Doble sensibilidad herida

De Guadalupe Elizalde


   “Canto el hoy ostentoso/ mi odio por la vulgaridad/ mi cansancio por las banalidades./ Canto los modos que amo:/ la belleza y los sabores delicados”. E. Pound

   Este trabajo debiera resumir algunos tópicos sobre la biografía del maestro Guillermo Rousset Banda,  texto que se reunirá a otros en este homenaje a su memoria. Por lo mismo, descanso pensando que no quedaré corta al intentar hacer una semblanza apropiada de “El Gato”. Describirlo como un ser curioso, individualista, concitador de amor y odios, estudioso, pro feminista, polémico, apasionado y librepensador es sólo pasar el dedo por encima del hombre. Añado más si digo que estos atributos de su carácter eran intercambiantes y dinámicos, como sucede con la materia inserta en una lámpara de plasma que sube, baja y se mezcla formando distintas figuras. Su estilo personal era menudo y ágil, como su físico: “Sic brevis bis bonus”, solía sentenciar tanto en broma como en serio. A su amigo de ajedrez, el maestro Juan José Arreola, solía decirle que tenían que escribir mucho para que aquellos que nada tenían que decir, ya no lo hicieran. 

   Sin duda, lo más interesante en Guillermo fue la personalidad. Además de poseer una capacidad de indignación e ira casi bíblicas, cultivó un temerario sentido del humor (negro) en eterna remodelación que no medía riesgos ni consecuencias. Por ejemplo, al nieto de un insigne poeta solía recordarle que no era para su bien haber sido familiar de tan agudo escritor, porque ya se sabe: “abuelo genio, hijo inteligente, nieto retrasado mental”. Para colmo, en la crítica era tan certero como un francotirador. Si le iba mal en la vida jamás se justificaba: se asumía. Intentó explicar(se) cada hecho de su vida y en eso fue bueno, además de ser un inmejorable cronista, debido a su memoria fotográfica. Fue una persona austera, aunque también era amigo del exceso, serio en sus sentencias y compromisos; capaz de amar, aunque había elegido emanciparse de tales faenas precozmente, pues quien se casa 8 veces puede estarnos diciendo que tiene la tinta de la pluma muy delgada a la hora de firmar, sólo que esta tinta no es indeleble. Guillermo solía aclarar que si se había comprometido civilmente tantas veces, era porque le encantaban los viajes de luna de miel y los pasteles de boda, ambos eventos, cargados de kitsch. Tenaz, agudo, resistente y vulnerable. Pasaba del egocentrismo al sacrificio sin agitarse. En suma, Guillermo Rousset tenía todas las cualidades, falencias y contradicciones de un personaje de la picaresca mexicana, pero con un toque muy quevediano: su atronadora cultura y capacidad de demolición del contrincante eran dignas de fabularse.

   Para quien no comparta la satisfacción de circular por los recovecos del espíritu humano, algunas de sus anécdotas y estrategias – casi siempre transmitidas por sus detractores fuera de contexto y sin incidir ideológicamente en su época- pudieran molestar a espíritus prejuiciados o muy conservadores: sus matrimonios, el hecho que haya estado en la cárcel, su participación en un cuartelazo y la vida en la clandestinidad tras un homicidio, son ejemplos de lo citado. Otras personas se asustaban con el puro cuento salido de su boca (“llevo tres muertos”) o con sus palabras excedidas; los menos pretendieron minimizar sus alcances – se decía que sólo era un editor de señoras, cosa totalmente falsa- y hasta lo retaron a debatir sobre la izquierda (Carta de un comunista arrepentido), con las consecuencias que ya imaginan quienes pulsaron su enojo; y hubo hasta quien le envidió la suerte en el momento en que el mismo Octavio Paz, contrario a su corriente de pensamiento, firmó la solicitud que se le hizo al Presidente de la República  para que se le dejara en libertad, dado que el hecho de sangre en que se vio involucrado (Farías) causó jurisprudencia, en el sentido de que un hombre no tiene la intención de matar si las balas pegan a 30 centímetros desde el piso. Eso sí, uno tenía que arremangarse las páginas y la memoria cuando de retar conceptualmente al maestro Rousset se trataba, pues para probar su dicho iba hasta el librero y sacaba los volúmenes señalando la página y la cita.

