De Arístides Vega Chapú


Reino de Amy

Como piedras pulidas
doblegadas por las luces del día,
y caprichosamente agrupadas 
por las aguas que inundan los patios
bramando como animales fieros.
Amy salta  sobre ese reflejo
que la primavera dora.
Como el plomo de los años ha bruñido
mis carnes
adheridas a huesos que duelen
por la humedad y la curva
a la que se han acomodado.
En las primeras horas
las hojas se desvanecen
desde lo más alto de un árbol
crecido en el ocaso de la noche.
Al caer expanden con sutileza  la luz
de esos días en los que se desprende
con parsimonia la nieve
y no logro ver más que una niebla densa
en la foto que deberá alegrarme el día,
aliviar los dolores del cuerpo, las carencias
que fecundan como la yerba
que absorbe y crece bajo el agua
reteniendo con cierto temblor las hojas.
Como si volara
o se propusiese librar al mundo
de esas hojas consumidas
por la humedad
salta Amy,
sobre el resplandor dorado
que las convierte en pétalos
con cierta fragancia.
Festejo
que tiene la voluntad de columpiar
las nubes que dan paso al otro cielo
por el que vuelan  con gracia las aves
enfrentadas a todos los vientos
que logran aquietar
con sus insistentes trinos.
Me enfrento a la lejanía,
a la imposibilidad
de saltar juntos, de simular tristeza,
de hacer planes
que a veces parecen demasiado irreales
para una vida tan fugaz.
Momento difícil
el de sobreponerme a la tristeza
de permanecer lejos
y solo poder disfrutarla en una foto
en la que salta
en las mañanas frías sobre las hojas
que doran en ese otro lado
del mundo adonde no solo las aves emigran.

El Matarife

Recibo por herencia el cuchillo
con que mi padre arrebató a tantas reses
la ebriedad de sus cabezas.
Sin limitar la ira, ni la impericia
que provoca el espectáculo de la muerte
y sin permitirse revelar el dolor.

Pastaban, insatisfechas y quejosas,
secas de leche.
Del otro lado de la cerca
mi padre quebraba los frágiles dibujos de la hierba
descolorida por la ausencia de lluvia.

Es un campo minado, le advirtieron
Con cierto tono de angustia. Es un campo minado.
Pero el hostil aire de adviento no le permitió escuchar
y en señal de arrepetimiento de deshizo de su cabeza
como si fuera una de las reses,
de las reses que se alejaban con soberbia lentitud
intentando no ser alcanzada por la sombra
con que la noche suele hollar las tierras de nadie.

Foto con mi nieto Diego

Nos vino a retratar al lado de una paloma
que se había posado
luego de penetrar en cielos tan diferentes
a los que desde aquí pueden divisarse.
No tienes paciencia para aguardar
porque el enfoque de la cámara
dispare una luz y el fotógrafo
sonría como señal de que todo ha salido bien.
No tienes necesidad de guardar este instante,
porque tal y como me aseguraste alguna vez
todo, absolutamente todo, es efímero.
Claro que no fue con estas palabras, sino con las tuyas
esas que parecen haber sido razonadas
a otra edad,
en otro tiempo.
El fotógrafo nos pidió posar
al lado de una paloma y te negaste,
tenías algo por hacer más interesante
que esperar porque una luz nos dibujara
y pudiera mostrarles a todos que estuve al lado tuyo
después de recorrer en un sueño
geografías tan diversas
como los cielos que la paloma ha penetrado.

Navidad después de la navidad

Guardas distancia prudencial para observar,
sin que te afecte la simulada precariedad,
una mesa a la que no puede señalársele un centro.
Atento desde una de las esquinas,
cómodamente en la butaca de la pajilla
manchada por el paso silente del tiempo
y las moscas que ya no se acercan,
para también observar
a cierta distancia.
La mesa está sobre un campo de romero,
en el traspatio de la casa
donde cada uno ha puesto a resguardo todo
cuanto le pertenece o ha añorado,
como manera de arrimarse a la cena
libre de apegos.
A un lado y al otro los brazos
permanecen inmóviles
sobre el mantel meticulosamente dispuesto.
Posibilidad de descansar las manos
sobre las flores de pascua,
a medio aparecer,
flotando sobre las manchas
de los vinos dulces y agrios
y el moho con el que se expresa la crueldad
de este clima.
Fruncidas por la rarísima luz ocre de diciembre,
como si fuesen la reencarnación
de otras flores bordadas en un tiempo muy lejano,
por tías de mi madre
que murieron mucho antes de yo nacer.
Alrededor de la mesa,
sujetos por largas conversaciones,
con la alegría que provoca el vino
que han bebido sin límites,
pendientes de la carne imantada
por todo tipo de especies,
incluso las desconocidas por ellos,
olvidados de todo,
incluso lo terrible
que ocupan sus conversaciones diarias
como si no valiese la pena recordar nada
y la nieve sutilmente cayera sobre ellos.

