De José Antonio Domínguez
TREN I
Sobre el techo de quince vagones la multitud se apiña
cartones y mantas cubren las cabezas
desdeñosos ignoran cámaras que filman y retratan
Son las doce meridiano
perpendicular cae al centro de relojes
Angustia, sed, hambre
algo así es la eternidad
A las cinco de la tarde
el horizonte degrada en marrones y celajes de bandera
Capitanes de un barco al vacío
polleros y coyotes comandan
Los atrasados corren
los que llegaron a tiempo corren
los que escaparon corren
se aferran, se cuelgan, se jalan
se guindan de barrotes y lazos
abrazados al compañero
al desconocido que ofrece la mano
Y así, lento y constante
comienza a zurcir sombras y distancias
lanza bocanadas negras
ensucia nubes y brújulas y destinos
Trepa, sigue, baja por la noche que empieza y lo acompaña
las montañas se alargan como tumbas de gigantes
cómplices de lo que no se sabe
de lo que va a pasar
La luna también montará los vagones esta noche
rodará por las vías del sueño
verá el amanecer
Todos beben del mismo misterio en distintas oraciones
registran imágenes repetidas interminablemente
Celaje marrón-bandera cae en lo profundo de lo incierto
Soñadores, cómplices, suicidas
se alejan
me dicen adiós
TREN II
Aterido y sordo Mozart corre a esconderse
a hospitalarias vecindades de hormigas perezosas
escarabajos espectrales y geckos besucones
El tren se repite frente a la ventana
maniobra sobre el mismo espacio
tritura todos los sonidos, los de afuera, los de adentro
sus gritos acerados esmerilan dientes, uñas, tímpanos
Potente bestia va en reversa a Tonalá
vuelve y se repite sin ningún remordimiento
sobre el sueño efervescente de una luna blanca
pálida burbuja sin cobija ni listones mercurio o cobalto
Impaciente se adentra en el corazón dormido de la ciudad
repite su amenaza de trepano y avanza
ondula su cresta de sombras en la sombra del Azar
polizón oportunista que asecha cada circunstancia
Testigos de su diario presagio
vamos tras el rastro de sus muertes
vigilante insomnio somos balastro
Desciframos temblores de la sed
somos agua en el aire repartida
Mozart, salpicado del inicio de este siglo
ha vuelto lánguido y eterno a mi aire a mi mesa
Le ofrezco el callado tren de mi sangre
los parajes y remansos de venado
el asombro de manantial compartido
la fumarola tibia del hogar escondido
la memoria del viento redondeando una peña
las estelas del Lempa besando cadáveres
de ceibos, cedros y robles
Ik LUMAL
A don Julián Reysan
Una mosca me ronda
aterriza en la mesa
atrevida bebe de mi café
Una pareja joven con su pareja de pequeños
atentos revisan los teléfonos celulares
los niños corren entre mesas de manteles naranja y verde
Don Julián regresa de entregar el cuerpo del hombre muerto en Tuxtla
Ha venido a informar incidentes del viaje
Luego se pierde en técnicas, solemnidades y trucos para embalsamar un
cuerpo no importa quién haya sido o si han de pagarle
si lo recogió de las vías del tren
o en algún lugar dónde solo los perros sabían
lo tendrá en urna refrigerada esperando
como un Jesús espera santo entierro
Es un ser humano, quizá una madre lo busca, me dice
Don Julián es un hombre extraordinariamente bueno y no le importa serlo
Con su mujer y Alondra dignifican al extraño que ya no existe
Grande en humanidad, excéntrica su humildad
Huele a muerto, no ha muerte
a muerte huelen los malos
Masajea el rostro fallecido hasta volver tersa esa rigidez
así los deudos lo verán natural, repite
Quiere desaparecer las esencias pútridas
-casi lo logra-
a riesgo de que nauseo fantasma se apodere de su respiración
de su cuerpo, de su casa, de su auto, de su cama