   No recuerdo a alguien que hubiera tenido deliberadamente la peregrina idea de elegirlo como contrario, pero la experiencia que fue para nosotros, escritores en formación, estar frente a una persona que si no era genial, por lo menos volaba muy por encima de la mayoría de los mortales en cuanto a inteligencia y capacidad de polemizar se refiere, fue crucial. Nadie que lo hubiera tratado a fondo podía seguir en la llamada “zona de confort” mental tras haber escuchado su exposición, como artista, como amigo o ideólogo, estuviera uno de acuerdo o no con sus ideas. Poseía ese don de los buenos maestros sembradores de inquietud en la psique del alumno, hecho maravilloso para el propio beneficiado cuando daba frutos. Quiero decir, Guillermo era una persona que obligaba a pensar y colocaba al otro fuera del ámbito cultural medio, sólo ubicando los hechos en su contexto, sin sumarle ni restarle estatura. Maestro generosísimo con su saber, distinto de otros respetables colegas que guardaban caros y recónditos secretos para cultivar un aura misteriosa ante los plebeyos que apenas íbamos en el camino. Otra particularidad fue que sabía encontrar las cualidades y la vía del pensamiento ajeno: nos respetó, como alumnos nos dejó crecer: no ahogaba con su influencia. Sus talleres literarios no produjeron roussetitos ni roussetitas, cada cual conservó su estilo y llegamos hasta donde la capacidad y la curiosidad nos dieron amplitud.

   En perspectiva, he podido rehacer la persona de Guillermo Rousset Banda mucho más humana y, con el paso de los años, reflexionarlo íntimo y cercano al entendimiento y a mi trabajo como escritora. Estoy cierta de que fue un hijo de su tiempo. Pero al contrario de muchos(as) que se conformaron con su linaje político, fama intelectual  y bienes, él fabricó sus circunstancias, incluso haciéndolas a veces más difíciles y, otras, renunciando al camino ya andado desde su querida izquierda militante: pocos conocieron ese dolor, por ejemplo. Solíamos argumentar (vs Napoleón) que las circunstancias no siempre nos definen, aunque definitivamente sí nos revelan. Parodiando a Italo Calvino diré que Roussete personificó a un moderno Perseo convencido de que los monstruos existen, que las batallas se eligen y que el universo evoluciona y se mueve a pesar de nuestros afanes y hasta en contra de ellos. Parece simple, ¿no es cierto? ¿Cuántos estaríamos, sin embargo, dispuestos a cortarle la cabeza a la Gorgona, como lo hizo él en el cuartel, en la cárcel o en el exilio?

—-0o0—–

   Los últimos años de su vida fueron especialmente difíciles para el maestro Guillermo Rousset, pero no por eso se mantuvo lejos de la enseñanza, de la creación  personal, de la formación y ayuda ajenas. La preocupación por su entorno sería otro de los atributos a subrayar en Guillermo, por lo menos la que prodigó hacia su país, sus problemas sociales, a su familia, amigos, alumnas y alumnos. Esto es cierto, aunque no era exactamente bueno para expresar su cariño.

