De Vanesa González
Has dicho ver un ciprés a lo lejos,
un ciprés de escamas verdes
cuya frescura desdice
la soledad del cuerpo y su pobreza.
Es inevitable:
el invierno ha concordado
tu árbol con el mío.
Idéntico núcleo despierto
en el seno vegetal.
Las tardes de enero son oráculos
de expresión transparente.
El frío nos urge a alargar el brazo
por sobre el desierto movedizo
de la sensación.
¿Lograremos tocarnos?
Ante el riesgo de cerrar los ojos,
nada es cierto ni seguro.
Al otro lado de la ciudad,
también veo un ciprés de escamas verdes
Ahora lavo mi cuerpo por mi cuenta
y en nada se asemeja al que mi abuela limpió.
Después de tantas mudanzas
no son las mismas células
ni el mismo número de huesos:
una extraña total.
«Abuela,
no te fijes en lo morena que me volví
pues el sol me ha mirado
y cultivó en la superficie el vello».
El corazón enceguece al deshojarse.
Ahora,
sólo yo puedo tocar mi borde
pues he crecido y me he llenado de significado.
El sueño era la casa de mi madre,
absorta se recogía en aquella arquitectura
de ventanas estrechas, puertas tapiadas:
durante años, un bastión enemigo.
Sin límites naturales ni verjas,
se alzaba sólido
bajo la luz del mediodía.
Lo reconozco. Un tiempo guardé rencor
hacia los muros que cerraban
ese único huerto donde podía alimentarme.
¿No es verdad que los hijos son amados
cuando se renuncia a la propiedad?
Ahora, me parece sitio de encuentro.
La clausura
de mis ojos descubre entradas:
mi madre se ha quedado en el sueño
y a él voy cuando quiero estar con ella.
Cuando Dios no sucede en la memoria,
nos convencemos
–inteligentes y expuestos–
de que el hogar abandonado
está en los momentos felices.
Cuando Dios no sucede en la mirada,
confesamos dolor al estar lejos
de la estancia erigida
sobre cimientos de gloria.
Cuando Dios no sucede en las manos
y los labios se mueven sin flor,
es difícil aceptar el vínculo
con el instante huérfano;
jornadas de trenes detenidos.
Cuando Dios no sucede,
llama por nuestro nombre
el hogar verdadero:
la casa que no se extraña
pero nos vio crecer.
De las grietas, un camino.
Hay gente así, herida de cartografía:
todo concepto se limita y se enlaza
bajo un impacto singular,
toda dirección antes fue ruptura.
Avanzar es doloroso
Y me avergüenza mostrar
los mapas que me explican:
«Observa de dónde vengo. Esto es lo único
que aprendí sobre el amor».
Vanesa González (Ciudad de México, México)
Maestra en Letras Latinoamericanas por la Universidad Nacional Autónoma de México. Ganadora del III Premio Latinoamericano Marta Eugenia Santamaría Marín 2024, sus textos han sido publicados en diversos medios impresos y digitales entre los que destaca el Periódico de Poesía UNAM (2020), Revista Literaria Taller Igitur (2022), Letras Libres (2022) y Revista Chonchón (2025).
Fotografía: Cortesía de la autora.







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