De Sergio Briceño


ESCRITO CON ARPÓN

Para Victoria García Jolly, que me llevó al mercado de mariscos de La Viga por primera vez.

Por aquí empezará en silencio
a invadirnos el mar,
por aquí,
por la mirada azul de alguien
que observa desde lo hondo
del mar y ordena a sus criaturas
subir hasta el asfalto.
Es el mar
volviendo mar todo aquello
que toca.
El mar con sus patas cardadas.
El mar con sus hocicos breves.
El mar en el cazón
y en los labios de la señora
de tacones eligiendo el filete.
El mar en las criaturas
de un tiburón que servirán
de fiesta y será la fiesta
de un año que comienza.
El mar
en los meniscos y los puños,
en los talones
de aleta y de ventresca.
Un olor a sirena y a tritones,
a seres abisales,
a canciones inmersas,
sumergidas.
Y los hombres y las mujeres
de impermeable
y botas de plástico
llenos de tripa y sangre
junto a las cajas de esturiones
y tilapias y caracoles llamados
pata de mula,
pata de chivo,
como si mar adentro hubiese
un bosque,
un bosque bajo el agua,
con sus álamos y abetos
y sus ninfas y cabras.
Un atardecer encerrado
en la arteria de una almeja,
un atardecer
que reacciona al jugo de limón
y tiembla
como tiemblan los atardeceres de agosto o de diciembre.
No encontraré aquí al melanocetus que me acompaña
cuando duermo a seis kilómetros
de hondo
en mi propio destino.
Seres que habitaron en Vega de Torre,
en Punta Gorda
o Las Choapas
o en Antón Lizardo.
Seres que vieron cosas
de otro cielo
en Estero Lagartos
o en Mandinga,
que se llenaron de arena
y de soles y playas
en Mayorazgo
o Chairel o el Zapotal,
se venían removiendo
en el furgón o el tráiler.
Hielo. Hielo. Hielo.
Más hielo,
más blancura para evitar
la descomposición.
Carne de cachalote,
lonjas de marlin que culebrea
en los litorales
para volverse cóndor
en el aire superficial de las mareas, queriéndose librar
de la palabra,
del anzuelo en que gira
y se sacude
para dejar de hablar
y que sean las baladas submarinas lo único que escuche.
Escalas.
Más hielo.
Frigoríficos.
Calamares, sierras, petos,
peces con colas tan grandes
como un par de muslos femeninos
reunidos,
unidos,
pegados en una aleta única.
Palinuras.
Scylárides
extirpados con violencia
de su ambiente
con garfios o redes,
con jaulas a las que siempre
entran una y otra vez,
sabiendo que serán sofocados,
destazados,
cocinados.
Sus ojos giroscópicos se enredan en el cáñamo
y suben,
suben,
suben hacia aquello
que consideran el cielo,
habitado por barcas
y lanchones,
por la estrella del curricán
y la constelación
de una quilla
o el foque del camaronero.
Van hacia la luz
revestidos de infartos,
sus olores se mezclan
con la grama de criptas
en las tierras estériles.
Gobernará la escama
desde ahora
en el tráfico humano
que empuja entre la muchedumbre una dársena
de acero a ras de piso,
con ochenta marquetas
de camarón cristal
y se abre paso
y pasa rozando las caderas
el animal eterno,
congelado,
como en un permafrost
de antenas y diez patas
bajo cápsulas de vidrio.
Una bandeja de vieiras,
un ladrillo de angulas
con sus mínimos ojos
de tinta
del tamaño de un punto
en la escritura a mano.
Naves con millones de crías
de otro hemisferio
y otra vez el cangrejo polar
con sus patas
que simulan menores cordilleras
o sexos de gigantas.
Yo soy un pez
para otros pescadores
asociados al sol,
que hace escamas de mí,
que me arranca la piel,
que me limpia
de vísceras,
que me descama,
que me convierte en posta,
trozos de igual volumen
que cortan hueso y carne
y piel
a un mismo tiempo.
¿Cuánto me separa
de la orca o el Kraken
si veo de cerca
a la cigala
o el atún?
¿Has visto las manos del Señor
que huelen a la pesca
del día?
Haz una transferencia
de lo azul a lo rojo,
del agua hacia la tierra,
transfiere ese derecho
de tocar
y de oler.
Piedras,
piedras llenas de polvo
y restos de cal marina,
piedras habitadas,
piedras ahora sensibles
del ostión,
de la ostra,
de eso que no se mueve
pero late,
acércale el oído
para escuchar si cantan
o sisean esas piedras
que alguien moviliza
desde adentro.
Con sólo ver el cielo
puedo formar el mar,
con sólo ver sus nubes
puedo formar su espuma,
ochenta toneladas
de carbón y de azúcar,
de entrepierna
y sal, de conchas
que se cierran
con la brisa que suelta
la ciudad.
Un guardia ordena el tránsito
de autos y apetitos,
valvas y apéndices pulposos,
el salmón con las manchas
que va dejando la velocidad
de los retornos,
pecas negras a partir
de todo lo que olvidas,
carne llena de espinas
y un constante aletear
de branquias
para vivir en un mundo
que no respira lo que tú.
Ulises deambula por aquí
con impermeable
y en el recuerdo un machete
para decapitar jureles
sobre el pulgar
del hombre de la pescadería.
Y tu infancia se mancha
de una sangre marítima,
espesa en la mesa de escamas,
mesa de sacrificios,
mesa para el despiece
del pargo y el robalo.
La majestad
con que los barcos
flotaron encima del cardumen
y desplegaron sus redes
para llenar las bodegas.
Aquí se sabe
qué le dice el arpón
con su punta de cálamo
al océano.
Cómo escribe en él,
en sus aguas más negras,
allá donde comienzan
los abismos y el tiempo
se oscurece.
Aquí se escucha
la punta de ese arpón
escribiendo un poema
en el agua invisible
de la vida.

