Insurgencias de un aliento

De Rubén Reyes Ramírez


“Reivindico una Poesía que sirve para enseñarnos que la jaula puede volar hacia el pájaro.”

Agustí Bartra.

En el decurso de mis muchas, de mis demasiadas conferencias –decía Jorge Luis Borges– he observado que se prefiere lo personal a lo general, lo concreto a lo abstracto.” Permitan entonces que al abrigo de dicha silueta de autoridad –esta vez a mi pensamiento y palabra— se les abra una vía personal de comunicación.

Ahora, cuando me presento ante ustedes para agradecer que estén aquí conmigo, y con mi gratitud abrir el espacio, lo hago con una certeza íntima que me edifica y permite vernos de cerca en este instante:

De algún modo ineludible, como escritor mi voz se expande. Una vez suelta por el aire, cincelada en el espacio abierto de la página es una semilla en espera de un hallazgo: en la pupila y en los labios de alguien, podré nacer de nuevo en el instante del asombro, cuando él o ella me encuentre y me nombre.

               *

Quiero entonces comenzar presentándome ante ustedes, pero no como un poeta, sino como el testigo y cronista de una experiencia; pues como decía Pablo Neruda:

“Si me preguntan qué es mi poesía debo decirles: no sé; pero si le preguntan a mi poesía, ella les dirá quién soy yo”

Esto mismo lo escribo en El jardín de las insurgencias, este libro que me trae y les traigo,  que es una estación en el camino, provisional y tentativa, sitio de arribo y portal hacia otro espacio.

En una carta al poeta Juan Ramón Jiménez, le digo: “déjame en principio decirte quién soy: me llamo Rubén, pero lo mismo podría llamarme Pablo o Ernesto o simplemente Mundo. Como tú, soy un testigo en secreto del poder de la palabra, obstinado perseguidor de instantes en (un) territorio que discurre entre el crepúsculo y el amanecer.”

Quizá porque inicié el andar de mis búsquedas con la palabra en un taller literario cuyo nombre era Platero, ya durante el siglo pasado en Mérida, tuve desde entonces la curiosidad de indagar el pequeño misterio de que un grupo de jóvenes que aspiraban a internarse en la poesía hubiera elegido al personaje icónico de Platero y yo –un libro ingenuo, casi pueril para cualquier pupila de nuestros días– como título de su proyecto colectivo de creación. Así, para mí, el misterio de aquel símbolo se convirtió en el símbolo de un misterio aún mayor: el enigma del mundo sutil de la poesía y la posibilidad de habitarlo.

El asunto me remitía al antiguo problema de definir –o al menos acercarnos con un intento de comprensión- a la poesía.

Partía del sentimiento de que el arte literario naturalmente es texto; pero antes que ello es una dimensión de la vida. Esto es una forma de vivir y aun un medio de aprehender la realidad. Y el poema, entonces, expresión de vida hecha palabra.

Desde hace años, flechador enamorado que intentaba cazar el zurear de las palomas, mago que quería sacar alguna liebre blanca del sombrero, me ocurrió —en un principio sin sentir— lo que, al aprendiz de brujo del relato de Goethe, la magia fue la que se me insubordinó y me apresó.

Obcecado en jugar con ella, advertí que al aprendiz de poeta la poesía se le presenta en una relación directa, íntima, que lo coloca en una postura ambivalente: de amoroso cazador ante su presa, eróticamente próxima y esquiva; o en otro sentido, de artesano paciente que moldea y pule en silencio la forma de su obra. Nos tornamos jardineros que necesitamos cuidar y limpiar —“jardinar” diría Alfonso Reyes— la maleza de nuestros textos.

Si la poesía o lo poético es una dimensión de lo real,    el poema en cambio es una creación intensional, una hechura o criatura del poeta. Y forjarlo exige una labor esforzada y apasionada, pues ya lo dijo Efraín Huerta:

“Sólo a fuerza de poesía deja uno de ser un poeta a la fuerza”.

Es que la práctica del poema es, en sentido literal, un ejercicio de desnudez espiritual. Desnudarse ante el mundo con la palabra propia es el acto mismo del creador.  Nos presentamos, tal cual dice sencilla y verazmente Fito Páez en su canción:

“Como un documento inalterable, yo vengo a ofrecer mi corazón”.