   En una oportunidad, comenzando la década de los ochenta, me pidió que lo acompañara a una reunión que tendría con algún editor. La publicación era una revista dedicada a los problemas del campo (Pueblo), y vi cómo prácticamente marcaba “línea” al jefe de información y quizá redactor. ¿Metía la mano en el contenido? De ninguna manera, pero sí orientaba cuál era el sentido del mismo dentro del concierto nacional y qué era lo que debía destacarse. Yo era muy joven entonces, pero no me faltó inteligencia para percatarme de la restringida circulación de la revista. De esa reunión me queda un gran amigo. Otra tarde, me pidió quedarme en su departamento un rato más, pues iría a cenar un personaje con él a su casa de Patricio Sáenz. Yo me aparté a la biblioteca mientras ellos hablaban. Ordenaba unos libros y no pude evitar darme cuenta de que el personaje en cuestión era uno de los encargados de Seguridad Nacional en el país. Primero la reunión transcurrió muy seria y a medida en que fue circulando el ron, se volvió más amena. Fue entonces cuando tanto el invitado como Guillermo me acompañaron a mi auto. Le costaba trabajo retomar a ciertas amistades. ¿Temía? ¿Sospechaba de sus intenciones? No lo supe. Nunca se quejó ni aclaró nada. Eso sí, platicaba con gran tensión cómo se llevaron a su socio de la revista Política; cómo fue secuestrado y acaso torturado, justo como él en su momento (Marcué).

    En lo privado era otra cosa, pero gobernaban los mismos principios. Por ejemplo, ante un ataque físico lo vi reflexionando muy fríamente acerca de la importancia de saber por qué la no reacción –de él-  ante la violencia verbal,  puede despertar en algunas  mujeres una reacción asesina. Guillermo estuvo a punto de morir por una cuchillada y se negó a levantar acta acusatoria en contra de la amante que lo hirió, porque sospechaba que su propia actitud pasiva había detonado dicha agresión; pasividad que acaso fue interpretada como una burla o minimización del reclamo femenino. A su manera, trabajaba para desechar rencores y conservar en la evocación sólo lo mejor de cada mujer, pero la memoria plástica y fotográfica que poseía se adhirió a su mente como las cicatrices a su cuerpo: “Yo me porté mal con mi esposa (Gabriela) y ella, celosa y con razón, subió su auto a las escaleras de la casa de mi exesposa y me sacó de ahí. No, ella no se andaba con jueguitos.”

– Mi suegro, quien estaba feliz porque me metieron a la cárcel, tuvo un gran disgusto cuando me dieron el premio Villaurrutia por las traducciones de Rilke…  Pero a ésta (aquella de la cuchillada), no la entiendo; de veras que no hice ni dije nada. Es más, no hice caso a sus insultos y reclamos: la ignoré.

   Era muy difícil no reírse al escucharlo filosofar también sobre estos temas mundanos al tiempo que ostentaba dos parches de gasa, uno en el hombro y otro sobre el estómago. Guillermo era la estampa viva de don Alonso Quijano, aunque más bajo de estatura. Algo había en él de intemporal y de mítico. ¿Quién se atrevería a hacerle daño? ¿Cómo elegía a sus rivales? ¿Cómo tejía la verdad con un cáustico humor sobre la falla precisa? ¿Por qué se buscaba enemigos? ¿Los buscaba o los encontraba poniéndose los sacos que Guillermo iba tirando por el camino?

