Guatemala, reconocimiento y autocrítica en la escritura

De Giovany Enmanuel Coxolcá Tohom


 Introducción

Antes de empezar con estas anotaciones, revisamos parte de la bibliografía clásica para el caso y nos surgió la siguiente pregunta: setenta años después, ¿quién leerá en las líneas de la mano de Guatemala?

            Hubo una época en la que se debía abordar un avión o un tren para llegar a una fuente de consulta y, mucho antes, se debía viajar a caballo. Estas dificultades han sido superadas. Ahora es válido preguntarse, qué fuentes de consulta tienen mayor validez: ¿los libros que incluyen colofón, los archivos electrónicos o las consultas a la inteligencia artificial?

            En cuanto a nosotros, consideramos que, tanto el libro impreso como las respuestas de la inteligencia artificial, son útiles, siempre y cuando hagamos un esfuerzo para detectar los sesgos y parcialidades incluidos en lo que se consulta.

Decidimos, por razones de espacio, no citar párrafos de otros autores para respaldar nuestro punto de vista y sólo cuando lo consideramos didáctico, necesario o ilustrativo citamos un título o a un autor

Conscientes de las limitaciones de cualquier aporte nuestro, intentamos generar más preguntas para que otros se sumen a la discusión y ya pasemos, del elogio innecesario, de la adulación, del paternalismo o de la victimización, a una valoración real de lo que hemos alcanzado como sociedad con la palabra, en su dimensión estética. Ante todo, debe prevalecer la valentía para la autocrítica y no caer en el panfleto cultural, en la propaganda de capilla o en la verborrea aldeana.

Oralidad y escritura

En algunos libros aún encontramos versos y frases que nos dejan helados o nos iluminan la noche. No podemos explicar por qué nos sorprendemos o por qué creemos que tal sucesión de palabras cruza como relámpago frente a nosotros. Intuimos que el escritor ha encontrado las palabras justas para expresar lo que sentimos o algo que quisiéramos comprender. Al no poder explicar la razón de nuestra perplejidad, recitamos lo leído para ratificar nuestra conmoción. En esta cristalización de la palabra, se actualizan antiguas creencias.

Creer en la poesía es creer en el verbo judeocristiano o en la palabra que juntaron los seres cósmicos de la cultura maya prehispánica para la creación del mundo. La palabra como testimonio del pasado (Bartolomé de las Casas), como acto de fe (John Milton), como totalidad del amor (Víctor Hugo), como consumación del horror (Ricardo Falla) o como acto de posesión y dominio (Bernal Díaz del Castillo). Por ello, deducimos que siempre es oportuno hablar de poesía.

No privilegiamos la poesía en verso que se sucede en forma vertical. La palabra cristalina y depurada puede notarse en la crónica, en el soneto, en la novela o en el cuento. A eso le llamamos poesía, al menos en estas reflexiones.

            En el río de la oralidad también es posible encontrar poesía. Después de todo, antes de la escritura fue la oralidad y antes de la oralidad articulada, fueron los balbuceos onomatopéyicos. Tenemos noticias de la Iliada, por mediación de los rapsodas y del Cantar de Mío Cid, por mediación de los juglares. De manera que es difícil hablar de poesía, limitándonos al rigor de la escritura. Aunque para estas reflexiones sondeamos libros impresos y realizamos una breve revisión de lo que circula en las plataformas virtuales, sin considerar necesario citarlos en esta ocasión.

            Podemos detenernos a reflexionar acerca de lo que aún nos dice un hexámetro de Homero, que ha atravesado siglos e incontables filtros de traducción y adulteración, algo similar sucede con la poesía persa o con los pasajes del Memorial de Sololá. De este modo es posible estudiar la poesía contemporánea de un país o región continental, que comparte vínculos de distinto orden con otras regiones: la relación y el contacto lingüístico, la colonización, la religión, el comercio, la educación y el ejercicio del poder (que tiene que ver con la colonización y con la legitimidad de las literaturas en el mundo).

También se puede alardear de etimologías, de las interminables definiciones que se han intentado dar de ella a lo largo de los siglos, puesto que, en todas las civilizaciones de todos los tiempos ha habido poesía.

