De Elsa Cross
De izquierda a derecha, Eduardo Hurtado, Carmen Nozal, Elsa Cross, Josu Landa y Mar Gutiérrez (en representación de Verónica Valkow), en el marco del I Encuentro de Poetas Iberoamericanos sede México, dirigido por Carmen Nozal.
Manuel José Othón no fue un poeta famoso, ni en su momento ni en la actualidad. A comparación de otros autores como Salvador Díaz Mirón o Amado Nervo, que alcanzaron gran reconocimiento –y Nervo no solo en México sino en todos los países de habla hispana–, Othón ha estado relegado, tanto entonces como ahora.
Uno puede pensar que tal vez se haya debido a la discreción de su vida personal, confinada en distintos estados de la provincia, con una profesión convencional y estable de abogado, y un matrimonio feliz. No hay en Othón ni viajes interesantes, como los que llevaban a cabo los poetas diplomáticos, ni gestos espectaculares, ni tragedias, ni vida bohemia, ni borracheras, suicidios u homicidios, incluso, que fueron algunos elementos que aderezaron y propiciaron la fama de otros poetas.
Quisiera recordar que Othón nació en San Luis Potosí en 1858, en el mismo año que Salvador Díaz Mirón, un año antes que Manuel Gutiérrez Nájera, 17 años antes que Amado Nervo, 30 antes que Ramón López Velarde. Doy estas fechas para ubicarlo un poco estas generaciones.
Como era frecuente en esa época, sobre todo en provincia, Manuel José Othón estudió la preparatoria en un seminario, el Seminario Conciliar de San Luis, y a los 23 años se recibió de abogado, que era entonces la profesión obligada para todo aquel que tenía inquietudes intelectuales. Dos años después se casó con una mujer a la que amó toda su vida y a quien dirigió cartas llenas de ternura, hasta sus años últimos. Su profesión de abogado le hizo viajar y establecerse en diversos sitios del país, y en viajes ocasionales a México trabó contacto con algunos poetas. Cuando murió, en 1906, tenía apenas 48 años.
En lo que toca a su poesía, ha habido cierta indeterminación sobre cómo clasificarla. Se le ha visto como poeta romántico, clásico, como un precursor del modernismo, y hay autores que insisten en que es un poeta modernista.
Othón corresponde a la época y es estrictamente contemporáneo de la generación de los modernistas, como ya vimos; pero resulta cuestionable, a mi juicio, el que se haya querido, muy forzadamente, hacer a Othón participar en el modernismo. No solo el propio Othón veía en los excesos de este movimiento una tendencia indeseable, sino que algunos modernistas lo desdeñaban. En realidad, su poesía era otra cosa. Y lo que ha ocurrido es que, con frecuencia, Othón ha sido mal leído como modernista, siendo que en realidad es un poeta romántico. Si era un romántico trasnochado en su momento, a estas alturas importa ya poco; como también que escribiera con un siglo de retraso con respecto a los grandes románticos europeos. ¿Se podía pedir más de un país que llevaba cien años en constantes guerras y conflictos, y que trataba a duras penas de conformar su propia identidad?
Othón buscó la suya propia. Y aunque no menciona nunca el término “romanticismo”, su ideario es el de ese movimiento. Son románticos los planteamientos de su poesía y su visión del arte, que Othón expresa en su prefacio “Al lector” que apareció en la edición de sus Poemas rústicos, publicados en 1902[1], solo cuatro años antes de su muerte. Dice el poeta:
Desde mi adolescencia compongo versos; pero hace más de veinte años he sacudido, o al menos, he procurado sacudir todo ajeno influjo. La Musa no ha de ser un espíritu extraño que venga del exterior a impresionarnos; sino que ha de brotar de nosotros mismos para que, al sentirla en nuestra presencia, en contacto con la Naturaleza, deslumbradora, enamorada y acariciante, podamos exclamar en el deliquio sagrado de la admiración y del éxtasis, lo que el padre del género humano ante su divina y eterna desposada: “¡Os ex ossibus meis et caro de carne mea!”[2]
Entre paréntesis, lo último significa “Huesos de mis huesos y carne de mi carne”, y es lo que exclama Adán al ver por primera vez a Eva. Sigue diciendo Othón:
Por otra parte, el artista ha de ser sincero hasta la ingenuidad. No debemos expresar nada que no hayamos visto; nada sentido o pensado a través de ajenos temperamentos, pues si tal hacemos ya no será nuestro espíritu quien hable y mentimos a los demás, engañándonos a nosotros mismos.
