De la trágica y entendible belleza

De Nelson Simón


Es imposible hablar de la obra de Lina de Feria sin que nos desborde la admiración y el agradecimiento.  En nuestro entono literario estamos necesitando espacios de gratitud que coloquen y devuelvan a su lugar a los grandes maestros, esos que todos leemos y conocemos pero en los que, abrumados por lo cotidiano y urgente, a veces no nos detenemos lo suficiente,  y ahí están ellos, vestidos de humildad, resistiendo en los silencios de la poesía, dueños de una inmensa obra que merece ser tendida al sol como la pulcra ropa de los domingos. 

Tuve la suerte de conocer a Lina en mis tempranos años de juventud, aquellos de Talleres Literarios y de inocencia, cuando a la poesía se le hablaba de ” usted” y se le creía  ” culpable ” de la belleza que por entonces pensábamos estaba por venir . Descubrirla fue descubrir un territorio en el que lo terrible y lo sublime se fundían para encarnar lo que por entonces era mi imagen romántica de un poeta. Creo que la atracción fue mutua, o al menos eso me hizo sentir con sus elogios, con su manera siempre atenta de escuchar y abrazar  a los jóvenes poetas .  Las puertas de su casa de Línea se abrieron para mí,  joven Sancho estremecido por la muerte de su Quijote, “amolador de tijeras que preguntaba por su casa”, que es igual a decir, su lugar en el mundo.

Ella era ya el personaje real de una leyenda. En su cuerpo y escritura, las marcas y señales de “la poda”. La herida. Los muñones. Las nuevas ramas, siempre vigorosas. Muy pronto advertí que había en ella una clara voluntad de verdecer y brotar, de escribir compulsivamente para salvarse.

“Casa que no existía” , poemario con el que obtuviera el prestigioso Premio David 1967,  era junto a ” Lenguaje de mudos ” de Delfín Prats, y ” Fuera de juego ” de Heberto Padilla , uno de esos libros malditos que todos los jóvenes poetas queríamos leer. Teníamos a Lezama y Eliseo, a Martí y Casal, a Rimbaud, a Saint-Jonh Perse,  a Virgilio y Fina, pero buscábamos aquella ” casa”, libro raro y revelador que solo ” existía ” en las bibliotecas de sus amigos poetas.

Fue en casa de Cesar López donde una tarde, escapado de clases y acompañado por un humeante té, pude leerlo. El trayecto entre la casa de Cesar y la de Lina, era breve y se hizo habitual para aquel muchacho que fascinado había descubierto que la poesía es un lugar humano y habitable en el que podemos ponernos a salvo.  Ambos pusieron en  mis manos libros que atesoraban y creían que debía leer.  Debía hacerlo allí,  en mis visitas. Algunos como ” Casa que no existía ” y ” Lenguaje de Mudos “, siguen siendo una obsesión, una cuenta pendiente en ese compulsivo vicio de atesorar libros que luego no sé  dónde colocar.

Muchas otras cosas me unen a Lina, ella formó  parte del jurado que otorgó  a mi poemario “El peso de la isla ” el Premio Loynaz 1992, algo que hasta hoy marca mi vida y mi escritura.

No sabía yo que ese mismo libro me llevaría a conocerla un poco más en los ojos y recuerdos de otro poeta. Fue por “El peso de la isla” que en el otoño de 1995, viajé  a Madrid. Llevaba pocas referencias. Bladimir Zamora me habló  del poeta y editor  Felipe Lazaro y ella me encomendó  buscar a José  Mario. No fue difícil encontrarlo. En la bohemia y nostalgia de una Cuba guardada en la memoria, José Mario era un puente que unía el incompleto río  de la poesía cubana. El eslabón perdido que necesitaba encontrar para entender de dónde veníamos los poetas de los ochenta, aquellos que Nidia Fajardo desveló “De transparencia en transparencia”.

¿José Mario me acercó más a Lina o Lina me acercó a José Mario? Creo que las dos cosas. Él, con la añoranza de una Habana perdida, me habló de una muchacha rebelde que pronto deslumbró por su palabra y su visión de “lo poético”, de las míticas y subterráneas ediciones “El puente”, de sus andanzas habaneras con Allen Ginsberg, y hasta de un escándalo en la Calle G, a los pies del Monumento a José Miguel Gómez. 

