Un Edipo medieval: “El Elegido” de Thomas Mann

Elsa Cross

 En sus últimos años y después de haber publicado sus trabajos más importantes, Thomas Mann escribió El elegido (1951),[1] novela que nunca recibió tanta atención como sus grandes obras y que a veces ha sido difícil de digerir para la crítica. Sin embargo, pone de manifiesto la maestría de Mann. Inspirada en un poema épico escrito en el siglo XII por un Minnesinger, Hartmann von Aue, que a su vez partía de un relato anterior, Vie du pape Saint Gregoire, la novela cuenta la leyenda del papa Grigors o Gregorio.

El recurso de Mann para contar la historia es Clemente de Irlanda, quien aparece como un monje contemporáneo de los sucesos que narra. Clemente impregna toda la novela con su candor, permitiendo al mismo tiempo que juegos de ironía y parodia abran tangencialmente el relato hacia la posibilidad de otras lecturas. Clemente muestra con gran encanto –y el tremendo artificio literario que tiene detrás— cada acontecimiento desde la perspectiva misma del medioevo indefinido en que  ocurre, y da a la  novela el sabor incomparable de los relatos hagiográficos que valoran  e interpretan cada suceso de la vida de los santos desde su visión peculiar.

Una hagiografía desdobla la historia que cuenta.  Por una parte  hace la  narración horizontal  de los  eventos y,  por otra,  siempre  lleva  implícito  –o  muy   explícito  a  veces–  el  nivel  trascendente que es el verdadero suelo –o cielo– del relato. En la extraordinaria colección de historias de los santos y mártires cristianos que  Santiago de  Vorágine recogió, a  mediados del siglo XIII bajo el  título de La leyenda dorada, vemos cómo más  que  el  suplicio  de los  mártires  –Santa  Catalina  de Alejandría despedazada por una rueda de  cuchillos, o  San Lorenzo  puesto  a asar  en una parrilla, por  ejemplo– importa  el correlato  espiritual.  Más que en  su despedazamiento, el énfasis está en que Santa Catalina está recibiendo las palmas del martirio que la harán llegar directamente al cielo. La vida en el mundo, buena o mala, feliz o desdichada –y mejor si es  desdichada–, para  el santo  no es  sino un  peldaño para  llegar al  cielo que es donde empezará la verdadera historia.

      El propósito  ejemplar de  las hagiografías  se conserva  en la  novela de  Mann.  Sobre los sucesos que ocurren, el buen monje Clemente a cada rato se encarga de hacernos saber lo horripilante de los incestos, pecado contra la naturaleza  humana y  divina, o bien, lo sublime de la misericordia y el perdón de Dios. ¿Dónde habrían quedado ese horror que suscita el incesto y la  naturalidad con que se aceptan los  acontecimientos milagrosos  y  sobrenaturales; qué sería  de  la moraleja y la ejemplaridad del  relato bajo una  perspectiva psicologista contemporánea,  o si  el  relato se filtrara a través de un narrador del siglo XX? Sin duda, habrían perdido el interés, la intensidad y la emoción que despiertan.  Sin embargo, desde luego que se trata de una novela del siglo XX,  pues de otro modo habría sido casi  imposible conseguir, con el recurso obvio del  narrador, una forma tan magistral de crear y de anular la distancia que nos separa de los sucesos relatados.

      La  ilusión  que  produce  el narrador  es  perfecta y  convincente.   El estilo  está acorde con  el tono  de la  época que se quiere  recrear.  Y no sé si es aquí donde estamos más cerca o más lejos del relato; tal vez dependa de cada lector.  Pero en lo personal,  me impresionan  más  los  pasajes donde  sale  a  relucir  la ingenuidad deliberada del monje, cuando Mann lo hace abundar en sus  exhortaciones moralistas y su pudor, aun bajo el riesgo de mostrar por  todos lados las  costuras de la  novela.  Cuando se asume la condición artificiosa y  falaz  del recurso  del narrador,  lleno de  ingenio trasnochado  y  también  de gracia,  de sentido  del humor,  y con  pretensiones  literarias  que salen  varias veces  a relucir,  es acaso  cuando se  cumplen más claramente los propósitos de la novela y donde Mann deja  ver cómo construye esta historia.

      El asunto de la novela es la leyenda de un papa Gregorio, muy  difícilmente conciliable con algún personaje histórico, como el papa Gregorio V, con quien se ha asociado. Para cualquier fin, lo que interesa es el material que  Mann utiliza, y cuya anécdota resumo a continuación.

