De Emmanuelle Brío
Mi amigo Saramago
Esa música del viento
sacudiendo árboles,
acompañada por el canto de los pájaros,
me recuerda:
Eres libre, feliz y afortunado
de no ver tu casa bombardeada
o a tus seres queridos desangrarse
sin escuelas ni hospitales ni alimentos.
Como Nasrudin
pienso:
qué bueno que no es mi malestar
y celebrar mi dicha puedo;
pero no dejo de acordarme
de que no soy
ni ciego ni estúpido ni lerdo.
Los niños de Palestina
no son menos humanos
que los niños que juegan en Morelia;
los niños palestinos
tampoco son menos niños
que los niños presos políticos en Cuba.
Nosotros como quiera, pero
¿y los niños?
Qué clase de individuos somos
si no pensamos en los niños.
Mi amigo Saramago siempre dijo:
“lo que hay que hacer es dar alerta al mundo”.
Los pájaros cantan,
los árboles se mecen con el viento,
y los niños mariconsitos y los cubanos,
los palestinos y los norcoreanos,
o los niños transexuales de Morelia,
también tienen derecho
de cantar y volar cómo las aves,
libremente,
como si fueran importantes,
sin ser bombardeados o encarcelados,
cómo dijo mi amigo Saramago en un poema:
“Otros dirán en verso otras razones”.
A mí discúlpeme por las molestias, soy
un simple poeta y mis razones
son éstas.
Los niños del Festival Novia
Había fiesta.
Sí, había.
La música era un sol erguido sobre el trigo,
un canto que nacía en pulmones recién creados,
en rodillas intactas,
en el tiempo que aún no sabía doler.
Entonces llegó la sombra.
Llegó como hierro rompiéndose,
como grietas rasgando el vestido del amanecer;
apagó los cuencos de la música,
colgó los globos en ramas secas —pájaros sin vuelo—,
y manchó la arena con la sangre caliente de las muñecas.
Los cuerpos corrían sobre cuerpos,
se buscaban con uñas rotas,
con lenguas mordidas por el miedo,
con zapatos que habían perdido a sus pies.
Los gritos se mezclaban con el polvo y con la saliva del pánico.
Los astros, guardianes de la trayectoria eterna,
se reventaron los ojos para no mirar;
la luna, madre testigo,
fue tomada y violentada en su rostro,
como las niñas psicodélicas que ya no jugarán en la hierba.
Un crimen contra la humanidad
se grabó en las paredes de la garganta,
en las venas ocultas de la tierra;
hay que nombrarlo, nombrarlo, nombrarlo,
no por grito, no por drama,
sino para que nunca vuelva el filo sobre la carne.
II
En el viento, un murmullo:
Canten… canten por quienes se apagaron;
su luz todavía respira en nuestras bocas.
Y los que quedaron,
con ojos de carbón infecto,
unieron las manos temblorosas
y juraron no quebrarse.
En la penumbra rota,
cuando el polvo seguía siendo un dios indiferente
y la saliva sabía a hierro y a alarido,
alguien recogió un hilo de voz,
delgado como un cabello de infancia,
y lo guardó en su palma:
ardía aunque temblara,
como una favila.
Pasaron horas,
pasaron siglos dentro del mismo llanto,
y ese hilo empezó a tejer una tela
donde los nombres se reconocen sin palabras.
Del fondo del polvo —ese polvo que fue grito—
brotó la rosa de Jericó:
primero quieta,
luego despacio,
abriendo su boca de tierra al agua invisible.
Emmanuelle Brío (Ciudad de México, 1984)
Es poeta y autor del libro Puto amor (Cígneo Ediciones, 2021). Desde 2015 radica en Michoacán y su obra ha sido publicada en diversas antologías y revistas. Ha obtenido reconocimientos como el V Certamen Literario José Arrese (2010) y el Concurso Internacional de Poesía Heptagrama (2011). Su poesía aborda la diversidad, la memoria y la dignidad humana. Es una voz que entrelaza lo íntimo y lo político en el panorama literario contemporáneo.
Fotografía: Cortesía del autor.







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