De Fidel Antonio Orta
Aunque yo llevo varios años escribiendo sobre Waldo Leyva, díganse prólogos, ensayos, artículos, comentarios o apuntes del más variado tipo, lo que hoy me solicitan los organizadores de este evento es que solo haga una breve intervención. Nada fácil para mí, porque estamos frente a un hombre que respira, camina, gesticula y habla como poeta; estamos frente a un gran surtidor de belleza, estamos frente a un obelisco de la poesía cubana…Por tal motivo, y siendo consecuente con la consecuencia de nuestra profunda amistad, me detendré en solo tres aspectos:
Primero: Waldo Leyva Portal (Remate de Ariosa, Remedios, Villa Clara, Cuba, 1943), con el verbo siempre vigilante, pero jamás inasible o parapetado detrás de gruesas rocas, exhibe hoy una excelencia literaria que lo ubica entre los mejores poetas de Hispanoamérica. Eje tonal, emoción contenida, maestría de la madurez y coherencia poética. Cada palabra suya es un murmullo de latido pleno, cada línea de verso (búsqueda, angustia o esperanza) es un segmento de piel que se dispara. Y es así, como si nada, después de tanto ajetreo existencial, que veo al hombre, al hombre entero, desnudarse pletórico de luna y sinceridad.
El poeta, con gala y destreza, cabalga encima de una saeta que trasciende las fronteras de lo anecdótico y perfora las urdimbres que a diario padecemos los seres humanos en busca de luces que al final nos abran nuevamente los caminos. Ese estado de éxtasis infinito, mitad visión y mitad magia, permite que Waldo Leyva palpe el porvenir y después lo regrese a su lugar de siempre, estremeciéndose todavía con las mismas cosas que provocaron sus asombros de niño. ¡Vaya paradoja! Aquel infante analfabeto que vivía entre cañaverales y cocinas de carbón, pasó a ser con los años un altísimo hacedor de poesía, algo que en su obramundo se registra sin sombras; siendo la palabra serena (nunca fría) y el afilado pensamiento (nunca falso) dos portentos que al final le dejan al lector una sacudida que bien pudiera definirse como fascinación.
Segundo: Waldo Leyva Portal, un clarísimo ejemplo de que la gallardía siempre brota del rigor, puede ser una ciudad, un país o un planeta cercano, pues él lleva consigo un plus extra-virgen que lo singulariza: vivir y escribir rodeado de fantasmas. De ahí que recurra a su oscuro esplendor para asumir lo caótico desde una perspectiva visionaria que deja en un segundo plano las murallas gramaticales y logra penetrar la verdad con desnudez de alma, fusionando los diferentes matices de su voz con un estilo extraordinariamente propio, despejado de ataduras que le resten autenticidad a los sonidos interiores, donde el poeta encuentra su única y verdadera salvación.
Tal vez en las líneas anteriores está la clave de toda su obra poética: esculpir el verso desde una óptica literaria donde lo que prima es un contenido síquico para nada hueco. Ese contenido, dado el poderío de su fuerza intrínseca, provoca de inmediato una impresión (también síquica) y esto último, en un abrir y cerrar de ojos, queda transformado en comunicación. Contenido, impresión y comunicación; algo que poco a poco fue fijándose en los hilos sensoriales del propio poeta hasta llevarlo a edificar una poesía orgánica, de profundo carácter, pero comprensible en toda la extensión de la palabra. Basta con leer un par de veces cualquiera de sus textos para después, oh mágica resonancia de la palabra, adueñarnos de títulos, versos y estrofas completas; un proceso sicológico (peripecia silenciosa) que ocurre por obra y vuelo de la propia poesía; que en su caso se presenta como una filtrada expresión del sentimiento, emoción del ayer, ficción del recuerdo o parábola de la nostalgia.
Tercero: Waldo Leyva Portal, desde su primer poemario, alejándose de concesiones o miramientos, asumió la poesía como una actitud ante la vida, como una alta forma de expresión donde no hay espacio para el artificio, la anarquía de ideas o para esa peligrosa trampa idiomática que es la lentejuela mental y verbal. Quien de verdad se acerque a su obra, hallará un corpus discursivo que aporta júbilo estético; donde igual se identifican los nexos entre el tropo poético, el pensamiento y el conocimiento; pero todo sustentado en los oficios del amor, la identidad de inalterable rumbo y el apego consciente a la nación cubana. Percepción de emociones que han sido escritas durante muchos años de nupcial apego a la poesía, cuya dramaturgia integral nos revela una constante búsqueda de oxígeno a través de la memoria, sin dejar de apreciar que aquí la memoria es parte esencial del porvenir.
En un abrir y cerrar de ojos logran unirse poeta, poema, poesía y sobresalto emotivo. Lo íntimo se vuelve universal, y lo universal se vuelve íntimo. Ahora bien, la génesis de esa virtud (imán devorador con el que cuentan muy pocos autores vivos) está dada porque en Waldo Leyva la vibración poética es siempre interior. El estallido transparente y subversivo del verso, de indudables valores gnoseológicos, filosóficos y lingüistas, encuentra en el sentir de la vivencia su punto máximo de expresión. Y ese magisterio textual, donde también se observan influencias clásicas (hispánicas o no), tiene un aderezo que no puede pasarse por alto: la visión, que en su obra, sin perder claridad y economía, se identifica así: cualidad irreal, lazo entre lo irreal-real y existencia de una percepción brumosa. De esa forma Waldo Leyva se adueña de la palabra exacta, digamos que se adueña de una palabra que tiene fondo blanco, solo dable en los hombres, en los escasos hombres, que visten el traje de grandes poetas.
Punto final: pueden azotar huracanes, puede faltar el combustible o puede caerse de golpe el Sistema Eléctrico Nacional, pero cuando quiere detenerse la tarde, hay que llamar a Waldo Leyva. Su voz, ya de Premio Nacional de Literatura, se hace imprescindible. ¿Acaso porque su poesía tiene forma humana? He ahí el entresijo de lo indefinible. Una realidad que se hace mucho más nítida cuando advertimos que el poeta, libre de “ismos” que encasillen, no comunica un contenido anímico, sino su contemplación. Dicho de otra manera: la poesía de Waldo Leyva no comunica lo que se siente, sino la contemplación de aquello que se siente, produciéndose una maravillosa complicidad entre el autor y el lector.
Si hoy Waldo Leyva está recibiendo un nuevo reconocimiento internacional, ¡bienvenido sea! ¿Puerta, ventana, océano, humedad, misterio? Nada puede detener el raudal de pensamiento que desbordan sus versos, íntimos por dentro y planetarios por fuera, una mezcla de agua fértil y luz de cielo que los hacen casi naturaleza; aunque él, quizá volviendo de un sitio en el que nunca estuvo, comparta letras y acentos con aquella inocencia de niño que, tras la mano franca, nos deja siempre un roce inolvidable entre los dedos.
(La Habana, Cuba, 23 de septiembre de 2025)
Fidel Antonio Orta (La Habana, Cuba, 1963).
Poeta, narrador, ensayista y guionista de cine. Autor de 20 libros. Obra publicada en diferentes países de habla hispana. Traducido a los idiomas inglés, francés, italiano y portugués. Profesor Titular de Literatura en las universidades Mayor y Bolivariana de Santiago de Chile. Actual director de la Oficina de Investigación y Promoción Cultural “Indio Naborí”, del Instituto Cubano del Libro.
Fotografía: Cortesía del autor.







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