Alejandro Paniagua

El hombre escucha los gritos de las niñas.
Uno agudo y convulso.
El otro de una vileza que estremece.
El hombre corre hasta la habitación del fondo
esquivando muñecas con pocas greñas,
trenes de plástico y salamandras de peluche sin ojos.

Descubre enseguida que su hija mayor asesinó a la pequeña.
El arma homicida:

                            un caballo de palo con la crin ennegrecida.
El lecho de muerte:
                            una cama destendida con forma de carroza.
El padre abraza a sus dos hijas.
Con el brazo derecho, a la asesina;
con el izquierdo, a la víctima.

Las abraza a las dos porque sabe lo que les espera:
A una:
            la nada.
A la otra:
              la imposibilidad de ser dichosa
              o al menos tener sosiego.
Quiere parar los gritos de una;
quiere detener, a toda costa, el silencio de la otra.
Ambos deseos resultan ya imposibles.
Limpia la sangre de su hija muerta,
parece que el rojo es un surtidor incesante.
Arregla el cabello de la niña viva
en una trenza que apenas se mantiene.
El hombre se devasta al darse cuenta
de la inutilidad de ambas acciones.

A su hija menor le dice que la extrañará;
a la grande, que todo tendrá remedio.
El padre rompe en llanto cuando comprende
que ya ninguna de sus niñas
tiene la capacidad de escucharlo.

Una huyó hacia el desbarajuste de sus pensamientos
montada en un caballito de palo demencial.
La otra es llevada hacia la inexistencia
sobre una carroza sin asientos,
                                         sin ruedas,
                                                   sin cochero.


Alejandro Paniagua Anguiano (Ciudad de México, 1977).

Narrador y poeta. Obtuvo en el 2009 el Premio Internacional de Narrativa Ignacio Manuel Altamirano, otorgado por la UAEM. En 2015 fue ganador del Concurso Latinoamericano de Cuento Edmundo Valadés. En 2020 fue Mención Honorífica del Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción.


Fotografía: cortesía del autor.

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