Último día de José Martí en un sueño

Por sobre una cuerda ruda y tensa
atada de un lado a otro de la manigua.
Se expande con saña una luminosa sombra
que finalmente cae al oscuro oleaje
simulado por las hojas de los árboles
crecidos en una sola noche.
He tenido la voluntad de aguardar
por ti, solo por verte alejar
de esta dimensión,
sin la certeza de poder acomodar tanto dolor,
desconociendo si partes o llegas finalmente
al paisaje en que descansa la sombra extendida
de la palma real
que mantuvo su esbeltez
cuando caíste en Dos Ríos, muy despacio
como si imitaras la lentitud de la lluvia de invierno.
Cuando fueron borradas tus huellas
y tu pecho quedó limpio de sangre
regresé al camino con el machete
que no pudiste blandir
solo por mostrarte su luminoso filo.
Te vi salir del polvo dorado
provocado por la firmeza con que tu caballo blanco
se fijó en el fértil suelo
como manera de mostrar estar listo
para una nueva batalla.
Entonces ya había escrito palabras desconocidas,
en ningún idioma,
simples como tu nombre,
palabras silenciosas,
que solo pueden escucharse a través del eco
que provoca el rotundo sonido de la verdad.

Cartas que nunca  llegaron

No me ha faltado el valor
para penetrar en mi cuerpo
y extirpar el dolor con mis propias manos.
Ha sucedido en días difíciles
en los que he equilibrado sobre los hombros
el vacio que expande la oscuridad
de ese cuerpo vulnerado.
Luego de extirpar mi dolor he sentido cierta paz,
un sostenido silencio
por el que puedo visualizar la sangre
brotar con parsimonia
por alguna de mis tantas heridas.
Se derrama con un peso semejante al cobre
dorado de las lágrimas del Cristo
que mi abuela incendiaba
en sus días de angustia.
He regresado cada tarde a mi casa,
silencioso,
sabiendo de memoria el camino,
aún cuando he habitado en tantas casas,
bajo otros cielos esparcidos
en mi endeble memoria.
Sin esperar nada, sabiendo que nadie me espera,
solo para acomodarme cerca de una ventana
frente al atardecer,
que a su paso deja estéril todo el paisaje
hasta acorralarlo contra la noche.
Es el momento en que me atrevo a hablar
en alta voz, a solas
escuchando el jadeo de mi respiración
juntarse con la de Dios.

Margate
A Sonia y Hernando Hernández

Sigo el nervio impreciso y expandido de una hoja
a medio secar,
que desciende vacía de salvia.
Al lado de la puerta de rojo ladrillo el árbol robusto
y a su alrededor la hojarasca
batida por un viento que huele a asfalto
de ciudades esplendidas.
Un árbol plantado como estaca,
mástil para izar una bandera,
tan solo para señalar los límites
de un territorio privado.
Salgo una y otra vez al portal,
al lado de la mujer que pintó Darío
cuando mi hija era su mujer.
Lo hago una y otra vez  impulsado por el vicio,
sin importarme el calor ni ser blanco de una hoja
que desciende ensimismada sobre el óleo
que Darío pintó  en mi casa
antes de ser colgado en esta pared
a la entrada de la casa de los amigos.
Me siento a ensartar círculos de humo
desprendidos de un cigarro dulzón,
como si hubiese sido torcido con hoja de canela,
mientras contemplo la hilera de hormigas recorrer la pared
en el descubierto cielo.
Mi voz suena diferente, quizás menos grave,
sobre la bocanada de humo,
Hablo de plenitud y de lo impostergable,
del asombro por la existencia de la prolijidad más absoluta.
Hablo y hablo, sin que medie un mínimo instante
para tragar la saliva
que llega a ser densa sobre la lengua
mientras adopto la mismaposición de la hoja caída.


Aristides Vega Chapú (Santa Clara, Cuba, 1962).

Poeta, narrador y promotor cultural ha publicado más de trinta títulos en editoriales cubanas y extrangeras. Ha sido distinguido por varios premios y reconocimientos, como la Orden por la Cultura Cubana, es Hijo Ilustre de Santa Clara, su ciudad natal. Ha sostenido por años programas de promoción del libro y la lectura.


Fotografía: Cortesía del autor.

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