Pero no basta con esto. Es necesario considerar en el Arte lo que es en sí: no solo una cosa grave y seria, sino profundamente religiosa, porque el Arte es religión, en cuanto Belleza y en cuanto Verdad, uno de los vínculos, acaso el más fuerte, que nos liga con la eterna Verdad y con la Belleza Infinita; porque en suma, el Arte es Amor, amor a las cosas que están dentro y fuera de nosotros.
Más adelante dice el poeta:
…el Arte no puede, no debe ser tomado como pasatiempo, ocio o distracción; sino que hay que consagrar a él todas las energías del corazón, del cerebro y de la vida.[3]
Estas afirmaciones tal vez podrían haberlas suscrito algunos de los poetas originales del movimiento romántico, que tuvieron una exaltada concepción del arte, muy ligada a la naturaleza y al espíritu; aunque en algunos de ellos hubo también una preferencia por los aspectos oscuros de la naturaleza y del ser humano, que en Othón es perceptible solo a veces. Realmente él es un poeta “sincero hasta la ingenuidad”, y ese candor es uno de sus rasgos más acusados.
Que Othón es un poeta más romántico que modernista ha sido señalado ya por varios especialistas, entre ellos Gloria Vergara en su ponencia “Presencia de Schiller en la poesía mexicana”[4], donde menciona que Othón es uno de los poetas mexicanos que más se acerca a los románticos alemanes, y reconoce en “El idilio salvaje”, acaso el gran poema de Othón, “tonalidades muy cercanas a los poemas de Schiller”.[5]
Sin embargo, además de ser afín a las ideas estéticas de Schiller, la concepción de Othón sobre el arte se acerca mucho a las concepciones del filósofo Friedrich von Schelling, a quien es casi imposible que hubiera conocido –excepto en alguna traducción del francés–, puesto que la traducción de sus obras al español ha sido muy lenta y tardía. En von Schelling hay una visión que une estrechamente a la naturaleza con el espíritu. Una de sus ideas fundamentales, expresada en su discurso “La relación del arte con la naturaleza” dice que el espíritu es la naturaleza invisible, y la naturaleza es el espíritu invisible. Así, muestra una unidad fundamental en todo lo que existe. Othón está tan cerca de estas ideas que su poesía hace de él casi un místico de la naturaleza.
Othón también pensaba que el arte no debía jamás bajar y perder “su substantividad” para quedar al alcance del vulgo, sino que este, en todo caso, tenía que sensibilizarse para recibir y retener la impresión estética. Por vulgo no se refería a las masas populares, sino al “vulgo vestido”, a espíritus vulgares en su sensibilidad y en su gusto. Othón dice en el mismo prefacio, un tanto dramáticamente, que era preferible que nadie comprendiera a los artistas,
a tener la irreparable desgracia de saber que una estrofa, una melodía, un cuadro o un bloque nuestros, están en los labios, en los oídos, en la memoria, en la oficina o en el boudoir de damas frívolas, de letrados indoctos, de escritores ignaros y de jóvenes sentimentales, susceptibles de conmoverse hasta las lágrimas, ante las incipientes manifestaciones de un arte espurio.[6]
Aunque tiene la delicadeza de no dar nombres, se está refiriendo a una poesía que trataba de ganar el favor de un público muy numeroso y poco exigente, haciendo concesiones a un gusto fácil y vulgar. Esta cita vuelve a remitir a su concepción del arte como algo casi divino, que exige grandes virtudes y sacrificios en quien lo ejerce, que debe buscar su inspiración en sí mismo, y no en el “ajeno influjo”, según sus palabras.