Proponiendo una definición provisional, podemos decir que es la expresión de sentimientos por medio de un lenguaje artificialmente alterado. Si alguien vive una crisis doméstica o de fe, es condenado al destierro, le sobrevive a la tortura o ve su país reducido a cenizas, podrá expresar sus emociones por medio del lenguaje articulado. Volviendo a Homero, en la Iliada hay un conflicto doméstico (el rapto de Helena) y un conflicto entre imperios (la destrucción de Troya). En El señor presidente, de Miguel Ángel Asturias, se alcanzan niveles de lo que podemos llamar alta poesía, tanto en la descripción de torturas, en la cúspide del amor o en la locura del indigente.

Con esto podemos aseverar, sin correr tantos riesgos, que en quienes han escrito poesía en el continente americano en lo que va del siglo XXI, perduran partículas de Homero y de Las mil y una noches, dado que el idioma español también se nutre del griego y, si le atribuimos una verdad literaria a Cervantes, el Quijote existe gracias a Cide Hamete Benengeli. Ocho siglos de presencia árabe en la Península Ibérica no fueron en vano. Si en las manos de Bernal Díaz del Castillo corrió la sangre de nuestros ancestros, en nuestra lengua perduran ecos de Cervantes.

            Aunque siempre es oportuno hablar de poesía, los poetas no logran explicarla. Alguien dijo alguna vez que la poesía «es», para asignarle una dimensión vital. Así, podríamos seguir con definiciones tras definiciones.

En kaqchikel se ha propuesto la palabra compuesta pach’untzij (pach’un, participio del verbo pach´unik, trenzar, y tzij, que significa palabra). Para referirse al poeta, se puede utilizar la palabra pach’unel tzij, cuya traducción literal es «trenzador de palabras», Habrá que esperar a que alguien actualice el Memorial de Sololá, como lo hiciera Asturias con el Popol vuh.

Pero por qué afirmamos que en la oralidad hay muestras de genuina poesía: hace poco más de tres años, tuvimos ocasión de reencontrarnos con un vecino, hablante nativo de kaqchikel, que estuvo durante 18 años como inmigrante en los Estados Unidos. Habla poco español y articula frases rudimentarias en inglés. En nuestro reencuentro, tuvimos este diálogo que podría estar un paso delante de los mejores momentos de Humberto Ak’abal y varios más adelantado a ciertos libros que nos tomamos el tiempo de revisar.

—¿Ütz awäch, Goyo?

  • Man kan ta ütz, ala’.
  • ¿Achike ruma?
  • Yib’ison.
  • ¿Achike nabísoj?
  • Ri k’aslem.[1]

Aquí, proponemos una discusión integral entre la tradición española, quienes descienden de ella y la tradición indígena, cuya fuente primaria de poesía es la oralidad, la lectura del testimonio literario kiché y kacqchikel viene después. Dado que el universo indígena no estuvo clausurado ni para Asturias ni para Cardoza y Aragón, los hablantes nativos de alguna lengua americana tampoco tienen clausurada la preceptiva occidental ni su tradición.

Poesía guatemalteca

A partir de la palabra pach’unel tzij, de la respuesta existencial de Gregorio (Goyo) y de la relación interlingüística de las civilizaciones a lo largo de la historia, surgen dos preguntas: 1. ¿de dónde partir para hablar de poesía guatemalteca? y 2. ¿qué se entiende por poesía guatemalteca?

Después de una somera revisión de los libros publicados durante los últimos cinco años, nos queda la impresión de lo fértil que es la escritura poética en el país, para no decir poesía. En el prólogo de cada publicación se encuentran hipotéticas respuestas para estas preguntas. Del lector depende si creer que el responsable de tales páginas o párrafos habla en serio o cumple con el sagrado deber de quedar bien con el autor. Si el alcance de cada publicación es proporcional a la resonancia del país en el concierto de las naciones o a la calidad de su sistema educativo, no se debe confiar demasiado en los prólogos y en otro tipo de carta de presentación de las nuevas propuestas literarias.

De estas publicaciones, hay algo que puede estremecernos o helarnos: dentro de medio siglo —no hay que esperar demasiado, bastará con que pasen diez años— pocos autores serán recordados. Se salvarán quienes queden bajo el paraguas de una editorial con cierto prestigio o reconocimiento, quienes logren penetrar los círculos literarios vinculados a los poderes hegemónicos domésticos del momento y quienes, por contar con una plataforma económica privilegiada, publiquen con editoriales transnacionales, que siempre son de mayor difusión. Aun así, eso no es garantía de permanencia. Nada garantiza la permanencia en el tiempo de las obras recién aparecidas. Entre tantos publicados, quizá uno, después de mil versos, logre escribir dos que pudieran conmovernos, quizá uno, después de miles de párrafos, logre una página que debieran registrar las antologías para la posteridad; pero es poco probable que lleguemos a ellos, perdidos entre decenas de publicaciones.