Se ha ido de prisa a Matías Romero
un cadáver desconocido
torturado y quemado espera
Alondra se lo arrebató a la fosa común
ambos lo hurgarán como augures
sabrán quién lo ama
Conducirá cinco horas por una carretera que se traga el tiempo
Ruego lo proteja la pata de coyote colgada al retrovisor de la carroza
Gabriel siempre sonríe
la panza le cuelga como saco de arena movediza
es joven, moreno, gordo, afro
va y viene con la bandeja de café en alto
mira al rincón por si necesito algo
observa que peleo con un enemigo invisible
viene armado de un matamosca
la muy cobarde huye
Cada domingo una sola comida en lujo y austeridad
un caldo tlalpeño, pechuga a la parmesana
verduras al vapor, arroz especial
pan, mantequilla, mermelada
un tonel de café en muchas tazas
y agua, bendita seas agua en esta tierra de la sed
Cuando los cristales
reflejan el apaciguado ardor de las lámparas de la calle
la ciudad libera sus desiertos
Una legión fantasma
entre ficus y almendros, poemas
en desamparadas iglesias, gritos
a las mercerías y chinos, piedad
a hoteles dormidos, puertas
el empedrado que sobra
una canción para llegar al sueño
LOS IDUS DE ABRIL
Furioso está el dios que gobierna las mareas del sol, escupe sobre todos, incendia la ciudad, devora maleza de campos y caminos, calcina sombras, hace estallar las piedras, tortura sin piedad árboles y frutas, afila los raíles inmensos, indignados machetes, derrite vagones olvidados hace años, deshidrata los suelos, marchita pozos, se bebe el Lagartero y sus arenas, ignora la súplica de los jilgueros, hace brotar la desesperación y la rabia en necio salpullido sobre la piel del día, ansiedad, desasosiego, frustración, epidemia en el rostro de todos. Es la hora de la revancha contra la indolencia, los caminantes desafían la sed, beben de sus llagas, escupen los miedos desafiando la fatalidad; Arriaga los recibe indiferente, los conduce al redil junto a los lobos, junto a potros lustrosos que levantan polvo, junto a cerdos reventándose de gordos, a coyotes harapientos que los cuentan como pollos, todos esperan atisbando que aparezca el tren que los salvará de sus miserias.
Abril se retuerce entre rayos y vapores, grita su primavera de fuego, no es el renacimiento de litografías en paredes y escritorios, ni alamedas floridas en románticas películas de un Paris hollywoodense, no, aquí el verde está muriendo, como dijo el cantor, es la prima-vera de la muerte que ha llegado otra vez a la estación de la muerte; primavera que no vierte clorofilas sobre la tierra y la mirada, primavera que se vierte en la sangre de hombres, mujeres y niños que ha llegado agitando sus banderas de desesperación y sueños.
II
David venía de desencantos y arrojos, de Nicaragua a El Salvador, de Ahuachapán, de Apaneca a Soyapango, de la Campanera; venía con su sonrisa quieta estampada en el DUI, quizá bebió muchas acaguamas para embriagar la espera, quizá la fatiga lo sometió al sueño, quizá los anhelos se le fueron volando, quizá la hipnosis del ir y venir de las máquinas que berrean abriéndose camino en la oscuridad, quitando éste poniendo otro, éste aquí éste allá, aquel se queda éste se va. David va en el techo del vagón, depósito numerado y remachado a otros que van donde los lleven, contenedores sin alma. David liberó una mirada que nadie vio en el final de la noche, David se tambalea, unos apuestan está borracho, otros están dormido, hay quien dijo la Santa Muerte está a su lado.
El tren salió en sentido contrario al esperado, va a la cementera, a la Estación de Tonalá, David se fue con él, y a nadie importa porque cada quien busca su horizonte en la noche de todos.
