De Gorka Lasa
Los mundos de la evocación
«Este camino ya nadie lo recorre,
salvo el crepúsculo».
Matsuo Basho
No hay reposo, incluso en este viejo espacio de luz,
estancia perdida en el tiempo donde todo está en silencio,
donde el alma, cansada como los soles que se inmolaron para negarnos el día,
renace del agua púrpura de la soledad cósmica y sueña su deriva,
errante, melancólica, indiferente, atávica.
¿A dónde viajarán las gaviotas de mi interminable atardecer?
esas que desafiaron el espacio remoto de un azul final e indolente,
brotando de la tormenta como flores nebulares de un sueño perdido.
¿Están aquí, vuelan acaso en la poesía que se busca a sí misma, suspendidas,
en el celaje inexacto, en el temblor invisible del viento contra la eternidad?
¿Qué haremos ahora que el crepúsculo es también la herida en el terco corazón?
¿Es este el sendero que debemos recorrer para trasmutar el dolor adherido?
¿Qué haremos ahora que el sueño ha muerto en las manos sembradoras?
¿Adónde irán a soñar los lentos peregrinos de los cielos de la mente?
¿En qué océanos de inabarcables edades cósmicas perdió el rumbo mi navío solar?
¿Quién encendió los viejos faros que arden invictos en horizontes insondables?
¿Qué será de mí, arcano navegante, errante en los mundos de la evocación?
¿Dónde descansarán, por siempre heridas, las gaviotas de mi melancolía?
¿Qué quedará, ahora que el dios es mácula en la mano de los misterios?
¿En qué remanso de la memoria se durmió desolada mi esperanza?
¿Dónde está la playa solitaria que aguarda la sal de mis huesos?
¿Alguien escuchará mi lamento en la cósmica eternidad?
¿Hay alguien ahí, en esas distancias incognoscibles?
¿Dónde está la luz que perdí buscando la Luz?
¿Por qué el abismo es el reflejo de la herida?
¿Dónde está el resto de mi vieja bandada?
¿Puede entonces el tiempo sanar las grietas de mi rebelde corazón?
¿Puede acaso el amor ser bálsamo de las heridas del espíritu?
¿Podrán los soles sostener el peso de mi atávico dolor?
Lentamente se cierra el horizonte sobre mi vuelo,
la tormenta arde en el crepúsculo,
y me dejo caer, por siempre,
en el abismo de la libertad.
Poema 11
He vuelto a las cartas que escribí en la derrota, al papiro invisible de antes de nacer, para releer la vida que ha quedado rota en los espacios tristes, en la oración inútil, en el reloj de arena de la quinta luz. Volveré a las veredas que conducen al templo, su gruta esmeralda, la fuente del ayer, donde viejas gaviotas se rindieron al fuego; donde el libro fue carne de un ritual olvidado; las estrellas, el llanto; la luna, el pincel. Hoy he vuelto a las cosas que habitó mi esperanza. Un lastre de ausencias en las garras del sol, en valles de angustias seducidas al viento, la noche, su canto y el peso del mar. He visto las sombras que acompañan mi viaje, he visto la estrella que me invita a seguir, el abismo de arena en la senda del plomo, la guerra infinita que perdió el porvenir. Hoy he vuelto a las cartas que escribí en la derrota, he bebido la tinta que nunca se secó, he transcrito el poema en el fuego del alma, dejando mi huella en la huella de dios.
Oscuras oscilaciones
Aguardo en la fría penumbra el tibio roce de la luz,
espero en esta playa del tiempo, en rondas, vidas inútiles,
he visto soles caer y volver a levantarse como águilas heridas,
me he quedado dormido viendo el lento flujo de cíclicas edades,
la leyenda de mi alma, a la deriva, en las oscuras oscilaciones del Ser.
En la bruma del origen, vi el sueño sombrío de la noche que se avecina,
y en el abismo, la luz que daría vida a las bóvedas no creadas del infinito.
He buscado en el silencio los glifos que conjuraron el olvido, el dolor, la herida,
he buscado en los océanos primordiales la respuesta al enigma de la mente dividida,
he sido testigo de viejos imperios, sus lunas calcinadas por el horno de los milenios,
templos olvidados, esferas, soles cansados que ya nunca volverán a sus órbitas delirantes.