MANANTIAL

Volvieron a reunirse
tus partes desmembradas
al terminar la escalinata
en dirección a la profundidad.
Lágrimas de un demorado
deshielo.
Huellas de zarpa
en el centro del muro.
Surcos de ese anfibio feroz
rumbo al pantano
lo mismo que un nocturno
dictado por la piedra.
Es un cielo
terrestre,
un pedazo de aire
o cicatriz
en la maduración
de la ventisca.
Volviste a ser reunida
pieza a pieza,
Madre del limo y de las consonantes.
El ruido de los autos venía
de tan lejos
que terminaba en ondas
expansivas:
ligerísimo estruendo
sobre el agua,
pupila con que expandes
tu dominio bajo el acantilado
de cinco metros cúbicos.
Victoria y Emmanuel
brillaban en la noche
continua,
allá adelante las turquesas
y una rampa
hacia el fondo.
Es tan pura esta agua
que un pensamiento
la corrompe,
un recuerdo la tiñe,
un latido la oxida.
Agua para animar
la carne
con sus huesos,
cada gota un milenio,
cada aro concéntrico
un instante
que se rompe y arrastra
frente a la estalactita.
Garganta
para hinchar
la mirada
del terrón
convertido
en garfio
que habrá de levantarnos
cuando el temor nos tumbe.
El sol se disolvió
en tu azul.
El sol se hizo cianuro
y lo bebimos
y fuimos otra vez el cielo
y sus doscientas gradas.
Beben de aquí
los elementos,
bebe el aire
para alzarte la falda,
bebe el fuego
para alcanzar el tono
de la estufa,
bebe la tierra misma
en su propio mirar,
bebe
el agua
su interminable agua,
su propio cuerpo
separado a la fuerza
en cielo y suelo,
en el celeste lodo
con el que me formaste,
batracio milenario,
ojo de agua:
yacimiento.

