De Carmen Nozal

Con los poetas Mónica Braun, Natalia Toledo, José María Espinasa, Socorro Trejo Sirvent y Roxana Elvridge.
La colonia Roma fue denominada así porque el sitio donde se colocó la primera piedra se conocía como los “Potreros de Romita”, paraje donde se llevaba a pastar el ganado y, de acuerdo con el historiador Manuel Orozco y Berra, durante la época prehispánica, constituía en realidad un islote rodeado por canales. Se trataba de un pueblo llamado “Aztacalco” o “lugar de las garzas”, que se unió al centro citadino gracias a las chinampas. En 1903 fue que se empezaron a abrir puertas a la clase social en crecimiento. En particular, la clase media comenzó a beneficiarse por el desarrollo de las ciudades, de tal modo que los pueblos se iban uniendo a la urbe. Así sucedió con La Romita. Ubicadas en la zona aledaña, estas rancherías fueron tomadas por el nuevo proyecto inmobiliario que gustaba del estilo francés que, hasta la fecha, se puede apreciar en los faroles, fuentes y bancas. En 1909 se inició la edificación del conocido templo de la Sagrada Familia en la esquina de las calles de Orizaba y Puebla. Ya a finales del Porfiriato se construyó la colonia Roma por propuesta de tres personajes: Lucio Lamm, de Casa Lamm; Pedro Lascuráin, presidente interino que duró en el poder tan sólo 45 minutos en 1913; y Edward Walter Orrín, empresario inglés vinculado al circo Orrín, el cual cerró para dedicarse de lleno a la venta de bienes y raíces. Esta colonia se promovió difundiendo lo siguiente: “Calles de asfalto, saneamiento, anchas banquetas con arboleda, agua, parque, mercado. Lotes pagaderos en diez años.”
Su construcción fue tan significativa que el propio Porfirio Díaz la mencionó en el discurso presidencial correspondiente a ese año: “La ciudad de México continúa extendiéndose notablemente. En los últimos meses se han aprobado los contratos celebrados por el ayuntamiento con algunas empresas particulares para la formación de las colonias llamadas Roma, Condesa y la Nueva del Paseo cuyos terrenos están situados entre la capital y la ciudad de Tacubaya. Las condiciones estipuladas garantizan la urbanización completa de esas colonias, pues estarán dotadas de obras de saneamiento, alumbrado eléctrico, agua y pavimentación de primera clase.” Posteriormente, se inició la construcción de vecindades para que fueran habitadas por familias de clase media, pues en sus orígenes la Roma se había diseñado para personas económicamente afortunadas. Por ello, estas vecindades eran muy elegantes, aunque en su diseño compartían elementos comunes a las de las personas económicamente desafortunadas, con la zona de lavaderos. Sin embargo, ya gozaban de la instalación de luz eléctrica y contaban también con baño para cada apartamento. Además, ofrecía la mejor pavimentación. Estos servicios daban a este territorio aires de modernidad. En la colonia Roma converge el art decó, art Nouveau y neogótico, el estilo colonial californiano y la influencia racionalista de la arquitectura moderna, expresiones que pueden apreciarse en la Roma Norte, el fraccionamiento más antiguo que abarca desde la avenida Chapultepec a la calle Coahuila, y en la Roma Sur, cuyo nacimiento es posterior, haciendo gala de construcciones de gran belleza y amplias avenidas, y que se extiende desde la calle Coahuila hasta el Viaducto Miguel Alemán. A la primera, la distingue el ambiente cultural y a la segunda, el residencial. De hecho, el Instituto Nacional de Bellas Artes ha declarado muchos inmuebles de la colonia Roma como Patrimonio Arquitectónico, y al estar protegidos no pueden ser modificados ni demolidos. Es decir, en la colonia Roma hay aproximadamente mil cuatrocientos inmuebles catalogados, mil de los cuales contienen influencia francesa. El 16 de marzo de 1913, el periódico El Mundo Ilustrado afirmaba que la Roma era una: “prueba palpable de nuestro progreso material, dirigido por la evolución del buen gusto, es esta colonia que nos da honra y prestigio en el mundo civilizado”.