De la lectura y revisión de la bibliografía correspondiente, colegimos que a la actual poesía guatemalteca le falta vitalidad: no refleja la fuerza de la tradición de las dos caudalosas corrientes —que definen nuestra idiosincrasia— que tan bien se encuentran en Asturias, en Cardoza y en Mario Payeras. En Asturias, sobre todo en Hombres de maíz, se reafirma el español como una lengua para escribir obras con la virtud de conmover al mundo, como los sentenciara Cervantes, siglos atrás. Integra a su escritura una oralidad poética que revitalizan las partículas del griego y del árabe, que nos acompañarán hasta al fin del mundo. En él se actualiza la tradición intelectual precolombina que, de la escritura en códices, sobrevive en la oralidad para reaparecer en caracteres latinos. Asturias, para tomar una muestra de las alturas que puede alcanzar la poesía, es la oralidad, los códices y Cervantes que, a su vez, es heredero de Benegeli, si mantenemos el riesgo de apoyarnos en una verdad literaria.

Los escritores contemporáneos, por su parte, están más pendientes de su resonancia en las redes sociales, sin distinción de género o procedencia étnica, esta es la regla. Es de esperar que su correlato crítico reflexione a partir de coordenadas similares. Este párrafo no constituye un reproche, sino una forma de entender hasta qué punto el neoliberalismo nos ha llevado a una estancia de no retorno, cercana al embrutecimiento.

La poesía que vino después de la caída del Muro de Berlín se volvió propaganda o reflejo del neoliberalismo, canto a la psicodelia, ingenua copia de la rebeldía beat y del cine estadounidense. Pocos escritores se salvan de las agendas culturales externas: el indigenismo como una réplica interminable de Humberto Ak’abal, quien a su vez en pocos versos logra distanciarse de la sombra de Luis Alfredo Arango. La exagerada apelación al victimismo, al panfleto o a la anarquía verbal y uso indiscriminado de metáforas son los tópicos de lo que se está escribiendo desde hace ya décadas.

Dicho lo anterior, se puede retomar la pregunta inicial de este apartado. Es posible partir de un verso del Popol wuj (Popol vuh escribió Adrián Recinos y el primero no le resta validez al segundo), de una frase del Memorial de Sololá. A esto se le puede agregar un hexámetro de Rafael Landívar, hasta llegar al magma verbal de Cardoza y Aragón. En el primer caso, hay una muestra mínima de la erudición indígena continental precolombina que sobrevivió por medio de la oralidad, hasta llegar a la coalición interlingüística: si en el plano cultural hubo una colisión, en el plano lingüístico hubo coalición, ya que, de no ser por los registros en caracteres latinos, no tendríamos acceso a lo que algunos llaman el libro sagrado de los mayas. Sin esa coalición entre la oralidad quiché y el alfabeto español, Roberto Obregón no habría escrito sus mejores poemas, Asturias no habría escrito Hombres de maíz, y con esto, Guatemala no tendría un hijo en los archivos de la Academia Sueca y su nombre no habría quedado ligado a Lenin, personaje que aún le quita el sueño a sectores paleolíticos de este país que jamás dejará de ser aldea.

El autor de la Rusticatio… es responsable de una de las mayores proezas poéticas frente a la nuevo. No habían transcurrido tres siglos desde que Pedro de Alvarado ingresara desde el sur de México a lo que llegaría a ser Guatemala. Pese a la grandeza de Landívar, su error fue no arriesgar su obra con un registro lingüístico del continente, que empezaba a tener su propio tono, su ritmo, con sus matices y significados que las palabras adquirían frente a una realidad que no dejaba de ser novedosa. Dante no eligió el latín para los tercetos de su Comedia, la obra de Cervantes es valiosa porque legitimó el español como una lengua para grandes obras. Así, la Rusticatio… es una hazaña literaria con lectores únicamente en el pasado. Aunque, quizá Landívar no erró: es más probable que sus versos latinos eran para ser leídos por el poder europeo.