LA CONFESIÓN DE ANTONIO LUCIO VIVALDI EN SU LECHO DE MUERTE

Con esos párpados
que la noche devoraba
¿qué pecado cometí
en las cuerdas
que llamamos vísceras?
Ahí donde froté
había alarido
y sombra
canciones para
arrancar un cedro
de raíz.
Fue mi pecado
padre
tocar una sonata
con tus tripas
y hacerte creer
en dioses que no ves
pero que flotan
ramoneando otros huesos
en tu periferia
de vulgaridades
terrenales. Yo
traigo el mensaje
de la lluvia y el invierno,
de esa tempestad
que te toca sentir
a las orillas de tu patria.
Yo soy el Padre Cárdeno,
el que lleva la lumbre
a todas partes
y pule sus violines
con el menstruo
de las adolescentes.
Gemidos de un fagot
para ilustrar los bosques
que siguen añorando
la luz de los atardeceres.
Provengo de una tribu
africana
quemada por el sol.
Soy el amante de una Kandaka
y bebo de sus pechos
el fluido incandescente
de todos mis conciertos.
Me llega a la cintura
el cairel infinito
de lava
y sostengo la cintura
del cello
y la aprieto
la estrecho
para babear en ella
con lentos movimientos
de lengua y de saliva.
Tengo una corte
de serafines afinando
mis cuerdas.
Yo mismo fui la viola
cuando tus besos
desgarraron las cortinas
del aire
y ese pulso que se alargó
hasta la zona más profunda
del Amor,
allá donde escasea el oxígeno
y todo es desesperación
y fuga.
Construí el cielo que esperabas
pero ahora agonizo
en un burdel de Viena.
El contoneo de las hetairas
me recuerda la ondulación
de las yeguas,
la crin con que hicieron
este arco
al que me abrazo
como si fuera un mástil
en medio del naufragio.
Estoy muriendo
de música.
Sus notas son tizones,
flamas sus acordes.
Por qué la vida
en mí se elevó al cubo.
De dónde se alimentó
mi corazón,
de qué lagunas o montañas,
de qué silencios y sonrisas
femeninas.
Fui el más antiguo
de los hombres
y ahora soy tan simple
y tan efímero
que alcanzo a oír
la eternidad masticando
el instante.
Necesitaba el placer
las ninfas fieles
a Hércules mirando
el Termodonte
y una prisión de fuego
que lamiera mis carnes
hasta arrancarles ritmos
y cadencias
o el concierto salvaje
de esos jilgueros en parvada
llorando su música inservible
y tenaz.
¿También me iré al infierno
padre
por haber enseñado
a las huérfanas
la ubicación del clítoris?
Anna Maria
y todos mis oídos
en uno solo de sus hombros
y en el movimiento
de ese hombro al frotar
al frotarse
al volverse a frotar
con la madera o los dedos
en el punto más íntimo
del Paraíso
que cabe en un arroz
o una vaina de trigo.
No puedo con la velocidad
y el cálculo.
Mi mente es una flama.
Salíamos a despedir
la tarde
en el hospicio
junto a la plaza de San Marcos
y el golpe del Adriático
en sus olas
fabricaba en esos instrumentos
la verdadera imagen
del relámpago
y el viento
y el granizo
que a golpes extendía
su poderío en la canción,
abriéndola como abre
la res el tablajero.
Hidra que no serpientes
sino pájaros
tiene numerosos.
¿Cincuenta, mil, diez mil?
Ahora podrán bajar
al inframundo
para hablar con sus
muertos
llevando entre las manos
un aria que compuse
en el insomnio
de la revelación.
No tengo edad. Soy
el que siempre estuvo
respirando en tu nuca.
El que te acarició
mientras dormías.
El que te habla
en los momentos
de duda.
Me llaman universo
y tentación,
calor, melancolía,
voluntad y obsesiones.
Ciertos demonios
extrañan sus pasturas
en la yugular
o el índice. Se sienten
desplazados, mínimos,
menesterosos a la mitad
del campo.
Están flacos y sus resecas
bocas han olvidado
la lengua que nos dieron.
Yo vengo a cantarles
al oído
con un ejército
de ninfas.
Vengo a darles vida
con mi vida
Padre.
Mis murmullos
los he vuelto
pequeñas sinfonías.
El mirlo bordó mi pierna
y el gorrión mi garganta.
Despierto muy temprano
y canto
hasta sangrar. Nada pasa.
El mundo sigue igual.
La estrechez de mi respiración
dejó invidente a Bach.
Él estará muriendo un día
como hoy
ocho años después.
Mi querido alemán
que vendió por veinte monedas
de plata
sus conciertos de Brandenburgo
al conde Ludwig
como si fuera Judas.
Y sin embargo
tan parecido a mí
que ahora respiro
con más dificultad.
Pobre hermano Joan,
los quistes en tus membranas
auditivas,
la torpeza,
tu sonrisa de envidia.
¿Qué hubieras sido sin mí?
Tu tristeza pesa un gramo
y toneladas mi felicidad.
Un erizo de púas agridulces.
Puedo hacer con el odio
una madeja
y dejársela al gato
de mis cordones
y oboes.
Amaestrar una tumba
no es tan complicado.
Hay que yacer en ella
cuatro noches
y arrancarle al crepúsculo
cincuenta marionetas
cuyos hilos
se pierdan
más allá de las nubes.

