De Leymen Pérez


EMPUJANDO LA NOCHE


Entro y salgo de la noche.
El mármol extiende sus brazos de mármol.
Los muertos extienden sus brazos de muertos.
Yo cargo a mis muertos como tú cargas una piedra.
La piedra sangra y se fragmenta cuando toca el suelo.
Mis muertos sangran y taponeamos a los cuerpos
para que no escapen todos sus silencios.


Los cuerpos dicen: no me dejen morir otra vez.
Cuando la piedra toca el suelo se vuelve semilla,
tallo, racimo, fruto podándose sobre la mesa de disección.
¿Qué dirá el fruto cuando sepa que volverá a inclinarse y caer?,
¿quién será entonces el fruto y el gusano
que ve el mundo moverse a su alrededor?


Afuera: silencio. Adentro: en silencio avanzo y retrocedo.
Arriba: ruido que golpea. Abajo: silencio eres, ¿soy?
Soy el que empuja la noche. La noche dice: amanece.
El amanecer dice: empuja la noche.


Como un viejo carro americano tirado por William Carlos Williams
y el recogedor de latas de 23 y 12
la noche se contrae, expande, enferma y cura.
Como el agua agrietada bajo el sol agrietado,
como el sol deshojándose cuando alguien se despide
con las manos entretejidas con hilos invisibles,
como el mármol ciego que recobra la vista.


Entro y salgo de la noche que recobra la vista,
el tacto, el gusto, el olfato y el oído.

La noche dice: yo cargo mis días –ausentes de luz–
como tú cargas la opacidad que imaginas. ¿Hasta dónde?,
¿hasta dónde la noche dice su verdad?


Los brazos de mármol han aprendido a ser brazos de muertos
y empujan la noche contra la ceniza que desechan en los crematorios.
Salgo de la ceniza que ya no duele
y entro a tocar el corazón de la ceniza,
empujando, levantando, cosiendo
adentro y afuera de la noche
donde se apaga una luz.


Todos los silencios caben en una piedra.
Todos los muertos caben en uno solo.
Estoy quieto. La noche es quien empuja.

PÁGINA DESCONOCIDA
DEL DIARIO DE ANA FRANK


19 de julio de 1944


A mis espaldas las sombras cuelgan sobre la alambrada y un pájaro se asfixia en la intemperie del estío. En su centro un punto rojo, tiembla.


Yo siempre tiemblo cuando pienso en ti, amado Rudolf Hoess. Aún hierven los cuerpos de mis padres como si fuera el agua que obligas a caer sobre mí antes de que pueda tocar tus cicatrices.


Dividiéndome en dos,
clausurándome,
temo por mí, este cielo imposible que eres tú, y esa pared blanca, que separa mi desnudez del alma corroída por soles invisibles. «No estás enamorada de Peter sino del estío», diría mamá.


Al escribir me libero de todo menos de ti astilla de metal, jaula que armo y desarmo en mi interior, como si pudiera encerrarme perpetuamente, y olvidar que no es a mí a quien amas, encima de la poca tierra del jardín, cerca de los primeros hornos de Auschwitz


Un sol con otro sol, consumiéndose.
Un pensamiento con otro pensamiento,
consumiéndose.
Dios y la humanidad, consumiéndose.


Éramos los dos triángulos superpuestos o entrelazados de la estrella de David. Un hexagrama sin límites. Dos cuerpos vencidos. Patrias atravesadas por la misma raíz.


Siento miedo, amado Rudolf Hoess, cuando las sombras se derraman en el campo y los pájaros no se abren a sí mismos para que rompas lo que hay en mí de la noche,


Siento miedo de no volver a ver tu rostro:
esa gota de plomo
derretido.

TRES VECES UN SOL


Un sol es un sol es un país desgarrado. Vi
largas sombras empequeñecer, vi un país entero
cubrirse con pedazos. Un pedazo es un sol en la
soledad de un país como un sol es un pedazo
de objeto en las manos de quienes parten. Un sol mira
cómo nos reímos de nuestras derrotas.


Un país solo para un día, una noche, un juego entre crepúsculos,
unas manos que ya no están tocándolo. Un sol
es una mano que permanece inmóvil. Te digo estas cosas
como podría decirte que mis manos no dejaron
que cayera al vacío Zurita, que regresó del Purgatorio,
y dijo que estaba vacío el paraíso de los pedazos.