El tren vuelve con más haberes, loco como siempre se pasea por el mismo camino hasta llegada la hora, entonces resopla, resopla y resopla, engancha el último vagón, sin prisa ni despedidas se arrastra rumbo a Oaxaca, racimos de migrantes retrasados o dormidos corren arañando el metal y siempre hay una mano extendida, es la madrugada del primer día de abril.
A la siete de la mañana, hora del escolar y del mercado, un cuerpo partido por mitad, que una tira de piel une torso y tórax, fue encontrado cerca de El Basurero de Arriaga, vaya alegorías las de la muerte, David, ¿alguien escuchó tu grito?, David, ¿pensaste que era la muerte esa oscuridad, ese dolor, ese desamparo entre colinas, basura y soledad?
A 800 kilómetros de distancia nadie se alarma de una muerte más, es un aviso virtual, un nombre, un dato insuficiente, se necesitan más señales para importar, al fin que no hay prisa, dicen, está muerto y es hora de almorzar; ah, pero ordenaron no llamar funeraria aún, no asumir compromiso, es decir, David debe esperar con los intestinos al sol, sus órganos merienda para moscas de la carne, expuestos, libres en la vertiginosa reproducción de millones de bacterias invisibles al asco, un estanco de sangre inflamada reventando arterias a 40 grados de temperatura, aquí no hay un moderno depósito de cadáveres, apenas un cuartucho con cadena y candado que no hay quién abra, aquí no hay una manta blanca que purifique la muerte, la fosa común observa desde el cementerio, voraz, insaciable.
Pero David no es el sapo que mancha el pavimento y hay que raspar su sombra fétida, no es el perro destripado por el automóvil veloz y sin culpable que hay que sepultar del asco y la higiene, tampoco es lo que queda del caballo patas arriba, cuero y osamenta negra que a kilómetros contamina el mediodía, David es un hombre que hace unas horas soñaba y conversaba con la distancia; Don Julián lo sabe, espera a las puertas de la morgue como un aura nocturno, generoso, purificador, agridulce, con la parsimonia de un celebrante recoge las mitades, las entrega a los alumnos y a la vez sus hijos, arcilla sagrada y modelarán el barro de esa carne, cosen aquí, unen allá, lavan, drenan, colocan, observan, visten, luego lo pondrán en urna refrigerada en Tapana, ahí, con el vigía de la funeraria, un hombrecillo sobre-viviente a 27 balazos que camina como si peleara con un vendaval, David comparte su muerte, escucha la vida del hombre, sus penas de amor, sus canciones norteñas que al almorzar junto a él, de vez en cuanto pregunta: «a ver manito y tú que dices…como es tu tierra…» Nadie sabe aún si David regresará a su tierra, quizá alguien sentencie que se cubra con tierra mexicana, son los caprichos de los protocolos, es la burocracia sin género del poder, ordena que busquen a su madre, no para acompañar sus llantos, sino para hacer cálculos, mirar bajo su cama, revisar las columnas, las vigas, los horcones de su casa, los muros, los vecinos, las cosechas, y decidir la rúbrica que libera los dólares del regreso; David espera, entre el rictus de ahora y la sonrisa plastificada del DUI que esa caricatura de humanidad extienda la mano.
III
Este abril exige más que una poción de sangre, quiere un festín, su vendimia. Dicen que fueron tres mujeres que caminaron desde los últimos vagones y llegaron a disparar al rostro de tres coyotes mexicanos, y del hondureño, asiduo visitante de la embriaguez que murió con ellos, por los heridos, también mexica-nos, es mejor no preguntar, el silencio es un panal que zumba avispas y veneno, es guerra entre carteles dicen, violaron tres mujeres, es ajuste de cuentas que no cuadran, es pleito entre las maras…el tren es un territorio en movimiento que reclaman unos y otros, incluidos esos asesinos nuestros, sí, los vienen extorsionando desde El Salvador, Guatemala y Honduras, esos que a veces tocan la puerta y llegan llorando con su carga de muertos, arrepentimientos y felonías.