En el Café-Bar “Las Hormigas” con Claudia Hernández de Valle-Arizpe.
Durante la Revolución Mexicana, algunos partidarios de Venustiano Carranza se asentaron en esta zona, incluso el mismo líder sonorense, el mismo general y expresidente Álvaro Obregón, vivió en este espacio dando nombre a la más importante de las avenidas que se encuentra en el corazón de la Roma, colonia perteneciente a la alcaldía Cuauhtémoc. En ese tiempo, la arquitectura presentó una transformación significativa puesto que se detuvieron las construcciones de inspiración europea, gusto particular de Porfirio Díaz, y comenzaron las edificaciones neocoloniales tales como el Estadio Nacional o el Multifamiliar Juárez. Sobre el tema, dice Guillermo Tovar y de Teresa, cronista de la capital: “La colonia Roma fue el espacio de la ilusión. El reducto urbanístico de una edad que inició cuando cambió el siglo, cuando se iniciaron las guerras y vino la Revolución”.
Esta zona fue habitada por numerosas personalidades entre las que se cuentan: Sara Pérez (viuda de Francisco I. Madero), Paco Stanley, Fidel Castro, Fernando del Paso, Pita Amor, Ludwik Margules, Tina Modotti, Edward Weston, Antonieta Rivas Mercado, Jack Kerouac, William S. Burroughs, Antonio Badú, José Vasconcelos, Claudio Sánchez-Albornoz, Carlos Fuentes, Alfonso Cuarón, Leonora Carrington, Guillermo Tovar y de Teresa, Fernando del Paso, Mónica Patiño, Chiki Weisz, el arquitecto Adamo Boari, Jorge Ibargüengoitia, Juan José Arreola, David Alfaro Siqueiros, José Emilio Pacheco, Hernán Bravo Varela y una servidora. Esta colonia se volvió fundamental dentro de la escena cultural capitalina pues se convirtió en la más citada y descrita en la literatura. Incluso, es el escenario de la película Roma, de Alfonso Cuarón. Sobre ella, escribió José Emilio Pacheco en Las batallas en el desierto: “Cómo me hubiera gustado permanecer allí para siempre o cuando menos llevarme la foto de Mariana que estaba en la sala. Caminé por Tabasco, di vuelta en Córdoba para llegar a mi casa en Zacatecas. Los faroles plateados daban muy poca luz. Ciudad en penumbra, misteriosa colonia Roma de entonces.” “La calzada de La Piedad, todavía no llamada avenida Cuauhtémoc, y el parque Urueta formaban la línea divisoria entre Roma y Doctores”. También, Martín Luis Guzmán pone su mirada en ella al escribir la famosa novela La sombra del caudillo. Por otro lado, Rodolfo Usigli habla de ella en Ensayo de un crimen, y también se hace presente en la novela, ambientada en los años sesenta, Colonia Roma, de Augusto Sierra. Asimismo, Carlos Fuentes escribe sobre esta colonia en La región más trasparente y en algunos de sus cuentos, así como lo hace Luis Zapata en El vampiro de la colonia Roma.

