Llanto de la espada

Eduardo García Aguilar

Ciudad sexual

Calles al mediodía untadas de aceite se difuminan
mientras un tren lleno de amantes
fluye sobre rieles abandonados
En el parque las palomas atacan algodones de azúcar
provocando un griterío de huérfanos
Una alondra no hace verano en las estepas
pero aquí en la ciudad del desierto
las humareda de las refinerías
anuncia lengüetas de fuego y ajetreo de turbinas
Con una botella de whisky a medioterminar
una joven deja a su paso las arañas de la suerte
que la persiguen como si fueran muchachos avorazados
Su sombra de jeans y cabellos despeinados
mira hacia los bares vacíos donde viejos con resaca
cuentan monedas oxidadas
Su cuerpo ha sido poseído todos estos días:
manos, bocas y piernas de muchachos
no han fatigado sus músculos
Los perros vagabundos duermen junto a la carnicería cerrada
mientras ella silenciosa y bella y aún sin bañar
deja que el olor de la noche pasada la arrulle sobre el prado
Alguien ha mordido sus muslos y desenredado sus greñas
en un baño turco con las puertas lacradas como carta de reyes
Su cuerpo trae el sonido de las tuberías calientes
toda ella cubierta por el vapor
mientras dragones alados saciaban su cuerpo de lirio
Abandonada momentáneamente a su soledad
podrá ahora al fin palpar las toallas recién desinfectadas
mientras en la otra cara del barrio ancianos reales
se dejan lamer por su terrible enfermedad de costumbre.


Mantra del mar

Cubierta de sargazos una mujer flota sobre arenas de fuego con sus ojos cerrados y la cabellera en llamas
mientras una brisa metálica golpea acantilados
y hace vibrar marismas
Una sirena en lo alto se besa con el pastor de la gaita
y pequeños cangrejos se esconden sin dejar huellas
El silencio de los peces alados
llega de súbito para rozar la piel de la ahogada
y ahora ella está allí desnuda con su sexo abierto y florecido
mientras un adolescente la posee rápidamente
Los viejos neptunos adocenados y las gordas hetairas
reposan junto a sus hijas recién desfloradas
El mar y su oleaje de cobalto
los gigantes caracoles rosados
los futbolistas bronceados a los lejos
En la colina los oidores de mantras
fuman yerba y recuerdan en hamacas
la ya lejana urbe que destroza los nervios
Una diosa amarilla de largas piernas canela
acaricia y muerde a un poeta en crepúsculo
y luego agoniza entre un olor de sudores cruzados
La noche de mariposas y luciérnagas
el reflector que dispara haces planetarios
las olas que no duermen y una tranquilidad de vagabundos


Tiempo de cangrejos

El tiempo fue invención de cangrejos 
rara epifanía de lirones alados:
sobre los siglos campea un eterno presente 
de animales antediluvianos
como si una espesa capa de helechos 
trabara para siempre el mecanismo
Huye al fin de las horas e intérnate en la memoria
de quienes una vez te poseyeron
Todo fue sólo el animal que nos une 
el mordisco el rasguño de la infecciosa muerte:
En sus lágrimas en su oscuro deseo de sábanas heridas
se veían las uñas de un Zepelín recién derrumbado
o la telaraña de un reloj con ojos y con venas
Huye sin mirar atrás y no invoques la usura
no llores en ciudades extrañas en escaleras desvencijadas:
en un extraño planeta se apeñuscan las voces de los amantes
y los radios baratos que expelían melodías pasadas de moda…
Uno a uno los colchones fueron vendidos en depósitos
y nuestra inquietud de secretos amantes 
fue cambiada por saliva
Todas las avenidas llenas de aceite y de plomo
han visto estos días cruzar la marcha fúnebre 
de los fulminados a destiempo
En todos los cementerios 
las tumbas no dan abasto a los apresurados
Que nos vieron correr de la mano por una sucia callejuela
Aquí las mariposas cambiaron su rumbo hacia despeñaderos
y el polvo se levanta de las colinas donde jugamos
entre azaleas y crisantemos de fuego
En las estaciones de autobuses 
o en los aeropuertos a donde llegues
acaricia paredes recién pulidas por egipcios
y escucha el golpeteo de los sellos sobre vías inútiles
En estas calles algo como un olor tuyo suele inquietar
a los trabajadores de las panaderías

Poemas del libro Llanto de la espada, México. 1984-1992.


Eduardo García Aguilar (Manizales, Colombia, 7 de septiembre de 1953).

Narrador, poeta y ensayista. Realizó estudios en la Universidad de Vincennes. (Paris VIII) y luego vivió en Estados Unidos y México. En la actualidad, reside en París. Ha publicado las novelas Tierra de leones (1986), Bulevar de los héroes (1987), El viaje triunfal (1993) y Tequila Coxis (2003), así como Urbes luminosas (relatos, 1991), Llanto de la espada (poemas, 1992), Animal sin tiempo (poemas, 2006), Celebraciones y otros fantasmas: una biografía intelectual de Álvaro Mutis (1993), Delirio de San Cristóbal. Manifiesto para una generación desencantada (1998) y Voltaire, el festín de la inteligencia (2005). Algunos de su libros fueron traducidos al inglés, francés y bengalí. En 2016 publicó en Madrid Paris exprés. Crónicas parisinas del siglo XXI en la editorial Verbum de Madrid. En 2017 Uniediciones publicó en Bogotá La música del juicio final. Poesía completa (1974-2016).


Fotografía: Cortesía del autor.

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