De Waldo Leyva

Mi padre viaja. En el herido resplandor de la tarde viene. Sobre el
lomo de la jaca jobera
que no fue suya nunca, viene. Yo lo veo venir
pero se escapa, se vuelve niebla. Siento un olor intruso. Alguien pasa junto a mis doce años asustados. No es mi padre, no lleva su camisa.
A lo lejos, empapado en el agua del arroyo,
un hombre, que puede ser mi padre,
se deshace sobre el último resplandor
del sol sobre los rieles. Hay un hueco en mi pecho, un vacío que quema, no soy nadie, nadie viene.
Se astilla con un lamento de catástrofe
la incorruptible traviesa de caguairán bajo mis pies.
Cierro los ojos. Lo veo venir desde otro sitio
en horas diferentes. Tiene puesto su sombrero de paño, me sonríe, su mano izquierda me desordena el pelo, me empuja suavemente para
que recorra
el trillo de las piedras, el que conduce a la laguna,
donde sigue muriendo el buey dorado,
el antiguo toro que vi gemir cuando a maceta
y sin misericordia lo castraron.
Abro los ojos para abrazar a mi padre
pero no está. Lo busco donde la línea del tren
junta sus rieles, pero solo hay humo, o niebla,
o silencio sin ruido.


Waldo Leyva (Cuba, 1943).

Poeta, pintor, ensayista, narrador, y periodista. Ha publicado más de 30 libros de poesía, ensayo y periodismo. Sus poemas han sido traducidos a diversos idiomas.


Fotografía: Cortesía del autor.

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