De José Landa Rosas
Bajo el cielo ceniza me conducen mis piernas.
Esta noche no tengo ni esperanza ni amor.
Sólo queda el calor de mi pobre navaja.
Hoy me he visto la cara de un retrato-robot.
A pesar de sus ojos he salido a la calle,
a pesar de sus ojos me ha tocado vivir.
En un barrio de muertos me trajeron al mundo.
Esta noche canalla no respondo de mí.
Javier Egea
Quiero decir que vivo quiero decir que quiero
que sufro que me río
que soy un amasijo de mujer al filo de la noche y el desvelo
Gioconda Belli
Esto es lo que suelen decir los insomnes que no pegan los ojos en toda la noche…
José Saramago
1
Una palabra insomne.
Un murmurar a tientas –sin la luz
del silencio, que a veces, ayuda a conciliar
la calma con el caos de la vida sin calma–.
Ese murmullo, a tientas,
se conjuga en presente, anda sin ton ni son
en busca de asidero,
de oídos que se presten a atender
su idioma de otro mundo, de otro tiempo,
con mensajes en clave:
“Cherregavia, romuno” –por decir uno de ellos–
que significan todo
cuanto en su caminata y murmureos
se le ha pegado al cuerpo,
a la lengua, a los ojos, los oídos
la mirada sin párpados.
En su conjugación abre la puerta de la soledad
para que entren los ruidos cotidianos
del vivir a deshoras.
Es un verbo, mejor dicho: es un acto
difícil de entender
aunque al principio, el interlocutor
lo escuche y se imagine que pudo descifrarlo,
pero si calla por completo puede
oír que suena, ruge levemente
con timbre de aire afónico,
con el cansancio de las voces viejas
o la debilidad del balbuceo
de algún recién nacido, que descubre
una de las funciones de sus cuerdas vocales.
El murmurar a tientas, aparece
en la avenida junto al edificio
do vive este cuaderno de oscura soledumbre
que inventa a la memoria
del mundo como no se le conoce,
avanza en la neblina de diciembre,
en sentido contrario al de los autos,
como una sombra ajena
que se extiende en el muro, se prolonga
–amenazante cuerpo de criminal o vago
en pos de alguna víctima– en la semipenumpra,
al ritmo de la prisa que corroe
a esta ciudad sin rostro ni paciencia.
9
De noche todos los gatos son pardos.
Refrán.
¿De qué belleza puede un artista beduino
platicarle al espejo del silencio
en la altanoche herida por un rayo de luz
que entra por la ventana
de ese cuarto de hotel en Barcelona?
En la noche los gatos empardecen.
¿Qué cosas bellas pueden revelarse
en la semipenumbra a la vista de pocos?
¿Cuáles bellos sonidos en medio de estridencias
se les concederán al tacto de las Trompas
de Eustaquio de los sordos
que escriben partituras para reyes incultos?
En la noche los gatos son leones,
son emociones pardas, mentiras de verdad.
¿De qué visiones pueden hablar los alacranes
mudos por tanta sed de luz en las mazmorras
del subsuelo del cielo en una madrugada
oscura como entraña del olvido?
¿En qué felicidad puede pensar
el impensable averno que sonríe de lado
burlándose de nada ante el reflejo
de su rostro sin gestos sobre la superficie
del estanque brumoso donde murió Narciso?
En medio de la bruma todo es pardo.
Sólo el caos es bello, su vieja soledumbre
que recorre países, mares, desiertos, ríos,
vincula continentes entre sí
para después hundirlos uno a uno
como barcos inmensos de papel.
13
(Nix)
Hija del caos, viene
con un panal de avispas en la mano
a sembrar la discordia, el escozor
sobre la piel del aire…
Es la noche perversa que todo lo subvierte.
Contra el muro del tiempo
arroja algunas sombras
que semejan los mapas del futuro.
Ella es la diosa Nix, se impone a la ciudad,
con cuerpo seductor embauca transeúntes
–noctámbulos sedientos de placer–
que arroja a los abismos del insomnio.
Con Érebo El Oscuro –su amante ocasional–
embrumece las calles, los rincones del mundo,
tergiversa las rutas de la vida,
los pasos de los hombres que a punto de dormir
se despiertan a solas,
se descubren en medio de unas islas
en cuyos litorales desembarca el vacío,
la soledad con ropa de viajera
dispuesta a desnudarse a la menor
provocación del tacto y el deseo.
