De la metáfora silenciosa de Víctor Fragoso a la metáfora contagiosa de Manuel Ramos Otero y a la poética de la ira de Alfredo Villanueva Collado

De Daniel Torres Rodríguez


En este breve ensayo se comentan los poemarios El reino de la espiga: Canto al coraje de Walt y Federico (1973) y Being Islands / Ser islas (1976) de Víctor Fragoso con El libro de la muerte (1985) e Invitación al polvo (1991) de Manuel Ramos Otero y Pato salvaje (1991) de Alfredo Villanueva Collado. Este análisis no sigue una progresión cronológica, sino que parte de la elipsis de la metáfora contagiosa elaborada por Manuel Ramos Otero en un poema del mismo título, que aparece en Invitación al polvo. Este concepto nos permite conectar tres décadas de literatura gay en Puerto Rico y explorar cómo se desarrolla una estética de las escrituras del VIH y sida en las obras de los tres autores. Víctor Fragoso, primer poeta gay boricua, elabora una metáfora silenciosa que no devela del todo su deseo homoerótico y sólo sugiere, mientras Ramos Otero y Villanueva Collado llevan el discurso poético queer a esa metáfora contagiosa y a la poética de la ira que denuncia, combate y lidia con la infección por VIH y sus efectos en los cuerpos y en los verbos de los poetas.

La elipsis de una metáfora contagiosa, según el final del poema del mismo título de Ramos Otero, es:

                        Como el cangrejo canceroso de mi corazón
                        la historia camina hacia atrás,
                        sube arriba y baja abajo.
                        Es un crustáceo enfermo que
                        confunde las metáforas
                        y nunca es invitado a recitar poemas.
                        Y sabe (sobre todo) porque siempre
                        ha vivido en un hoyo en la arena,
                        que su otro yo son las estrellas
                        y que la muerte no es para otra cosa que un pasaje
                        hacia un sobrepoblado Cuarto Mundo. (51)

Esa metáfora contagiosa es antes, en el texto del mismo título, como el cáncer: “es un tumor maligno duro / arcano calamar de tinta negra / que estrangula el burdel de las arterias” (50). A lo largo de las tres partes de Invitación al polvo, Ramos Otero va develando la infección por VIH en varios tropos hasta llegar a “Nobleza de sangre”, poema por excelencia de su escritura seropositiva. Pero antes va preparando esa metáfora contagiosa, como lo hiciera en El libro de la muerte cinco años antes de Invitación al polvo, donde nos habla de “la tumba del tumor de moda” (50) refiriéndose al mal del sida tal como la hace “la solipsista Susan Sontag” (50), quien escribió un ensayo emblemático sobre el tema titulado AIDS and Its Metaphors (1989) y según el poeta, cree que “solo existe aquello de lo que es consciente el propio yo” (DRAE). Verdad de la muerte segura porque “todos llegamos al mismo laberinto” (50), pero su condición de “crustáceo enfermo” (51) está más relacionada a la infección por VIH que al cáncer que tanto se repite en sus poemas. Justo después de “Nobleza de sangre”, en el orden de los poemas de la segunda parte titulada “La víspera del polvo”, que se refiere al antes de la llegada de la muerte, está “La rosa” y en este texto tan vallejiano declara la ruta de la triste vuelta de su viaje a la semilla, al San Juan de sus desvelos en un día aciago, sin mala suerte, al volver a los elementos isleños que lo conforman: “El martes que viene voy de viaje. / No es necesario hablar de mal agüero. / Regreso al pan, al mar y al aguacero. / A humedecer con polvos mi homenaje” (64).

            Este punto de hablada de esa metáfora contagiosa es el mismo que podemos reconocer mucho antes en los 1970 en la poesía enigmática de Fragoso y su metáfora silenciosa, y posteriormente en la poética de la ira de los 1990 de Villanueva Collado en dos registros distintos, pero que constituyen una misma poética de las escrituras seropositivas que luego se re-contextualizará, según sus propias constantes, en Moisés Agosto-Rosario, Eïrïc R. Durändal StormCrow y Ángel Lozada. Pasemos, entonces, a comentar los poemarios Being Islands / Ser islas, El reino de la espiga: Canto al coraje de Walt y Federico y Pato salvaje,como parte del continuum de los páramos del amor de las escrituras del VIH y sida en la poesía puertorriqueña.