   Creo que una de sus prácticas éticas (hablar con la verdad) tenía un nudo extraño con la exactitud; soltar la verdad a la menor provocación, ya era otra cuestión en él más bien para interés de la psicología. Por ejemplo, cuando hizo enojar a Alfonso Reyes (su mejor cliente de libros raros) diciéndole que si quería él podría conseguirle sus primeras ediciones “con dedicatoria” o sin ella. Esa era su manera de decirle al maestro Reyes una verdad, es decir, lo que ocurría en la calle y sigue sucediendo con algunos autores famosos y los vendedores de viejo: la gente hace espacio en sus bibliotecas o se deshace de lo que puede significarle algún dinero. ¡No hay más! Y Guillermo era así, desgranaba las realidades como iban, aunque en muchísimas ocasiones, tras una breve reflexión no dudaba en ofrecer disculpas sinceras a su interlocutor. Es más, llegué a percibirlo lleno de dolor y dudas al repasar ciertas etapas de su vida en las que no había comprobado a ciencia cierta un hecho, por ejemplo, qué había sucedido en la desaparición de su hijo. Fue grandilocuente y pícaro para hablar del amor (exageraba); serio e iracundo ante la política, las traiciones y la rapacería; entregado y sin disfraz con sus alumnas y alumnos, estricto y exigente (“estás diciendo pendejadas, Guadalupe”); ético y transparente cuando llegó a fungir como juez en concursos literarios, y muy consciente con el manejo del dinero que uno le confiaba. Una vez se fue a España y había quedado como jurado para un concurso nacional de novela. Al llegar, los escritores que fungían de lo mismo ya habían seleccionado al ganador, pero les faltaba un altero de novelas por leer. Déjeme tratar de explicar el asunto de la verdad con Guillermo: el problema no versaba en si la novela elegida era o no la mejor, sino en que ellos como comité de evaluación habían faltado a la obligación ética y moral de leer todos los trabajos y, entonces sí, elegir de ellos el mejor. Pues el maestro se negó a firmar el veredicto en tiempo y forma y, so pena de revelar cómo se había elegido al ganador, repartió las obras entre los escritores y pusiéronse a leer todos los jurados hasta terminar los textos.

   Intocables y caros, carísimos, eran para Guillermo sus hijas e hijos, motivo de alegrías, angustias e indecibles dolores. La desaparición de Guillermito y posteriormente la muerte de su hijo, fueron mermando sus ganas de vivir. Me tocó estar presente en su departamento de Parque México el día en que le dieron la noticia del  fallecimiento  de uno de los hijos que tuvo con Olga Harmony. Pude percibir cómo iba empequeñeciéndose en su silla, arrellanado en su asiento como si no le cupiera más dolor en el ya mermado cuerpo. ¿Había sido un suicidio? ¿Cómo saberlo? ¡Cuánta soledad cabía en aquel sitio que era su habitación y biblioteca, abarrotadas frente a un enorme y verde Parque México! Un espacio lleno de tristeza y de gatos siameses a los que hubo que buscarles casa más tarde, pues llenos de coraje deshacían su sillón cuando los dejaba solos: “ esta raza es muy temperamental, Guadalupe”, no se les podía abandonar.

   Me parecía entonces increíble que aquel hombre que había comenzado a dictar sus memorias a alguna mujer que no avanzaba con ellas, se refiriera a su infancia como una etapa muy feliz y casi idílica. Había sido educado por mujeres –afirmaba- y sus primas y mamá habían hecho de él un niño muy mimado.

  • Será –pensaba yo- pero para nada lo convirtieron en un ser de espíritu enclenque. Por poco vuela un cuartel militar…

   Con su papá se llevó poco. Decía que el hombre salía mucho y la diferencia de edades tampoco hizo fácil la relación. Es cierto: costaba trabajo que intimara con hombres, en cambio las mujeres le eran casi naturales.

—–0o0—–

   “¡Cómo no voy a enojarme. Estos idiotas presentan como la gran cosa, una traducción latina rimada, de un poema que nunca fue rimado!” GRB

 Otra característica a destacar, es que su exigencia estética lo superaba y conducía a crisparse ante lo mal hecho, lo mediocre o ante lo bien hecho, pero adocenado. Lo anterior lo sublevaba, no la fealdad que nos mostró como otro modo de belleza. Si la obra en cuestión era malísima, entre carcajadas de ron aconsejaba a uno meditar si el autor(a) había dado “un salto dialéctico” de imposible comprensión. La verdad es que bordaba burlesco y ácido en contra de los escritores presuntuosos e inflados por nada: “los vacuos o vacuas sagradas”, subrayaba, luego soltaba una carcajada aderezada con toses como polen y volutas de tabaco. Una noche presencié cuando le dijo a un poeta más o menos famoso, que lo “único que lo salvaba – de todo el mal que hacía-  era su ignorancia”. Éste le guardó rencor un tiempo, pero sé que lo perdonó (Francisco Valero), porque entendió bajo que Furias báquicas enderezaba sus dichos en aquella malhadada noche.