Gregorio ha nacido de un  incesto entre dos hermanos, hijos del duque Grimaldo de Flandes, que ha muerto. Ante ese tremendo pecado, con la intención de expiarlo, el hermano trata de ir a las Cruzadas y muere, y ella, al dar a luz, deja al niño en una barca a la deriva. El niño es recogido por unos pescadores y crece bajo la protección del abad de un monasterio. Años después, Gregorio deja el lugar y llega a una ciudad sitiada por un hombre que pretende a Sibila, la duquesa, que es su madre desconocida. Gregorio mata al pretendiente y como premio, sin conocer el vínculo con ella, se casa con la duquesa y tienen dos hijas. Cuando se dan cuenta de su parentesco él se retira a hacer una penitencia muy severa en un islote rocoso, en medio en un lago, donde vive durante 17 años solo de agua, y ella se dedica a cuidar leprosos. Estando Roma sin papa, dos obispos tienen el mismo sueño, donde se les instruye buscar a Gregorio. Lo encuentran en el islote, lo llevan a Roma y lo instalan en la silla pontificia. Sin saber quién es él, su madre llega en busca de perdón, y al mutuo reconocimiento sigue el mutuo perdón, y el comentario del narrador de cómo aun siendo pecadores pudieron elevarse por encima de su naturaleza inferior, gracias a la misericordia divina.  

      Se ha considerado que esta historia es una versión medieval de Edipo, pero será difícil saber qué  tanto tomaron  de  Edipo las  leyendas  antiguas de que partió Mann, y cuánto añadió él mismo. E independientemente de hacer esta  difícil verificación, por lo inaccesible de los textos medievales, es obvio que la   historia  está   construida  sobre  innumerables motivos míticos  y arquetípicos que se  encuentran a lo  largo de la literatura y la mitología de muchos países, y que no eran desconocidos para Mann. Por ejemplo:   

  • El incesto  de los dos  hermanos “enamorados de  su semejanza”  –para usar  una expresión de Octavio  Paz– y que con  otros desenlaces existe desde el Rig Veda, en el himno de “Yama y Yami”.
  • El niño expósito, que flota dentro de una cesta o una barca en el río o el mar, como el rey acadio Sargón o como Moisés; o bien, es abandonado  a la orilla de un camino, o  en el bosque, tal como se relata de Rómulo y Remo. 
  • El  muchacho  humilde  y  esforzado  a  quien  le  revelan  su  verdadera identidad,  que es casi siempre  la de un príncipe  o algo  parecido. 
  • El héroe que recibe un legado o un arma mágica, o un don extraordinario,  que  le permitirá  llevar a cabo  la hazaña  que debe  emprender.     
  • La ciudad –o la mujer—sitiada.  
  • El héroe que libera  a la ciudad o a la doncella,  o a las dos,  de  las  garras  de  un  monstruo  o tirano.    
  • Etcétera.

      El  paralelismo con  Edipo es  sorprendente, en  muchos puntos.  Aunque Edipo  no nace de un  incesto, el  oráculo de su nacimiento, que como sabemos dice que dará muerte a su  padre y  se casará  con su madre, da a sus progenitores razones suficientes no solo para exponerlo, sino para darle muerte,  lo cual  falla por la  compasión del  pastor  a quien le entregan el niño, que a su vez lo da a alguien más.

      Expuesto en el mar, dentro de un pequeño tonel que flota en una  barca  a la deriva, Gregorio llega a tierra segura,  al igual  que  Edipo.  Y al pasar  el tiempo, cuando el destino, el azar o  lo que sea, los  lleva de regreso  hacia la casa materna  –Edipo va  huyendo y Gregorio va buscando–,  los dos liberan  a la ciudad y  a la soberana  de una  amenaza terrible:  la Esfinge,  en el  caso de Edipo  y el  Dragón o  Perilla, pretendiente de Sibila, en el de Gregorio. La recompensa implícita o explícita,  que es  casarse  con  la  reina, los lleva  a cometer el incesto.  En el  caso de Gregorio, que  tiene el antecedente  del incesto previo de sus padres,  del cual ha nacido él, sirve para hacer complicadas reflexiones acerca de los grados de parentesco  de  todos con todos,  e incluso de  Gregorio  consigo mismo.