            El salto hasta al autor de Guatemala, las líneas de su mano es intencional e inevitable, que conlleva dos objetivos: primero, demostrar que en toda exposición, exploración literaria o reflexión se dejan al descubierto subjetividades; segundo, exponer que para hablar de poetas guatemaltecos se puede partir de cualquier momento de nuestra historia moderna, que apenas supera los dos siglos desde que se llevó a cabo la farsa independentista y geográficamente quedó delimitado como país, con sus gobernantes, con sus forcejeos de poder y todo lo que ya es lugar común entre historiadores y estudiosos de la literatura.

La poesía y la sociedad

La poesía no ha sido de consumo masivo y no llegará a serlo. Aunque en el habla cotidiana de las personas es notoria la inclinación hacia la experimentación verbal, los juegos de palabras, las rimas, los chistes y las expresiones de doble sentido, no significa que consuman un libro de poesía al mes. Por esta razón, cuando se habla de la permanencia de un autor, surge otra pregunta: ¿permanencia en dónde o entre quiénes?, ya que, en esta dimensión del código letrado, la mayoría de personas que hayan cursado, al menos, la educación secundaria —se podría incluir a los de formación universitaria— son analfabetas.

            El párrafo anterior da lugar a otra pregunta: ¿quién es el interlocutor hipotético de las reflexiones que se escriben en torno a la poesía? Los especialistas en literatura constituyen una forma extraña de marginalidad y es difícil demostrar lo contrario. Ocupados en redactar monumentales informes de citas textuales en el formato APA o en actualizarse en metodologías de investigación (como una muestra, después de la caída del Muro de Berlín, se desentendieron del realismo socialista para embarcarse en otros ismos más rentables: entre ellos el indigenismo), no hay interlocutor digno de su atención.

Quienes se dedican a la docencia o tienen a su cargo la asignatura de Comunicación y Lenguaje en los distintos niveles educativos solo tienen tiempo para planificar, calificar y preparar entrega de notas bimestrales. La juventud, ya lejos definitivamente de la lectura, incapaz de leer sin distracción durante cinco minutos, ha iniciado un viaje cuyo desenlace no está definido, pero es previsibles. La población en general, está más interesada en la supervivencia cotidiana y, entre leer un libro de poesía, leer una reflexión en torno a ella y quedarse dos horas frente al teléfono, se decide por la tercera opción.

            Lo expuesto en el párrafo precedente, son razones que nos hacen creer que al escribir acerca de poesía guatemalteca, antes que lectores hipotéticos aparezca una muralla hipotética o el vacío. Y entre los lectores, que ya es arriesgado utilizar el sustantivo en plural, no hará eco. Cada lector es un potencial poeta y cuando decida asumir su destino ya no tendrá tiempo para la lectura. Con los altos índices de analfabetismo en el país, si no es extraño, al menos es curioso que todos quieran ser poetas o al menos versificar.

            A pesar de lo anterior, el asunto se discute a cada cierto tiempo en los espacios culturales o cuando hay ocasión para conmemorar la obra, el nacimiento o la muerte de alguien relevante en las letras, o cuando se celebra la aparición de un nuevo libro. Si se les presta atención, desde los primeros minutos se puede saber a qué conclusiones se llegará. Lo que se dice en determinado foro o mesa redonda, podría reciclarse para cualquier autor y cualquier obra, salvo que este sea tan impresentable o indefendible. Si en el foro se habló de X autor y de X obra, en el siguiente foro se puede decir exactamente lo mismo de Y autor y de Y obra, y en un tercero se puede decir lo mismo de Z autor y de Z obra. Bastará con algunos cambios en la redacción de la exposición o con actualizar los datos.

            Otro punto importante a señalar es el siguiente: quienes estudian la poesía guatemalteca no pueden ocultar sus fobias y sus filias. Así es la naturaleza humana y todos los autores, por más que hayan alcanzado un estatus mundial, le han legado varias ligerezas a la posteridad, por lo que no se puede ser tan severo con los pensadores del istmo. Queremos decir con esto que, en reflexiones en torno a la poesía no hay manera de alcanzar objetividad, aunque la opinión vaya respaldada por una veintena de fuentes bibliográficas, debido a que tales fuentes fueron escritas en algún momento en condiciones que sesgaron la opinión, análisis o reflexiones del autor.

