De Carlos Fernando Funes Rodríguez


El Charly de ayer (poema a dos voces entre dos cerebros)

Me da miedo que vuelva el Charly de ayer;
que bosteza en silencio en lo oscuro
que come a escondidas, después de beber…
un litro de whisky, con un huevo duro

Aunque es bueno beber;
Un trago a la vez, es mejor hacerlo seguro:
abriendo la boca y sin respirar…
mejor agua en lugar de cianuro.

Me da miedo que salga el Charly de ayer;
el que mira a las moscas con odio
que cocina y ahuma la carne de res
que teme a la furia del lento microbio.

En todos mis años de tanto comer;
esculpí un proceso infalible
comer al revés, primero la sal…
vistiendo el pelaje de un tigre.

Me da miedo que duerma ese Charly de ayer;
que corría y vivía en la cicle,
el que no perdonaba una pizza o gruyere…
aduciendo destreza invencible.

Pasé muchos años de mi juventud;
persiguiendo montañas agrestes
balanceando un pingüino entre ceja y nariz…
desde el alba, hasta el sol al ponerse

Me da miedo que salte ese Charly de ayer;
que nadaba con orcas y leones marinos,
que escribía poesía con un solo pie…
sazonando relojes a puro sonido.

Una noche encontré en un gélido mar;
un triste y profundo poema
y obligado a toser, me puse a imitar
el tic-tac de una máquina en huelga


Me da miedo olvidar a ese Charly de ayer;
que aprendió a sacar agua del pozo,
que rimando de noche, un cigarro a la vez…
cruzó el mar navegando en un oso

Muchas veces vivir, da lugar a soñar,
a dormir con ventanas abiertas,
es por eso que quiero por siempre escuchar
a esa voz, que llevo en las venas.

Retumba el volcán

Amanece, y retumba el volcán hacia adentro.
El árbol de fuego florece
y la buganvilla le hace contraste.
Golpean las olas a la roca de antaño
las montañas se tiñen de verde.

Las máquinas se han detenido,
ya se cargan los últimos sacos,
el aroma perfumado a pulpa de café,
despide a la montaña
¡Adiós! ¡Adiós!

Es el tiempo del mango y los aguacates,
se siente la brisa que deja al verano,
atrás van quedando esos días soleados,
empiezan las lluvias, el mar alborotado.

Azota el chiflón que mueve las hojas,
retumba el volcán hacia adentro,
se alborota la tierra, que explota y derrama
su semilla de fuego que baila en el agua.

Agua que da al rio
y se pierde en el mar,
donde el cangrejo noctámbulo duerme…
en espuma de noches dementes.

Explota Rotterdam, leones en la costa (Oda a la resurrección)

¿Qué hacer con un cuerpo infinito?
¿Un cuerpo sin hambre, ni dolor, que es perfecto?
¿Cómo mirar con estos ojos que le gritan al oído?
¡Mirá, viene el sol! ¡Viene perpetuo!

¡Explota Róterdam! ⎯leones en la costa⎯,
se entierra un laúd, desaparece el misterio.
¡Cómo cantan los coros de los muertos ahora vivos!
¡Y estallan sinfonías de pepinos y alcachofas!

¿Qué es la felicidad
si no aquello que se anhela?
El primer llanto de niño, los besos de la abuela.
A este relámpago le sobran dos tornillos…
—¿Mamá, estás afuera?.

Siempre quise ver pingüinos en Ballestas
y volar sobre las líneas de Nazca,
perderme en un mar gélido entre cantos de sirenas,
comer pizza con turrón y lo que plazca.

Por más que intento, solo me salen versos tristes,
y aun así se me dibuja una sonrisa.
¿Por qué será que el requesón me resbala en las narices?
¿Y que mis manos no se arrugan cuando escriben?

