De Yasri Al-Ghoul
أجرّ عربتي ومعدتي تقرقر، لم أتناول الطعام منذ الليلة السابقة، حيث ظللت وحيداً في الشقة بعدما نزح الجميع هناك. لذا، أحاول استعجال الهرب، كي لا أموت جائعاً، وآخرون مثلي ربما يهرولون خوفاً من الموت عطشاً، وآخرون شوقاً للأسرة التي بقي بعضها واستشهد الآخر.
لم يكن من السهل على شخص مثلي أن يترك مدينة غزة، لولا أن الوضع وصل إلى حد غير مسبوق من القتل والاستهداف للسكان في كل ردهة وزقاق وخيمة ومخيم. إذ كنت قد أرسلت عائلتي إلى منطقة الزوايدة، وسط القطاع، نتيجة تدمير المنطقة التي نرزح فيها، وقد ذهبت زوجتي إلى بيت أخيها النازح هناك في خيمة، داخل أرض طينية، بجوارها العديد من النازحين القدامى الذين رفضوا العودة إلى مدينة غزة وشمال القطاع، لاعتقادهم أن الهدنة قد تنتهي في أي لحظة، وقد صدق حدسهم في ذلك.
لم أفكر في ترك المدينة، لاعتبارات كثيرة، أهمها تعزيز صمود الناس هناك، إذ إن معظم السكان يستمد الصمود من النخب الأكاديمية والفكرية والثقافية في المخيم، وحيث أنني واحد منهم، كنت صوت المخيم بكتبي ونهجي الواضح في دعم مشروعية المقاومة، وبقائي في الشمال طوال الحرب حتى يوم الأحد الماضي، لم أفكر في النزوح تحت أي ظرف، ولم أعرف أن الموت صار رفيقي طوال الطريق.
جئت إلى منطقة الزوايدة وقلبي معلق في مدينة غزة: يا الله، كيف يمكن لشخص أن يترك هذه المدينة النبيلة، تلك التي خلقت لتنبذ الغزاة، وتقاتل بأظفارها كل الطارئين على ترابها؟ وقد خرجت أجرّ أمامي عربة صغيرة صنعتها لأجل حمل غالونات المياه وأي شيء ثقيل، على متنها بعض الملابس وشاشة جهاز حاسوب كبيرة، وبعض الخشب، لأن سعر الحطب في الجنوب مرتفع جداً.
حملت متاعي وبدأت مشواري من مخيم الشاطئ، حيث جلست أيامي الأخيرة في بيت أختي سمية، التي فقدتْ ابنها عدي شهيداً قبل أشهر عدة. أجرّ العربة وأمامي بعض السكان الذين ظلوا صامدين في المخيم، لأنهم لا يمتلكون ثمن النزوح، وربما لأنهم لا يجدون مكاناً يؤويهم، لذا قرروا انتظار الموت من دون خوف من هذا العبث الذي يجري أمام عين الله والعالم.
في الطريق كانت الجدران نائمة نومتها الأخيرة، واللون الرمادي يجلل الشوارع، لا شخير للأشجار التي ماتت بصمت، واقتلعوا جذورها بصواريخ صنعت لأجل استهداف المجرة. رغم محاولاتي إيقاظها بصوت العربة الذي يزعج ما تبقى مني/ منها/ من السكان، والشارع فارغ، موحش، عدا أن طائرة استطلاع تنافس عربتي في الصراخ، ترصد حركتي ومسيرتي، وصولاً إلى مقر وكالة الغوث لتشغيل اللاجئين “المؤن”، ومياه الصرف الصحي تنزل باتجاه المخيم نحو الشمال الغربي، لتكلل الصورة بشكلها العبثي، وهناك بعض النازحين الذين ظلوا صامدين، يفككون خيامهم المهترئة، يتحدثون بصوت مرتفع، كأنهم يصارعون الزمن كي لا يغيبوا عن رحلة الحياة في هذا التوقيت الصيفي اللاهب، ربما رغبة بمعرفة نهاية الحكاية، إن كانوا سيغادرون إلى الجنوب ثم سيناء، أم ستصدق روايات المجانين أمثالي من أننا على أعتاب تحرير فلسطين رغم كل هذا الضباب والسواد القاتم في الحلقة قبل الأخيرة من مسلسل القضية.
أجرّ عربتي ومعدتي تقرقر، لم أتناول الطعام منذ الليلة السابقة، حيث ظللت وحيداً في الشقة بعدما نزح الجميع هناك. لذا، أحاول استعجال الهرب، كي لا أموت جائعاً، وآخرون مثلي ربما يهرولون خوفاً من الموت عطشاً، وآخرون شوقاً للأسرة التي بقي بعضها واستشهد الآخر.