DÁMASO

las manos me han quedao rotas
de golpear el cuero
de tocar el cuero
de acariciar el cuero onde pongo
la punta de la piel
o el corazón
con el índice hinchado
con la pulpa de la mano hinchada
de tundir el bongó
y hacer que en turba y tusca
sea túrgido y torvo el trueno de timbres y tardos tordos en el tren
de este golpear la página
para que salga el baile
para que muevas así así así
la cadera y los muslos
y te postres
te hinques a la bambé
que no se ve
esa que canta en la mañana
y no se ve
la que te anima en la tumba
y te tumba en la ira
la que te vuelve tierra
cuando ya eras nube
tundo el bongó
le clavo estas diez uñas
le doy de puñetazos
porque está como latiendo
como vibrando a veces
de dolor y de vivir
ondalacomba
huecolamambe
undalalinda
empuña empina anida en la guadaña
y haz que los gualumbos
se crispen en la rumba
haz de mi oído un címbalo
que cimbra
toca el fondo de cuero
de mi alma
el más profundo cuero
del bongó
y saca del ¡ay! al lince
que grita en tu grieta así
aaaaaa ú
dilo dilo
dilo en tambora y voz
y golpeteo
y cadereo
y ese agitar de pies
y de cintura
lanza la sierpe aguda
su veneno
y hace en la herida cálamos
y coros
que vendrán a moverte
con trompetas y cornos y trompas
de mamá
aquí viene la reina
la invisible
la que puede ser virgen o salsera
la que honra y dedica
la que con dedo dulce traza
en mi frente un caracol
o hace de la tuba torres minerales
para que venga el de los cuernos
el astado
el velludo y caliente
a sentarse en su silla de metal
para abrirte la puerta
para abrirte las piernas
para hacerte bailar
al ritmo del abismo que concentra
la sal y el mango y el guanabo
para probar la humedad
de la pata de mula
y el fuego de la almeja anudada
a su concha
anudada a tu pecho
como botón de aurora
o rosa tempranera
bilibongó
hay algo de vudú en esta sierra
que aprieta y que mastica
que deshace los himnos
y quita al entrecejo grapas
o fistoles
mamá
quién eres tú mamá
que vienes desde el mar
enséñame a mover
enséñame a cantar
dime de qué materia
los canarios su canto
y la boa su siseo
de sospechosa sístole
que siembra y se desdice
en la cisterna de símbolos
y roces
mamá
dónde andará ahora
si te llama la Foca
para que pongas ritmo
a la tarola
para que sean acentos
los aromas
aromas a sudor
pero sudor de hembra
que escurra
en maquillaje
que brote entre las carnes
bailá
bailá bailá
y deja que los ojos sean
en blanco
como la página en blanco
o como el cuero
del bongó
donde pongo mis dedos
y la pulpa de mis manos
y despulpo mis golpes
con las manos
como si te escribiera
Foca
pequeña y grande foca
de oscuridad total
en mi cabeza
y en mi voz
que ahora escucharás
hasta allá donde estés
que no es la muerte
no
que no es la muerte
Foca
sino la vida negándose
a morir
en mi canción
que es tu canción
maaaaaambooo
uuuuh

