De Harold Alva


Cañaveral

En Cañaveral,
con el viento que sacude la hojarasca,
mis dedos enterraban en lo silos
la escama irracional de los conceptos;
buscaba el cáliz
que bajo los hualtacos anunciara
la líquida instancia del prefijo,
los tonos de la niebla,
la actitud del cuervo
que se destrozara con su pico,
y maldije,
sí,
maldije aquella partitura
que diseminaba como pólvora los sueños.

Me alimenté de astros y serpientes,
fui el infante que con lámpara
escribía como un gato sus poemas,
amé infinitamente la tristeza,
dije sí a las turulas
que succionaban la orgánica sustancia,
el misil volcánico del flujo,
la silueta que en las tardes
caía como avispa
sobre el rol de las corolas.


Sobre “La Peña”
el sol se deslizaba fanático en el roce,
temblaba al filo de la montaña:
era increíble,
mis reflejos ardían
detrás de la retina,
cotejé a mis córneas con la hierba:
la espina del cortejo que dopa
el roso referencial de los inviernos.

En cañaveral,
con el eco que venía de los cerros,
deduje que el amor
es un camaleón sujeto a su condena.

El día retornaba lejos del odio,
húmedo en la palmera que dibuja
el despertar ansioso del poema,
la sombra hablaba de partos y suicidios,
de rostros ilegibles que serían
el acorde fundamental de mi existencia.

Máscaras silvestres,
cables como intestinos que segregan
terrones al espejo;
de nada sirvió
la piel del dinosaurio,
los años sólo fueron
la cola del alacrán que bajo el agua
      ardía
           como un elefante
herido en la memoria.

(De: “Libro de tierra”, 2000)

Lunes

Este lunes
se instala en la memoria
como una pascua
como un rayo de sol
que destruye los nudos
la sinfonía de Mozart
que recorre
las fugas de este canto.

Este momento es tuyo
tiene tu nombre
la religión que asumo
como un hombre
de grito intemporal
con legítimas hazañas
la devoción de un sueño
expuesto a los cordeles
como un hecho que acontece
distante al calendario
lejos de las maniobras
de los topos
que destejen
los hilos insurrectos
de este embrujo.

Esta expresión es tuya
pertenece a tu instinto
que recorre
los linderos que amurallan
las aguas de este libro
este testimonio de fe
donde mi corazón es libre
como un león
como una fiera que ruge.

Esta música
tiene tu nombre
tu escudo de fuego
que acerca las riberas
tus ojos
están fijos a los míos
como dulces estacas
que sangran en los surcos.

Esta emoción
tiene tus labios
tu carne que suda
sobre el espíritu tus miedos
la clave del sonido
que sepulta
el eco de esta partitura
tú eres el impulso escondido
la fibra de ternura
que reposa como un gesto
en las señales.

Este día
tiene el brillo de tus pupilas
la intensidad de la luz
que ataca
las dudas cobijadas en la sombra
tu actitud de pétalo
sobre la cima de los rascacielos
tu karma que me atrapa
tus manos que se aferran
como gatos
la escena de un lienzo de Gauguin
reflejada sin límite.

Esta actitud
escapa del precipicio
penetra en los neumáticos
como botellas destrozadas
huele a ti
tiene otro mundo
otro calendario
otro alfabeto que pronuncia
los efectos de este origen
el manantial de espejos
donde multiplico el primer día
el primer contacto
que hizo de nosotros
la única piel
el único grito
dispuesto a lidiar con el planeta.

Este lunes
tiene tu nombre
los muslos que froto
detrás de los cerrojos
la ruta que transito
como un jinete
sobre el lomo de su fiera.

(De: “Sotto voce”, 2003)