En el poema “Rimbaud y Verlaine” de El libro de la muerte, de la sección “Epitafios” a otros poetas homosexuales, el hablante lírico declara: “De mi cuerpo a tu cuerpo, de tu cuerpo a mi cuerpo. / Los páramos del amor siguen siendo los mismos. / Por la añosa carretera de violetas negras / nos vendremos en la última noche del siglo. (53) En el contexto de los amores prohibidos y tormentosos de los poetas simbolistas, Arthur Rimbaud y Paul Verlaine, que mantuvieron una relación homoerótica de cuatro años, Ramos Otero reflexiona sobre ese intercambio de los cuerpos de uno a otro donde los páramos o desiertos del amor son iguales. Esta es una imagen erótica del amor público por las carreteras viejas en las noches donde el orgasmo será final y fatal. Estos versos sirven de muestra para entender la dinámica de la metáfora silenciosa que se va urdiendo en este poemario para no escribir directamente el VIH y sida sino elidirlo desde los ritos de la ceremonia en las tres partes de El libro de la muerte: la incineración (“Fuegos fúnebres”), lectura (“Epitafios”) y clausura (“Epílogo”). Se aprehende, se oculta, se acepta, se lidia y primero silencia, para después gritar el dolor de la pérdida del amado a través de una ceremonia de recordación en el “Epílogo” que prefigura la energía particular de Invitación al polvo.

            Víctor Fernández Fragoso, quien firmó sus obras como Víctor Fragoso, es el primer poeta boricua abiertamente gay que publica dos libros de poemas en Nueva York, en los que explora su identidad sexual y política desde esa urbe neoyorquina donde le tocó sexiliarse tras terminar sus estudios universitarios en la isla. Pedro López-Adorno en su antología de la poesía puertorriqueña en Nueva York titulada Papiros de papel ha dicho lo siguiente sobre su obra poética: “Cuidadoso artífice del discurrir de la imagen, del fluir de las imágenes… es la suya una vivencia que intenta desentrañar su ser interno partiendo de observaciones tanto cotidianas como metapoéticas” (234). Ángel Antonio Ruiz Laboy, editor de Poesía reunida, caracteriza la poesía de Fragoso como “un tesoro escondido de nuestra literatura” (3) y nos dice que: “En su voz poética, pionera la mayor de las veces, convergen distintos registros y marginalidades, entre ellas lo puertorriqueño, la diáspora, lo gay y el discurso nacionalista” (3). En el análisis que aquí nos ocupa añadiremos a estos “registros y marginalidades” que enumera Ruiz Laboy, la tentativa de una posible escritura seropositiva asordinada desde su disidencia sexual. Mucho antes en 1974, en la única reseña de El reino de la espiga,hecha por Efraín Barradas para Ventana, una de las revistas de la generación de 1970 en la isla, ya aclaraba: “su lirismo confesional habla de un amor homosexual” (37).

Doris Sommer, por su parte, ha descrito la poesía de Fragoso, en el comentario de contraportada de su Poesía reunida, de la siguiente manera: “Desde el sexilio de Nueva York, la poesía de Víctor Fragoso es cuña que abre paso en la marginalidad para dinamizar un amplio espacio de creación. Con su precisión matemática (había llegado como maestro de ciencias) y una generosidad de legendaria discreción, Fragoso arropa al lector en una legitimidad pasional que se vive como hogar”. La aparente ausencia de una escritura del VIH y sida en la poesía de Fragoso en esa “legitimidad pasional” de la que habla Sommer, puede ser parte de una metáfora silenciosa. Un hombre gay que fallece el 12 de enero de 1982, a los 38 años, y en Nueva York, justo en la década en que otros hombres infectados de VIH sucumben a los primeros estertores de la epidemia, ha sido lamentablemente vencido por el mal del sida.  Sólo se puede sospechar la causa de su muerte en su obra, pero hasta donde ha sido posible indagar se ha corroborado un diagnóstico del mal llamado cáncer gay o GRID (Gay-related Immune Defficiency) porque nuestro poeta fue uno de los primeros artistas puertorriqueños en ser víctima inocente de esa otra pandemia de los 1980 que ha sido representada en todo su horror en la última temporada de la famosa serie American Horror Story: New York City (2022). Como confirma Consuelo Martínez-Reyes: “Thought to suffer cancer at an advanced stage, it was later discovered that Víctor Fragoso was one of the first people to die of AIDS” (106). Sin embargo, la lectura de El reino de la espiga… y Being Islands / Ser islas atisba, sugiere, nos cuenta y pareciera nombrar ese VIH y sida, sin decirlo directamente, en versos como los que abren su segundo poemario:

