De Ignacio Aru
LUPERCAL
El sacerdote trae un perro entre sus manos,
abre su lomo para ver las runas de carne
predecir una constelación
junto al estómago del lobo
y el corazón del hombre.
Coloca los ojos del animal sobre los nuestros,
adhiere su piel a nuestros huesos,
hace resonar el aullido como el eco de los pechos
que reconocen por primera vez el hambre.
Petrifica un águila en su mano
y bendice nuestras frentes
con la marca dorada del vuelo.
Las antorchas giran alrededor del lago
y bebemos de rodillas el agua negra,
y la cueva donde descansa el Fauno
brilla como una galaxia sobre la roca.
Nos dice que la iglesia está en las palabras
que nombraron a los elementos del mundo,
su piedra se erige en nuestra muerte invertida
para recibir al mes de la nueva edad
con los rostros ocultos en los rostros.
Las mujeres aguardan en el monte
entrelazadas por un hilo rojo,
a que brille la estrella de Ulnar
que guía el mar de sangre
por el que navegamos desnudos.
Llegamos como olas que se lanzan
sin reconocer el fin de sus cuerpos,
traemos tiras para azotar los vientres y las espaldas
y nacen niños que nos muestran sus dientes.
Los Gemelos Vendados queman la casa
de la infancia
en la que vive un anfibio,
para desflorar la vida entre las higueras
donde las mujeres cuelgan sus cabezas de ciervo
y nos entregan la luna que inviste
a la diosa cazadora.
Del libro: Lupercalia
ATTILA
Venderé mis diecisiete años
al mejor postor
como Attila se los vendió al diablo.
Que Dios me cuelgue
y me entierre si quiere,
como Attila se hundió en su corazón.
El polvo suspira el agua fresca,
el hambre se reclina tranquila sobre mi ropa
y si me estorba, me quitaré la corbata
y me arrancaré el cuello como Attila.
Algún día me iré a pasear en la rueda
de un tren por la noche.
Del libro: Catorce días bajo la nieve
MALAS SEMILLAS
II
He visto el rostro de la muerte
y poco a poco se ha descubierto el mío,
el lavatorio está lleno de un agua morada,
una bruja me toca el hombro
y revuelve en el caldero la visión de mi juicio.
Aprendo a comer con las ratas,
ellas me ofrecen sus semillas
endosadas con el polvo azul
que deja la sangre y los químicos.
Yo alguna vez me creí príncipe
y heredé una piedra hueca
sobre la que reiné hasta igualarme a ella.
¿En qué momento comienza La Sombra
a ir detrás del cuerpo?
III
Paso las noches atado a un árbol
para descubrir la profundidad
en la que caerán mis huesos,
arbitrariamente esparcidos
para la predicción de los magos.
Los minerales al fin querrán jugar conmigo,
llamarán a mis restos para abrazarlos
y transfórmalos en un huerto.
Interrumpirán el ritual de mis venas
y me obsequiarán a la mordedura de un ángel.
VI
Oyeron un grito
sostenido secretamente en las paredes,
un llamamiento a la locura del ave ciega
varada sobre su roca.
La inscripción de otra sangre
en los vitrales,
innombrable.
El presagio de una bestia merodeadora
que empuja las puertas,
el ritmo interior de una semilla.
Las flores de plástico crecen en el jardín
donde yacen los cadáveres
de cabezas de rubíes y manos de arena.
Hay una música debajo de la tierra.
La casa parece derrumbarse,
los hombres la tienen rodeada,
dan vueltas con sus trompetas,
los padres que viven en ella
corren a ver a su hijo
antes de que caiga su pequeña Jericó.
Sobre la cama ya no hay nadie,
no hay tiempo para los padres,
el techo empieza a desmoronarse,
las paredes colapsan,
los vidrios rotos
y los alambres del patio
hacen su cárcel.
Debajo de la tierra hay una música;
los padres encuentran a su hijo.
Del libro: Catorce días bajo la nieve
ANA’S POEM
Los rayos han destruido tu cuerpo.