   La obra de arte, como lo político, valía por la inclusión de lo distinto en una unidad. Una integración que debía ser armónica y  plena de sutileza, de modo que a los ojos del espectador la mezcla de lo opuesto o disímil parezca natural y nueva (esto va más allá de la tan cacareada tolerancia). Esta es una de sus tesis de literatura.  Sin embargo, me he preguntado si alguna vez en su vida Rousset Banda dejó de hacer política. Pude presenciar algunos encuentros con personas importantes y muy empapadas de la realidad del país, así que el dedo del renglón seguía en la línea, pero… Con el tiempo me quedó clara la aplicación de sus principios ideológicos en la literatura: el fondo tenía que corresponder a la forma, en arte y en vida (Buffon).

   Como crítico trataba de ser benévolo en la manera de presentar el problema –insoslayable, según él- de que si el artista en cuestión era un fiasco, su obra no tenía salvación. Entre más grande el escritor, mayores la exigencia y el venablo. Quizá por esa terrible autocrítica escribió tan poco, sin embargo, nos alentaba a hacerlo aunque después nos pasara a la guillotina. Un dato para ilustrar lo anterior ocurrió entre el maestro Guillermo y el escritor Octavio Paz. A raíz de la aparición de una de las obras magnas del segundo, ocurrió que el maestro estuvo definitivamente en contra de su tesis, de su postura y hasta de la forma que el poeta ganador del Nobel de literatura midió algunos versos. Yo estaba en la posición de poder tener acceso a varios medios escritos y dejarle la plana lista, pero Rousset Banda se negó tajante: no publicaría una sola línea en contra de Octavio Paz, por la gratitud que le guardaba desde que Paz pidió su salida del Palacio Negro de Lecumberri. Pero no se crea que todo era poesía pura: otros lo hicieron y de manera demoledora. ¿Estaba Rousset asesorando el contenido? ¿Alguien lo duda? Puede ser que el lector no me crea: no decía estas cosas por fregar al otro, sino para “despertarlo del aletargamiento moral e intelectual en que se encontraba”. Escribir, conducirse rectamente en el vida o gobernar – estar en la cúspide de la pirámide- eran acciones que suponían un instinto moral para transportar al individuo hacia un modo ético de actuar, no importando en que principios abrevara; es decir, pedía, por lo menos cierta coherencia entre el pensar y el hacer. A más inteligencia, mayor la responsabilidad. ¡Ah!, y el fondo siempre debía corresponder a la forma porque ambos eran indivisibles. Esto sumado no es otra cosa que el “estilo”.

                                                               —–o0o—–

   “Cuando lees a Shakespeare y lo entiendes, ya se fregó el asunto: perdiste la inocencia y muy poco de la literatura actual te llenará… Eso sí, ¡lee!, para que no acabes descubriendo el huevo tibio.” GRB

A principios los años 80 conocí a Guillermo Rousset Banda. Fuimos presentados por el escritor Florencio Sánchez Cámara en el taller literario que medio sostenía este último cuando la esquizofrenia le daba descanso. Ellos habían sido condiscípulos y formaron parte del llamado séptimo círculo, un grupo de estudiantes -platicaba Guillermo- dedicados a leer las obras completas de Marx, a los clásicos, a los pensadores socialistas, a Salvador Novo, Reyes, la Revolución Francesa, los Padres de la Iglesia, etc., y diversas materias y autores que iban integrando a su acervo intelectual, según fueran sus necesidades y acuerdos. Me explicó que ellos eran el primer círculo y a su alrededor había siete más que iban formando con una especie de discipulado, mismos que platicaban de otras materias no tan densas. No percibí jactancia en este relato, más bien mucho esfuerzo y terreno conquistado a través del estudio extra aulas. Había orgullo en él. Su juventud no se había malgastado ni las penurias de su madre por mantenerlo en la capital fueron en vano.  