A manera de conclusión

Las preguntas centrales que han guiado estas reflexiones son dos. Discriminamos entre las que pudieran orientarnos mejor. En este caso partimos de las planteadas en el apartado «Poesía guatemalteca», que intentamos responder, sugerir bibliografía para que los interesados ensayen una respuesta personal o tratamos de agregarle otras, por ejemplo, ¿qué es ser guatemalteco?

Para responder la pregunta anterior se puede acudir a un diccionario nacional de etimologías a uno de historia y definir en qué momento la expresión Guatemala cristalizó. Esta última cuestión no es de difícil resolución. Resumiendo, a partir de una enciclopedia personal y con el uso de una aplicación de inteligencia artificial se puede responder que ser guatemalteco es haber nacido en determinado lugar del continente americano, al sur de México y cerca del canal de Panamá, persona con determinadas características y contradicciones, una de ellas es no saber quién es.

            En la anotado hasta ahora, no hay novedad. Ese es el riesgo que corre cualquier persona que reflexiona acerca de un asunto que ha merecido seminarios, tesis y monografías, es decir, un asunto tan estudiado que nadie podría anotar algo nuevo. Para resumir, a un crítico contemporáneo con la suficiente lucidez y honestidad le basta sugerir una bibliografía mínima para responder qué es ser guatemalteco: La patria del criollo, para entendernos, Guatemala, las líneas de su mano, para entendernos a partir de la poesía y El síndrome de Maximón o la articulación de las diferencias, para tratar de alcanzar un punto o una estancia de equilibrio, a partir de nuestras contradicciones. Después de eso, se podría ensayar una opinión que responda a qué es la poesía guatemalteca o qué se entiende cuando se habla de poesía guatemalteca.

            Por último, geográficamente, Guatemala no es de una relevancia considerable, si nos desentendemos de lo que dicta el corazón. Queremos decir que podemos ser guatemaltecos y estar conscientes de que nuestro país no tiene mayor importancia en el diálogo de las civilizaciones: tecnología, educación, podría militar, economía, exploración aeroespacial. Es importante en otras dimensiones o en otros rubros: como el turismo o saqueo de recursos naturales, como laboratorio político y social.

Epilogo o el papel de las editoriales

Las editoriales nacionales de trayectoria son trascendentes nada más para sus fundadores o propietario; sus publicaciones, si corren con suerte, después de un cuarto de siglo, serán consultadas por especialistas que redactarán informes que nadie leerá. Los círculos literarios vinculados al poder siempre terminan mal o su prevalencia tiene tanto alcance como el régimen que les da cobijo, serán aplaudidos en público y defenestrados en privado. Los de las editoriales transnacionales son archivados y, pensándolo bien, las transnacionales publicarían antes una receta de cocina que un libro de poesía y, con justa razón. Un lector promedio encuentra más interés en cómo preparar un postre que leer los encriptados versos de un guatemalteco.

            En todos los encuentros de editoriales y editores, hemos advertido que pocos son capaces de tener la medida exacta de su papel en el movimiento de la cultura, en la construcción de las condiciones para un mejor devenir de la sociedad. Los editores y los escritores (poetas) tienen varios puntos en común: sobrevaloran su importancia en la sociedad, no aspiran al poder, pero le son sumisos, su regla es la corrección política, la hipocresía, el autoelogio o la falsa modestia…

Posdata

Lo anterior es una propuesta de reconocimiento y autocrítica. Es posible que en el futuro retomemos varios puntos bosquejados.


[1] —¿Estás bien, Goyo?
—No tanto.
—¿Por qué?
—Estoy triste.
—¿Por qué estás triste?
—Por la existencia.


Giovany Emanuel Coxolcá Tohom (Guatemala, 1986)

Cursó la primaria y parte de la secundaria en el altiplano del país (Las Canoas, San Andrés Semetabaj, Sololá). Después se trasladó a la ciudad capital, en donde terminó la secundaria. Estudió Letras en la Universidad de San Carlos de Guatemala. Ha publicado varios libros de poesía, uno de ellos en kaqchikel, y está por publicar un libro para niños. Es traductor de kaqchikel-español. Actualmente integra el Consejo Asesor para las Letras del Ministerio de Cultura y Deportes de Guatemala. 


Fotografía: Cortesía del autor.

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