De Rafael Luna

Al borde de la luz,
en el reflejo del agua,
entre el sonido de los árboles.
Allí miraba a mi sombra en movimiento,
confundida con el aleteo de las mariposas
y la caída de las hojas.
El sol me envolvía intermitentemente,
mientras los insectos chirríaban y enmudecían paralelamente.
Los ligamentos bajo mi carne se estiraban,
resbalaban en sí mismos, se recogían,
casi reventaban sin salir de su lugar.
Mis manos eran mis pies, mis pies mis ojos,
la boca una oreja, la carne una piedra.
Dentro de las copas de los árboles mi voz rebotaba, se extendía, naufrágaba y se reencontraba.
Mi voz que ya no es mi voz,
mi rostro que ya no es yo,
mis palabras: mansas certidumbres.
La hierba crecía como crece en el cadáver,
frágil y tierna:
tímido brote de resurrección.
El tiempo: ¿a dónde fue mientras en el río el agua se debatía consigo misma?
Sólo gorgotea el agua, porque no puede hablar.
Su piel se ondula y expande y su propia corriente no la deja escapar.
Las piedras, atónitas, han esperado millones de años para surgir a la superficie,
pero la superficie no es superficie,
sino el interior de otra dermis más real y menos invisible.
Los insectos crujen cuando se confunden con las hojas.
Las hojas, silenciosas, ríen y lloran.
Aquí no hay nada, salvo mi sombra que baila y se regocija en la luz.
Cuando la noche llegue, no habrá más preguntas.
Rafael Luna (Teziutlán, Puebla).
Hijo de obreros y nieto de campesinos, creció en los bosques de la sierra poblana. Licenciado en Sociología de la Cultura por la UNAM. Coordinador de Stultifera Navis – Círculo de Poesía y Crítica y gestor cultural. Desde hace cinco años investiga los fenómenos de aislamiento generalizado y soledad en las sociedades modernas contemporáneas. Actualmente estudia la Maestría en Estudios Sociales en la UNAM.
Fotografía: Cortesía del autor.







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