No hay ansiedad, y no hay temor.
El deseo ya no existe.
Vivimos sin asfixia, sin mañana, solo ahora…
Paz, dos abrazos, un vermú y nueve chistes
cavernícolas sin sombras⎯.

Aquellos que estuvieron con nosotros caminando,
que se fueron mucho antes o quizás un mucho menos,
¡están aquí!, a nuestro lado, y se ríen como diciendo:
Eso que tanto preocupaba, ¿dónde está? ¿Qué tal tus nietos?

Solo Dios queda en estas letras,
desde antes, desde ahora…
Al que tuviste siempre cerca,
pero viste siempre lejos.
—¡Qué gusto verte otra vez! ⎯sonríe⎯ ¿Nos tomamos un café?

Una carta

Tengo todo y así siento que me falta.
Escribir es algo que me gusta,
me encata ¿ya sabés?
Puedo ser el que proyecto,
el que el mundo piensa que conoce,
el que todos esperan,
en el que todos confían:
fortaleza y seguridad,
y por qué no… ejemplo.

Tengo todo y así siento que me falta.
Me falta disfrutar con alguien,
compartir ese rinconcito de mí,
esa esquina de la alfombra,
ese frío en las almohadas.

¿Te pasa que la costumbre
enfría las sorpresas?
¿Cómo endulzas el café
si te gusta amargo,
pero quizás no tanto?
¿Por qué nos acostumbramos
a lo que no hay que acostumbrarse?
Tengo todo y así siento que me falta.

Encontrarte es tan bonito
y menos mal estás tan lejos,
como una estrellita,
como una montaña,
como un helado inexistente.
Porque… ¿sabés?
me puedo hacer adicto
a tus dulceles de leche.
Tengo todo y así siento que me faltas.

Una (secuencia de Fibonacci)

(21)

Caminaba como niña pequeña y no era así, tenía treinta.
Era fácil de olvidar e impresionante
por sus caderas.
Su rostro parecía de muñeca,
y era así de porcelana.
Una muñeca con labial mal aplicado
y cinco canas.
Se notaba que el dinero le escaseaba
en su ropaje,
pues usaba falda corta, iba mostrando
sus pilares.
Vendedora de pupusas y curtido
en las mañanas.
Por las noches, casi igual, solo que una
en vez de varias.
Tenía un hijo aproximándose a los siete
su delirio,
por quien daría cuanto fuera necesario
hasta su vida.
…Dulce aquel pequeño, deseaba ser doctor
y curarle un día a su madre aquella tos.

(13)

Niño, que deambula por las calles,
caminante entre la bruma y bajo el sol,
no permitas que nuestra alma se endurezca,
que te miremos como caja de cartón.
Niño sin padre,
hijo de madre silenciosa,
trabajadora en la más vieja profesión.
Tu risa corta el frío del invierno,
tu mirada hace poemas
de las nubes y del sol,
tus juguetes son de palo
y son de piedras,
tu vida es esperanza y es dolor.

(8)

Mamá llora en una acera,
y a lo lejos,
mira a su niño cómo pide
y no le dan.
El polvo es viejo,
su alma se resiente…
-esa herida…-
¿podrá el doctor curar?

(5)

Se detienen los relojes…
y unos ojos en la escuela,
miran un lápiz,
es momento
de estudiar.

(3)

Llegaste acá.
Y un poco más…
ya falta poco.

(2)

El aire pesa.
El tiempo cesa.

(1)

[Doctor, algo ha ocurrido…]

(1)

…Adiós, mamá.

El frenético apetito de las Bestias

La vida se oscurece, es la hora de las bestias.
Son de luz de día, son de sombras negras.
Aparecen al dormir y al despertar están afuera;
moscas que son sangre, moscas que no vuelan.

Susurran en la calle, su hambre nunca deja
de menguar su sed de carne, su maldad y su vileza.
Delirios de amapola, buscando en tu cabeza…
Y no hay nada que hacer, el visitante está a la puerta.