Ella, al saber de la entrañable amistad que había propiciado, y del prólogo que Felipe Lazaro me encargara para la edición de su obra poética publicada por Bethania, me invitó luego a participar en aquel Coloquio por los 50 años de Ediciones El puente.

Como ven, solo he contado algunas de las muchas razones que me provocan este desbordamiento de admiración y respeto por quien creo una de las voces más importantes y vigorosas de las letras cubanas de todos los tiempos. Alguien que además creo ha demostrado  merecer un lugar en la poesía hispanoamericana contemporánea,  que quizás le ha sido escamoteado. La obra poética de Lina de Feria, la coloca entre lo más valioso de la lírica de nuestra lengua. Como el discípulo y amigo, pero sobre todo como lector, agradezco este gesto del III Encuentro Hispanoamericano de Poesía,  de homenajearla, hacerla visible y colocarla junto a los más reconocidos de sus contemporáneos.  Es un acto de justicia a una escritura de resistencia donde el sujeto lírico ha sabido salir del ensimismamiento del Yo para volverse cronista de un tiempo y un sentir colectivo.

Lina ha sabido fundir, con elegancia,  su historia personal con la historia. Lo ha hecho sin alardes, sin pretensiones ni estridencias.  Lo ha hecho desde el gesto mínimo y humilde, desde la honestidad. Su palabra nunca ha falseado ni evadido realidades. Su sacerdocio ha sido la poesía pues como expresara Cintio “la poesía no tendrá nunca otra justificación que ella misma, ni otras leyes que las que provengan de su absoluta o relativa libertad”.

Desde ese territorio heredado por una tradición,  ella se propuso construirnos un espacio de libertad en el que las leyes están para ser abolidas y fundadas otra vez a partir de una sensibilidad individual que nos conecta con el mundo, pero que hunde su raíz, que nos imanta y conecta con ” una estética insular, íntima y profunda”.

Cuando se quiera contar la historia de estos años, habrá  que ir a sus versos, a sus poemas, a sus libros, porque en ellos está contenida una buena parte de esa historia mencionada o no. Por ellos desfilan las sombras luminosas de los héroes,  pero también sus sombras más íntimas.

Otro de sus grandes aportes es el lenguaje. Su obra  nos reafirma que la poesía habita en las palabras; en todas las palabras. Que no hay palabras ” poéticas ” y palabras ” no poéticas sino palabras bien o mal usadas. El secreto está  en la destreza de quien  las usa. En su modo de descubrirlas. Con ella las palabras alcanzan su  esplendor, su máxima resonancia. Es como si su escritura pudiera traducirnos vibraciones que el ojo común no advierte, y que elevan lo cotidiano e intrascendente a otra dimensión y significado. De ahí que su palabra sea fundacional.

Lina es de esas poetas a las que siempre debemos volver. Su escritura tiene la capacidad de renovarse constantemente. Su visión de lo poético no es estática.  Se alimenta de lo que duda, se contrapone o niega. De lo que no se rinde. Ella ha sabido resurgir en y desde la escritura y eso se siente y la coloca en el sagrado lugar de los sobrevivientes. 

Siempre que la recuerdo viene a mí un gesto muy suyo en el que sus ojos, cansados de ver tanto y bañados por una luminosa ternura, se tornan pequeñitos  y su boca esboza una tímida sonrisa.

Es un gesto entrañable y definitivo que la identifica.  

Mujer de alucinada lucidez que, “a mansalva de los años”, ha sabido traducirnos la trágica y entendible belleza de las cosas que se empeñan en vivir:

pez de la insolación
pez de la infancia que boquea“.


Nelson Simón (Pinar del Río, Cuba, 1965).

Poeta, escritor para niños y editor. Su obra literaria ha recibido importantes reconocimientos entre los que destacan el Premio “Bahía”, 1996, Cádiz, España; el Premio “Julián del Casal” ( Uneac) en los años 2000 y 2014 yla primera mención Casa de las Américas 2008. Ha obtenido en 8 ocasiones el Premio de la Crítica Literaria. Entre sus poemarios destacan “Con la misma levedad de un náufrago”, “El peso de la isla”, “A la sombra de los muchachos en flor” y “El humano ejercicio de las conversaciones” . En el 2002 le fue otorgada la Distinción por la Cultura Nacional. Actualmente priside el Comité Provincial de la Uneac en Pinar del Río.


Fotografía: Cortesía del autor.

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