De Luis Manuel Pérez Boitel
De izquierda a derecha, los poetas Lina de Feria, Cintio Vitier, Fina García Marruz y Luis Manuel Pérez Boitel.
Trocar las palabras como adivinación de lo que está en juego y definir un tiempo mayor, como si se volviera a la infancia donde todo está resuelto, suele pasar cuando leemos a Lina de Feria (Santiago de Cuba, 1945). Hay un acto de exorcizar lo inmóvil que nos conduce a razones más lúdicas, como si el paseante que suele ser un lector al leer sus versos necesite de tales empujes, pues nos está hablando de la dimensión de lo humano, de la necesidad de captarnos, tan semejantes uno al otro, que nos deja en ese discurso existencial como esperanzado, donde la vida está en jaque.
No por gusto, cuando leyeron el acta del Premio David en 1967 en esta propia UNEAC, se compartió el premio con Luis Rogelio Nogueras, al ganar Lina de Feria con un libro de corte existencial, Casa que no existía, con esos discursos donde la casa se convierte en el país, y el país en lo íntimo. Aseverar que la autora rememoró con este libro la necesidad del ser salvado, algo que en la poesía cubana es un leit motiv importante y trascendente, así como poco estudiado todavía.
Las necesidades ónticas se asumen en tales planes como necesidades de una mujer que afianza en la poesía su cosmogonía insular. Hay en la poesía de Lina de Feria toda una búsqueda de la isla, que sobreviene en toque de emoción, ante los descubrimientos más cercanos.
Seduce su poesía por el imaginario cósmico, pero también por afianzar desde el coloquialismo un discurso más filosófico, más dramatúrgico, y por consiguiente más diverso a los discursos que en la década del 60 existían en el país. Ella juega con lo certero, y no tiene miedo del naufragio, no hay en ella necesidad alguna de construir un sujeto lírico ajeno, más allá de esas naderías, hay en Lina todo un juego con su existencia, marcada por crisis psicológicas y depresivas con ciertos internamientos.
El pasado ya no pasa de largo, pero aquí se acrecienta la fe. Sus páginas guardan la tiranía de entender la pérdida familiar, el dolor que no es una necesidad, es un punto vital para entender las melladuras de un ser. ¿Qué poeta juega sin dolor ante la página en blanco? ¿Qué necesidad existe en un bardo ante los sacrificios y la necesidad de dibujarnos en lo cotidiano?
Evoca mucho su mirada, su entelequia ante lo que pasa muy cerca para asumirlo desde la otra realidad. La encrucijada en Lina de Feria se puede esgrimir desde la necesidad de seguir viva, de escribir nuevos textos, con un dolor que espanta, como una sensualidad que tal parece que la escritora no ha logrado tener mayor convicción, que cuando pronuncia y comparte su último poema inédito al que llega a su casa.
Su hogar está lleno de historias. Se ha quedado sola, pero ella en sí misma tiene el rastro de las personas que esperan en otra habitación de la casa para volverse a encontrar, ella es una viajera de un tiempo mayor, de una dimensión órfica que delata su linaje e hidalguía. Su poesía barroca se entrecruza con lo sensual y el amor más pleno, quizás por la expectante búsqueda de la sinceridad. Su belleza estriba en que lo anecdótico se hace una dimensión vital en su poética como si desde esa perspectiva la autora quisiera enfatizar en la necesidad de alcanzar la verdad.
Lina vive así un mundo sin utopías, sin grandes paraísos, pero ella no necesita de ello. Su poesía redime la dimensión de lo cándido y lo esplendoroso, como si las amarras del ser escribiente nos mostrara su verdadero país, su inequívoco e insustituible mundo. He tenido la suerte de conocerla desde hace muchos años, le había prometido un texto sobre su poesía que tal vez pueda ser este. La poesía en Lina de Feria atraviesa un primer momento ante la no definición, la imagen sintáctica se sostiene por el hecho de que las palabras afloran la dimensión más catártica, más ininteligible, pero esa geometría del verbo no es necesario para entender su plena dimensión.
