De Luis Manuel Pérez Boitel
Solamente pervive mi silencio
ROLANDO KATTAN

Evocar la poesía y salvar al lector, la naturaleza que se dispone en un libro en estos tiempos puede ser un grato fingimiento, una novedad para el que se adentra al universo y reclama libertad, pasión, y sabiduría en las palabras. El espacio que resulta del fondo de cada texto se personifica y nos evoca un tiempo lejano, pero a la vez presente que doblega la sabiduría del ser, lo hace con un placer hedónico y donde las palabras se sienten verdaderas e inmensas. Esa definición de lo bello, al estilo de Platón, no puede resultar de lo feo que resulta, en lo absoluto, el drama que se distiende, el camino a recorrer. Cada texto se personifica como una necesidad y se asevera que allí reside el país, los amigos, la familia. Así, con grata precisión de orfebre de las palabras el poeta hondureño Rolando Kattan nos transita con la mirada ante Los cisnes negros, poemario ganador del XX Premio Casa de América de Poesía Americana, y que fuera publicado en la bella colección Visor de poesía, con un distintivo y preciso prólogo del maestro Joan Margarit.
Son textos que hablan de una finitud humana, donde el creador evoca a manera de solsticios esos peldaños que resulta la vida y el ser humano, aquí corporificado en cisnes. La levedad de cada texto nos seduce, a la manera de Ezra Poud, como un himnario de verdades, y con ello se posiciona su autor en lo más selecto de los poetas hondureños, donde signan las voces de Juan Ramón Molina, Roberto Sosa y José Luis Quesada.
Tengo en mis manos un gran libro, un libro que requiere tiempo para entender su dimensión, para alcanzar el vuelo que logra la imagen en estos poemas, con humildad e hidalguía. La angustia por el posicionamiento del tiempo es parte de su leit motiv, donde la huella de lo que acontece nos enmudece y nos traduce paz y armonía en cada página. No hay estridencias formales ni rupturas abruptas para el que intenta adentrarse a tales universos. La dimensión de las palabras es tan justa como sincera la mirada.
Su recuerdo diluido ya en mis lágrimas
es un cisne imposible en la memoria.
Galopante cala hondo Rolando Kattan, a un ejercicio tan difícil como exquisito y lo hace con un libro de anclaje universal. La definición de las voces que se entrecruzan le da un aire contemporáneo a cada poema. Aquí se evoca a Neruda, a Vallejo, a Virgilio, a Góngora, pues resulta parte del diálogo. Se trata incluso de golpear una realidad que no resulta del todo ajena, es parte de un posicionamiento, de una mirada trascendente. Los cisnes negros, rompen el hechizo del cisne blanco, y evoca una forma de mirar, de sentir, de asumir los derroteros. Incluso se logra una verdadera alquimia de lo sagrado para el lector, para compartirlo desde cada verso y lograr así cierta complicidad por lo que subyace en sus imágenes, la racial de estas páginas nos traduce una preocupación ante el ser contemporáneo.
Incluso en los haikus se perciben un sutil convivio con esa mirada precisa, a la manera de la poesía pura. Son estos cisnes que están cerca, que no se aíslan, que transitan la aventura y la magia del poema, para recrear nuestros propios universos. De eso creo que se trata. Y de allí la elegancia del decir, la precisión del trazo, el inventarse una sabiduría que retoma de un legado cultural de vital trascendencia. Percibo en cada poema un equilibrio que pudiera llamar, un órfico tiempo, donde Quasimodo es también parte del asunto, de la belleza espectacular, de la magia por un mundo que se va sosteniendo en la medida que avanzamos en la lectura de un poemario como este.
Cuánto habría que agradecer a Rolando que rompiera el silencio de la poesía hondureña a nivel del escenario hispanoamericano para entregarnos estas páginas, que brotan como la vitalidad de alguien que concientiza y tiene un alto valor por la poesía, incluso para estos tiempos donde la poesía no está en su mejor momento.
Hay, infiero después de leer estas páginas innumerables veces, una anunciación de lo efímero, una precisión de que el tiempo acabará, y el hombre se dispone a ofrecer como pinceladas en un cuadro de Vicent van Gogh lo eterno de su verdad, lo que diría es el tiempo del discurso mismo.
Los cisnes negros seguirán enmudeciendo al lector y alcanzando otros cielos. Se trata de un poemario de consolidación de un poeta, pero también de un poemario de la necesidad de asumir la literatura como algo sagrado. Se trata incluso de un libro que transpira una necesidad humanística, una visión por alcanzar con hidalguía, otros cielos, otros países, otros lectores. Volvamos a él cuando no nos quede otra sabiduría que aprender, para afianzar otros límites, otras verdades, como el que ha entregado un reino sincero y definitorio, como todo lo que resulta de una poesía que resulta un privilegio para estos tiempos.
Luis Manuel Pérez Boitel (Cuba, 1969)
Poeta miembro de la UNEAC, tiene más de 35 poemarios publicados en diversos países, y ha obtenido importantes premios literarios como el Casa de las Américas, 2002, y el Manuel Acuña en el 2013. Es pintor y abogado de profesión. Posee la distinción por la cultura cubana que otorga el Ministerio de cultura en su país.
Fotografía: Cortesía del autor.







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