      De diversas maneras opera un destino o un lógica oculta de los sucesos  en  el develamiento  de  la verdad,  una anagnórisis a  la cual  sigue  la expiación, autoimpuesta  tanto en  el caso  de Edipo  como en  el de  Gregorio. La lectura del Edipo en Colono, donde el mismo Edipo, en virtud de su sufrimiento se ha convertido en una especie de piedra de  toque, da la perspectiva y el sentido final de toda su historia. 

Edipo se siente “el hijo de la fortuna”, un juguete en manos de  los dioses, y en El elegido, una frase de Gregorio, que después de su  penitencia  se ha  convertido ya  en  el Papa  Gregorio, revela  una  concepción  similar,  aunque con  un  carácter  más gozoso. Y esa  concepción es lo que da algún  sentido a ese destino atroz. Si  en Edipo, al final de toda sus penurias queda el  dudoso consuelo de  haber  expiado y  de haberse  convertido en un ser casi sagrado,  como se dijo antes, que hará que  el lugar de su sepulcro reciba una protección especial por parte de los dioses,  Gregorio y  también su madre –y esposa– Sibila, y sus hijas-hermanas, alcanzan a  vivir un  tiempo feliz de  reconciliación con  Dios y con  su propio  destino.

      La  frase de  Gregorio que  mencionaba,  viene al  final, siendo él ya papa, en  el  encuentro que tiene con su madre, cuando han  fingido no  reconocerse, y dejan  una leve  duda  de si no se habrían reconocido al casarse.  Gregorio dice  que se han ocultado mutuamente su identidad, al menos en ese momento del  encuentro,  porque  “pensaban ofrecer a Dios un entretenimiento”.  

      Hay  mucha distancia de aquí a la  tragedia  griega, donde  los  hombres son  las presas, “de  las antiguas Moiras eternas”,  como se  dice en Antígona, o son también como moscas a quienes los dioses se  entretuvieran  en matar.   El universo  cristiano, con  la idea  del  perdón  y la  redención, muestra  más ampliamente  otra  cara del sufrimiento. Aunque Gregorio y Edipo son inocentes, por cuanto desconocen, conscientemente al menos, el parentesco de la mujer con quien se casan,  Gregorio le  dice también a  Sibila en  ese encuentro del  final: “un  joven que parte en busca de su  madre y lucha por una mujer que, por  más bella  que fuera,  podía ser su  madre, ha de contar que es su  madre con quien se casa.  Eso en cuanto a su entendimiento.  Pero en  cuanto a su sangre, esta sabía que su mujer y su madre eran una y la  misma, mucho  antes de saber  la verdad  y horrorizarse ante  ella al  modo del actor de comedia”. Este elemento, muy moderno, es uno de los muchos sesgos que ofrece la novela, convirtiendo de pronto su gravedad en un motivo lúdico.  

      La sangre es de la naturaleza, y la naturaleza –dice el monje narrador–  es “cosa  del  diablo”,  pues no  le  importa nada.   “La  naturaleza se es indiferente a sí  misma”, y con mucha mayor razón a las leyes humanas y  divinas, pues cumple  simplemente su cometido. Y asimismo, al haber sido el incesto de Gregorio una  cosa del cuerpo,  será el cuerpo el que expíe ese pecado.

      Es interesante destacar que en la descripción que hace Mann del  tiempo que Gregorio pasa haciendo penitencia en el islote rocoso, no  menciona ningún sufrimiento mental. Ha habido remordimientos, pero el castigo parece sufrirlo solo  el cuerpo, pues como se dijo ya, solo el cuerpo pecó. Y este, involuciona.  Gregorio se cubre de  pelo, se convierte casi en un erizo, incluso por el tamaño, y en ese risco donde no hay alimento posible, nutrido por la madre tierra, sobrevive bebiendo un agua blancuzca que se  filtra en la roca. A tal grado llega a confundirse con la roca misma, que no lo ven los  obispos que van a buscarlo al  risco, después  de  tener los dos  simultáneamente la  misma visión,  que les revela  no solo la identidad  sino el  paradero de quien ha de ocupar el trono papal.

