De Enriqueta Ochoa
DESARRÁIGAME
Para Francisco Herrera Arce
Desarráigame ahora que un viento de sepulcros
me golpea en las arterias.
Desarráigame ahora
Yo luché a tempestad de gritos en tu vientre,
y te dije que no, que no y que no;
que en mí no dispersaras el polvo de otro polvo,
que no abrieras conmigo más rutas de la sangre,
mas mi voz fue enterrada por campanas de duelo
y espigada mi forma entre la piel y el suelo.
Tempestades de fuego conformaron mis venas,
leches trémulas de luna nutrieron mi epidermis
y un volante de furias fue timón de mi pecho.
Y yo siempre te dije
que no, que no y que no;
que en mí no dispersaras el polvo de otro polvo
y no hincaras más soles en el río de mis venas.
(1950).
EL HOMBRE
Para Wenceslao Rodríguez
¿Qué ha visto el hombre?
Nada.
Ciego y desnudo llegó,
desnudo y ciego se irá
del polvo al polvo.
Un gesto de ternura podría salvar al mundo,
pero el hombre jamás bajó los ojos
a ese pozo de luz.
–Llorarás, le dijeron,
mas no es fácil llorar.
Llorar es desprenderse,
irse en ríos de uno,
y el hombre sólo sabe
devorar y perderse.
No conoce más muros
que los que cercan su ciudad en sombras
y hasta allí ha bajado a envejecer,
a morir en sí mismo,
a sepultarse testarudo,
mientras la soledad circula por su cuerpo
como el viento por una casa en ruinas.
Yo insisto,
un gesto de ternura podría De pronto,
me irrito, tiemblo, río, me quebranto.
Yo soy el hombre.
(1955).
AL HACEDOR DE TEMPLOS, EN EL LLANTO
Sobre las grietas de sus manos
podían hundirse mil noches
y no volver a hallarlas.
Mis manos se lijaban al contacto de las suyas.
–Baja –le dije.
Los garabatillos de lluvia perfumados
endulzan el viento de la ardiente estación.
Abandona el andamio, la plomada, el manero,
la argamasa;
¿no ves cómo te va bebiendo el aire
la muerte en los costados?
–Soy la nostalgia de un sueño
–contestó–.
A ti también te bebe por el pecho la muerte
Y siguió el golpe de maneros
estremeciendo el silencio de oro al mediodía,
mientras sus anchas espaldas reverberaban en cruz.
Un temblor quebradizo de astros se me rodó en los ojos.
Déjame subir contigo,
dame el manero más pesado
y el más quemante sol sobre del torso
hasta que resplandezca de dolor mi arcilla.
Y de súbito, las hendiduras de sus manos
brillaron en las mías.
(1954).
EL SUICIDIO
Para Rubén Tamez Garza
Pienso en la fecha de mi suicidio
y creo que fue en el vientre de mi madre;
aun así, hubo días en que Dios me caía
igual que gota clara entre las manos.
Porque yo estuve loca por Dios,
anduve trastornada por él,
arrojando el anzuelo de mi lengua
para alcanzar su oído.
Su fragancia penetraba en mi piel
palabras que no alcanzo a entender,
que no voy a entenderlas, quizá
Aprendí muy tarde a conocer varón,
lo sentí dilatarse con toda su soledad
dentro de mí.
Fue una jugada turbia,
un error sin caminos.
Fue descender al núcleo fugaz de la mentira
y encontrarme, al despertar, rodando en el vacío
bajo una sábana de espanto.
Fue lavarle la boca a un niño
con un puño de brasas
por llamar natural lo prohibido;
por arrastrar con cara de mujer madura,
ese carro de sol inútil: la inocencia.
Fue arrancarte las uñas de raíz,
arrastrarte,
meterte en la oquedad de la miseria, a bofetadas,
por el ojo hecho llama sombría, del demonio.
(1975).
EL LOMO DE LA VIDA
Tras la reclusión vino de improviso la luz.
Deslumbrada,
llegué al núcleo de un violento avispero.
Ajena a la concesión estudiada,
inoportuna,
con la simplicidad del que ignora
el aguijón de la insidia,
pasé la mano, sin malicia, por el lomo de la vida.
Dios mío, qué brutal quemadura.
(1961).
RETORNO DE ELECTRA
I
Para poderte hablar,
así, de frente,
tuve que echarme toda una vida
a llorar sobre tus huesos.
Tuve que desandar lo caminado
desnudando la piel de mi conciencia.
Para poderte hablar,
tuve que volver a llenarme de aire
los pulmones.
Y cuidar de que no se me encogieran las palabras,
el corazón, los ojos,
porque aún se me deshacen de agua
si te nombro.
Ya me creció la voz, padre, patriarca,
viejo de barba azul y ojos de plomo;
ya te puedo contar lo que ha pasado
desde que tú te fuiste.
Con tu muerte se quebrantaron todos los cimientos;
no me atreví a buscar,
porque no habría
un roble con tu sombra y tu medida
que me cubriera de la llaga de sol en mi verano.