Escultura donada a la Casa del Poeta de la Patria, Ramón López Velarde.
De esta segunda etapa data la famosa Casa Museo del Poeta “Ramón López Velarde”, una de las primeras construcciones del porfiriato ubicada en el número 73 de la avenida de Álvaro Obregón, antiguamente conocida como avenida Jalisco y que fue una vecindad dividida en varios departamentos. Nacido en Jerez, Zacatecas, el 15 de junio de 1888, José Ramón Modesto López Velarde Berumen, tuvo aquí su última morada. No sabemos con exactitud el número de años, pero sabemos que fueron más de tres a partir de 1919, y que vivió con su familia. Su padre, el señor José Guadalupe López Velarde, ya había fallecido. Este evento causó tanta tristeza en él que decidió vestir de negro por el resto de su vida en señal de luto, a pesar de ser ésta una costumbre exclusiva de mujeres. Su madre, la señora María Trinidad Berumen Llamas, y sus hermanos se mudaron con él, debido a los problemas ocasionados por la Revolución Mexicana. López Velarde fue el primogénito de nueve. Pertenecía a una familia acomodada. Tras llegar a la Ciudad de México se quedó en una pensión en el Centro Histórico y para cuando se instala en la Roma, López Velarde ya trabajaba en la Revista El Maestro, donde colaboró con Vasconcelos y quien, tras encargarle un poema sobre la patria, escribe La Suave Patria, publicándolo por primera vez en dicha revista en abril de 1921. Recientemente, cumplió cien años de haber sido publicado y se cree que lo escribió en el escritorio de la Casa del Poeta.

Fachada actual de la Casa del Poeta “Ramón López Velarde”.
Sabemos que a Ramón López Velarde le gustaba mucho caminar. Así que acostumbraba a pasear por el camellón de Álvaro Obregón hasta llegar, muchas veces al centro. Frecuentaba el Jockey Club que ahora es el Sanborns de los Azulejos, para reunirse con sus amigos. El mejor de todos fue Enrique Fernández Ledesma. Esta amistad inició en los primeros años de la adolescencia y se estrechó hasta los últimos momentos de su vida. Recordemos que López Velarde había estudiado Derecho en la Universidad de Aguascalientes y el primer año que estuvo en la Ciudad de México puso su despacho de abogados en la Avenida Madero donde hoy se encuentra la Torre Latino. También le gustaba salir temprano los domingos para ver a las muchachas en el atrio de la iglesia. Se dice que, frecuentemente, lo veían caminando por Orizaba y por las cercanías del antiguo Panteón de la Piedad, lugar donde, más tarde, se hizo un parque en honor a su memoria. López Velarde era tímido con las mujeres. Nunca fue atrevido. Las amaba y las temía. Era melancólico y triste. No le gustaban las bromas, y aunque las aguantaba, no las respondía. Se dejaba seducir por los encantos de la bohemia, los barecillos y las mujeres de la vida galante. Incluso, se cree que padeció de sífilis. Tuvo varios amores, atrayéndole las que eran mayores que él. Pero su amor más importante se llamó Josefa de los Ríos, denominada por Velarde, Fuensanta, su tía política, hermana de la esposa de su tío. Desde los 14 años quedó enamorado de ella, la cual le llevaba ocho años. Debido a esta situación decide no declararle su amor, pues era algo prohibido en ese tiempo. A Fuensanta, a quien veía como “fuente de santidad”, le escribe varios poemas. Ella, su musa, muere en la Ciudad de México en 1917 de nefritis, aunque ya tenía problemas del corazón. Muere soltera a la vuelta de la Casa del Poeta, en la calle de Córdoba.