IV
Abril está terminando y quiere y exige un último brindis de sangre.
Sus labios carnosos, sus ojos dormidos, el moreno de la piel ha verdecido, la nariz es corta y ancha, el cabello recortado, negro, grueso, lacio, tiene 14 años, parece un hijo dormido, un sobrino, un amigo del hijo, un nieto quizá. Lo llamé Pedro cuando lo vi, pero se llama Carlos.
El otro joven es moreno y delgado, tiene 15 años, mira la foto con desilusión, callado, amplificando el golpe de los relojes que observan que habla para sí, o para él…» a este chavo lo vi en el parque de Tecun…» estabas sentado en una de las bancas, arrimado a un grupo de mujeres y hombres de Honduras, tomabas un agua, no ibas con ellos, ibas tras ellos; sí, eras vos, o sos vos aún?
Maicol también es hondureño, tiene 16 años, se hicieron amigos, le dijiste que venías solo, arrepentido de haber tomado tres mil lempiras a tu tío, ya sin poder regresar, tres días de caminar sin descanso hasta llegar a Mapastepec, querías dormir pero el tren iba de paso, se sintieron hermanos, viajarían juntos, serían familia, llegarían al DF, trabajarían, compartirían el salario y un día harían juntos el camino hasta el paraíso lejano que van buscando todos los caminantes. De dónde venías Carlos, unos dicen de la Ceiba, otros de Choluteca, otros de San Pedro Sula, no se encontró la mochila donde cargabas tu historia, el olor de tu ropa, tal vez un carnet con tu nombre y sonrisa, el lugar de tu infancia, tampoco se encontró tu pierna izquierda cercenada hasta la pelvis, por ahí fluyó tu vida hasta secarte las arterias, y somnoliento y vacío te recibió la muerte.
En Arriaga el vagón del que caíste no dice anda, se calla una muerte más, hay una mancha negra y pedacitos de algo que ha de ser tu carne, al acercarnos lanza una manotada pestilente, de rechazo de cólera, Maicol repite que le diste la camisa que lleva puesta, que le dijiste que serían hermanos, que es su culpa por haberte encontrado, que no olvidará el crujir de tus huesos cuando caíste al vacío.
Pedro, la hermandad no tiene fronteras ni tratados de paz ni soberanías nadando en el mar, llamamos a la puerta de tu bandera y vendrán un día que no será mañana dijeron, traerán una cámara una libreta un discurso cuando todo sea solo un rumor, un cuento una leyenda, pero vos no vas a estar para la fotografía, para el espectáculo a la orilla del tren, vos estas ahí donde esperan los desconocidos, los que se quedaron sin pies ni caminos, los de las cruces sin nombre, los de las tumbas hundidas, porque a nadie importan los que no tienen madre ni padre ni hermanos ni novia, ni nombre ni nacionalidad ni sueños.
5594 KILÓMETROS AL SUR
Para L.I.S
Los alisios de julio trajeron tu voz en las alas. Era un amanecer insomne, el aliento polifónico de los pájaros insistía llamando a la ventana junto a la corriente de un invierno vagabundo que con su lengua de brisa suave murmuraba en hojas y banderas algo de nuestro diálogo que no termina.
En el tráfico silente e invisible de los signos, los amigos decodificaron tu silencio, dijeron que te fuiste tras las huellas de trashumantes aves que emigraban al Sur; eran los alisios de enero del año que no recuerdo y que no olvido.
En lo profundo del último café que bebimos dejaste una sonrisa presagiando el adiós; desde entonces la aguja imantada de mis ojos escudriña cada noche en el Oriente, la ruta austral.
Estas palabras son un fantasma azul que va en tu busca, quizá presientas el pálpito nervioso de la mano que escribe, las dudas e indecisiones que los testados ocultan, acaso adviertas largas pausas como indelebles trazos sobre el papel, blanco testigo de horas que ya no existen.
