Lúdica: Selección de poemas

De Nati Rigonni


La rosa

Un ángel se incinera: humo ascendiendo los montes del delirio, arde tratando de apresar al animal escurridizo de la respuesta. Un ángel desde el exilio, reconoce que es tan sólo una duda de la existencia. Arrulla en los brazos a la tierna bestia de la locura. Así en los brazos de la locura se aparean y crecen descomunales las flores de la inocencia y el deseo, cuyos pétalos pudieran ser estas líneas.

El fruto

Un hombre o un demonio sueña el desvelo perenne de los frutos. Corta aquel que aún luce verde y lo madura entre las manos. El fruto gira sobre sí mismo, inquieto, prisionero en la habitación de su cáscara. En su abultado vientre, agua dulce o vida pudieran soñarse de la misma forma.

La calavera

Un pirata, un niño, asciende la cólera, desbarata a su creador y monta en un barco cuyo mástil son tibias de sol. Navega la oscuridad con alas trémulas. Un niño ensucia la oscuridad con su barco estelar y su algarabía.

Los caballitos de mar son de plastilina.

Los mares

El mar de la fiebre termina siempre por volver a su botella de calma. Pero el mar onírico es indomable, cuando menos se espera, reaparece: rayo incendiando la pupila. Mar contundente, inunda la habitación de colores y aromas y seres insospechados. Aturde el entendimiento y todo parece más nítido, más cierto que nunca.

Las olas

Los sueños pueden traer marejadas de peces altivos, apacibles, jubilosos; también crestas insolentes que azotan los sentidos con agua cargada de peches hinchados. Los sueños, esa lúdica existencia en el vórtice de la noche.

El pájaro

Una mujer –una anciana podría decirse– desanda las arrugas de su historia y bebe el jugo naranja del crepúsculo. Mayo pudiera ser el fruto más dulce, más intenso. Una anciana bajo el árbol incendiado de la tarde: un ave que presume el futuro de los nietos y alarga la vista hasta donde se disuelven las corrientes de la sangre.

Epílogo

Un lamento, espina fatigada de su oficio, por séptima ocasión hilo de sangre. Deseo: ser lirio, hojarasca, pregunta: ¿cómo se llaman esas flores? Incluso la más prístina luz ha inclinado la cabeza, reconoce que de tanta claridad ha enceguecido. Esta existencia se ha vuelto recurrente hasta el hartazgo. Este ciclo incendiado, incendiado, incendiado… El hollín ha tatuado las paredes de mi alcoba. Este juego interminable, goce de ser larva y tener alas: ángel negro lavándose el rostro en la niñez del agua. Este juego se ha vuelto existencia, dejo inherente al ser humano. Imagen y semejanza. Los dados caen, cuchichean en su dialecto incomprensible. Imagen verdadera: sonrisa de la espina que se sabe a pesar del viento y desde los cuatro puntos cardinales asume su belleza.


Nati Rigonni (Orizaba, Veracruz, 1971).

Poeta, gestora intercultural y mediadora de lectura. Maestra en Promoción y Desarrollo Cultural. Diplomada en Cultura y Gramática de la Lengua Hñäñho por la Universidad Autónoma de Querétaro. Diseñadora y coordinadora general del Encuentro Rizomático de Mujeres. Autora de los libros: Díptico (2001), Lotería (2005), La Gran Barriga. Una historia escrita para grandes niños (2003 y 2008); y de las plaquettes: Las columnas de la casa de amor y agua (1994), Hierba inmortal (1995) y Del color negro y otros sucesos (1999). Poemas suyos han sido publicados en revistas literarias y antologías.


Fotografía: Cortesía del autor.

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