Esta visión, a la que Othón fue fiel, lo mantuvo bastante al margen de las preferencias literarias de los movimientos de su época, lo cual sin duda contribuyó también a relegarlo; aunque publicara en las revistas y los diarios. Por otra parte, tal vez su propia musa, o su sentido de la poesía, fue lo que dictó su estilo, que aun acorde a las exigencias de la época, fue más libre porque fue muy personal –-algo que también es fiel a los ideales románticos—y lo llevó a crear un universo poético propio.
Othón seguirá , en verdad, su propio rumbo en las letras, aun a costa de haber sido tildado de provinciano o de anacrónico, esto último en el caso de Amado Nervo, que le reprochaba la acentuación de sus versos alejandrinos, que estaba, según él, cuarenta años atrasada. Lo que Nervo no imaginó es que sus propios versos son los que ahora resultan realmente anacrónicos y cursis, y los de Othón se leen con mucha más facilidad, no solo por su uso directo del lenguaje, sino por su falta de pretensiones y de la pose de ser el gran poeta.
Exceptuando la exigencia formal que había en su tiempo para la poesía, que como sabemos necesitaba ceñirse a los patrones de la métrica y la rima, y utilizar varias formas de verso, etc., lo depurado del lenguaje de Othón hace que sea, casi siempre, muy actual. Es raro encontrar anacronismos o extravagancias que, para el gusto de un lector de nuestro tiempo, plagan a otros de sus poetas coetáneos. Habría excepciones, sin embargo, como cuando Othón usa términos como “gárrulo” o “crústula”, que han caído ya en total desuso y eran muy del gusto de su época. Pero, por lo general, su lenguaje es bastante limpio y fresco.
Othón tiene como otro rasgo distintivo un tremendo amor por la naturaleza, que lo convierte en el gran paisajista mexicano de la poesía. Se le ha comparado con Velasco, aunque los paisajes de Othón son más bien pastoriles. La pintura de Velasco produce grandes espacios panorámicos y todos recordamos sus maravillosos óleos del Valle de Anáhuac, cuando sí era la región más transparente, y los cerros se veían todavía, con colores espléndidos, pues no estaban llenos de casas y de smog. Lo que Othón describe en sus poemas, más que a Velasco, a mí me remite a paisajes holandeses o flamencos, o a otros de la escuela de Barbizon. Y aunque hay referencias clasicistas, sus poemas no son artificiosos, pues integran rasgos del paisaje mexicano. Nunca les falta autenticidad y belleza, si bien a veces carecen de intensidad.
Los Poemas rústicos, que Othón publicó en 1902, empiezan, clásicamente, con un epígrafe de la Égloga IX de Virgilio; el poema inicial es una invocación a la Musa, y el libro tiene –quizá casualmente– 24 cantos, como eran 24 las rapsodias de las epopeyas homéricas, que también comenzaban invocando a la Musa; aunque no hay nada épico en sus poemas, pues más bien son las Églogas de Virgilio, al igual que la demás poesía bucólica, lo que puede considerarse como una clave para su lectura.
Hay muchos de sus Poemas rústicos, que se contienen en la descripción de los cambios que sufre el paisaje del día a la noche, o de la noche al día. Les basta el mínimo acontecer del vuelo o el canto de algunos pájaros, la huida de la lagartija, la lluvia, o el pastor que lleva su ganado, el canto del grillo, la nube.