   Cuando lo conocí le oí hablar sobre poesía. Le pedí que nos diera un taller de creación literaria, respondió que nos daría uno de teoría poética y literaria. Seguí junto a él hasta su muerte el 29 de agosto 1996. Me despedí de Guillermo en el Centro Médico Siglo XXI; él iría a casa con su hija Critstina y, su servidora, a la presentación de un libro personal que le estuvo encomendado como editor y prologuista.

   En aquellos años, los ochenta, la tecnocracia mexicana estaba en su plenitud política, vivíamos la era de las reformas escalonadas. ¿Podría un maestro venido de la izquierda dura, retirado de la política activa, ex presidiario entregado a su otra pasión, la literaria, arrebatar un reconocimiento a la capilla reinante? Debo confesar que trabajamos dos años antes de aquella convocatoria para el Premio Nacional de Poesía;  Guillermo, apilando a mi alrededor diccionarios gongorinos, estudios del Primero Sueño y del Colegio de Latinistas; yo, entregada a la integración del texto y su corrección. Un día antes de entregar el escrito al jurado le pedí que realizara una última revisión:

  • No, Guadalupe. Te doy mi bendición que -según crees- te servirá más. No sería ético: eso es lo que ellos hacen-. No obstante, ganamos ese premio en 1985 y ese hecho pareció inyectarle nuevos ánimos.

   Las bromas que solía hacer a costillas de los demás le ocasionaron serios problemas (algunas veces llegaban hasta la citación a los golpes que, obvio, no le propinarían hombres más fuertes o más altos, ni alguien frente a sus alumnos) y enemistades de personas que, a mi parecer, no debieron tomarse tan en serio los dichos del maestro Rousset, toda vez que la seguridad en el trabajo propio protege de cualquier ofensa o vituperio, o al menos así debería ser. Sin embargo, las afrentas no iban en un solo sentido. Del maestro, algún escritor dijo que no llevaba “dos muertos” en su haber, sino cuatro: Farías, un francés y los pobres poetas Pound y Rilke porque los tradujo. Lo cierto es que Guillermo se molestó al enterarse de lo que rumoreaban, pero después se reía mucho al recontar el chiste. Sabía encontrarle la gracia a las situaciones más escabrosas.

   Cuando el río suena –dicen- agua lleva. Sus traducciones no siempre satisfacían a todos ni a todas. Lo cierto es que Guillermo era resueltamente enemigo de las traducciones literales de los poemas. Si se estudiaba muy bien al personaje en cuestión y se conocía el pensamiento y filosofía del poeta y hasta algunos acontecimientos cronológicos, ubicándolo en su tiempo y contexto podía reconstruirse un poema en una llamada “versión poética” mucho más cercana a la intención creativa del autor; es decir, había que estar al tanto qué tipo de escritura y de asuntos importaban al poeta para poder rehacer su trabajo en una versión. Este tipo de producciones de Rousset también ocasionaron más de una polémica. Sin embargo, él pudo demostrar que sus versiones superaban la literalidad tanto devolviéndole la musicalidad del idioma original como tratando de acercarse a su cadencia métrico musical; esto era muy importante en el caso de existir falsas rimas (Jules Laforgue y Kahn).