Vi campos enteros desgarrados. Una mujer
detrás de los barrotes gritando demencialmente
como el viento. Un país es un país un sol desgarrado.
La amordazaron sus propios hijos. Le sacaron las uñas,
le quemaron la libertad que estaba en sus poemas.
Por eso nadie puede leerlos ni oírlos. Están
en las astillas del país, ese otro sol, que ya no está.

DIARIO DE ÓSCAR MATZERATH
(Fragmentos)


No será en Utopía, campo subterráneo,
ni en una isla secreta, situada Dios sabe dónde.
Sino aquí, en este mundo, que es el mundo
de todos nosotros, donde al fin encontraremos nuestra
felicidad o no encontraremos ninguna.


WILLIAM WORDSWORTH


Como el hacha voy cortando las raíces del lenguaje.


En cada tajo, un pedazo de mí. En Utopía el pensamiento de un prisionero es más peligroso que una granada en las manos de un niño ciego. ¿Cómo se transforma un hombre derrotado en un hombre libre?, o viceversa. El pájaro con la cabeza vendada sabe la respuesta. Aunque cambien los paisajes sigo en mi prisión mental.


En cada tajo leen en el arroz lo mismo que la sangre lee en el cuerpo, que nada puede escoger. Cuentan los restos duros (coágulos, cielo desgarrado, astillas) que entran a la boca con la misma intensidad de una raíz que rompe el suelo y se deja pinchar con la sucia aguja de la nación. Un cuerpo sin cabeza y sin extremidades. Un tronco dañado. Tierra abriendo la tierra donde crece Óscar Matzerath. El humano con menos cenizas en Auschwitz y en el Morro-Cabaña. Los escogedores de arroz a veces no leen nada. Entran y salen como autistas que se buscan a sí mismos y se encuentran en el hacha de talar la libertad, en la tierra abriendo la tierra que hay en mí. Cerrándose, cerrándome. Lo mismo que la sangre lee:


«Tu cuerpo se llena de cosas inútiles. Tu casa se llena de cosas inútiles. Tu país se llena de cosas inútiles. El país que construíamos se quedó sin hierros. Sin almas que puedan caminar por el aire. Sin mezclas para fundirse. Solo de obreros mutilados que estuvieron demasiado tiempo en un hospital para infecciosos. Las hormigas muertas buscaban los huesos de la nación en sus huesos. El país dejó de respirar».


Digo lo que tengo que decir sin literatura

Amanece con violencia, como el hacha que corta el lenguaje. Anochece con violencia. Del bote de remos, nace arena, pensamientos inmóviles del Gran Hermano. Pensamientos podados crecen en todas las direcciones como un cáncer. Dejé mis huesos rotos en el suelo para cuando regresaran las hormigas. Deseaba en silencio llegar hasta el cuerpo agonizante del niño que su madre abandonó.

Los disparos abrían la puerta del calabozo. Los gritos abrían la ventana del calabozo. Mis ojos se cerraban. El calabozo alcanzaba su vacío hundiendo un tenedor en el hombre derrotado. Dios se abría en Dios. Al niño le pesaban demasiados los ojos.


En mi prisión mental mi dolor se volvió una habitación de 2×2 metros. Allí veía la naturaleza de la realidad, desmoronándose. Cal de las paredes. Cuerpo de cal. Hace treinta y cinco años había muerto mi abuelo. Veo el fracaso que es el ser humano. Ahora soy mi abuelo, su metáfora en el aire, su derrame cerebral apagándose, devolviéndole el dolor que va de una célula a otra. He aprendido el lenguaje de los que se despiden.


Si tu mente intenta traicionarte, déjala libre.


Las mejores mentes de mi generación alcanzaron, en el estío, la demencia. Al menos encontraron como Óscar Matzerath la sombra que buscaban. Las peores mentes barrieron la época, como hicieron los pájaros muertos en el aire, comiéndoselo todo. Con rastros de otras vidas, construíamos una casa, en el camino. Había perdido casi todo y fingía que miraba desde una ventana a Utopía. Para quien tenía miedo, todo era una devastación. Solo el miedo era y es honesto.


¡Esto no dura ni un día más! —dice el reparador de ventanas.


¿Y a mis poemas cuánto tiempo les queda? Los enfermos terminales están curados y los sanos están muriendo. Manía de carcomerlo todo tienen algunos animales.