A diferencia de la poesía pastoril, que desde Teócrito y Virgilio tenía el paisaje solo como el escenario, a veces un tanto artificial, de los idilios entre los pastores, o de certámenes para el mejor poeta, o diálogos sobre diversas cosas, para Othón esos pastores son apenas un punto en el paisaje, pues el verdadero protagonista es el paisaje mismo; en él empiezan y terminan los poemas.
Cito como ejemplo los dos sonetos que forman el quinto canto de los Poemas rústicos, y que tienen como título, justamente, el de “Paisajes”:
- MERIDIES
Rojo, desde el cenit, el sol caldea.
La torcaz cuenta al río sus congojas,
medio escondida entre las mustias hojas
que el viento apenas susurrando orea.
La milpa, ya en sazón, amarillea,
de espigas rebosante y de panojas,
y reverberan las techumbres rojas
en las vecinas casas de la aldea.
No se oye estremecerse el cocotero
ni en la ribera sollozar los sauces;
solos están la vega y el otero,
desierto el robledal, secos los cauces
y, tendido a la orilla de un estero,
abre el lagarto sus enormes fauces.
- NOCTIFER
Todo es canto, suspiros y rumores.
Agítanse los vientos tropicales
zumbando entre los verdes carrizales,
gárrulos y traviesos en las flores.
Bala el ganado, silban los pastores,
las vacas van mugiendo a los corrales,
canta la codorniz en los maizales
y grita el guacamayo en los alcores.
El día va a morir; la tarde avanza.
Súbito llama a la oración la esquila
de la ruinosa ermita, en lontananza,
Y Venus, melancólica y tranquila
desde el perfil del horizonte lanza
la luz primera de su azul pupila.
Como puede observarse hay una mucha simplicidad y limpieza en estos versos, que se limitan a la mera descripción del mediodía y del anochecer, sin mayor circunstancia, pero con gran fuerza poética. Son muy numerosos los poemas de este libro que tienen un corte similar. El “Himno de los bosques”, que es una de las obras más famosas de Othón, está compuesto por siete poemas que van también desde el amanecer hasta el anochecer, a través de una descripción muy minuciosa y sensible de cada momento del día en medio de los bosques o las selvas. El sol aparece en el poema III, después de que se han apartado las sombras de la noche, y cada porción de tierra, con sus pájaros, despierta. La única acción humana en el Himno, a la hora de la siesta, se da al final del poema V, en un aparte:
–En tanto yo, cabe la margen pura
del bosque por los sones arrullado,
cedo al sueño embriagante que me enerva
y hallo reposo y plácida frescura,
sobre la alfombra de tupida hierba.
El verso final convierte todo el Himno en un poema a la Virgen:
Y en el instante místico en que al cielo
el Ángelus se eleva, condensando
todas las armonías de la tierra,
el himno de los bosques alza el vuelo
sobre lago, colinas, valle y sierra;
y, al par de la expresión que en su agonía
la tarde eleva a la divina altura,
del universo el corazón murmura
esta inmensa oración: ¡SALVE MARÍA!
El poema “Angelus Domini”, el Ángel del Señor, deja transcurrir otra jornada con un solo elemento de referencia extra-campestre, que es la presencia de un ángel que se funde en el paisaje para al final convertirse “en oración, y lágrima, y suspiro”.
Los elementos religiosos se incorporan a algunos poemas en una forma delicada y plástica. No alteran el curso de la naturaleza reflejada en el poema, ni lo cargan de mensajes ni moralejas –-gracias a Dios. Se mantiene la pureza y la libertad del poema mismo, y Othón nos hace recordar otra vez la idea de von Schelling de que la naturaleza es espíritu visible o el espíritu es naturaleza invisible.