Los recuerdos se hacen vagos cuando estás en su presencia.
Un respiro es suficiente, unas gotas en tu lengua.
Parece que levitas a merced… -extraña fuerza.
Moverte es imposible… el miedo ya está cerca.


Una niña caminando en un sendero, -negro bosque.
Un caballo sin jinete sobre hongos de juguete.
Un escritor y un abogado delirando en una mesa,
sobre el mórbido sentir de la razón y su belleza.

Se termina la cordura… un tostador leyendo libros.
Mil cuchillos de cocina entre las muelas y un: ¡Auxilio!
Locomotora destructora de columnas en tu mente;
una vaca que mastica tu cerebro entre la gente.

Pensás que la salida está en jugar contigo mismo.
Todos te miran y te juzgan, la tristeza está presente.
Y no hay llanto que de paz… nuevamente te has caído.
No hay cómo levantarse, el duro juez te ha destruido.

Y de pronto estás en casa: un pasillo y una puerta.
Las pastillas, las terapias, son reposo en la tormenta.
Y meditás: quizás morir… traerá la paz… quizás lo sea…
Pero no hay por donde huir…

Del frenético apetito de las bestias.

Tan azul

Escuché una voz, cerré la puerta… y allí estaba:
tan real como un tomate o un pepino;
tan de incógnito como el apellido del portero;
y tan azul,
como el piso del baño de cierto bar que no recuerdo.

A medida que cae la noche,
y cae una taza medidora,
la pastelera va y prepara
los pasteles:
suculentos y enigmáticos manjares,
con relleno de avellana y mortadela
⎯de todo un poco⎯,
aunque no grasa de foca.

Y así va un gato,
deambulando como muerto
en el tejado,
seduciendo a una gatita
con su llanto;
resolviendo al mismo tiempo
una integral triple al cuadrado,
haciendo verso con vaso ⎯haciendo rima⎯.

Todo era paz aquella noche
de cocina y verso suelto;
todo paz, hasta que a ella vino el miedo…
Había pasado un año exacto
⎯ ¡ni un poco más, ni un poco menos! ⎯
desde aquella última vez que había vivido,
un septiembre dieciséis de noche y frío.

Y aunque esta realidad le atormentaba…
¡había una peor y más nefasta!
¡El día siguiente sería igual!
¡E igual el próximo en venir!
¡Un año exacto desde el último septiembre!
¡Un año exactamente!
«Algo terrible irá a ocurrir…».
Demasiada coincidencia de repente.

Luego ¡un pájaro gritó!,
y un huracán entró cantando,
al mismo tiempo que un marino bautizaba,
con un litro de Malbec,
a Rentaventa de Altamar,
una barcaza vieja, sucia y encallada,
en un desierto de papel,
como no ha habido alguno igual.

Como esa noche de pastel, bares y hadas,
allí estaba… tan real, tan de incógnito y azul.
Era ella y nadie más.
Ella…
Como el piso de baño de cierto bar que no recuerdo.


Carlos Fernando Funes Rodríguez (San Salvador, 17 de diciembre de 1984).

Ingeniero y empresario de la industria de la construcción, ha estado siempre vinculado a las artes como poeta, narrador, músico, artista plástico y pintor. En 2024 publicó con Falena Editores (San Salvador, El Salvador) los libros Más allá del queso, los limones y las líneas paralelas y Demente de mentecato – poetorias para un mundo insano. En 2025 inició su carrera musical bajo el nombre artístico Charly Funes, publicando en plataformas digitales como Spotify, Apple Music y YouTube Music los sencillos Íntimos poemas, Cartas del Más Acá, Todo sigue en silencio, Villas de Napalm, Tornillos y Armadillos y El frenético apetito de las bestias, además de El sugerente vuelo de los pingüinos, en colaboración con los músicos salvadoreños Beto & Memo Music.


Fotografía: Cortesía del autor.

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