Las vértebras del fuego

Sobre tu sombra sangran
los picos de las águilas
los huesos de la calavera
que sintoniza frenética mis sueños
esta pesadilla que me lanza al ático
de la abadía
donde reposa incólume tu cuerpo
tu estructura de gata
tu aliento que ingresa
como un tornado a mi celda
como una serpiente que petrifica
la tarde y sus motivos
la tarde y esta sentencia que insulta
           el vuelo de las gaviotas
la estela que denuncia tu condición
de fiera
tu sangre que se mezcla
con mi corazón de fiera
y lo posee como un leopardo que intuye
la destrucción imperceptible
de estos ecos
de estas palabras que insisten
como un leopardo ansioso
que corre en la Savannah
que incendia el reflejo de los manantiales
donde habitan como algas mis silencios
la onírica catedral
que exculpa tus ausencias
el lenguaje de otra tribu
que aúlla como un coyote
y yo te espero asediado por este laberinto
por esta ráfaga de culpas
que destejen mi nombre de tus labios
el exquisito mar que ataca con su brisa
la sonda que sujeta mis huesos
como un cocodrilo
como la maligna bestia
que reina en mis pesadillas
el mundo donde despedazo
esta mandíbula de fuego
esta mandíbula de diamante
esta mandíbula de tigre
de música que ha roto
la soledad del equinoccio
y yo te espero con mi terror
a las madrugadas
con este miedo que insulta
las ventanas de los edificios
las puertas que se abren
y yo te espero
y me arrojo a tu frente
como un Telémaco que impreca
para recuperar su Ítaca
y tú:
veneno de la oscuridad
isla caníbal
elevas tus manos a la proa
            de los trasatlánticos
y emerges como un ángel
que ha transfigurado sus alas
allí tu voz retorna
y las montañas son las mismas calaveras
que subordinan
la lengua de esta ciudad
de este montículo de occisos y concreto
tu voz depreda las estructuras sangrientas 
de este instante
los músculos de gorilas
que destrozan los sembríos
las chacras donde he mudado de piel
con el repertorio de otros cuervos
y yo te espero para destruir las cercas
la sórdida estructura de las caballerizas
donde un potro
ha escrito tu nombre en la frontera.

(De: “El sonido de la sangre”, 2006)

Lima

La física de tus manos
contradice mis leyes naturales
la devoción por conservar el aliento
en una gruta donde nadie
ejecuta oraciones como cábalas
versos como ráfagas
que atentan contra mis hábitos
animales de azufre
demonios que salen a la caza de un orate
que se oculta noche a noche
en los hostales de Lima
en sus intestinos de asfalto
que esperan impacientes
el último estertor
mi atípica presencia de fantasma
y tú
dulce animal
escala de grises sobre la orfandad
de mi cuaderno
brillas como el anillo del sol
en esta época de catástrofes apocalípticas
tú mi violenta partitura
mi fiera urbana de certeros zarpazos
mi bestia incólume con quien apelo al adjetivo
a su virtud de ventana
desde donde grito este poema
con la ilusión de un cadáver
que intuye que su muerte no es definitiva
que intuye que tu muerte no es definitiva
que se arranca el cráneo
y lo cuelga
en los cordeles del horizonte
con la misma prepotencia de un sismo
que sepulta los puentes y las casas

ternura hereje entre mis manos
miedo que me asalta durante la mañana
te enfrentas a la física
y apareces en mi fortaleza imaginaria
te detienes al centro
con la precisión de una pantera
y yo me quedo quieto
sé que la luna es insuficiente
cuando leo tus palabras
la noche también es insuficiente
la noche y su gran ojo
que da vueltas con la velocidad de un paso
que en vano pretende conquistarte
cuando apenas ha sonado el silbato
y el réferi se instala con asombro
en mis decisiones
en mi poema
en mi oscuridad
en mi boca que se abre
cada vez que tú retornas con un verso
y Lima entera se detiene
y Lima entera se inclina frente a tus pasos
y Lima entera se conmueve
con el filo de tu lengua
que parte en tres la dicción del aire
el rumor de los malecones
mi grito que trepa los edificios
y escribe tu nombre en las ventanas
y escribe mi nombre en tu ventana
y nadie puede leerlo porque carecen del espanto
y la capacidad de nuestras visiones
del alfabeto que aprendimos a tararear
cuando los dedos se formaron
como las columnas de un ejército
que partió a colonizar la piel
con las membranas de los otros
y los otros se quedaron allí
solitarios en sus cuerpos
mientras la vida se esfumaba en otra parte
y nosotros asimilamos la tensión de los accidentes
y así nos reconocimos
y así incendiamos estas calles
y así le dibujamos pájaros a esta noche
pájaros a las bancas del Kennedy
pájaros a nuestras palabras
pájaros a los ojos de las paredes
pájaros a la soledad
pájaros a la lengua que ahora nos eclipsa

(De: “Lima, la épica del desastre”, 2012)

Yo esquivaba este poema

Este es el poema del que hui durante décadas,
en sus verbos un león detiene sus fauces,
sabe que no gana nada si lo ataca,
por eso lo rodea como quien increpa
el filo de sus adverbios;
el resplandor de sus imágenes
que caen
con la prepotencia de una serpiente
que lo muerde por dentro.

Yo esquivaba este poema:
cerraba las puertas
para que no tenga opción con sus recursos,
por eso aprendí
a consumirme en las metáforas,
en las antítesis de la tarde
cuando el agua
duplicaba las imperfecciones de mi calle:
fui el más puntual de sus escapistas,
el lobo que con sus garras
era capaz de quebrar la belleza de un narciso
preguntándose en la fábula
si sus dientes eran más perfectos y brutales
que la convicción de un símil
o de una hipérbole que empaña
las ventanas de una casa;
el alarido de quien sabe que ha perdido
el músculo de sus palabras,
la fibra de su rabia,
el relincho de aquellos caballos
que galopan en la carretera
sin la prepotencia de sus escuadras.