                        al mar vuelve la gente cuando muere
                        envases son de agua prisionera
                        imágenes que veo deshacerse
                                                         no existen
                        la realidad es un ángulo dado
                        en un momento dado (sin número de página)

Como declaraba Manuel Ramos Otero escatológicamente, al final del poema “Invitación al polvo”, concluyendo su discurso poético:

Me cago en el amor y apenas resucito.
Me bebo la verdad y caigo enfermo.
Me avisan que me muero y como polvo.
Me tuercen los embustes y me amigo.
Al fin y al cabo no hay tragedia pura. (57)

Esta ausencia de una “tragedia pura”, a la que alude Ramos Otero al final de su poética, es la misma que elabora Villanueva Collado en Pato salvaje. En la “Carta a manera de prólogo” del 11 de junio de 1991 que abre este poemario, Carlos A. Rodríguez Matos declara: “Ya te había transmitido el comentario de un compañero poeta sobre la dificultad si no la imposibilidad de componer un buen poema sobre o relacionado con el sida” (8). Y resuelve este enigma aceptando que “[e]n estos momentos… necesitamos la poesía, con o sin ironía –que no tiene un solo pomo-, el testimonio desde la orilla o desde el fondo, el teatro y todas las artes de la supervivencia” (8). Porque Pato salvaje, como gesto poético del acto de sobrevivir tras la muerte del amado, en sus dos partes: “Pequeña misa de difuntos” y “Pato salvaje”, es un libro que busca desde su primer poema “Autorretrato al desnudo”:

derramar con la mano
un dolor
con los nombres de todos los muertos…
con el nombre del atrevido
esqueleto de sabio fantasma de poeta
palabreando un sudario este cuerpo y los otros. (15-16)

El tono elegíaco permea los versos como un último homenaje a Víctor Amador, compañero de vida de Alfredo Villanueva Collado por 17 años, quien escribe el epígrafe del texto: “En el país de los patos domésticos / deseo ser pato salvaje” (11), y aparece en la foto de Benjamín Nistal, de la contraportada del libro, junto al autor en la playa de Fajardo en 1971. Rodríguez Matos, en el prólogo antes citado, comenta lo siguiente sobre este “pato salvaje”: “Anotaba que tú, Manuel Ramos Otero y yo nos apropiamos poéticamente del vocablo que otros puertorriqueños emplean como insulto: pato en boricua = homosexual. Los tres rechazamos la domestic/idad/ación y optamos por el salvaje = libre. Una diferencia en el caso de los poemas de Ramos Otero, que sólo conozco por referencia, y de los tuyos es que esta remetaforización del vocablo “pato” se produce ante la presencia de la muerte (Mr. Aids, doña Sida). A la represión social (inventora del insulto) se ha añadido la biomédica (8). Y añade que: “La poesía es una forma / arma /artimaña / estratagema de resistencia: arte y maña: hoy para / con mañana” (8-9). Esa domesticidad/domesticación que rechazan los “patos salvajes” poetas de la isla es una expresión total de la poética de la ira de Villanueva Collado explicada en su carta que sirve de prólogo por Rodríguez Matos.

            En todo Pato savaje,al hablante lírico le duele la muerte inevitable de su amado Víctor Amador porque no sólo prefigura la suya sino que a lo largo de los poemas va recurriendo a varios mitos e historias sagradas y blasfemas hasta llegar al poema final que tiene el mismo título del poemario, “Pato salvaje”, y constituye tanto una liberación como una preparación para lo que será muchos años después su propia muerte, en la soledad, sin su amado, motivo de esta poética de la ira de casi toda la obra final de Villanueva Collado. 