En el “Psalmo del fuego”, hay muchas referencias veladas a Las soledades de Góngora. Si bien, no hay ningún intento de imitación formal, vemos a otro viajero perdido, que es por otra parte una imagen alegórica poderosa. En el orden de los Poemas rústicos, el poema anterior a este, que es el IX, no contiene solo una descripción de la naturaleza sino que es una égloga cumplida. Se titula “A Clearco Meonio”, cándido pseudónimo del obispo Joaquín Arcadio Pagaza, amigo de Othón, que había publicado en 1887, con el título de Murmurios de la selva, una traducción parafrástica de las Bucólicas de Virgilio. En este poema que le dedica, Othón recorre muchos de los tópicos de la poesía pastoril: desde la flauta de Pan hasta la musa Érato, sin faltar Filomena. En el segundo poema de esa serie –-son tres: “La selva”, “La Musa” y “Los poetas”—, Othón traza una genealogía de la poesía pastoril –-que es quizá la de su propia poesía:
Yo la flauta de Pan en la espesura
de la selva encontré. Donéla al griego,
cantos de Dafnis que, al ferviente ruego
de Virgilio, cedióla con premura.
La heredó Garcilaso y de su obscura
mansión Chénier la arrebató; mas luego,
tinta en sangre, fue a hundirse en el sosiego
perdurable de horrenda sepultura.
¿Cómo pudiste tú con fe serena,
arrancarla de allí?… Mas fuera agravio
hoy el almo trinar de Filomena.
Castiga al mundo decadente y sabio.
¡Anda pastor! devuélveme la avena,
melificada por tu dulce labio.
En su ensayo Los cantores de la naturaleza, el autor francés Saint-Beuve, decía, refiriéndose al género pastoril (con el término de “idilio”, pues quien lo inauguró, Teócrito, llamó “idilios” a sus cantos pastoriles), lo siguiente: “El idilio no es un género que pueda aparecer indiferentemente en todas partes y a toda hora; necesita mucha naturalidad, hasta cuando el arte se mezcla en él”.[7]
La naturalidad es justamente una gran virtud de la poesía de Othón –-y quizá es el secreto de su frescura. Pero ante la consideración de si puede asociarse con el género pastoril –-aun con las reservas del caso–, lo primero que salta a la vista es que falta en sus poemas un ingrediente casi indispensable en la poesía pastoril clásica: el idilio, justamente, entre los pastores. Y la paradoja será que nada de idílico ni de pastoril va a tener el gran poema de Othón, el “Idilio salvaje”.
Adjetivos como “rústico” y “salvaje” delimitan una atmósfera agreste, y no precisamente la de una naturaleza “decorativa y ordenada” como la de Virgilio, según decía Antonio Castro Leal a este respecto. El “idilio” de Othón no es arcádico ni forma parte de los Poemas rústicos.
El “Idilio salvaje” se publicó dos o tres semanas después de la muerte de Othón, con un soneto justificatorio que añadió al principio, y que estaba dedicado a un amigo del autor. En el soneto se hacía parecer que lo que el poema iba a narrar le había acontecido al amigo, y no a él, que simplemente escribía lo que había escuchado. Eso lo hizo Othón considerando a su esposa, a quien no deseaba lastimar. Pero el poema surgió en realidad de una relación apasionada que el poeta sostuvo con una mujer de Saltillo, de la cual Artemio de Valle Arizpe daba incluso el nombre y describía como “una mujer muy bien plantada, frondosa, apiñonanda de color y con grandes ojos negros”,[8] y muy distinta de la “india brava” que el poema describe. Todo este chisme, tal vez innecesario porque el poema es muy transparente, es solo para dar un contexto. Siendo Othón tan religioso –-y de un ámbito provinciano y decimonónico— en el poema hace reflejar, a fin de cuentas, más la culpa que la pasión, aunque esta última se exhala en cada verso, con una intensidad desolada. De hecho, el título original del poema es “En el desierto. Idilio salvaje”.
