Zingonia Zingone


Mañana

Decir que no termina este viaje
es adivinar su comienzo.

Poner toda la vista en el ojo del ciego.

Andar solo sintiendo
sin saber de auroras.

Tropezarse en lo afilado
y sangrar por ello.

Levantarse roto. Agradecido.

Oler la lluvia
escuchar su traqueteo en los techos del barrio.

Arrugarse en la piel del otro
y apoyarse en su bastón.

Dormir y despertar al compás del pecho.

Saber desde esa oscuridad
que terminar es verlo todo.


Envejecer

Arrastrar los pies como se arrastra el cansancio.

Barrer las esquinas de la casa buscando
aquella idea atascada detrás de un mueble.

Ponerlo todo patas arriba
y atormentar la hora.

Buscar al perro en los ojos del gato
llamar aquel viejo nombre para no perderlo
y encontrar su muerte en la nostalgia.

Preguntarse quién se ha llevado de la mesa las llaves
y del bolso los restos de la espera.

Examinar las respuestas
que ensanchan las venas de la frente
y rechazar la píldora que endulza el fracaso.

Decir hoy mañana.
Sentir frío en el calor
y ver copos de nieve en una hortensia en flor.

Vivir otra niñez en los desaciertos de la soledad.


Atardecer en el Olimpo

Una ronda de aves corona el fuego
que se consume en el mar.

El cielo está estriado
de oro y rosas.

Frente al azul que se transforma
tres mujeres yacen en la arena.

Sus cuerpos: dunas bañadas de espuma.
En sus cavidades, nidos de sal.
Y las cabelleras
son blancos erizos de anhelo.

Entre luces, las tres gracias
se despiden
de los años que no vuelven
y regresan a los días
que quizás no vendrán.

En sus pieles, vestigios
de héroes y naufragios.


Mutaciones

Llegan al vecindario
los obreros de casco amarillo.

Encerrados en una jaula elevadora
trepan la torre de hierro.
Vociferan, martillan y sueldan:
taladran el amanecer.

Bajan y vuelven a subir.

Por encima de sus cabezas
gira en el aire una grúa; su gancho
como un péndulo
bendice al inmueble naciente.

Abajo, en el jardín de una bella casa vieja
la paz, espantada, se fuga.

Las horas se hacen largas:
ojos buscando arbustos,
oídos acallando hasta el viento.

Los cascos amarillos
siguen en las alturas,
construyen celdas
para proteger la paz.


Fuente de los cuatro ríos

El tercer ángel vació su copa
sobre los ríos y sobre los manantiales,
y el agua se convirtió en sangre.

Apocalipsis 16-4

Occidente duerme en su abrigo de silencio.

Es la hora que precede las Laudes
y todos los portones están cerrados.

Las aves rapaces se fugan de la plaza
sus picos teñidos
por las carnes escarbadas en los basureros.

El agua casta fluye en la fuente
donde desembocan los cuatro ríos
y un corcho de champán flota
sobre un mosaico de monedas.

Él no sabe de guerras y martirios.
Sentado sobre una grada de mármol
intenta rescatar con un pincel
las formas naufragadas en el cauce de su lienzo.

Ángeles con rostros de cabra
sobrevuelan un hormiguero de niños descabezados.
Manchas rojas y nubes celestes
sobre un cielo café.
El obelisco de Domiciano inclinado
como cayéndose en una charca roja
y un león con el hocico abierto
a punto de devorar una paloma
cuyo pico aprieta un corcho de champán.

Llegan los primeros turistas.
Occidente sigue dormido en la botella vacía.


Al margen de Gaza

Los camellos beben petróleo
entre las olas del desierto.

El viento levanta la arena sobre la frontera.

Tres niñas cruzan la línea
jugando a cruz estrella y media luna.

Los descendientes de Levi transportan municiones
y todos los utensilios del santuario

mientras los califas
comen rifles y escupen dátiles.

Estalla en el aire la flor
que un niño lleva al cementerio
tarareando la tonadilla de su mutilación.

Se derrumban los templos y las mezquitas.

¿Florecerán bombas en los jardines
donde se deleitan odaliscas y financieros?

¿Caerán de la corona
los pétalos marchitos de la hegemonía?


El canto de un cardenal

Una voz te despierta.
Dice pluma o vuelo
o cresta roja de un cardenal.

Te levantas torpe, dormido todavía:

el eco incoloro, persistente
como el pico de un pájaro
mojándose en el río.

Te levantas para que no se fugue
dejando secos los esteros de la mente.

Tomas un lápiz
en el temblor del instante:
vacío que borra el verso
y deja en blanco el espanto.

Cierras los ojos.

Sientes la respiración
remontar los ramales de venas
y esteros, desplegando sus alas
sobre los pulmones
y los Grandes Lagos
hasta volver a aquella rama,
al nido de tinta
donde tu pluma revolotea.

Sobre el blanco se levanta
el vuelo bermejo de las palabras
o el canto de un cardenal.


Zingonia Zingone (Londres, Reino Unido, 1971).

Es poeta, narradora y traductora; escribe en italiano, español, inglés y francés. Sus libros son editados en España, México, Costa Rica, Nicaragua, Colombia, Italia, India, y Francia. Entre sus títulos en español se destacan: Los naufragios del desierto (Vaso Roto, 2013), Las tentaciones de la Luz (Anamá Ediciones, 2018), El viaje de la sangre (Huerga & Fierro, 2021) y La pajarera sin redes (Domingo atrasado, 2022).


Fotografía: Jaime Buitrago.

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