كل واحد في المدينة يصارع الزمن كي لا يموت، لسبب لا يعرفه العالم، وألهث تعباً. الشوارع متاريس، والتراب يمنع العجلات عن الحركة، فيساعدني شاب يعرفني، سيذهب إلى دير البلح، لمقابلة أمه التي فقدت زوجها شهيداً، والجزر الفاصلة بين شارع الرشيد مثقوبة، حُفر عملاقة، أسأل الشاب عنها، فيجيبني بأن هذه الحفر هي مصارف “بيوت الخلاء” أو ” دورات المياه” الحديثة التي تم ابتكارها للنازحين هناك، لأجل عدم الاعتماد على الحمامات العامة، وهو ما اكتشفته لاحقاً، حين قام بعض الأصدقاء بإعداد حفرة ضخمة في الأرض التي نزحت إليها بمدينة الزوايدة، لأجل إعداد حمام متواضع، دفعت لأجله مبلغاً يفوق ثمن إنشاء حمام فاخر.
وفي الطريق، تمر بعض العربات المتهالكة، ينادي أحد المتابعين عليّ بينما أجر العربة، فأتطلع نحوه وأنا ألهث، فقد بلغ مني التعب مبلغاً عظيماً، ويقول الشاب مبتسماً: “أخيراً خرجت”. وقلبي على غزة، وروحي تتشظى كقنبلة، مدينتي حزينة، ونحن الشهود.
أصارع الوقت، لأنني لم أعد قادراً على المشي، لست شاباً مفتول العضلات كي أمشي مسافة تزيد على 25 كيلومتراً، أجرّ أثقالي بيدي الضعيفتين، والشوارع عند البحر غارقة في الغياب، كأن ملامحها تغيرت، وباتت بلا وجه، مقَنّعة تخفي قبح الأرض، حتى أصل أخيراً مكان النزوح. هناك تستقبلني زوجتي بالدموع، يحضنني أطفالي كأني شهيد بعثت من جديد، حيث بقي القلة القليلة في المخيم، أخترِق الطين لأصل الخيمة، المشوهة بفعل الحشرات والبعوض، أجلس قليلاً حتى يخرج صوت جار لنا في الخيمة: “أجت المية الحلوة يا شباب”؛ فأخرج مضطراً من جديد مع أبنائي لأجل المياه، التي لا تصلح للاستخدام الحيواني، متعباً، لعليّ أجد بعد ذلك السلام، لعليّ.. ربما.
Tragedia del desplazamiento
Arrastro mi carrito mientras mi estómago ruge; no he comido desde la noche anterior. Me quedé solo en el apartamento después de que todos se desplazaran de allí. Por eso intento apresurar la huida, para no morir de hambre. Otros como yo quizás corran por miedo a morir de sed, y otros, por el anhelo de reencontrarse con sus familias, de las que algunos miembros sobrevivieron y otros fueron martirizados.
No fue fácil para alguien como yo abandonar la ciudad de Gaza, si no fuera porque la situación alcanzó un nivel sin precedentes de matanzas y ataques contra la población en cada rincón, callejón, tienda y campamento. Había enviado a mi familia a la zona de Al-Zawaida, en el centro de la Franja, tras la destrucción del área en la que vivíamos. Mi esposa fue a la tienda de su hermano desplazado allí, en un terreno fangoso rodeado de muchos otros desplazados antiguos que se negaron a regresar a la ciudad de Gaza y al norte de la Franja, creyendo que la tregua podría romperse en cualquier momento. Su intuición, lamentablemente, resultó cierta.
No pensé en dejar la ciudad por muchas razones, la más importante: fortalecer la resistencia de la gente. La mayoría de los habitantes obtienen su fuerza moral de las élites académicas, intelectuales y culturales del campamento, y siendo yo uno de ellos, era la voz del campo de refugiados a través de mis libros y mi postura clara en apoyo a la legitimidad de la resistencia. Permanecí en el norte durante toda la guerra hasta el pasado domingo; no consideré el desplazamiento bajo ninguna circunstancia. No sabía que la muerte me acompañaba todo el camino.
Llegué a la zona de Al-Zawaida con el corazón colgado de la ciudad de Gaza. ¡Oh Dios!, ¿cómo puede una persona abandonar una ciudad tan noble, nacida para rechazar a los invasores y luchar con sus uñas contra cualquiera que mancille su tierra? Salí empujando un pequeño carro que fabriqué para cargar bidones de agua y objetos pesados. Llevaba algunas ropas, la pantalla grande de mi ordenador, y algo de madera, ya que el precio de la leña en el sur es muy alto.