Sala de conferencias con Jesús Molina.
Por otro lado, el número 33 no fue para Velarde un número cualquiera pues el poema de La Suave Patria está conformado por 33 estrofas, en el poema 33 presiente su muerte y, finalmente, muere a los 33 años, cuatro días después de su cumpleaños, un 19 de junio de 1921 a causa de una bronconeumonía. Incluso, escribió un poema titulado Treinta y tres.
La edad del Cristo azul se me acongoja
porque Mahoma me sigue tiñendo
verde el espíritu y la carne roja,
y los talla, el beduino y a la hurí,
como una esmeralda en un rubí.
Yo querría gustar del caldo de habas,
mas en la infinidad de mi deseo
se suspenden las sílfides que veo
como en la conservera las guayabas.
La piedra pómez fuera mi amuleto,
pero mi humilde sino se contrista
porque mi boca se instala en secreto
en la feminidad del esqueleto
con un crepúsculo de diamantista.
Afluye la parábola y flamea
y gasto mis talentos en la lucha
de la Arabia Feliz con Galilea.
Me asfixia, en una dualidad funesta,
Ligia, la mártir de pestaña enhiesta,
y de Zoraida la grupa bisiesta.
Plenitud de cerebro y corazón;
oro en los dedos y en las sienes rosas;
y el Profeta de cabras se perfila
más fuerte que los dioses y las diosas.
¡Oh, plenitud cordial y reflexiva:
regateas con Cristo las mercedes
de fruto y flor, y ni siquiera puedes
tu cadáver colgar en la impoluta
atmósfera imantada de una gruta!
Como era creyente, pues a temprana edad su padre lo había inscrito en una escuela católica, e incluso, posteriormente entró al seminario porque quería ser cura, antes de morir pidió que le trajeran un sacerdote y uno de sus hermanos fue a buscarlo a la iglesia de la Sagrada Familia, suplicando al entonces presbítero don Pascual Díaz, que fuera a confesar a Ramón. Así lo hizo y tras ponerle los santos óleos, López Velarde se llenó de serenidad. Por último, suplicó que se abrieran las ventanas de su cuarto porque quería mirar el cielo. Se dice que antes de su último aliento, llegó su madre desconsolada, y al verla, tomó sus lágrimas y las bebió. De este modo, fallece, acompañado también por su hermano y tres amigos. En la actualidad, sus restos reposan en la Rotonda de las Personas Ilustres del Panteón de Dolores de la Ciudad de México. “Nadie quería confesarlo, pero la muerte de Ramón fue una tragedia pavorosa. Ahora puedo decirlo: la muerte no fue para él un accidente natural de la vida, sino el golpe repentino e inexplicable que, de vez en vez, tienta la resignación de los hombres”, escribió José Gorostiza.

Con el poeta Antonio Deltoro, asesor de la Casa del Poeta, y Rumi Antuna.
Podemos decir que López Velarde fue un hombre privilegiado y querido por sus maestros. En vida publicó dos libros La sangre devota (1916) y Zozobra (1919). Póstumamente aparecieron El son del corazón (1932) y los libros de prosa, El minutero (1923) y Don de febrero y otras prosas (1952), entre otros, convergiendo en su escritura la religiosidad y el erotismo. Tras su muerte se hizo un duelo en Jerez, Zacatecas. En ese entonces, se dice que todos hablaban de él y juraban haberlo conocido. Sin embargo, este dato resulta sospechoso porque Ramón se fue de Zacatecas cuando era muy pequeño y sólo regresaba, según dijeron sus tías, de vacaciones. Su hermano, Jesús López Velarde, era doctor y toda la vida compartió la misma habitación con Ramón, primero, en la casa de Jerez, luego en Aguascalientes; posteriormente en San Luis Potosí, también en la casa de huéspedes del centro histórico y finalmente, en la colonia Roma donde estuvieron viviendo primero en el departamento 3 y luego, en el departamento 9 de lo que hoy se conoce como Casa del Poeta “Ramón López Velarde”.

