De Diego Estévez
Caen briznas de pan sobre un tapete persa,
con grafías doradas, que en alguna pesadilla
atraen legiones de los monstruos
con que Kafka,
se supone,
estira las confidencias de Ovidio.
Recobro la calma ya que otea,
cercano,
mi perro que devora cuanto se figure pueda,
o acaso deba, fagocitar.
Cercano, demasiado cercano a nosotros,
como el recuerdo de los guerreros
que entregaban al sol esencia y vida
de sus enemigos.
O la andanza de los barcos
bajo el sol tenebroso del Trópico
cuyo último recurso es de azar y sangre.
A veces,
quizá más refinados,
vino del Ródano o del Abruzzo,
salsa de trufa,
hongos de nombre precolombino,
quesos escandalosos que lindan la corrupción,
o aves y salmones que son desliz y susurro
frente al más aparatoso chillido de las langostas,
el último baño
que evoca cierta tradición romana,
no tengo idea por qué
pues no hay honor ni paz
o cosa por salvar
como los que salvaban algo
al cortar
como cuerdas de un barco
sus venas.
Luego Prometeo
y su regalo
para tergiversar sabores
o paisajes
¿quién pensó en aquella taumaturgia?
Materia, vida, muerte
tornándose aire
e inundando nuestro cuerpo
y navegar de oscuras horas
o reflexión artificiosa.
Finalmente
sorber y vaciar
el alma de las cosas,
piel y esencia
de los seres.
Diego Estévez (México).
Forma parte del colectivo de poetas, afincado en Sicilia, Poetaretusei432. Es traductor de Gabriele D’Annunzio para la UNAM. Escribe también relatos y artículos académicos. Estudió Letras Modernas y Literatura Comparada.
Fotografía: Cortesía del autor.







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