De María Vázquez Valdez
Honrar la figura y la potencia de un ser extraordinario como José Martí, y en su propio país, es tanto un privilegio como un reto, que quizá él mismo perfiló en un brindis en honor de Adolfo Márquez Sterling en 1879, en La Habana, con palabras muy precisas para referirnos a él mismo ahora:[1]
No es éste un hombre ahora; cuando en los hombres se encarna un grave pensamiento, un firme intento, una aspiración noble y legítima, los contornos del hombre se desvanecen en los confines de la idea. Es un símbolo, un reconocimiento, una garantía.
José Martí se encuentra, por su vida y obra, en la pléyade de los hombres más destacados de la historia universal. Una pléyade conformada por tan pocos, que él mismo consideró en La Edad de oro, en un texto fechado en 1889:[2]
Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres. Ésos son los que se rebelan con fuerza terrible contra los que les roban a los pueblos su libertad, que es robarles a los hombres su decoro. En esos hombres van miles de hombres, va un pueblo entero, va la dignidad humana. Esos hombres son sagrados: Bolívar, de Venezuela; San Martín, del Río de la Plata; Hidalgo, de México (…). Esos hombres que hacen pueblos son más que hombres. (…) Ésos son héroes: los que padecen en pobreza y desgracia por defender una gran verdad.
Bolívar, San Martín, Hidalgo, son para Martí esos hombres sagrados que hacen pueblos y que, según sus palabras, son más que hombres. Y hoy a esta pléyade podemos sumar a José Julián Martí Pérez, uno de los poetas más grandes de nuestro continente, prócer que impulsó decisivamente la liberación de Cuba del yugo español, y quien nació en la ciudad de La Habana el 28 de enero de 1853.
Artista, pensador, humanista, independentista, su figura y su obra son símbolo y bandera, y está profundamente imbricado en el contexto de Cuba. Tan sólo en La Habana, nos sale al paso en todas partes, y al llegar a esta isla desde otras latitudes, se alza en el primer momento del arribo en el nombre del aeropuerto, se erige portentoso en su memorial, da nombre a calles principales, se alza en estatuas, germina en librerías, y su rostro ilumina cualquier rincón de La Habana, y de muchas otras poblaciones de este país.
[1] Fragmento de “Un brindis”, texto pronunciado en el banquete realizado en honor de Adolfo Márquez Sterling en los altos de El Louvre, el 26 de abril de 1879, en La Habana. Publicado en Páginas escogidas de José Martí, México: Editorial Época, 2004.
[2] Fragmento de “Tres héroes”, retomado de La Edad de oro, tomo I, fechado en julio de 1889. Incluido en Páginas escogidas de José Martí, op. cit.
La manifestación de la figura de José Martí en Cuba es múltiple y cotidiana y supera cualquier frontera, aun cuando este 2025 se cumplieron ya 130 años de que una bala le ocasionara la muerte, el 19 de mayo de 1895, en Boca de Dos Ríos. Martí tenía entonces 42 años, justo cuando alcanzó el ideal de la libertad nacional, al que dedicó su existencia.
La presencia de José Martí es pues constante, inmarcesible, es un pilar sobre el cual está construido no sólo un firme ideario: también está en los detalles cotidianos, las referencias, los símbolos en grandes construcciones. Pero además, Martí está en La Habana, y en Cuba mismo, mucho más allá de las expresiones físicas del concreto, mucho más allá de la piedra que se erige permanente, más allá del nombre de las calles y de las referencias bibliográficas obligadas.
José Martí permanece muy profundo, y muy vivo, latiendo en el alma del pueblo cubano. Su pensamiento da razón y sentido a un pulso significativo y perenne. Pero no sólo en Cuba, por supuesto, y esta es una de las razones principales que dan sustento a este escrito, pues Martí trasciende las fronteras azules de agua y espuma de esta isla única en el mundo, y llega hasta sitios remotos, donde plantó una semilla innegable, poderosa, perdurable.