Cama de la habitación donde fallece Ramón López Velarde. Imagen de la poeta española Esther García López.
Para su centenario el escritor José Emilio Pacheco escribió: “Queremos entrar a saco en tus papeles privados, revisar tus sábanas, descubrir tus huellas genitales… has caído en manos de la policía judicial literaria […] Llamamos investigación a lo que si estuvieras vivo repudiarías como chisme, libelo, asalto inadmisible a tu intimidad…” Sobre su obra el escritor Víctor Manuel Mendiola, señala que la poesía nacionalista de Ramón López Velarde es de gran trascendencia en las letras mexicanas porque, hasta ahora, es el primer poeta moderno y el único autor con una hondura humana tan insoslayable como insuperable, ya que volvió la complejidad, la dificultad y la hondura intelectual en un hecho que cualquier lector culto o inculto, puede comprender. Además, Guillermo Sheridan explica que “Ramón López Velarde renovó el lenguaje de la poesía y diseñó puertas hacia los grandes enigmas espirituales. De ahí radica la importancia de su trabajo, ya que dio origen a diversos versos que retrataron de forma excelsa el mundo del amor, del deseo, del olvido y de la memoria, creada por alguien que lo vivió de manera intensa”. Por último, Vicente Quirarte escribe que “José Martí dijo de Bolívar que había dejado una familia de pueblos. López Velarde nos lega una herencia más modesta: un conjunto de botellas lanzadas no al mar, sino a la tierra colorada de un altiplano del que nunca salió. El homenaje que le rendimos demuestra que tuvo la visión y el coraje para vivir «él solo la vida de su raza», pero sus hijos indirectos hoy nos reconocemos en sus elevaciones y caídas. Que no nos alarme celebrarlo: Ramón López Velarde sobrevivirá a sus homenajes y a sus mitologías; los cohetes atronarán los cielos zacatecanos; Hugo Hiriart y Guillermo Sheridan llevarán su museo imaginario e itinerante por las ciudades que vieron el tránsito terrestre del poeta; luego de que 1988 termine, López Velarde se sacudirá el azufre, la harina y el polvo de su jaquet, para volver al temible luto ceremonioso que lo caracteriza. Continuará mirándonos con su apenas sonrisa, equívoca como los actos de su vida, ambigua como sus palabras prodigiosas.”

En el Salón de Usos Múltiples durante la inauguración del III Encuentro de Poetas Iberoamericanos sede México.
En la actualidad, la colonia Roma tiene apenas un siglo de edad y se ha posicionado como una de las colonias más importantes de la Ciudad de México. En este lapso de más de cien años han sucedido bastantes episodios. La casa de Velarde siguió siendo vecindad hasta que sucedió el terremoto de 1985. En ese momento, muchas casas quedaron abandonadas y la Casa del Poeta se convirtió en un refugio de personas en situación de calle. Fue entonces cuando varios escritores se reunieron y junto con el Gobierno de la Ciudad de México retomaron la Casa para proceder con una gran obra de restauración. Se mantuvo la fachada, pero se cambiaron pisos, se hizo la bóveda y otras modificaciones para lograr volverla un Museo. El cromatismo de las paredes, las inmensas puertas, los postigos que resguardan las ventanas y la duela hacen de este lugar un oasis atemporal. Y así, empieza a funcionar en 1991, abriéndose con la intención de rendir homenaje permanente al poeta zacatecano y de que se resguarde su última morada. Asimismo, se pretende que sea un lugar de encuentro para poetas y escritores. La Casa, también salvaguarda dos bibliotecas, pertenecientes a dos grandes poetas: Efraín Huerta y Salvador Novo. En ella, se ofrecen visitas guiadas, cuenta con una galería y unidad de seminarios. Posee una extensa colección de libros de poesía, los cuales se pueden consultar. Dentro de las instalaciones se ubica el café-bar Las hormigas, el cual lleva el título de uno de los poemas de López Velarde. Por él han pasado a lo largo de estos años centenares de poetas nacionales e internacionales, volviéndose uno de los lugares más entrañables y emblemáticos de la literatura contemporánea, y sobre el cual, Maricarmen Férez Kuri, administradora de la Fundación Casa del Poeta, explica que se conformó como una IAP para dar asistencia al espíritu a través de la poesía y nos cuenta en sus propias palabras que “la Casa del Poeta, una de las primeras vecindades que se construyeron en la Ciudad de México en el tiempo de Porfirio Díaz, era una vecindad y en uno de sus cuartos llegó a vivir Ramón López Velarde, a quien se le considera el padre de la poesía contemporánea. Después de los sismos de 1985, muchos de los inmuebles de la colonia Roma quedaron muy dañados. Gracias a la buena construcción, esta casa no sufrió daños estructurales, pero sus dueños no tuvieron los medios para cobrar las rentas que en ese tiempo estaban congeladas. Así, este inmueble quedó en total y absoluto abandono. En ese tiempo, había un grupo de intelectuales interesados en la última morada de Ramón López Velarde, mismo que no podía ver que la casa estuviera en pésimas condiciones. De este modo, fue como estos poetas decidieron juntarse para pedirle al Gobierno de la Ciudad de esa época el rescate del inmueble y su cesión para rendir un homenaje a la memoria de Ramón López Velarde. El Gobierno de la Ciudad de México aceptó la propuesta y tras expropiar el inmueble, lo puso a nombre del Gobierno de la Ciudad y se lo cedió a este grupo de intelectuales para que lo formara, lo trabajara, lo atendiera y lo mantuviera y por eso la Casa se constituyó como una IAP, es decir, una Institución de Asistencia Privada no Lucrativa.