Mi alma está herida de distancias, cansada, huérfana del sol,
exiliada en el hemisferio triste del húmedo dolor humano,
arrojada a la plegaria inútil de una tierra ciega e infértil,
condenada a ser testigo del ocaso de un dios inexistente.
Me he quedado dormido viendo el lento fluir de cíclicas edades,
la leyenda de mi alma, a la deriva, en las oscuras oscilaciones del Ser.
Aldebarán
Atardeceres terribles colmaron mi alma de silencios,
Aldebarán.
Las horas de la sangre sobre el final,
la pausa, el errático exilio de la estirpe,
la lluvia eterna sobre las tierras innombrables,
La soledad de tristes campos de olvidadas batallas.
En los senderos de un planeta muerto,
anidaron los ciclos del devenir,
acunando mares negros.
Atardeceres terribles colmaron mi espíritu de nostalgia,
Aldebarán.
Este viaje de símbolos ya concluye su ira,
inequívoca, nema por siempre oculta,
en los áureos cantos admonitorios,
en el vértigo de la eternidad,
sello atávico del clan solar.
Allí donde fuéramos arrastrados, padecimos,
llevamos en nosotros la tara de la luz,
el epitafio de los soles insurrectos,
los fríos horizontes sin final,
saña de manos asesinas.
¡Míralos! pueblos desterrados en el viento de las eras,
Aldebarán.
Y sufro esta búsqueda de esferas y caminos,
añoro el retorno al templo de los orígenes,
el ansia voraz de una tierra virgen, núbil,
para colmarla de ríos, poemas, bosques,
para labrar mi tedio en sus espasmos,
para arrancar la vida a sus entrañas,
y luego, muerta, volverla a poseer.
Atardeceres terribles colmaron mi tristeza de futuros,
Aldebarán.
El ciclo inútil de los dragones tristes,
tormentas de mares primordiales,
crearlos de la nada tomó eones.
Esta es la venganza del soplo original,
impaciencias, crípticas premuras,
la angustia de los tiempos.
Y al final, cuando encontramos planetas habitables,
estábamos tan cansados de los viajes sin retorno,
tan irremediablemente derrotados por la osadía,
que las leyendas que nacieron de nuestros ecos,
solo serían cárceles eólicas, templos rotos,
trenas del dolor, la mentira y la muerte.
¿No es acaso esta creación, el más terrible de los legados?
Aldebarán.
Tanto dolor vertimos en los mundos, tanta negra rabia,
indolentes, asesinamos a la Madre que los protegía,
sus dioses melancólicos, cantan débiles, huidos,
en atardeceres invisibles de soledades atávicas,
los últimos tiempos, los siglos ya olvidados,
los grises finales, en sus ocasos inertes.
Somos nosotros, los últimos errantes,
poetas del gnomon, viajeros de la esfera,
evocadores de la vieja herencia del dolor,
del castigo, la vieja culpa y su estigma silente.
Terribles castigos nos aguardan en el tiempo,
terribles crepúsculos colmarán nuestros silencios.
Solitario será el retorno del sol hacia la nada,
Aldebarán.
Poema 8
Puede que la noche, como tantas otras cosas, se pierda en el océano de mi alma de sufí, y que los días negros, cual llamas arcillosas, extraviadas gaviotas de un mar indolente, vuelvan a la noche a llorar sus esteros de astros perdidos y barcos de papel. Mil veces he partido a conquistar el silencio, la sorpresa cautiva de una bala otoñal, en la ruta que parte de la mano al delirio, de otros tantos caminos que me llevaron a amar. He vuelto a morir en
mi viaje de selvas, he vuelto cansado de una tierra sin sol, he visto señales de fuego en el alba, delfines nadando hacia un mar interior. He visto a mi alma soñar la partida, la guerra olvidada y el fuego en la voz. Y hoy remonto el camino que conduce a mí mismo, al claustro paterno, al rastro de ayer, encontrando que el río se ha secado en mi ausencia, a pesar de que en la herida no cesó de llover.
Lágrima Solar
¿Qué Ión ha perecido en la lágrima solar de mi tristeza?