Está madera fue cortada antes de tiempo —dice el reparador.


Entrábamos y salíamos de otras vidas. De nosotros mismos. Oía las voces de mis muertos: «Despiértate. Ciérrate las venas. Ciérrate». Los derrotados siempre hablamos de lo que hemos perdido o nos han arrancado. Sobre lo que ocultaban los Generales y Doctores y siempre supo el comején.


Y en el momento en que saqué el tambor, Günter Grass me dijo:
«No toques demasiado fuerte. Aún seguimos durmiendo en alambradas».

Mientras un animal miraba con humanidad a su matarife, niños bajo el efecto del fósforo blanco, jugaban a juntar bombas y dentaduras. Yo recordaba el último segundo con mi hijo: los golpes no dejan que tú olvides. «Si no llego al final de este campo minado no quiero que haya dolor», le dije. Soy un fragmento de metralla que avanza y se detiene. Alguien que viaja desde lo oscuro hacia el claro de bosque. Un ciego más que abre los ojos y solo ve un mundo asesino. Lo que escribo solo podría llamarse poesía porque no hay otra soledad donde ponerlo. Hasta aquí mi voz era un símbolo. Ahora, es nada. Un gusano avanzaba sobre mí, como un dios.

LA CLASE MUERTA


Pertenecíamos a la clase baja,
sin pasado ni presente.
Sin destino: una clase muerta.
Como un muerto caminando estaba el buey
que traía solo falsas noticias.
Agónico el aire en los pulmones.
La fatalidad en las voces que llegaban.
La pobreza en el piso de tierra junto a mi abuela,
observando a los suicidas. Un hedor a vacío
deslizándose desde los aleros que se volvían pájaros
nunca antes vistos. Un dolor que ya fue
carcinoma en la lengua, trombosis en el muslo,
bloqueo ventricular, tumor en la mama derecha.
La pobreza en la tierra de los ojos de mi abuela
que no tenía padre, casa, paisaje de girasoles,
pero había encontrado las luces
aunque a veces las luces no tenían corazón.
Abuela procuraba estar donde se despedía el horizonte
cuando el dolor se volvía sílabas de una realidad fragmentada
sin saber quiénes somos en todo lo que se derrumba.
Para la clase muerta no había planos de secuencia,
reactivos, viajes hacia donde el agua no se agota bajo el sol.
Todo se reducía a no mirar cómo se enferman las luces,
una cosa callando otra: sentir que la pisoteaban
durante el otro subdesarrollo. Un gesto miserable.
Vidas que nada significan.

NARRANDO UN HOLOCAUSTO


En la mano hambrienta un holocausto.
Acabo de contar 28 cuervos rumbo al horizonte.
Se alejan se alejan nos alejamos. Criamos
a otro animal y también nos sacó los ojos.
En este poema tú eres un cuchillo, lo contrario
a lo que dijo Lyotard: lo más irreal de las
irrealidades. «Búscame en el holocausto,
en el silencio del muro que tantas veces
se ha caído, en el hermoso paredón», te dije,
pero estabas del otro lado, como un espectador
sin espectáculo que intenta vivir más allá
de la pobreza, donde los difuntos ancianos cargan
en sus espaldas a sus niños muertos.
Acabo de contar 27 cuervos rumbo al horizonte.
Se alejan se alejan. No hemos avanzando ni un
milímetro debajo del verdugo. Solo aquel que ha
experimentado la muerte puede retornar.
«Búscate en la escena. Eres otro actor, otra
marioneta. Una máquina rota, un objeto que
juega con el vacío mientras escucha a Zygmunt
Karasinski o a los Muñequitos de Matanzas».
La existencia es también el ensayo de un
holocausto que se repite.


Leymen Pérez (Matanzas, Cuba, 1976).

Parte de sus libros publicados son: Corrientes coloniales, El libro de Heráclito, Fatigas del trópico, Fracturas de la belleza, Subsuelos, Efectos secundarios, Los países de la noche y El sol de las derrotas. Entre sus premios destacan:  La Gaceta de Cuba, Premio Nacional de la Crítica Literaria, Premio Internacional de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz y Premio Uneac de Poesía Julián del Casal. Su poesía aparece recogida en antologías de América y Europa. Es miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba


Fotografía: Cortesía del autor.

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