Con Hernán Bravo Varela y Maricarmen Férez Kuri.
Sus objetivos fueron ser sede del Museo Ramón López Velarde, de las bibliotecas de Salvador Novo y Efraín Huerta y un lugar de encuentro para poetas y escritores. Ser sede del Museo Ramón López Velarde se debió por ser eje de la existencia de lo que después sería la Fundación Casa del Poeta. La razón de existir se debió al hecho de que este gran poeta murió ahí y se quiso salvaguardar su última morada, por lo que se diseñó el Museo Ramón López Velarde. Por último, fue un lugar de encuentro para poetas y escritores porque a través de presentaciones de libros, lecturas de poesía y encuentros con diferentes poetas, el público que la visitaba podría convivir y compartir con los poetas que ahí presentaban su obra. Asimismo, fue sede de las bibliotecas porque ahí se albergan las dos colecciones particulares de estos dos escritores. Además, la Casa del Poeta estaba creando un tercer fondo con todos los libros que se presentaban en ella pues la única condición para que los poetas la pudieran ocupar, consistía en entregar un ejemplar a la biblioteca de la Casa con el fin de enriquecer su acervo. Con las bibliotecas de Salvador Novo y Efraín Huerta se cuentan más de once mil volúmenes, y con este tercer fondo que se creó con los libros que se presentaron en la Casa, la cantidad aumentó en casi cinco mil volúmenes.”

Biblioteca Efraín Huerta. Con el poeta chileno Jaime Magnan Alabarce.
Maricarmen Férez Kury nos recuerda que en la Casa del Poeta han trabajado muchísimas personas y todas muy profesionales. Por eso fueron elegidos y todos los que ahí laboraron hicieron brillar el nombre de la Casa, así como todos los visitantes que acudieron al Museo y a las presentaciones.

Museo Ramón López Velarde. Con Nur Ramírez.
“Definitivamente, la actividad fundamental era el Museo: recibía muchísimas visitas y puesto que a pesar de ser un espacio de arte en el que no se le obligaba a nadie a ver nada, se les sugería a los visitantes que observaran los objetos y los relacionaran con la poesía de Ramón para que, de acuerdo con su sensibilidad, la interpretaran. Nos queda la satisfacción enorme de que la mayoría de los visitantes del museo salían siempre muy reconfortados, dejando sus comentarios plasmados en unos libritos que guardan las opiniones y experiencias.