Tras el rastro inefable de distancias y olvidos, manos laboriosas lanzaron al vuelo esta carta,
ejército de nubes escoltaron su vuelo por sobre lindes imaginarios, trazos de olvidados cartógrafos que hoy repiten incesantes los mapas, verdes imperios le vieron pasar como libélula silenciosa ungida del misterio que nutre las montañas, sin saber de aduanas, censuras ni custodios por fin llegó a la tierra del salitre y del vino, donde el Poeta nuestro desde lo eterno canta junto al mar: “esta es mi casa, entra en el mundo de la flor marina, piedra constelada que levanté luchando en mi pobreza.”.
MONóLOGO
a BF Son las 2.27 del domingo
toco mis párpados inflamados por el sueño
escucho la lluvia rebotar en el piso del jardín
se desgrana como flor líquida
froto mis brazos elimino el frío
miro alrededor, diecinueve estantes con libros hacinados
el reloj despertador de un amor olvidado
detenido a las 6.30 de un día también olvidado
en el estudio hay desorden huellas de jóvenes que buscan
en millones de palabras escritas en esta pantalla blanca
fantasmas sobreviviendo a los anhelos
tengo sueño, no quiero dormir, pienso, pienso
toco mis párpados otra vez
recuerdo el verde de los árboles al pie del abrazo
el rumor del viento, sigiloso cómplice del miedo
escucho un corazón golpeando la sien
mis dedos tienen olor a cabellos ajenos
pero estoy aquí, aquí donde el nuevo día se esconde
a mi alrededor no está ella
sus brazos no acarician mi espalda
ni sus ojos me reconocen
toco mis párpados otra vez
busco dentro de la oscuridad del tiempo
hallo un sollozo buscando ventanas
huele a naranjas, a humus, a fuegos
-quién viene a mí y no pregunta por mí-
toco mis párpados beso sus manos
acaricio la sombra de su espalda
cuento sus vértebras como un ciego
huelo su sexo lejano y ahora no pienso, sueño
Las fotografías interrogan a quien las ve
la lluvia se cansa, golpea cada vez más despacio
tengo sueño, otra vez mis párpados blandos de tiempo
las ventanas sucias, la cortina es vieja
el computador zumba, no entiende por qué
en la mesa de frente Rainer María Rilke en 1875 escribió
Cartas a un Joven Poeta
acaricio el libro me disculpo por la espera
habrá un poema para ella, le pregunto
calla, parece decir que el mejor poema es el amar
son las 2.59 tengo sueño y ella ha de dormí
Al cerrar los ojos camino por una calle extranjera
fue hace muchos días y no pensaba en amarla
pero las estrellas como migas de luz
sabían el rumbo de los meses venideros
me llevaron a su mesa a su risa y a sus pasos
Las 3.02 minutos tengo sueño y sigo escribiendo a ella
la lluvia vuelve, me increpa
me recuerda que unos viejos me aman y esperan
pero tengo sueño debo dormir ahora
ahora, mañana será mañana
y ella ¿dormirá o velará la ternura que quedo en su vientre ?
en el sueño me esperan los olvidos momentáneos
esa muerte que acaricia la frente con deseo
sin decidirse a hincar el diente
el aliento de la almohada otra vez sobre mí
tengo sueño, quizá estoy dormido y sueño que escribo.
José Antonio Domínguez (San Salvador, El Salvador, 22 de noviembre de 1963)
Poeta, abogado, ex Cónsul de la República de El Salvador en los Estados Unidos Mexicanos, defensor de derechos humanos, comprometido en la protección y defensa de los migrantes salvadoreños y centroamericanos. Fue miembro del Taller Literario Xibalbá. Con Chifurnia Libros publicó “Estación de los vientos”.
Fotografía: Cortesía del autor.







Dejar un comentario