De la fría tiniebla de sus ojos
brota un rayo de luz:
el Éter como pizca de infinito,
que se anticipa al día
que en ciertas madrugadas de vigilia
pareciera jamás aparecer.
Luce vestido negro –y no de luto–.
Ella es fruta del caos
(el caos, árbol seco y sin embargo fértil),
va dejando a su paso
una sustancia dulce, venenosa,
cuyo aroma hipnotiza a las personas solas,
y da el soplo de muerte a quien se niegue
a inclinar la mirada
y desoiga, rebelde, el mandamiento
de vaciar su memoria como humilde tributo
a su poder de reina de las horas
más largas del invierno.
Hay que tener cuidado:
en su reino de bruma, puede matar los sueños,
y a cualquiera obligarle a recordar
los momentos más tristes
o simplemente hacerle confundir
el camino que lleve
de regreso a la casa o la oficina,
perderse en los placeres o el olvido.
23
Insomniar es un verbo
que suele ejercitarse cuando la luna llena
se cansa de alumbrar
los techos de edificios,
las fronteras del mundo
donde empieza el adiós o el bienvenidos,
y allá atrás de los montes enanos que circundan
esta ciudad –oscura en su interior–:
una brizna de luz relampaguea
con timidez de foco a punto de fundirse,
ejercita la acción
de insomniar en la calle o la recámara,
parpadea como un trote cansado,
titubea como la caminata
de un niño o de un borracho
que desconoce el rumbo de sus pasos.
Así la noche insomnia.
Así el deseo insomnia.
Él insomnia. Tú insomnias.
Mientras todos afuera de esta vida noctámbula
ignoran que dormir completamente
es un verbo imposible.
24
También le di al insomnio la forma de tu cuerpo,
tu olor y tu color de madrugada
herida por un haz de luz menguante,
tu olor a lluvia que recién saliera
de las manos de octubre.
Entre su boca puse tus palabras,
en memoria del tiempo cuando nuestras vigilias
llenaban los sentidos de placer.
(Imaginabas campos sembrados de veranos,
como si imaginar fuera un deporte
del que fueses campeona
en la ciudad repleta de ambulantes insomnes).
Tuvo la madrugada tus poros bien abiertos
al salir de la ducha
y un no sé qué de moros en la costa,
kilómetros abajo,
donde la desnudez era sospecha
de cuerpos abrasados en lo oscuro
de su desear a solas.
También le di al insomnio esa tu oscuridad
que alumbraba silencios a deshoras;
el tacto de tus dedos en los amaneceres
que jamás concluían.
Y le di, sobre todo,
tu voz que repetía desde sitios remotos
que el insomnio debiera llamarse de otro modo.
José Landa (Campeche, 1976)
Es autor de 20 libros, entre ellos escritor, pintor y editor. Algunos de sus libros son: No pido compasión para mis quejas –reunión poética 1993-2023– (Universidad Autónoma de la Cd. de México, 2025), El telar del infinito (Mantis Editores, Guadalajara, Méx. 2023), Aunque murmure el frío (Ediciones Vitruvio, Madrid 2020), Tribus de polvo nómada (Editorial Renacimiento, Sevilla 2011), Ciego murmullo de ciudades portuarias (Editorial Cultura, Guatemala, 2011), Naviguer est un oiseau de brume (Ecrits Des Forges / Mantis, Quebec 2010).
Ha obtenido numerosos premios como el Internacional de Poesía Ciudad de Alcalá (Madrid, 2020), Internacional Luys Santamarina (Murcia, 2019), Mesoamericano de Poesía Luis Cardoza y Aragón (Guatemala, 2010). Finalista en los premios Loewe, Tardor y Fray Luis de León de Creación Literaria.
Es miembro del Sistema Nacional de Creadores (SNCA). Ex becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) de México como poeta, y del Programa “Edmundo Valadés” como editor.
Es licenciado en Psicología y en Ciencias de la Comunicación, con Maestría en Psicología Clínica Cognitivo Conductual, maestrando en Criminalística Criminología e Investigación Criminal, estudios de Especialidad en Grafoscopía Documentoscopía y Lofoscopía. Asimismo, está certificado como psicólogo forense y como psicoterapeuta.
Fotografía: Cortesía del autor.







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