La luz trastocó tus órganos y dejó una grieta negra
desde donde puedo ver la figura de un caballo
galopando sobre la pradera del veneno.
Madre, tiro de un carruaje sobre las flores
que vi soplar en la figura de tu rostro.
Dejaste a la muerte sentarse en mi cama,
nunca me leíste nada y antes de nacer
regalaste tus pechos.
De pequeño decidí no tocar tus huesos
ni dejarme cargar por ellos,
cuando supe que eran la empuñadura
de las primeras rosas de Asia.
Los muertos dicen cosas,
desde mi primer recuerdo
se ocultan en tu vientre y te peinan
y te buscan en secreto.
Debo confesarte que no veré mi rostro de viejo,
la belleza y fuerza de mis diecinueve años
han encontrado su gloria en el mes virgen de Junio.
Y ahora que me has olvidado
he venido a mojar tus manos
en el río que se abre
junto a mi casa.
Del libro: Catorce días bajo la nieve
ANATOLIA
Me salvaré en Anatolia, calmo y sin apuros descenderé las piedras descalzo, el ruido del transporte y de la industria se irán esfumando. En los vidrios empañados se dibujará mi viaje y el mercader no recordará que partí en su caravana como esclavo de la belleza y el asombro. El suelo dibujará unas huellas frente a mí, los perros no ladrarán cuando llegue y se partirá la ladera. Sangrará el Trópico en mi cabeza, los caparazones de las tortugas estallarán y la saliva será roja y serviremos sopa. Habré olvidado la orilla de las Maldivas y las barcas me esperarán en vano tras una roca.
Me recibirá una mujer que agite su espíritu de cítara, caerán rosas a su rostro y me afeitará la cara. Girará con su copa en medio del desierto y el mar traerá el rumor de las estrellas que descienden a las cascadas de Konya. Beberé de esa agua, pura o maldita y la sal preservará mi cuerpo.
Saquearé la caridad de las iglesias de piedra, ninguna cortina de ninguna casa evitará ser rasgada, los camellos serán las cúpulas de los ríos, en mi tiempo los cuervos serán más gordos y la grasa de los peces 20 cortará las mareas, banquetes de lepra; seré el apetito de un diablo conmovido por el amarillo profundo y las tormentas lunares.
Docenas de barcos emergerán de las dunas, Pesáj, Shavout y Sucot serán asesinados por una mancha de fuego y pondremos colmenas en sus cuellos. Toda la ciudad me aclamará y me lavaré la cara con arena.
Sentado, miraré las chimeneas donde conversan las hadas y el viento una vez al año libera sus boinas de lava, y vuelan palomas que a los hombres van y cuidan. El olivo se lo comió Dios. Ya habré sabido entonces que el océano se ha arrugado, descendido, encajado en una botella para siempre y amarraré un velo negro en mi cabeza.
Del libro: Catorce días bajo la nieve
Ignacio Aru (Costa Rica, 1999 – México, 2025)
Ganó el Premio Literario Brunca Universidad Nacional de Costa Rica en el género de poesía (2021), el premio internacional de cuento de Fundación Mapfre, España (2014) y el tercer lugar del premio Nacional de Poesía Letra Joven, Costa Rica (2017). Su primer libro Lupercalia se publicó en México (Ediciones Diablura, 2020) y Catorce días bajo la nieve en Costa Rica (Editorial Poiesis, 2021). Una muestra de sus poemas aparece en la antología personal Anadiómena (Colmenart, 2023) Es Coautor de la obra de teatro Mistérica presentada en el Teatro Melico Salazar en el 2015. Hizo estudios de Derecho en la Universidad Hispanoamericana. Participó en diversos Festivales Internacionales de Poesía en México y Colombia. Su obra circula en revistas tales como Altazor (Chile) La Raíz Invertida (Colombia) Liberoamérica (España) New York Poetry Review (USA) y Círculo de poesía (México), entre otras.
Fotografía: Cortesía de la señora Ana Cecilia, madre de Ignacio Aru.







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