INVITADO A LEER

una lectura con Darío
me dijeron
te tocará en la misma mesa
procura ir bien vestido
es exigente y regañón
y él, lo supe luego,
se había tardado en colocar
el mocasín de cascabel
y la corbata de muaré
junto al sombrero Panamá
y las mancuernillas
rociado ya de vetiver en la camisa con botones de nácar
pero no llegué a tiempo
a pesar de mi atuendo elemental:
pantalón de mezclilla
camiseta con leyenda Levi’s
de cuello elástico
y mi reloj para medirme la presión
y los pasos andados
al trabajo o la casa
el presidium de un verde forestal
y un micrófono torpe
un par de botellitas de agua Ciel
quién leería primero fue la duda
que una moneda resolvió
y carraspeando
con una voz de tumba y de jilguero
empezó la lectura
de las primeras líneas del Coloquio
y aparecieron luego del tritón y la sirena los primeros centauros
la mesa ya vibraba ante el tropel
y se llenó el recinto
plagado de políticos y
preparatorianos
de una brisa marítima
llegando a la isla de oro
a cada endecasílabo las ventanas
respondían con vibración legítima
y el agua roja de las venas
se agitaba
simulando un prosecco
hacía pausas leves el corcel
hecho poeta
y tridente
canción y tempestad
le dio un trago muy largo
a la botella de aguardiente
y me sonrió
para decir enseguida
con voz más grave aún que la de Hades:
“la hembra humana es hermana
del dolor y la muerte”
Darío a diez centímetros de mí
salpicando saliva al consultar
la octava por decir
formada por varillas de once sílabas
y treinta mujeres escuchando
soldadas a su voz
con el mentón rizado por la velocidad
del verso
a ti te decían Cerillo
cuando en la secundaria
incendiabas el banco
el mesabanco
al mirar hacia atrás
bajo la falda unánime
y le serví un mojito
llevabas en el cráneo fósforo
y en el cuerpo
madera incinerable
pero en lo que respirabas
había más vida aún
que en un pantano
Fósforo
en la mirada de Darío
con una voz oscura
aguardentosa
pero no se trababa
no confundía las íes
con el aullido
de un lobo
o con la roja encía
del caníbal
Darío leyendo junto a mí
en una mesa lúgubre y distante
como los sueños
que algún día
combatirán contra esta realidad
hasta vencerla


Sergio Briceño (Colima, Colima, 16 de Noviembre de 1970).

Licenciatura en Letras y Periodismo por la Universidad de Colima; participación en las Jornadas Académicas ‘Imagen y Escritura en Mesoamérica’, organizadas por el Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM. Especialidad en Periodismo por el ITESM Campus Colima. Maestría en Estudios Avanzados en Literatura Española e Hispanoamericana por la Universitat de Barcelona.

Traducción de obras del francés y del inglés, entre ellas poemas de O.V. de L. Milosz, Seamus Heaney, e.e. cummings y Basil Buntig, así como la pieza teatral “La lección”, de Eugene Ionescu. Realización de antologías de poesía femenina en Colima. Organización de festivales de poesía, como el de Oxígeno Bacalar, en 2012. Coordinación de colecciones editoriales, como director de las empresas MonteVenus y Ediciones Octubre. Adaptaciones teatrales de obras poéticas, como el espectáculo ‘Adán y Eva’, basado en textos de Jaime Sabines y Pablo Neruda. Colaboraciones con obra poética para revistas como Parque Nandino, Blanco Móvil, Trashumancia, Poéticas: Revista de Estudios Literarios, Periódico de Poesía, Luvina, Casa del Tiempo, Círculo de Poesía, La Voz de la Esfinge y Tierra Adentro, y los suplementos culturales Nostromo, Semanal de La Jornada, Laberinto de Milenio. Un ensayo suyo apareció en el volumen en homenaje a Octavio Paz Festines y ayunos, publicado por el Instituto Politécnico Nacional.

Premio Internacional de Poesía ‘Jaime Sabines’ 2011, Premio Internacional de Poesía ‘Salvador Díaz Mirón’ en 2001, Premio Estatal de Poesía ‘Balbino Dávalos’, en 1994, Premio de Poesía ‘Agustín Santacruz’, Premio de Poesía Manzanillo.

Los libros de poesía Trance, Insurgencia, Corazón de agua negra, Ella es Dios y Náqar, han sido traducidos al francés y alemán, se han presentado en Quebéc, Trois Rivière, Montreal, París, Bonn, Wiesbaden, Gießen, Köln, Frankfurt, Granada, Ávila y han sido inspiración para obras de danza o piezas de arte visual. Ha participado en los festivales Poetas del Mundo Latino, Ramón López Velarde y en el Encuentro Iberoamericano de Poesía, así como en el Internacional de Poesía de Trois Rivières.

Libros publicados: Corazón de agua negra (1995), La bruma y otros elementos, de O.W. de L. Milosz. Traducción (1997), Catorce fuerzas (1999), Ella es Dios (2001), Saetas (2002), Trance/Transe (2004), Náqar (2006), La hembra humana (2008), Ala rosa. Muestra de mujeres poetas en Colima. Compilador (2009), Insurgencia (2012), Insurgencia-Aufstand (2013), La de los siete colores (2013), En concreto (Xilitla) (2018), Tumba siete (2021), Forrest, Premio Manzanillo de Poesía 2023, Monolito (2024).


Fotografía: Cortesía del autor.

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