Sobre dos versos de Neruda

De Elsa Cross


En Residencia en la tierra, dice Pablo Neruda: “entro cantando / como con una espada entre indefensos”. Allí afirma una intención de canto en su poesía, una vocación de canto.

En principio hay que decir que hablar de la poesía como ‘canto’ tal vez sea  caer en una categoría vaga y discutible. En un sentido amplio, toda poesía puede describirse como canto; pero podríamos deslindar un poco más ese canto si se tomara en cuenta que la poesía es también relato y testimonio, reflexión y grito, juegos de lenguaje, ars combinatoria, contemplación. En algunos casos es un problema delimitar, incluso en un mismo poema, dónde empieza una de estas cosas y acaba la otra. Pero no estamos hablando de categorías estrictas sino de determinados elementos que orientan la construcción de un poema.

Para aclarar un poco más lo que quiero decir, si no con la palabra ‘canto’, no sabría yo cómo definir la poesía que escribieron Whitman y Pound, Rilke, Claudel y Perse, Seferis y Elytis, Leopold Sedar Senghor, Aimé Césaire, Derek Walcott, y desde luego el propio Pablo Neruda, entre otros.

Siendo estas poesías tan distintas, partiendo de poéticas tan diferentes y propias, y teniendo alcances tan diversos, acaso comparten con su tono elevado, su aliento sostenido, su poderoso ritmo sonoro y semántico, un impulso semejante de cantar: a sí mismos, o al mundo, o a la naturaleza, o a Dios, o al hombre, a la vida y a la muerte, a la negritud.

Este canto es acaso la forma poética más arriesgada en nuestro tiempo, en que parecería que todo se ha dicho ya, que cada vez hay menos cosas a las que cantar, sobre las que cantar. Estamos en un momento de tal dureza que el ‘canto’ podría resultar grandilocuente y retórico y despertar cuando mucho la ironía o la condescendencia. Al paso del tiempo y ante estímulos siempre cambiantes, se modifican la percepción y el gusto, la sensibilidad. Pero algo queda en la gran poesía que hace que incluso cuando un estilo o un movimiento pudieran resultarnos trasnochados, el poema siga vivo. La sobreadjetivación de Hölderlin o de Ritsos, por ejemplo, consistente con un tono y un páthos romántico, y que para el gusto de hoy podría resultar empalagosa, se asimila a la grandeza y la profundidad trágica de que está investida esta poesía.

No sé cuánto habremos cambiado desde que hace más de 80 años Neruda dio comienzo a su Residencia en la tierra, diciendo “entro cantando / como con una espada entre indefensos”, pero siento que el mundo era mucho más joven, a pesar de que ocho décadas pueda no ser un lapso tan largo. Neruda era también muy joven y en ese momento, con toda la arrogancia de un joven poeta talentoso, estaba abriendo para la poesía latinoamericana una vía inabarcable que muchos han recorrido después de él.

Dado que el canto es uno de los impulsos más antiguos de la poesía, parecería que solo es posible cuando todo está por decirse y que solo una literatura muy joven o un talento muy grande lo producen. Acaso posterior únicamente a la forma poética que tomaron de modo natural las plegarias y los conjuros ancestrales, los ritos de sociedades arcaicas, el canto brota de un espacio de fuerza y de afirmación, de una relación directa con las cosas, de una mirada amplia. Es quizá otra respuesta al asombro ante la existencia misma que, según se dice, da también origen a la filosofía, y toca desde su ángulo muchos de los mismos temas: la vida, la fugacidad y la finitud; la pregunta por la propia existencia, por la belleza, por el devenir y el significado de las cosas; la pregunta por lo que no tiene respuesta.

De Los cantores de la naturaleza, el antiguo libro de Saint-Beuve, habría que inferir algunas consideraciones, como esa de que al canto se asocien la frescura y la juventud, pero allí se aclara que esto no quiere decir un “estado de inocencia e ingenuidad”. También apunta Saint-Beuve que el canto es resultado de una literatura muy cultivada, pero de ninguna manera ficticia ni artificial. Hay una delimitación que se sostiene en un equilibrio delicado: debe haber vigor sin ingenuidad; una expresión decantada, sin artificio; una frescura que no es inmadurez.

Todos estos elementos están ya presentes en el Neruda joven, que muchas veces es el que prefiero porque en esa poesía percibo el reflejo de un riesgo tanto poético como vital. Es como si hablara mientras la moneda está todavía en el aire, como si se jugara todo en cada verso. Es una poesía con un estilo claro, pero sin un rumbo definido: puede desembocar en cualquier parte, es un “mar de posibilidades”, surge de un estrato sedimentario que a cada instante puede dar origen a lo más diverso. Imágenes en sucesión, apariciones súbitas y ocultamientos de una intención poética que se transforma a medida que avanza el poema: se pierde a veces. Hay un dominio de la imagen, bajo el cual en ocasiones  se sepulta la consistencia de la idea o la estructura del poema.

En alguna de su poesía posterior siento que se marca ya un rumbo, que casi se estatifica en un discurrir cuya dirección y cuyos límites aparecen con tanta claridad que de pronto pueden incluso llegar a ser previsibles.  Nada que Neruda no hubiera respondido aun en sus Odas a los críticos mudos o llenos de lenguas, ciegos o llenos de ojos, pero “impregnados de dulce menosprecio / por mi ordinaria falta de tinieblas”, o con “la pérfida cola/ de la feudal serpiente / siempre enroscada en su exquisita rama”.  

