De Eduardo Hurtado
“En promedio y a escala mundial, ¿cuántos poetas fallecen al día?”, intento averiguar en Google. La leyenda en el monitor es categórica: No se han encontrado respuestas. Intente precisar su búsqueda. Aunque se ocupa de cuestiones variopintas, la ciencia estadística no suele censar estos asuntos.
En meses recientes han muerto cuatro poetas mexicanos de indudable talento y trascendencia. Hoy, reunidos en la capital del país donde nacieron, recordamos sus nombres: Antonio Deltoro, Gloria Gervitz, David Huerta, Eduardo Lizalde. Cada uno ha dejado, en poemas que son actos, los frutos de ese oficio indispensable cuya misteriosa función es evitar que con el paso del tiempo los hechos humanos, y con ellos la sensibilidad que los inspira, sean materia del olvido. Puente necesario entre la especie y el individuo, el presente y los días por venir —o, si se prefiere, entre lo vivo, lo muerto y lo que no ha nacido—, la poesía es memoria pasada por la imaginación.
La Odisea narra el viaje de un héroe, Ulises, que vuelve a la patria luego de una larga guerra y en el trayecto encara un sinfín de vicisitudes. Los lectores de hoy disfrutan este antiguo poema, no porque aquello que nos cuenta sea más o menos asombroso que las aventuras de miles de millones de personas a lo largo de la historia, sino porque su re/presentación, su posibilidad de extenderse como presencia, nos llega favorecida por la poesía.
En otros ámbitos y en fechas más cercanas, Antonio, David Eduardo y Gloria supieron hilar las experiencias de una vida, alimentadas por su manera peculiar de percibir el mundo y por las formas de sentir de su época. Toda poesía arrastra un testimonio en el que convergen la subjetividad individual y la mirada colectiva. De esta manera “lo diverso logra constituirse en ciudad” (Lezama). Si aproximáramos cuatro imágenes emblemáticas de
estos autores, obtendríamos la visión condensada y problemática de un periodo: “Todo poema está empezando. Y el lugar del encuentro es sólo tiempo. ¿Hacia dónde es aquí? /El mundo es una mancha en el espejo.”
Hoy la función del poeta no difiere gran cosa de la que asumió Homero hacia el siglo viii antes de Cristo: recoger la sensibilidad de una época y, en especial, dar testimonio de ciertas realidades apenas visibles que, mediante un proceso pausado y sutil de reconocimiento y apropiación, terminan por incorporarse al acervo cultural de sus contemporáneos y de las generaciones sucesivas. Un aspecto esencial en este proceso es que, para expresar esas realidades recónditas, cada poeta debe explorar nuevas maneras de nombrar, es decir, renovar, enriquecer y embellecer la lengua en la que escribe.
Este trabajo suele aportar un beneficio profundo a la órbita verbal de los pueblos, incluso entre las personas que no acostumbran leer poesía. En contraste, las lenguas de aquellos países donde los poetas escasean o desaparecen, enfrentan el riesgo de deteriorarse y eventualmente extinguirse. Los poetas resignifican las palabras que nombran la vida espiritual y política de los pueblos. La poesía es, en palabras de Valéry, una política del espíritu —y como toda política, esta nos atañe y nos implica a todos.
En cada poema se reanuda la tentativa humana de “purificar las palabras de la tribu”. La evocación que hoy hacemos de cuatro poetas mexicanos lleva implícito el reconocimiento a cada uno de esos agentes de transmisión que en todas las latitudes postulan una visión rítmica del mundo. Primitiva y moderna, esa visión, su irrenunciable posibilidad, nos acompaña desde el origen.
Nombrar, en poesía, es enhebrar sentidos, explorar territorios prelógicos al acecho de otra lógica, “otra causalidad”. Inmersos en ella, todo está cifrado y, al final, todo se ordena en un sistema de correspondencias en el que conviven ganancias y pérdidas, revelaciones y quebrantos, y donde lo apenas decible encuentra su sitio en el territorio integral y abierto de cada poema.
Eduardo, Gloria, David, Antonio: en las voces de los poetas vivos anida la certeza de su continuidad. Es junto a ellas, modificadas y enriquecidas por ellas, que las suyas y las de todos los poetas muertos continúan viviendo. Al recordarlos en este acto honramos también a la legión de los ausentes. Sus versos, hilos indispensables en esa especie de work in progress universal y colectivo que es la poesía, nos convocan, a contrapelo de toda preceptiva, a impedir que las palabras que nos importan se vacíen de sentido. Esas palabras significan, lo vislumbramos juntos, nuestro horizonte de salvación. En ellas echa anclas la divisa utópica: “Algún día, aunque no llegue”.
Eduardo Hurtado (Ciudad de México, 1950).
Poeta, editor y ensayista. Ha publicado diez libros de poemas y dos de reflexiones sobre el trabajo poético. Su libro más reciente se titula Miscelánea (Trilce Ediciones/Secretaría de Cultura de B.C.). Es fundador de la Casa de la Poesía es la Frontera Norte. En 2005 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Carlos Pellicer.
Fotografía: Cortesía de Carmen Nozal.







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