Entre el autor y su poesía existe –más allá de la visión esquemática del reflejo especular– un vínculo intrínseco que trasluce la subjetividad en el poema, lo cual hace de éste un “manifiesto existencial”. Pero el poeta —hombre o mujer— es una persona que vive en este mundo, el mismo de todos nosotros. Y el mundo no solamente lo circunda, sino que habita en su interior,  mueve y conmueve las pulsaciones de su corazón. Mundo, subjetividad y palabra constituyen el trébol de su aliento o su voz.

Pero si el poema es el contenedor de la poesía, “Casa de la presencia” diría Octavio Paz, la experiencia poética es una comunión con un otro. Congregados por la expresión íntima de una conciencia, a la presencia del otro, escucha o lector, responde la resurrección de la palabra.

Así, la experiencia poética es una dimensión de la vida, accesible a los hombres y las mujeres en instantes de singular intensidad, y el poeta es un flechador obstinado en apresar y comunicar vívidamente esos instantes con la palabra. Éste es en el fondo, el anhelo del creador, soñar con la insurgencia terrenal y cotidiana de la gracia.

El creador del poema no es un “pequeño dios” como se pretendió alguna vez seducidos por la vanidad y la soberbia, sino un terco pescador. Juan de Mairena decía claramente:

” El poeta es un pescador, no de peces, sino de pescados vivos; entendámonos: de peces que puedan vivir después de pescados.”

Pero el milagro sencillo de la vida de ese pez, El impulso creador del poeta plasmado en su poema, se produce con el agua y el barro de las manos del lector. El poder de expresión de la poesía se realiza en la comunicación de la experiencia poética. José Emilio Pacheco dice:

“Sigo pensando
que es otra cosa la poesía:
una forma de amor que sólo existe en silencio,
en un pacto secreto entre dos personas,
de dos desconocidos casi siempre.”

En cuanto a la experiencia poética como dimensión de nuestra vida, Octavio Paz preguntando acerca del carácter de la poesía, me brindó este rasgo alumbrador:

en su seno […]  el hombre adquiere al fin conciencia de ser algo más que tránsito.

Y en torno al papel del poeta, recordaba a Fernando Pessoa, quien ha tocado el misterio del desdoblamiento primordial del creador literario:

El poeta es un fingidor.

Finge tan completamente

que hasta finge que es dolor

el dolor que en verdad siente.

¿…Cómo conjugar esta paradoja entre el carácter vital de la poesía y el distanciamiento del escritor respecto del mundo fingiendo una emoción verdadera?

¿Cómo hacer del manifiesto existencial, un arte con la palabra propia?

Un día el azar, ese virgilio de la aventura que es la vida,  me trajo la voz de Antonio Machado. Él me dijo esta revelación:

“Canto y cuento es la poesía.

Se canta una viva historia,

contando su melodía.”

Encontré en estos versos del poeta español el nexo esencial de biografía y palabra que expresa el manifiesto existencial de un poeta,  lo cual me ha llevado a mi definición personal de la creación poética:

Criatura hecha de imágenes y de ritmo, rumores y silencio, la poesía es música en la altura de la conciencia.     

En segundo lugar, esta ocasión me permite externar –y ojalá también compartir –una reflexión que es casi una necesidad personal.

¿Cuál es el sentido de la poesía?

¿qué función o aporte puede cumplir el poema en la vida de una comunidad?

La pregunta no es nueva; en verdad muchos escritores se la han formulado y nos la han planteado a nosotros con anterioridad; pero en nuestro tiempo, cuando todo parece estar regido por la eficacia de la rapidez y la utilidad, su existencia cobra significado y valor de un orden casi íntimo.

El poeta portugués Nuno Judice, alguna vez entre nosotros, ha dicho con Estas u otras palabras equivalentes:

la poesía es sencillamente inútil, pero justo en cuanto tal, imprescindible para sobrevivir en ”un mundo de cosas útiles e inmediatas”. Acaso nos preserve y “custodie de alguna manera la verdad de las cosas y las almas más allá de la superficialidad del presente.”