      Aunque menos terrible que el castigo autoimpuesto de Edipo, lo que vive Gregorio en esos 17 años, convertido casi en un erizo, resulta particularmente impresionante. Es una etapa de penitencia que corresponde a las purificaciones frecuentes en muchas vidas de santos, y resulta similar por  su dureza a esa  misma etapa en la vida  del yogui y  santo tibetano Milarepa, que tiene que expiar también una gran falta, y debe vivir  desnudo en  una cueva, alimentándose solo de ortigas.  Mucho más moderada, pero tendiendo a lo mismo,  es la descripción  del novelista portugués del siglo XIX, Eça de Queiroz, en su leyenda de San Cristóbal, donde dice:

Durante un  año vivió en  la sierra, y  poco a poco  en aquella  soledad, lejos de toda vida humana, casi perdió la humanidad y fue como un pedazo de la montaña que lo circundaba. Sentado durante días, inmóviles sus gruesos y broncos miembros no se distinguían de  las rocas[2]

      Lo que sigue  a esta etapa suele ser el  estado de iluminación.  Milarepa llegó  a ser  un gran  maestro de la dinastía Kargyutpa, y  Gregorio, es elevado a la silla papal, salvando a  la Iglesia del caos en que se  encontraba –-al menos en el relato de Mann. Pero ese hecho es solo la expresión  externa de  un  suceso  interior mucho más importante: el de la iluminación, que lleva consigo,  en forma suprema,  la compasión y la  sabiduría.  Es  con esas mismas cualidades que Gregorio rige  a la Iglesia y llega finalmente a entender que todo  es como  un juego.   Pues el hecho de que él, que aun sin saberlo ni quererlo, haya sido llevado a cometer una transgresión sin límites, para llegar después a la silla pontificia, significa que tampoco hay límites para la misericordia divina. Y también, en su  condición de papa, esto le significa que quien ha pecado mucho podrá  perdonar mucho.

      Al  término de  su expiación  dice Gregorio: “¿Habré de  ver el horror  de mi vida transfigurado así en tu claridad? ¡Señor! ¡Cuánto admiro tu santa alquimia, que transforma en  espiritualidad la  miseria y el dolor  de la  carne! Así, este  esposo carnal obtiene del pecado  la suprema  dignidad y  abre las  puertas del paraíso a toda miseria terrenal.” Posteriormente, en  algún lugar Gregorio hace  referencia al hecho  de que la  Basílica de San Pedro fue construida  con las piedras del  circo de Calígula.

      Este es, en cierta forma, el mensaje que intentan transmitir el  monje Clemente y también Thomas Mann.  La concepción de esa alquimia  rompe con los  límites convencionales del dogma y de  la moral, como  también el  incesto mismo ha  roto con  todas las  leyes.  Es  en ese  sentido  donde  se podría  apuntar  –y  solo  se apunta–  hacia  una  concepción mística, ya  que la mística rompe también  con los cercos  establecidos por la religión, cualquiera que esta sea.

      De aquí  puede surgir  el tema  de la  novela, que  se sostiene sobre todo  en la anécdota.  Ese es  el énfasis principal  que Mann  pone  en  El  elegido.   El  hilo  anecdótico es aquí mucho más  importante que la caracterización de los personajes, que es bastante  esquemática y  posee pocos  matices psicológicos.  La  estructura es  también muy sencilla,  y viene a ser, curiosamente,  como un retablo  medieval o como aquellos trípticos que al tener las hojas laterales cerradas muestran determinadas pinturas o relieves, y al abrirse,  revelan otros.  Aquí  tenemos  las  imágenes  de  la transgresión,  el  sufrimiento  y  la  atrocidad en los  paneles exteriores cerrados, que cuando se  abren muestran un  juego divino que todo lo transfigura y lo vuelve uno.

Esta novela de Mann es una  pequeña joya.  Uno puede pensar que debe haber disfrutado muchísimo al escribirla,  pues ese mismo deleite se  transmite al  lector, incluso al  llegar a  las frases de  despedida del  monje Clemente de Irlanda.


[1] (Der Erwählte). Tomo en cuenta la edición de Edhasa, Barcelona, 1988.  (Trad.Anna Rossell)

[2] J. M. Eça de Queiroz, Leyendas de Santos I. San Cristóbal, p. 81       


Elsa Cross (Ciudad de México, 1946).

Poeta, ensayista y traductora. Ha publicado muy numerosos libros de poemas en México y nueve países más. Ha recibido en México el Premio Nacional de Artes y Literatura (2016), el Premio Internacional Alfonso Reyes (2023) y muchos otros, tanto en su país como en el extranjero. Es doctora en filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México, donde es profesora titular de Filosofía de la Religión. También ha publicado libros de ensayo, de traducción de poesía, y la vasta compilación El Lejano Oriente en la poesía mexicana (2022).


Imagen: Anónimo. Dominio público.

Más popular

Dejar un comentario