estoy manchado”. Después de muchas conversaciones, lo visité por última vez en su casa con los poetas Maximiliano Cid del Prado y Eduardo Serdio. Su mamá, nos invitó a un desayuno delicioso con tamales, jugos y atole, mientras reímos y lloramos juntos. Al día siguiente, yo tenía que viajar a España y como de algún modo supe que no lo volvería a ver, quise entregarle personalmente la memoria del Primer Encuentro de Poetas donde se publicaron dos de sus poemas favoritos con los que cierro esta lectura para recordar al director de la emblemática Revista Literaria Taller Ígitur y, sobre todo, al amigo del alma que tanta falta me hace pero que ahora descansa entre versos.

Cantiga de labios mis deseos

Para la llama que me arde fuego
la altura de noche llave pliego.
Labios aéreos lavan cresta.

Abre rosa aroma y luego cierra
ojitos en noche otra con besos.
Labios leves me desangran testa.

La altura sombra en manos deslizas
calor sigilo bebo en tus piernas.
Labios palpo en tu rosa mi lengua.

Abre flora aroma y luego cierra
áspera salida moja y mengua.
Labios untan bufos que se esmeran.

Gacela de media noche

Ven ya, mimosa, y acaríciame el pelo,
voy a ti, a contraluz, por un sólo beso.

Ven, estrecha de ijares, te deseo,
voy a ti con restos del sol en un dedo.

Ven, gacela, con la noche en tu velo,
yo voy a ti a la albada que, si no, muero.


Carmen Nozal (España).

Poeta hispanomexicana, autora de veinte libros de poesía, teatro y relato. Ha recibido múltiples premios literarios y distinciones, como el Doctorado Honoris Causa (2022), el premio Naji Namaan (Líbano, 2023) y el Premio de las Letras de Asturias. Sus obras han sido traducidas a varios idiomas y actualmente dirige el Encuentro de Poetas Iberoamericanos en Ciudad de México.


Fotografías: cortesía de Julia Salazar Torres.

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