Ante la inminencia de la poesía , enigmática pero evidente, es lícita la pregunta directa, tal como la plantea Agustí Bartra:

¿Para qué sirve la poesía?

Él responde así: “En todo tiempo, el poema ayuda al hombre cumpliendo la tarea ingénita de elevar su espíritu y ponerlo en comunión con el cosmos.

“Creo que la Poesía, cuando es el Canto del Ser, sirve para expresar el gran Sí de la vida, en el que se funden el Eros y el Logos.  (…)

Creo en la Poesía que es como esa hoja única que, al entrar en temblor, hace vibrar a todo el bosque inmóvil y dormido.”

Pero en nuestros días, en medio de este mundo violento que vivimos, la poesía cobra una función estricta de sobrevivencia.

En realidad,  quizá en nuestro tiempo , al centro de la crisis de un orden civilizatorio,  acosados por guerras culturales, de un primitivismo tribal, pero con poder apocalíptico,   un poema sea apenas un refugio; pero no para la evasión sino para la resistencia, tal vez un reducto para la sonrisa y la esperanza.

En lo personal, decía la maestra Irene Duch Gary, para mí, “escribir poesía es una forma de cuidar el alma”.

Empero, hombre de nuestro mundo, el poeta no puede cerrar los ojos ante la realidad social que es en el fondo, política. César Vallejo escribió con fuerza:

¨El artista es, inevitablemente, un sujeto político. Su neutralidad. su carencia de sensibilidad política probaría chatura espiritual, mediocridad humana, inferioridad estética.”

 Ante la realidad contemporánea del mundo, el poeta como todo ciudadano, requiere estar en el bando de una convivencia en paz, radicalmente sustentada en la conciencia y la fraternidad .

Pero La sensibilidad política del artista (enfatiza Vallejo)  se produce, de preferencia y en su máxima autenticidad, creando inquietudes y nebulosas políticas, más vastas… Debe, ante todo, suscitar una nueva sensibilidad política en el hombre, una nueva materia prima política en la naturaleza humana.”

Orientándonos por este alto ideal, quienes persistimos en la práctica de la literatura, tenemos que sostener con humildad cada fruto de nuestro quehacer y, a un tiempo, confiar en su profunda razón de existir. Especialmente hoy día, cuando -como escribió Pablo Neruda:

“Ante el estruendo de las armas y la incomprensión en el mundo, el sonido de un poema equivale al rumor que produce el soplo de un sueño, o tal vez el de un amanecer.”

Crear ahora un jardín para la palabra, que por su forma y contenido es un jardín de Eros,  y congregarnos en torno de su aroma limpio, no es un acto inocente. En esta intemperie que vivimos –erizada de ojivas y de paraguas nucleares esgrimidos para el genocidio de la inteligencia y los sueños— tiene el valor germinal de una incitación.

Con palabras de Eduardo Galeano: “Niños huérfanos en la madrugada”, a la orilla del alba o del escombro, venimos ahora a decir que aún tenemos la vida y queremos la alegría para todos.

Entre la hierba del jardín en este libro , he intentado depositar una pequeña semilla clandestina, y todos tienen en el portal de sus páginas un salvoconducto para la insurgencia de su propio sueño .

Como jardinero, vengo esta tarde para hacer la crónica del surco de su existencia, y soñar que en las manos de ustedes la arcilla del imaginario de sus páginas, de nuevo se humedezca.

De su fruto, de la calidad de sus imagenituras, transgresoras de cánones y géneros literarios, no debo ser yo quien opine. Me declaro, sí, confeso de sus motivos y su propósito. Soy, como nos ha señalado Galeano a los escritores de Latinoamérica: “culpable de escribir, culpable de volar”. 


Rubén Reyes Ramírez (Mérida, Yucatán, México 1953).

Doctor en Estudios Culturales por la Universidad de Sevilla, España, y en Ciencias Literarias por la Universidad de La Habana, Cuba. Creador literario e investigador humanístico. Autor de poemarios, ensayos y antologías poéticas. Ah obtenido premios y distinciones nacionales e internacionales en México, Venezuela y Cuba. Medalla a la cultura: Doctor Silvio Zavala por el ayuntamiento de Mérida.


Fotografía: Cortesía del autor.

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