   Un día en que estaba a modo le pregunté cómo había hecho para sobrevivir en prisión. Respondió que fue muy difícil, porque su temor más grande era que alguna fracción del gobierno -o de la oposición al gobierno- lo mandara asesinar dentro del penal, dado que había sido el ideólogo del asalto al Cuartel Madera, en Chihuahua. Su actuar político fue radical en la fundación de la Liga Espartaco y en la institución del Partido Mexicano del Proletariado; su ruptura con el Partido Comunista fue la de más trascendencia en la capital del país, y lo mismo hizo para romper también con el verticalismo impuesto por el partido hegemónico en México: se enfrentó al gobierno en los peores años de la lucha armada, y trabajó en la clandestinidad antes y durante el movimiento del 68; para colmo, también había dejado a algunos hombres heridos en su orgullo: fue rival de amores. Entonces, su temor a morir al ser privado de la libertad no era trivial, ni se victimizaba para conseguir alguna alianza o simpatía. Primero hizo amistad (a través de favores e intercambio de cigarros, clases y libros) con los presos más duros del penal y se hizo cuidar por ellos. Lo que llegó a desesperarlo fue no poder dormir en los primeros meses, para prevenir un ataque por sorpresa. Con el tiempo, el director de la prisión hacía que lo llevaran a su oficina para charlar. Dio clases en la cárcel e hizo sus traducciones sobre Rilke, mismas que le merecieron el Premio Nacional.

    Por cierto, un médico de Ciudad Juárez (Arturo), integrante del movimiento armado de Sierra Madera, confirmó que a “Jacob” lo habían sacado del país por la frontera de Reynosa, Tamaulipas. Volvieron a saber de él hasta que llegó a Francia.

—–o0o—–

Conocer a Pound: “¡El que aun después de muerto conserva todas sus facultades! (…) Tan pleno de saber que los de carnes firmes saben menos que él.
Antes de que lleguéis al cabo del camino,
conocimiento sombra de una sombra,
y, no obstante, navegaréis en su busca (…)”

Ezra Pound, Canto XLVII

   El conocimiento y reconocimiento del poeta Ezra Weston Loomis Pound se lo debemos a Guillermo Rousset, todos y todas quienes pertenecimos al taller que él construyó y sostuvo por al menos 16 años. De las clases se ayudaba para irla pasando, aunque haciendo cuentas no sacaba a veces ni para las copias. Para colmo, con el más mínimo pretexto no faltaba quien le escatimara la insignificante cuota mensual argumentando toda clase de justificaciones. Por ello, nombramos a una cancerbera que las cobrara por él, porque Rousset era incapaz de pedirle a una alumna que le pagara, aunque fuera  justo.

   El poeta Ezra Pound, nació el 30 de octubre de 1885 en Hailey, Idaho. Estudió literatura en la Universidad de Pennsylvania, donde  se distinguió por su excentricidad y su inclinación por la poesía. Fue amigo de William Carlos Williams y  de Hilda Doolittle, con quienes conservaría relaciones el resto de su vida. Abandonó su país en 1907 y vivió en Londres de 1908 a 1930, donde trabajó como corresponsal para las revistas estadounidenses Poetry y The Little Review. Fue de los primeros en reconocer y estudiar la poesía de Robert Frost  y de D. H. Lawrence.

   Su reputación quedó establecida al dar a conocer el libro Personae (1909). Se trasladó a París en el año 1920, donde llegó a ser líder del círculo literario de exiliados estadounidenses, entre los que se encontraban Gertrude Stein y Ernest Hemingway. Además de trabajar para la revista literaria estadounidense The Dial, tradujo literatura del italiano, del chino y del japonés, y escribió varios libros de crítica y poesía, entre ellos Hugh Selwyn Mauberly (1920).
 
   En 1924 se estableció en Rapallo (Italia), donde continuó trabajando en ‘Los cantos’, obra comenzada en 1915. En el transcurso de la II Guerra Mundial difundió propaganda fascista por la radio, es decir, hacía propaganda a favor del mandatario desde Roma a los Estados Unidos. Fue seguidor de Benito Mussolini y antisemita. Capturado en el año 1945 es declarado psicológicamente incapacitado para asistir a un juicio por traición. Por ese delito fue confinado en un sanatorio mental en Washington. Es liberado en 1958 y regresó a Italia donde falleció el 1 de noviembre de 1972 (Venecia).

   Guillermo Rousset se exilió en París  -junto a los comunistas italianos-, trató con el grupo Socialismo y Babarie  y también viajó a Italia. Debió ser en ese tiempo cuando trabó conversaciones con Ezra Pound, nada menos que para obtener los derechos de Personae y de Los Cantos, sobre todo de los Cantos Prohibidos y poder  publicar su traducción en México.

