De Manuel Eduardo Jiménez Mendoza

Hay libros que no se leen: se atraviesan. El imperfecto mapa de la Vía Láctea, publicado por Editorial Adarve, en su colección Verso y Color, pertenece a esa estirpe de poemarios que no buscan deslumbrar desde el artificio, sino dejar constancia de un trayecto interior. Su lectura supone internarse en una cartografía íntima donde la palabra funciona a la vez como brújula, herida y salvación.
El libro llegó a mis manos el 14 de febrero, fecha simbólicamente asociada al amor, durante un período de reposo obligado tras una fractura. No es un dato menor: la inmovilidad física favorece el viaje interior, y este poemario —enviado generosamente por el autor a través de sus padres— se convirtió en compañía y espejo. Tal vez porque, como el propio libro sugiere, el amor no es una efeméride, sino un estado permanente de búsqueda.
Una arquitectura del tránsito
El volumen se estructura en seis partes —La búsqueda, El hallazgo, La eclosión, La estampida, La libertad y La levedad— que no funcionan como compartimentos estancos, sino como estaciones de un proceso vital. Los 48 poemas que lo integran dialogan entre sí desde una lógica de evolución emocional y filosófica; del impulso inicial a la aceptación final, del peso de la materia a la ligereza de lo comprendido.
El poema inaugural, El inicio, fija desde el primer verso el tono del libro:
«todo comienza con un acto de fe,
con la necesidad de poner algo sobre el papel».
Aquí la escritura no es ornamento, sino necesidad. Escribir aparece como un gesto fundacional, casi religioso, donde la fe no se deposita en dogmas, sino en el acto mismo de nombrar. El poeta se presenta como alguien que duda, pero escribe; alguien que no posee certezas, pero avanza.
Nacer es empezar a perder
La segunda parte del libro se abre con uno de los textos más lúcidos y dolorosos del conjunto: Nacermorir. El neologismo no es caprichoso; condensa una visión existencial donde origen y fin se confunden:
«se comienza a morir cuando se nace.
Eso lo sabemos con dolor.
El tiempo pasará…»
En estos versos, Hernández articula una conciencia aguda del tiempo como erosión. La imagen de las flores que mueren y del amor relegado a “una imagen perdida de lo que pudo ser” introduce una de las constantes del libro: la nostalgia no como lamento, sino como constatación. El poema no se regodea en la tristeza; la observa con una serenidad casi estoica.
El mapa como metáfora
El texto que da título al poemario, El imperfecto mapa de la Vía Láctea, constituye el núcleo simbólico de toda la obra. En él, el cosmos deja de ser objeto científico para convertirse en metáfora de la condición humana:
«el mapa de la Vía Láctea es un enigma con sus luces,
bellos reflejos,
y formas raras».
El universo aparece como reflejo del sujeto: hermoso, incomprensible, incompleto. Cuando el poeta afirma que ese mapa posee “el poder de la utopía y el engendro de la soledad”, nombra una tensión central del libro: la necesidad de sentido frente al silencio que persiste incluso después de las ecuaciones. La ciencia, la razón, el cálculo no anulan el vacío; apenas lo delimitan.
Huir, liberarse, aligerarse
Las secciones La estampida y La libertad marcan un punto de inflexión. Aquí la voz poética se desplaza del reconocimiento del dolor hacia el impulso de huida consciente; no escapar para negar, sino para sobrevivir. La libertad que propone Hernández no es épica ni grandilocuente; es íntima, frágil, cotidiana.
Finalmente, La levedad ofrece un cierre coherente y honesto. El último poema, Esta casa que soy…, funciona como testamento emocional del libro. Sus versos finales no prometen redenciones absolutas, sino continuidad:
«Prometo no mirar atrás.
Entre tanto silencio,
echo a andar por el camino
que aún me guarda».
Hay aquí una ética del movimiento: seguir, aun sin garantías; caminar, aun con dudas. El silencio deja de ser amenaza y se convierte en espacio de posibilidad.
Un autor en diálogo consigo mismo
Yom Hernández ha construido en este libro una poética de la introspección que rehúye la complacencia. Su lenguaje es contenido, reflexivo, sostenido por imágenes claras y una emocionalidad que nunca se desborda. El imperfecto mapa de la Vía Láctea no busca respuestas definitivas: propone preguntas honestas.
El poemario confirma a su autor como una voz que concibe la poesía no como artificio estético, sino como herramienta de conocimiento. Leerlo es aceptar que todos llevamos dentro un mapa incompleto y que, tal vez, como sugiere el propio libro, la imperfección sea la única forma posible de verdad.
Manuel Eduardo Jiménez Mendoza (Remedios, Villa Clara, Cuba, 16 de enero de 2000).
Es escritor, poeta y narrador cubano. Licenciado en Educación Biología por la Universidad Central “Marta Abreu” de Las Villas, ha participado activamente en la vida literaria y cultural de su país desde joven. Su obra abarca poesía, cuentos y reflexiones, explorando temas como la condición humana, la fe, la esperanza y la realidad social contemporánea. Ha publicado artículos, crónicas y trabajos periodísticos en medios locales y plataformas digitales, donde aborda temas vinculados a la cultura, la memoria histórica y la vida cotidiana. Es autor de proyectos que transitan entre la literatura y la reflexión social, con un estilo que combina rigor conceptual y sensibilidad narrativa.
Fotografía: Cortesía del autor.






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