Uno de esos sitios es México, donde Martí permanece no como una figura de piedra, no como un recuerdo empolvado; su presencia resuena como la de seres extraordinarios que, en una etapa importante de su vida, eligieron el territorio mexicano para tejer la existencia, prodigar su pensamiento y legar su grandeza, que continúa latente y dando frutos hasta hoy.
Porque recordemos que José Martí llegó muy joven a México. Luego de que comenzara a expresar sus ideas en defensa de la independencia cubana del dominio de España, como manifestó en el texto “El presidio político en Cuba”, que fue el primero que articuló en un momento en que, en 1868, estallara la primera guerra por la independencia de su país, y que duraría diez años.
José Martí viaja en 1871 a España, en uno de sus primeros exilios, cuando tenía 18 años. Y luego, en 1874, se instala en México, donde se reúne con su familia. Es una época en que comienza a escribir y a publicar en medios mexicanos, gracias a su amistad con Manuel Mercado, y consigue ingresar en las redacciones de El Federal y la Revista Universal. Es una época en que ya demuestra su erudición, traduciendo a Victor Hugo, y entabla relaciones con distinguidos intelectuales mexicanos.
En 1875 escribe en México el drama Amor con amor se paga, y en esa época conoce a la mexicana Carmen Zayas, quien tiempo después será su esposa, para dar lugar a un vínculo con México realizado en esa relación, pues con ella engendraría a su hijo, Ismaelillo, quien da título al primero de sus poemarios.
José Martí permanece en México hasta 1876 y decide irse tras el triunfo de Porfirio Díaz, mostrando fuertes convicciones y afinada intuición respecto a la dictadura que sobrevendría, derrocada décadas después por la Revolución mexicana.
Esta intuición, estas convicciones, las mostró Martí en muchas etapas de su vida, como al viajar a Guatemala, donde finalmente se casa con Carmen Zayas, pero tiene que abandonar el país luego de exponer las contradicciones del gobierno de Justo Rufino Barrios.
En esa etapa, como en tantas otras, Martí insiste en defender la causa de los pobres, como expresa en su ensayo “Guatemala”, de 1878, donde señala la explotación de los campesinos indios, en el contexto del gobierno de Barrios, que los tenía en una situación cercana a la esclavitud. En ese texto prevalece una idea central del pensamiento de Martí, que es la defensa incondicional de la libertad del ser humano.
Ese mismo año, 1878, se firma la Paz de Zanjón, y Martí puede volver a Cuba, pero luego es deportado nuevamente. Primero se fue a España, dos meses, y luego se trasladó a Nueva York, donde residió catorce años. Entonces su pensamiento político, alimentado por el liberalismo y los ideales ilustrados franceses, madura en toda su potencia, y se ve reflejado en discursos como “Madre América”, pronunciado en 1889 en Washington, en la Conferencia Monetaria Internacional, y en el ensayo “Nuestra América”.[1]
En estos textos, Martí señala los grandes problemas que afectan a los países del continente, e insiste en la necesidad de construir una política propia vinculada con las condiciones naturales y sociales de los pueblos. En 1892 funda el Partido Revolucionario Cubano, que tenía como órgano de expresión la publicación Patria, y es elegido principal dirigente del Partido. También establece con firmeza sus convicciones antirracistas, como en el artículo “Mi raza”, de 1893.
Todo esto se va decantando con el paso de los años, de tal manera que su posición respecto a la sociedad norteamericana se transformó luego de esos catorce años de vivir en Estados Unidos, hasta criticar las condiciones de trabajo del proletariado. Martí advirtió con énfasis la importancia de que el yugo español no fuera sustituido por el de Estados Unidos, y desde entonces estableció una posición que podemos considerar como antiimperialista.
Esto se trasluce también en el “Manifiesto de Montecristi”, que hizo público con el general Máximo Gómez, el 25 de febrero de 1895 en la República Dominicana, en el cual subraya que todos los ciudadanos son compatriotas con los mismos derechos que los descendientes de los europeos, hace patente su sentimiento antiimperialista, y apela a la voluntad nacional y a la defensa del mestizaje cultural.