Yo me escondí durante años de este poema,
lo sabe el malecón a donde iba a refugiarme,
la Sáenz Peña y el silencio de su alameda,
la banca frente al Neptuno
sobre la que reinterpretaba esta barbarie,
este nudo que no sé cómo desatar
ahora que el ángel más bello de la masacre
me dicta los mensajes,
las cartas de navegación,
el ministerio de otras capitulaciones,
de otro coso dónde destajar
el pellejo de otras bestias;
lo sabe también el cuervo de mi niñez,
su aleteo que vislumbra los charcos
y las piedras donde aúllan
los zorros de la ausencia.

Yo escribía huyendo de este poema,
hasta que un día
se abrió frente a mí
una flor amarilla,
un girasol hablándome
con su lenguaje solar,
con esa música sacra
que me devolvió a la luz y sus fantasmas.
Yo ensayé para huir de este poema,
aprendí a convivir con la desolación
reinventándome,
picoteándome las plumas como un águila
en la montaña más insólita,
debía blindar al animal que represento,
debía blindar mis manos y sus nervios,
lo esquivé porque una historia
es escribir un poema sin padre
y otra es escribir un poema
sin padre y sin madre,
sin sus ojos inundándome de parques,
sin sus ojos abiertos poblándome de parques;
ahora el tiempo es un orco que amenaza,
un Polifemo que busca ciego
dónde fundar su Ítaca.

Este es el poema del que hui durante décadas,
en sus verbos un león continúa al acecho
de la primera manzana,
de aquel soplo brutal
que transformó mis hábitos de caza,
en su boca arde un incendio forestal,
quiero detenerlo o abrazarlo,
no puedo:
yo soy el hombre negado por la lluvia,
el trago impar de la madrugada,
las últimas arcadas.

(De: “Ceremonia”, 2023)

Nieve

Mi padre venía a este parque,
se sentaba en una de sus bancas,
acaso en esta donde toco
la cal del crepúsculo que advierte
la lengua de un orate
que le hace una llave a mi nostalgia.


Yo lo observaba a prudente distancia
y pensaba en los años
cuando me hablaba de sus hazañas,
de su puntería con las armas,
de su habilidad para infiltrarse
en las bandas que asolaron
la tranquilidad de esta ciudad,
sus calles como lagartos;
y pensaba cuánto tendría que pasar
para relevarlo de ese hábito
de contarle a los parroquianos
los nombres y apellidos
de todos sus fantasmas,
y calculaba en los relojes
los días que faltaban;
y me imaginaba con canas
sentado aquí
narrando sus hazañas.

Jamás advertí
que el calendario me haría trampa
y que a los cuarenta y cuatro
la nieve caería en mis palabras.

Ahora, no hay nadie en este parque,
ni una sombra a quien hablarle,
solo el fantasma de mi padre,
mirando a prudente distancia,
cómo lo extraño
en esta vieja banca.

(De: “Ejercicios de escritura”, 2024)

Lenguaje

Esas horas de paz que me blasfeman,
esos silencios de piedra en mi mano,
gritándome, otra vez, de modo insano,
apuntan sin herir, pero me queman.


Esas lenguas al costado del poema,
sus sombras acercándose macabras,
no me atacan ahora con palabras,
sino con el puñal de otro dilema.

Yo debo ser un muerto en el paisaje,
una oración leyéndose en la guerra,
el estoico que empuña su mensaje.

Ese animal que a solas nos entierra
resucita también cuando el lenguaje
es solo una ventana que se cierra.

(De: “Spleen”, 2025)


Harold Alva (Piura, Perú, 1978).

Escritor, editor y analista político. Dirige Editorial Summa. Preside la organización del Festival Internacional Primavera Poética y la Fundación Iberoamericana para las Artes. En 2021, el Excmo. Ayuntamiento de Salamanca (España), lo declaró Huésped Distinguido. El 2025 la Municipalidad de Barranco (Perú) le otorgó la Medalla Manuel Montero Bernales a la Trayectoria y en noviembre recibió el Juchimán de Plata, presea otorgada por la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco (México). Ha publicado “Morada y sombras” (1998), “Libro de tierra” (2000), “Lima, la épica del desastre” (2012), “Ceremonia” (2023) y “Ofertorio” (2025), entre otros libros.


Fotografía: Cortesía del autor.

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