            Volviendo a la ausencia de una tragedia pura como dictaba Ramos Otero al acabar su Invitación al polvo, en Pato salvajeel hablante lírico erotiza magistralmente las escrituras del VIH y sida en el poema “Regalo / cumpleaños”, cuando se tiende seductoramente desnudo en la cama al lado de su amado enfermo y nos dice:

                        Me quité la ropa    mientras me miraba.
                        Sus ojos dolientes    me dibujaron.
                        Me tendí en la cama   a cierta distancia
                        para que la luz    me desnudara.  (69)

En este relato que cuenta el poema se describe la escena sexual de un Alfredo desnudo dibujado por la mirada de su bienamado Víctor, ya enfermo, para satisfacerse mientras el amado lo ve masturbarse: “para que me observes   jugar con mis miembros / mi mano   tu boca   mis manos   tus manos / mis manos   tu cuerpo   sobre el mío   en uno” (69).  Los espacios entre cada verso simulan la distancia de los cuerpos uno al lado del otro como un hemistiquio del deseo y van marcando las pausas en la lentitud de la seducción a través de la mirada de un cuerpo hasta el otro (miembros, manos, bocas, manos) uno sobre el otro. Ese acercamiento a la enfermedad desde lo erótico en un último intento de recuperar la intimidad con la pareja justo antes de su muerte, en los poemas finales de Pato salvaje, va marcado por otros textos que van cerrando la brecha entre la vida y la muerte confirmando este momento. Se ve la progresión hasta el momento del deceso y la liberación en el poema de cierre que da título al libro, en “Pato salvaje” donde: “Sobre los techos   saldrá el sol   para el adiós / cuando partas.  En mi bandada al fin.  Pato salvaje” (85). Y con la descripción poética de ese vuelo se entrega al dolor absoluto, a esa ausencia de tragedia pura que pedía Ramos Otero, al ver el triunfo de su Víctor Amador sobre la muerte, en su título de “Pato salvaje” no domesticado, volando sobre los techos al salir el sol para decir su adiós ante la partida, en su bandada al fin.  En todo momento la voz poética acompaña al amado hasta la esperanza de unirse a él, muchos años después, un 20 de septiembre de 2020, a los 75 años. Y aquí se cierra la obra monumental de poeta cuir boricua. En los últimos años, ante la imposibilidad de seguir publicando su poesía, trabajó en una serie de poemas llamados “Polaroids”, como instantáneas líricas, que compartía con sus amistades vía correo electrónico y en su página de Facebook.

            De la metáfora silenciosa de Víctor Fragoso a la metáfora contagiosa de Manuel Ramos Otero y a la poética de la ira de Alfredo Villanueva Collado hemos visto el circuito poético de una poesía puertorriqueña que aborda por primera vez las escrituras del VIH y sida desde la disidencia sexual. El dolor se instala en todos los poemas comentados a través del silencio, el contagio y la rabia. Tanto Fragoso como Ramos Otero, en una primera instancia, callan el mal de la infección en su poesía y se escudan en una metáfora silenciosa que se hace contagiosa cuando se atisba apenas en Fragoso y se devela en el segundo poemario de Ramos Otero, pero en Villanueva Collado se transforma en la ira de no tener al amado, de perderlo sabiendo en latencia que su propia muerte, la de Alberto, se prefigura en la de Víctor. Los páramos del amor de las escrituras del VIH y sida en nuestra poesía tienen en estos poetas a los tres primeros tres representantes de este corpus de la poesía puertorriqueña de 1970 a 1990.


Daniel Torres Rodríguez (Puerto Rico).

Es Profesor Emérito de Español y Estudios Latinoamericanos en Ohio University. Poeta, ensayista y narrador. Sus últimos libros son: In the Empire of the Senses (traducción de toda su poesía al inglés) y La isla del (des)encanto: Más apuntes, ensayos y comentarios de texto, Volumen 2.


Fotografía: Cortesía del autor.

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