[1] “Nuestra América”, texto publicado en El Partido Liberal, en México, el 30 de enero de 1891. Incluido en Páginas escogidas de José Martí, México: Editorial Época, 2004.
En un texto derivado de una distribución de diplomas en un colegio de los Estados Unidos, evento realizado en 1883, y recogido en el tomo 8 de sus Obras completas, José Martí advierte:[1]
…el pretexto de que la civilización, que es el nombre vulgar con que corre el estado actual del hombre europeo, tiene derecho natural de apoderarse de la tierra ajena perteneciente a la barbarie, que es el nombre que los que desean la tierra ajena dan al estado actual de todo hombre que no es de Europa o de la América europea: como si cabeza por cabeza, y corazón por corazón, valiera más un estrujador de irlandeses o un cañoneador de cipayos, que uno de esos prudentes, amorosos y desinteresados árabes que sin escarmentar por la derrota o amilanarse ante el número, defienden la tierra patria, con la esperanza en Alá, en cada mano una lanza y una pistola entre los dientes.
Este texto, que bien pudo haber escrito José Martí dedicado a Palestina, y en esta época, pareciera llevar implícita una pregunta: ¿Qué habría expresado Martí acerca del genocidio perpetrado a nuestros hermanos palestinos a manos del inmisericorde y envilecido Israel?
En muchos sentidos, José Martí nos legó una serie de vaticinios, una serie de huellas para no perdernos en la infamia de la manipulación política y mediática. Así, tenemos que ya en la penúltima década del siglo XIX, denuncia lo que considera la progresiva degeneración de un sistema igualitario en Estados Unidos, como cuando señala en su texto “Un drama terrible. La guerra social en Chicago”, escrito en 1887 y recogido en el tomo 9 de sus Obras completas:[2]
Esta República —Estados Unidos— por el culto desmedido a la riqueza, ha caído, sin ninguna de las trabas de la tradición, en la desigualdad, injusticia y violencia de los países monárquicos.
Pero como sabemos, Martí no sólo era un libertario, un independentista, también era, ante todo, poeta, y un revolucionario en el arte, precursor del modernismo, admiraba la pintura y la música, y trató de incorporar procedimientos de esas otras artes a su obra, tanto en prosa como en poesía.
Martí reivindica la belleza como su ideal literario, conjugado con el patriotismo y el compromiso. Autor de una sola novela, Amistad funesta, publicada en 1885 con seudónimo, publicó también cuatro libros de poesía: Ismaelillo, Versos libres, Versos sencillos, y Flores del destierro.
Su primer poemario, Ismaelillo, fue publicado en 1882 en Estados Unidos, y a este libro pertenece el siguiente poema, titulado “Mi caballero”:[3]
Por las mañanas
Mi pequeñuelo
Me despertaba
Con un gran beso.
Puesto a horcajadas
Sobre mi pecho,
Bridas forjaba
Con mis cabellos.
Ebrio él de gozo,
De gozo yo ebrio,
Me espoleaba
Mi caballero:
¡Qué suave espuela
Sus dos pies frescos!
¡Como reía
Mi jinetuelo!
¡Y yo besaba
Sus pies pequeños,
Dos pies que caben
En sólo un beso.
[1] José Martí, Obras completas, tomo 8. La Habana: Editorial Nacional de Cuba, Editora del Consejo Nacional de Cultura y Editora del Consejo Nacional de Universidades, 1963-1965.
[2] Ibid., tomo 9.
[3] “Mi caballero”, poema incluido en el poemario Ismaelillo. En José Martí, Obra poética. Madrid: Editorial EDAF, 2004, p. 63.
Distintas partes de la obra de Martí denotan sus preocupaciones políticas, entreveradas con su pensamiento. Tal es el caso del breve prólogo de Versos sencillos, texto en el cual Martí se muestra angustiado por las intenciones hegemónicas de Estados Unidos que se pondrían de manifiesto en Washington en la Conferencia Monetaria Internacional, en la cual participaba como delegado de Uruguay.[1] Un prólogo que antecede a algunos de sus versos más célebres, con los cuales comienza ese libro:[2]
Yo soy un hombre sincero
De donde crece la palma.