   Aquí formamos – a principio de la década de los noventa- junto con los miembros del taller, el Círculo Ezra Pound. Los primeros fondos sirvieron para la publicación de los Cantos Prohibidos, en una edición exclusiva de Bibliofilia Mexicana para dicho Círculo. La versión parafrástica y la edición crítica son de Guillermo Rousset Banda y el postfacio es de José Luis Ontiveros. Al respecto, el maestro Rousset añade: “Ezra Pound elaboró un volumen de poesía completa para ser publicado en NY con el último de Personae. Hice algunas sugerencias para omisiones e inclusiones en una colección similar a publicarse en Londres; y aparte de discutir dichas cuestiones con Pound, surgió el espectro de una introducción preparada por mí… Enfaticé hace años al hablar del verso libre, que ningún verso es libre para aquel que aspira a un buen trabajo…”. Y al hablar de la traducción de estos Cantos, refiere: “Un criterio semimetafórico como éste no debe aplicarse tan literalmente; aun cuando pueda ser aplicado al trabajo de casi todos los poetas, la obra de cada poeta en particular puede mostrar alguna desviación al respecto. Lo postulo como introducción a la obra de algunos poetas, a los cuales Pound pertenece.”

   Este Círculo fue un proyecto trunco, pues su enfermedad y muerte nos impidieron seguir adelante con los propósitos de más traducciones. La idea final era tener un buen número de libros, bien traducidos y mejor editados bajo su cuidado, con el fin de dar a conocer la buena poesía que no se estaba traduciendo en esos años y crear una pequeña biblioteca de consulta.

   Rousset Banda platicaba con gran emoción la impresión que le había causado conocer al  “Poeta enjaulado”, las vicisitudes por las que pasó al estar preso y, sobre todo, los cuidados que le prodigaba su hija, con quien estaba viviendo en el momento en que él lo visitaba en Italia. El maestro Pound, había dejado de hablar –como protesta- durante diez años, pero “conmigo no se negó al diálogo”, replicaba Guillermo muy complacido, aunque cabe aclarar que su discrepancia ideológica con el poeta era total. La admiración estaba en los versos. Incluso, él conservaba cintas grabadas con la voz de Pound leyendo uno de los Cantos, especialmente el poema de la Usura, en el cual vierte el poeta parte de su antisemitismo.

   La obra de Pound solía decir Guillermo, era la única que leía con placer infinito. Disociar los poemas de la biografía no era sólo sano, sino necesario y de gran salud. Gracias Guillermo Rousset Banda por tu entrega, tus enseñanzas y tu ejemplo de trabajo.

—–o0o—–


Guadalupe Elizalde (Ciudad de México, 12 de marzo de 1957).

Poeta, abogada y periodista. Estudió teoría del escenario y poesía con los maestros Vicente Leñero, Héctor Azar, Dolores Castro, Gerardo de la Torre y Guillermo Rousset Banda. Premio nacional de periodismo, “Presea Libre Expresión” por análisis político de fondo. Premio Nacional de Poesía por el poema Si te labra Prisión. Becaria en la Fundación Alberti, (Cádiz, España), Primer lugar en el concurso “Libro Objeto” en Melilla, España. Presentadora en EEUU de la obra completa de José Emilio Pacheco y Dolores Castro; la de Sergio Pitol (en Costa Rica), Ha tomado parte en diversos festivales de poesía en Argentina, Guatemala, Costa Rica, Honduras, El Salvador, Austria, España y en el foro de la ONU, (Nueva York, EE.UU.). Ha recibido varios reconocimientos por su labor periodística y poética en las ciudades que ha visitado, en México y ahora en el estado de Querétaro, en donde reside y ejerce el periodismo. Es directora de la Casa del Poeta Guillermo Rousset Banda.


Fotografía: Cortesía del autor.

Dejar un comentario