¿Qué fue de aquel fluido ocre y perfumado de Dios?
Aquella sagrada oquedad sin forma,
después de arder en el fuego eterno.
En íntimo secreto, el símbolo nace,
danza del intento,
vuelo salvaje,
noche mágica,
marca equinoccial.
Galáctico equilibrio de los hemisferios,
único templo de lo armónico,
centinela de mi dolor.
Alzamos nuestro grito en la oscuridad de lo estelar,
definimos con fuego los inmóviles círculos,
las claves que derrotaron al tiempo.
Creo haber existido por eones en este cúmulo lejano,
después del ritual,
estalló mi alma,
supernova.
Lúcida vastedad de la que bebió,
lejano y peregrino,
mi espíritu indomable.
Solo por Amor he tomado esta ruta,
solo por compasión,
arde en mí la tarde.
Poema 18
¿Dónde están las noches de aquella visión centellante que en el líquido fluir de un metal antiguo se agriaron en su óxido doliente? ¿Dónde están los espacios sagrados, aquellos que evitamos para no escuchar el murmullo de la tierra, su lamento salino, su herida, su demanda? ¿Dónde nacerán los nuevos sueños, ahora que las ballenas, encalladas en las costas del pensamiento, reclaman su injusta muerte, su asfixia terrible en el atardecer del mundo? Arden hoy en la garganta de la vida nuevas formas que agitarán el futuro, heréticos sueños lúbricos para intentar inútilmente trocarnos en la luz que nos creó. Esta es la tragedia de un mundo calcinado, el desierto antiguo donde todo aguarda y comenzará de nuevo. Negro cubo habitado por la esquirla maldita de un viaje ilusorio que, tocando a su fin, supura delirios de eternidad en su lejano hemisferio en decadencia. ¿Somos solo remanentes de un orgasmo creador? ¿Pruebas ineficaces de un fraguador de galaxias de artificio? ¿Somos silencios arrojados a la periferia sin luz, inservibles máquinas espirituales? Somos ideas en desuso de un dios que se extinguió.
Agonía
De aquella lenta palpitación celeste
del entumecido acierto de una vida rota
lo azul tomó mi mano en la noche que nacía
como un libro escrito en un idioma sin símbolos.
Así llegó a mí la música que me sueña desde el sol.
Yo no pedí ser el cántaro que contuviera su condena hermética y suicida
maldición que, cual aceite, hace inservibles las manos y las horas.
Y a lo lejos, como en los meandros de un crespúsculo final
escuché en agonía la música celeste y el arpa del infierno.
Del sueño de su abismo se visten mis palabras
viajero trashumante de un tiempo que soñé
hoy llevo en mis adentros el pacto de la sangre
de verdes iridiscencias y mundos del dolor.
Así llegó a mí la música que me sueña desde el sol.
Gorka Lasa (Panamá, 1972)
Escritor, poeta y artista visual. Ha publicado más de ocho libros de poesía y uno de narrativa, entre ellos: The Ancient Inmensity of the Wound (en inglés, 2024), Algunos de Nosotros, Para Siempre (2023), El Espasmo y la Quietud (2019), Aldebarán, El Vértigo de la Eternidad (2017), El Equilibrio de los hemisferios (2013), La Claridad, Cuentos y memorias del despertar (2011), Cantos de la Legión Arcana, Nova Astra Natura (2009) y Viaje a la Lejanía (2007). Su obra forma parte de numerosas antologías, selecciones y volúmenes colectivos. Fue director, editor y socio fundador del Grupo Editorial 9Signos. Miembro de la Asociación de Escritores de Panamá y de la Sociedad de Editores y Autores (SEA), así como de diversos colectivos internacionales de escritores y poetas. Su trabajo literario aparece en numerosas publicaciones culturales y páginas web de diferentes países. Además, su obra ha sido traducida a más de nueve idiomas. Ha sido jurado en concursos literarios, ha recibido premios y reconocimientos, y ha sido invitado a numerosos festivales de poesía y congresos internacionales. Para conocer más sobre el autor y su obra, visita: http://www.gorkalasa.com.
Fotografía: Cortesía del autor.







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