Salvador Díaz Mirón consideraba el poema como “una joya de la poesía española”, y se dice que lo recitaba de memoria. Y por otra parte, en el discurso citado, decía Alfonso Reyes: “Estos versos solos bastarían para hacer vacilar el concepto de sencillez que yo me he formado de esta alma”. Pero justamente de la complejidad, con todas sus contradicciones, ambivalencias y debilidades, surge la riqueza del poema, que no queda en nuestro poder con la misma facilidad que los otros, pues es muy oscuro, tanto en sus imágenes, como en su ocultamiento deliberado de lo que en realidad quiere decir. El disfraz está en la dedicatoria y en todo el poema, que solo toca oblicuamente su tema verdadero: esa pasión que el poeta no pudo incorporar racional ni moralmente a su mundo, y terminó desgarrándolo.
De su probable estado interior al escribir ese poema, dan cuenta los adjetivos que usa: cito la mayoría, en masculino singular, en el orden en que aparecen en los sonetos: helado, último, árido, triste, salvaje, revuelto, amarguísimo, profundo, inmenso, altivo, hondo, horrendo, asolador, candente, sereno, trémulo, maldito, sibilante, opreso, divino, salobre. ¿Más? enjuto, muerto, gris, desamparado, pobre, yerto, aterrador, retorcido, enfermo, dolido, bruno, austero, inexorable, hosco, trágico, oprimido, desgarrado, ardiente, eterno, enorme, retorcido. Etcétera
¿A qué nos lleva este campo semántico? Solo oír todo esto podría acarrear una severa depresión. El escenario del poema es la soledad, el desierto, el crepúsculo, el espejismo (miraje), el llanto, el tajo del monte, la lobreguez –-para redundar. Nos lleva a siete sonetos impecables, llenos de intensidad, de misterio, de pasión, y de una memoria solo de lo oscuro. No hay imágenes luminosas ni un solo verso amable, que quizá vetó el propio sentimiento de culpa. O los poemas reflejan acaso un fin iracundo de la relación, que fue para él, como dice el propio poeta, un cataclismo. Pero ni en medio de él, abandona el poeta sus paisajes agrestes; los vuelve tan sombríos como su ánimo, y muestra también aquí, al igual que en los otros poemas, hasta qué punto él mismo y su canto se funden completamente en la naturaleza.
Termino con la voz de Othón, citando su tercer soneto del “Idilio salvaje”:
En la estepa maldita, bajo el peso
de sibilante grisa que asesina,
irgues tu talla escultural y fina
como un relieve en el confín impreso.
El viento entre los médanos opreso
canta como una música divina,
y finge bajo la húmeda neblina,
un infinito y solitario beso.
Vibran en el crepúsculo tus ojos
un dardo negro de pasión y enojos
que en mi carne y mi espíritu se clava;
y destacada contra el sol muriente,
como un airón, flotando inmensamente,
tu bruna caballera de india brava.
[1]Poemas rústicos, publicados por Aguilar Vera y Compañía Editores, México, 1902, fueron reeditados en edición facsimilar por Factoría Ediciones, México, 2003.
[2] Manuel José Othón, Poemas rústicos, p. 61 (I en la edición original)
[3] Op. cit. p. 63 (III en la edición original)
[4] En la web, en pdf, probablemente de las memorias del congreso Friedrich Schiller and the Classic German Philosophy.
[5] Ibid,. p. 12
[6] Othón, Op. Cit. p. 63
[7] Saint Beuve, Los cantores de la naturaleza, p. 15
[8] Poemas rústicos, p. 331 n.
Elsa Cross (Ciudad de México, 1946).
Poeta, ensayista y traductora. Ha publicado muy numerosos libros de poemas en México y nueve países más. Ha recibido en México el Premio Nacional de Artes y Literatura (2016), el Premio Internacional Alfonso Reyes (2023) y muchos otros, tanto en su país como en el extranjero. Es doctora en filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México, donde es profesora titular de Filosofía de la Religión. También ha publicado libros de ensayo, de traducción de poesía, y la vasta compilación El Lejano Oriente en la poesía mexicana (2022).
Fotografía: Cortesía de Josu Landa.







Dejar un comentario