Biblioteca Salvador Novo. Con la poeta boricua Tania Anaid Ramos González.
La Fundación de la Casa del Poeta dependía en un sesenta por ciento del apoyo que el Gobierno de la Ciudad le daba. Desde luego, el gobierno lo hacía porque desde su fundación quiso apoyar el programa cultural del Gobierno de la Ciudad. Por eso, le daba una aportación de entre un cincuenta y sesenta por ciento del presupuesto que tenía asignado para subsistir. El resto se tenía que conseguir con auto generados. Es por esta razón que había espacios dentro de la Casa del Poeta ocupados por comodatarios que, a través de cuotas por uso de esos espacios, ayudaban al mantenimiento de la Casa.
A través de los 32 años que estuve en la casa no hubo una época que no reluciera. En todas las épocas en diferentes momentos y con distinto gobierno, la Casa del Poeta siempre tuvo su época de oro, nunca estuvo deteriorada, ni dando una mala imagen ni con pocos visitantes ni con pocas actividades. En conclusión, su vida fue activa y dinámica.
De todo esto me llevo un amor muy profundo por la vida de Ramón López Velarde. Él me ayudó a sentir, me hizo entender muchas cosas. También los poetas a través de sus palabras que enriquecieron tanto los muros del inmueble me enseñaron a sentir y a entender muchas cosas, sobre todo, la palabra. Después de todo, me quedo con el sentimiento tan grande de haber estado en un lugar donde un poeta maravilloso como fue Ramón López Velarde dejó de existir entre unos muros que guardan tantas vivencias, tanta palabra y tanta emoción por muchas situaciones. ¿Cuál será el destino de la Casa? Eso lo decidirán nuestras autoridades y el Gobierno de la Ciudad que son los dueños del inmueble,” concluye Maricarmen Férez Kuri.

Facsimilares de Ramón López Velarde. Con la poeta Hortensia Carrasco.
Es impresionante pero la Casa del Poeta “Ramón López Velarde” duró 33 años. No podría ser de otro modo, conociendo la numerología que ya comenté anteriormente. En mi caso, me quedo con el honor de haber trabajo en ella en dos etapas de mi vida: la primera en los noventa cuando tenía veintitantos años, gracias a la invitación de la poeta Gabriela Balderas, para colaborar directamente con Elsa Cross, David Huerta y Eduardo Hurtado cuando fungieron como asesores. En ese tiempo en el Café-Bar “Las Hormigas”, la mayoría de las presentaciones se llevaban a cabo de lunes a jueves y los viernes se ofrecían conciertos de rock a los que solía acudir el poeta Carlos Martínez Rentería, director de la revista Generación, y uno de los comodatarios. Eran los años noventa y casi todos los eventos se llenaban con poetas que bebían, fumaban, se asomaban a los balcones y que hasta la fecha recuerdan haber tenido en ese espacio su primera presentación, su primera lectura, porque tuvieron lo que todos necesitamos: una oportunidad. Me fui cuando iba a nacer mi hijo Jassín. La segunda etapa fue a partir de la segunda década del 2000 gracias a la invitación de la poeta Claudia Hernández de Valle-Arizpe para trabajar con mi querido Hernán Bravo Varela, quien estuvo en la Casa durante dieciocho años, diez más que yo. En efecto, muchas fueron las personas que laboramos ahí. Pero cito a las que se quedaron en mi corazón y de las que aprendí mucho de lo que significa ser una gestora cultural. A ellas mi gratitud infinita, pero a Maricarmen Férez Kuri todo el amor por ser la personita que hasta la fecha me sigue regañando. Me cuesta mucho decir adiós a este tiempo maravilloso que tuve la oportunidad de vivir. Pero los ciclos se terminan y puedo despedirme con la inmensa alegría de haberme formado en un lugar que fue mi casa, mi familia, la Casa del Poeta, del gran Ramón López Velarde que estoy segura nunca nos abandonará. Gracias por tanta felicidad y larga vida a la poesía.
Carmen Nozal (Gijón, Asturias, España, 1964).
Poeta hispanomexicana. Licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM, y egresada del Instituto de Estudios Transgeneracionales con una maestría en terapia sistémica. Ha publicado veinticinco libros de poesía, relato autobiográfico, teatro, cine y ensayo por los que ha recibido distintos premios nacionales e internacionales, entre los que se cuenta el Premio de las Letras de Asturias en 2024. Dirige el Encuentro de Poetas Iberoamericanos sede México, Con Versando. Revista Iberoamericana de Poesía y Ensayo, Con Versando Ediciones y el Laboratorio Hispanoamericano de Poesía. Actualmente, se desempeña como directora editorial en la empresa privada mexicana Konesh Arte y Cultura.
Fotografía: Cortesía de la autora.






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