Ese rumbo a veces previsible no le resta grandeza a su poesía. Es simplemente un factor circunstancial que se añade a la lectura de los diferentes momentos de la poesía de Neruda, acaso no muy distintos de los de otros poetas. Seguramente, cuando se es joven se asumen mayores riesgos, pues, por lo general, es cuando la vida misma es riesgo y precariedad, es incertidumbre y puede haber un trato más cercano con el exceso y la locura –elementos para nada ajenos a la poesía. Y hay después otras etapas de asentamiento, con otros diversos riesgos y peligros.

Son peligros que muchos poetas tocan todo el tiempo y de los que Neruda no se escapa: uno de ellos es el desbordamiento, lleno de retórica, que puede ir perdiendo peso a fuerza de realidad, sobre todo para un lector anclado en un tiempo donde no hay abundancia del corazón ni de la boca.  Otro peligro es la imposibilidad de transmitir, en esa corriente desbordada, algo que acate un centro de sentido, que dibuje una imagen consistente del poema. Otro peligro más para el poeta es el regodeo en la propia facilidad, en el flujo verbal que repite sus escalas y sus tópicos; la fascinación  ante la propia imagen repetida, como en un juego de espejos, que deja a veces a la orilla el desafío de una concisión mayor, de una síntesis más estricta que pudiera redundar en una mayor eficacia no solo verbal sino conceptual.

¿Hay un tic casi mecánico que ensarta un verso tras otro recorriendo escalas paralelas? ¿Es una declaración de principios poéticos, una postura estética? ¿Y si lo fuera, qué?  –al menos en el caso de un talento inagotable, como el de Neruda. Tal vez se haya dicho cientos de veces que ese dejar fluir el poema, como en un río, implica una voluntad de mímesis con el propio fluir de las fuerzas naturales. Es en sí una fuerza, una potencia natural. La cuestión sería si tiene sentido para el arte, y yo considero que lo tiene.

En el número inaugural de Caballo verde para la poesía, revista que Neruda dirigió en Madrid y publicaban Manuel Altolaguirre y Concha Méndez, en su texto “Sobre una poesía sin pureza”, Neruda dice: “la entrada en la profundidad de las cosas es un acto de arrebatado amor”.  Y dice también: “Y no olvidemos nunca la melancolía, el gastado sentimentalismo, perfectos frutos impuros de maravillosa calidad olvidada, dejados atrás por el frenético libresco: la luz de la luna, el cisne en el anochecer, ‘corazón mío’ son sin duda lo poético elemental e imprescindible.”[1]

Está muy cerca de lo que Whitman decía, desde otro ángulo. En alguno de los nueve volúmenes de With Walt Whitman in Camden, Horace Traubel registra cosas dichas por Whitman que Neruda seguramente habría suscrito muy gustoso. Dice:

La escuela francesa, la escuela alemana, la escuela inglesa. ¿Qué me importa a mí una escuela, cualquier escuela? Solo hay una escuela después de haber sido dicho y hecho todo, solo una escuela: no sé cómo llamarla: yo pertenezco a esa escuela, cualquiera que sea su nombre: la escuela humana, la escuela del hombre y la mujer, la escuela del corazón.”

O también dijo:

Cuando me hablan de ‘estilo’ es como si me trajeran flores artificiales.

Y  por último:

Nada encuentro en la literatura que sea valioso simplemente por su cualidad profesional: la literatura solo es valiosa en la medida de la pasión –-la sangre y el músculo— de que está investida, la cual yace oculta y activa en ella.[2]

Hay pasión –-sangre y músculo—justamente como uno de los ingredientes esenciales de la poesía de Neruda. ¿De qué está hecho su canto? De todas las cosas. El canto de Neruda se extiende al horizonte, hacia muchos horizontes. Es, justamente por ello, una poesía horizontal. Está pegada a la corteza de la tierra y a la piel del mar. Su ámbito y su lugar de residencia son la tierra y el hombre mismo, y les cantan sus odas. Son elementales porque su tema son los elementos: de la naturaleza y de la vida, de la condición humana. Aquí se circunscribe, como bien sabemos el registro de su voz.

Creo que la distancia con su poesía solo puede medirse en términos de años, pues es una poesía cada vez más cercana. Pienso también que deja una lección: aunque asume los riesgos y paga los precios de su sobreabundancia, es una poesía que vive de su propia verdad y es fiel a su propia mirada y a su voz. En esta fidelidad se sostienen su fuerza y su eficacia. Neruda reclama o simplemente asume el derecho a fluir como un torrente, e invita a fluir y a cantar con él.


[1] Caballo verde para la poesía, No. 1, Madrid, 1935

[2] Mis disculpas al lector por la imprecisión de la referencia; no me fue posible recuperarla.


Elsa Cross (Ciudad de México, 1946).

Poeta, ensayista y traductora. Ha publicado muy numerosos libros de poemas en México y nueve países más. Ha recibido en México el Premio Nacional de Artes y Literatura (2016), el Premio Internacional Alfonso Reyes (2023) y muchos otros, tanto en su país como en el extranjero. Es doctora en filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México, donde es profesora titular de Filosofía de la Religión. También ha publicado libros de ensayo, de traducción de poesía, y la vasta compilación El Lejano Oriente en la poesía mexicana (2022).


Fotografía: Extraída de la Red.

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