Uní la sangre que me diste a otra sangre;
malherida,
borré la sombra del sexo entre los hombres
y me quedé vacía, a la intemperie
Y no pude decir,
hasta que se hizo carne de mi carne el amor,
lo que era hallar la propia sombra, entregándose.
Después quise ubicarte en mí, te pesé,
te ultrajé, te lloré, medí tus actos;
di vuelta atrás,
y volví a caminar lo desandado;
por eso puedo hablarte ahora, así,
porque entendí tu medida de gigante.
II
No podemos hacer nada con un muerto, padre,
se suda sangre,
se retuerce el aullido, tirado sobre las tumbas,
en un charco de culpa.
Padre: yo soy Pedro y Santiago,
el sable que doblado de sueño
castró su espíritu en tu oración del huerto.
Yo soy el viscoso miedo de Pedro
que se escurrió en la sombra
a la hora de tus merecimientos.
Soy el martillo cayendo sobre tus clavos;
el aire que no asistió al pulmón en agonía;
soy la que no compartió
el dolor anticipado que se encerró a devorarse;
la hendidura irresponsable,
la desbandada de apóstoles
Soy este pozo de noche en que se hunde la conciencia.
Di, ¿qué se hace con un muerto, padre?
Di cómo lavo estas llagas,
si todo queda inscrito en el tiempo
y todo tiempo es memoria.
III
Colgábamos de ti
como del racimo la uva.
Cuando la muerte
reblandeció el cogollo de tu fuerza,
presentimos el vértigo de altura y la caída.
Uno a uno,
en relación directa a la pesantez de tu esencia,
descendimos.
Bajo anónimas pisadas me vi saltar la pulpa,
sorprendida.
Y no era orgía de vendimia,
ni enervación de culto;
fue ser la sangre a la sed de todos los caminos;
dejar la piel desprendida
entre un enjambre de alambradas.
Ahora,
para afirmar la talla
con que tu amor me hizo,
sólo queda una espina:
la palabra.
IV
Perdón, hermanos,
porque no alcanzo a verlos,
ahogada como estoy en mi hoyo
de pequeñas miserias.
¡Mentira que deseo morir!,
antes quisiera conocerlos
sin mi lente deforme,
quizá los amaría tanto,
o más de lo que estoy amando
a mi lastre de lágrimas
en este viaje de niebla.
V
Padre:
no puedo amar a nadie,
a nada que no sea este fuego
de sucia conmiseración
en que se consume mi lengua.
Quiero otro aire,
otro paisaje que no sean los muros de mi cuerpo.
Emparedada, desconozco el resplandor del centro
y la desnudez de la periferia.
Voy a abrir brecha hacia los dos caminos
y quizá quede atrás
la trampa de la vieja noria.
(1976).
LO QUE MÁS AMO, LASTIMO
Dejo caer el látigo duro de mi voz
y lo que más amo, lastimo.
Dejo caer la ola súbita de mi ira
en cada palpitación
y lo que más amo, lastimo.
Dejo caer mi dignidad herida,
como bolsa de hiel que se revienta
y lo que más amo, lastimo.
Saco la frazada de mi amor
–a mordiscos, a puntapiés despedazada–
y te quiero cubrir,
se te clavan sus puntas de hielo desdentado,
aúllas de dolor
y yo te amo,
te quiero cubrir, ponerte a salvo
de los colmillos negros de la vida.
Enriqueta Ochoa (2de mayo de 1928, Torreón, Coahuila – 1 de diciembre de 2008).
Poeta, Escritora, profesora de universidad. Coordinadora de talleres de poesía, contribuyó a la formación de nuevas generaciones de poetas en México. Su obra ha fue traducida: al francés, inglés, noruego entre otros. Desde 1999 hasta 2006 Perteneció al Sistema Nacional de Creadores de Arte Recibió los siguientes reconocimientos entre ellos: En 1979 recibió la Paca de Oro como Hija Predilecta de Coahuila, en reconocimiento a su obra. En 2008 se le otorgó La medalla de oro de Bellas Artes por sus significativas contribuciones al campo de la literatura en las letras mexicanas. En 2008 se edita su obra reunida en la editorial del Fondo de Cultura Económica En 2014 su nombre fue inscrito en letra de oro en el Muro de Honor del Congreso del Estado de Coahuila, convirtiéndose en la primera mujer en recibir dicha distinción. Desde 1994 se convoca al Concurso Nacional de Poesía “Enriqueta Ochoa” Como un reconocimiento a su legado y para impulsar la poesía del país. Su primer libro lo publicó a los 22 años “Las Urgencias de un Dios” Publico los siguientes libros: Los himnos del ciego 1968, Las vírgenes terrestres 1969, Cartas para el hermano, Retorno de Electra 1978, Canción de Moisés, Bajo el oro de los pequeños trigos (1984) Antología 1994, Enriqueta Ochoa para niños. Que me bautice el viento 2004, Asaltos a la memoria 2004, En 2008 se edita su obra reunida Poesía Reunida en la editorial del Fondo de Cultura Económica.
Fotografía: Cortesía de Marianne Toussaint.






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