Y antes de morirme quiero
Echar mis versos del alma.
Con su vida, José Martí hizo suya la hermandad entre los pueblos de nuestro continente, y es por eso que su figura está muy cerca del corazón de lo mexicano, así como México estuvo muy cerca de su corazón, este país que lo recibió, y que Martí miraba con ojos de poeta, como en aquel texto acerca de la trágica muerte del joven poeta mexicano Manuel Acuña, fallecido por decisión propia; un texto en el cual Martí habla de “lo inmenso por ese cielo elocuente mexicano, que parece una azul sucesión sin término de cielos”.[3]
Martí amaba a México, y esto queda explícito en varios escritos suyos, como cuando señala acerca de Manuel Acuña, en el texto publicado en el periódico mexicano El Federalista:[4]
Yo le habría acompañado, en las noches de mayo, cuando hace aroma y aire tibio en las avenidas de la hermosísima Alameda. De vuelta de largos paseos, tal vez de vuelta del apacible barrio de San Cosme, habríamos juntos visto cómo es por la noche más extenso el cielo, más fácil la generosidad, más olvidable la amargura, menos traidor el hombre, más viva el alma amante, más dulce y llevadera la pobreza.
[1] José Martí desempeñó importantes cargos diplomáticos, como cónsul de Uruguay, Argentina y Paraguay.
[2] José Martí, Obra poética. Madrid: Editorial EDAF, 2004, p. 183.
[3] Fragmento de “Manuel Acuña”, texto publicado en México, en El Federalista, el 6 de diciembre de 1876. Incluido en Páginas escogidas de José Martí, México: Editorial Época, 2004.
[4] Ibidem.
O también, cuando en un discurso sobre Heredia, pronunciado en Nueva York en noviembre de 1889, Martí pronuncia:[1]
México es tierra de refugio, donde todo peregrino ha hallado hermano (…). México lo agasaja (a Heredia) como él sabe, le da el oro de sus corazones y de su café sienta a juzgar en la silla togada al forastero que sabe de Historia como de leyes.
Más allá de las frases de Martí, más allá de su palabra esculpida para la posteridad, están los hechos, están el ejemplo y la fortaleza ideológica que legó al pueblo mexicano para su etapa actual, y para muchas otras etapas. Una fortaleza que nos recuerda la importancia del vínculo entre Cuba y México, como pueblos tan cercanos, unidos por una grandeza inherente.
Un vínculo que va a lo más profundo de lo que somos, hasta ponernos un espejo que habla del derecho inalienable, de la belleza insustituible de lo humano, ahí donde reside, en lo profundo, lo más valioso: la dignidad humana, tal como la plasma la constitución cubana de 1976, en una frase de José Martí:
“Yo quiero que la ley primera de nuestra República sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del ser humano”.
[1] Fragmento de “Heredia”, discurso pronunciado en el Hardman Hall de Nueva York, el 30 de noviembre de 1889. Incluido en Páginas escogidas de José Martí, México: Editorial Época, 2004.
María Vázquez Valdez (México)
Poeta, editora, periodista y traductora. Autora de trece libros publicados, entre ellos los poemarios Caldero, Estancias, Kawsay, Geómetra y Humana de niebla. Ha traducido varios libros del inglés al español, publicados en México y otros países. Es Doctora en Teoría Crítica, y ha sido parte del equipo editorial de la Academia Mexicana de la Lengua, cofundadora y directora editorial de la revista Arcilla Roja, jefa de publicaciones de la Unión de Universidades de América Latina, miembro de la revista de poesía Alforja desde su fundación, y directora de la Biblioteca del Congreso de la Unión de México.
Fotografía: Cortesía de Paulo Vidales.







Dejar un comentario