Cargué mis pertenencias y comencé mi trayecto desde el campamento de Al-Shati, donde pasé mis últimos días en casa de mi hermana Somaya, que había perdido a su hijo, Odai, mártir hace unos meses. Arrastro el carrito, y frente a mí algunos habitantes que permanecieron firmes en el campamento porque no tienen dinero para desplazarse o no encuentran un lugar donde refugiarse; por eso decidieron esperar la muerte sin miedo ante este absurdo que ocurre ante los ojos de Dios y del mundo.
En el camino, los muros dormían su último sueño, el color gris cubría las calles. No había susurro de árboles: murieron en silencio, arrancaron sus raíces con misiles hechos para destruir galaxias. Intenté despertarlos con el ruido del carrito que molesta lo poco que queda de mí / de ellos / de los habitantes. La calle está vacía, desolada, salvo por un dron que compite con mi carrito en el grito, vigilando mis movimientos hasta llegar al centro de distribución de la UNRWA (“los víveres”). Las aguas residuales corrían hacia el noroeste del campamento, completando la imagen absurda. Algunos desplazados que permanecieron firmes desmontaban sus tiendas raídas, hablaban en voz alta, como si lucharan contra el tiempo para no desaparecer del viaje de la vida en este verano abrasador. Tal vez lo hacían con el deseo de conocer el final de la historia: si partirían hacia el sur y luego al Sinaí, o si se cumplirían las locas profecías de gente como yo, que cree que estamos a las puertas de la liberación de Palestina, a pesar de toda esta niebla y la oscuridad densa en el penúltimo episodio de la serie de la causa.
Arrastro mi carrito mientras mi estómago ruge; no he comido desde la noche anterior. Me quedé solo en el apartamento después de que todos se desplazaran de allí. Por eso intento apresurar la huida, para no morir de hambre. Otros como yo quizás corran por miedo a morir de sed, y otros, por el anhelo de reencontrarse con sus familias, de las que algunos sobrevivieron y otros fueron martirizados.
Cada persona en la ciudad lucha contra el tiempo para no morir, por una razón que el mundo desconoce. Jadeo de cansancio. Las calles son trincheras, la tierra impide el movimiento de las ruedas. Me ayuda un joven que me conoce, se dirige a Deir al-Balah para ver a su madre, que perdió a su esposo mártir. Las islas que separan la calle Al-Rashid están perforadas, con agujeros gigantes. Le pregunto al joven por ellos y me responde que esos huecos son “letrinas” modernas inventadas para los desplazados, para no depender de los baños públicos. Lo comprobé después, cuando unos amigos cavaron un gran hoyo en el terreno al que me desplacé, en Al-Zawaida, para construir un baño modesto, por el que pagué más de lo que cuesta construir un baño de lujo.
En el camino pasan algunos carros desvencijados. Uno de los transeúntes me llama mientras arrastro el mío. Levanto la vista, jadeante del cansancio que me consume, y el joven me sonríe diciendo: “Por fin saliste”. Mi corazón está en Gaza, y mi alma estalla como una bomba. Mi ciudad está triste, y nosotros somos los testigos.
Lucho contra el tiempo porque ya no puedo caminar. No soy un joven fuerte que pueda recorrer más de 25 kilómetros. Arrastro mis cargas con mis manos débiles. Las calles junto al mar están hundidas en el vacío; sus rasgos cambiaron, se quedaron sin rostro, enmascaradas, ocultando la fealdad de la tierra. Hasta que finalmente llego al lugar del desplazamiento. Mi esposa me recibe entre lágrimas; mis hijos me abrazan como si fuera un mártir que resucitó. Quedan muy pocos en el campamento. Cruzo el barro para llegar a la tienda, deformada por los insectos y mosquitos. Me siento un momento, hasta que escucho la voz de un vecino en la tienda: “¡Llegó el agua dulce, muchachos!”. Entonces salgo otra vez con mis hijos para buscar el agua —que ni siquiera sirve para los animales—, agotado, esperando tal vez encontrar, después de todo, un poco de paz… quizás.
Yasri Al-Ghoul (Gaza, 1980)
Escritor y novelista palestino. Creció en el campo de refugiados de Al-Shati y posee una maestría en Estudios de Oriente Medio. Es una de las voces literarias más destacadas que documentan la tragedia del ser palestino bajo el asedio y la guerra. Autor de obras narrativas como Canto sobre su muerte y Gaza 87, ha participado en diversas iniciativas culturales destinadas a fortalecer el papel de la literatura y del intelectual en la resistencia y la perseverancia.
Fotografía: Cortesía del autor.
Traducción: Fatma Nazzal.







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