La poesía es un sagrado equipaje que salva diariamente a Lina, la entrega a otro mundo, como tal parece sucede a esos poetas malditos que conocemos. Creo que Lina pudiera ser la última poeta maldita de Cuba Su historia está también entre los jóvenes poetas que han referenciado su gran obra, y no por gusto fue merecedora, entre otros tantos lauros, del Premio Nacional de Literatura, reconocimiento que ella siempre esperaba alcanzar.
A mansalva de los años, fue una especie de repaso por más de dos décadas de su escritura. Todavía recuerdo ese poema cuando regresaba de Güines donde capta el regreso en un tren a La Habana. Un poema universal, lo confieso, esos que también nos da un golpe en el hombro para seguir.
Rituales del inocente obtuve el premio de la Crítica Literaria, suerte que también tuvo el poemario A la llegada del delfín y El ojo milenario, este publicado por la editorial Sed de Belleza editores. Se trataba de dar las claves de un universo mágico donde vuelve la existencia a galopar sobre lo más cercano. En ocasiones, en sus largas conversaciones, la noto tan cercana a Néstor Perlongher, a Novas, a Lezama, como también a algunos escritores de El puente.
Pero ella ha sido tan auténtica que, en el repaso por la poesía cubana, ha mantenido siempre muy digna su posición como una escritora apartada de cofradías y élites. Su poesía así lo atestigua. Su locura ha eclipsado su capacidad para el discursar, como si cada palabra logrará en sí una imagen que transgrede la forma y con ello logra reutilizar los espacios como un orfebre que gesta su propia dimensión de lo sagrado.
La voz femenina queda quieta y pone en jaque cualquier exploración de lo humano, en los mal llamados discursos feministas. Ella se reinventa en la emoción de sus propias lecturas y juega con la salida más dramática, pero por la necesidad del ser fisgonea desde la razón la dimensión humana, sin sexo justificable, sin melladuras por ser una mujer enferma. Un ser que ha sabido jerarquizar sus hallazgos y se reinventa un mundo para salvarse.
La transfiguración de su escritura es una vertiente nueva en la poesía cubana. Se reutiliza el drama en función de lo que ella quiere destacar, para lo cual juega con lo inaudito, con el calado de pinturas y ambientes del arte universal. Este particular quizás evidencie la diversidad escritural y las propuestas tan disímiles que logra publicar, en tanto sus poemarios rompen los moldes más convencionales. Su poemario Ante la pérdida del Safari a la jungla, ganador del premio Nicolás Guillén, tiene tal dimensión y con ello se replantea la tesis escritural.
Su dinámica es secuencial, muy contemporánea, y donde gesta cada vez más con mayor énfasis una obra de altos quilates que nos hace descubrir a una poeta en su total madurez. Ella es un inquietante testigo de estos tiempos. Lina de Feria, es nuestra. Ella ha tejido una obra que las valoraciones historiográficas están en deuda. La belleza es verla leer sus poemas, entender sus soledades, dejar que se apoye en nuestro hombro para seguir adelante, y vindicar su obra toda pues ella ya está en ese lado donde pienso se alcanza la mayor definición.
Esta autora resulta, por tanto, un orgullo para todos tenerla desde este lado, es una festividad evocarla, es una gran justicia defenderla y entenderla. Lina de Feria usted se merece todos los honores. Usted tiene, como una madre que no está tan ajena, la belleza de existir como existirá siempre en el corazón de los que la amamos.
Luis Manuel Pérez Boitel (Cuba, 1969).
Poeta. Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Posee la distinción por la cultura cubana que otorga el Ministerio de Cultura en su país. Es Máster en Derecho. Pintor. Clarinetista. Actualmente realizó un doctorado en filosofía por la Universidad de Holguín.
Fotografía: Cortesía del autor.







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