Jorge Ruiz Dueñas
La asimilación o simple comprensión de otra cultura, para no hablar de aculturación, requiere de la voluntad de los sujetos. El proceso no suele ser sencillo. A mayor semejanza entre las culturas en cuestión, mayor capacidad de los individuos para integrarse. La distancia entre la cultura de origen y la de acogida lo dificulta. Incluso esto puede ser muy doloroso. Hay amplios estudios sobre la sicopatología de las inmigraciones de los pueblos iberoamericanos en los últimos decenios del siglo pasado a México, comparados con las complejas migraciones de estos a Europa. Es probable que en la inmigración española auspiciada por el presidente Lázaro Cárdenas hubiese experiencias de toda índole, pero la diferencia es abismal. No es el caso de pensar en un proceso individual y social sencillo, si bien, las medidas gubernamentales del país de acogida son importantes para facilitar la rápida integración. Sin embargo, la primera impresión en el caso del exilio español, el primer referente indeleble, fue la llegada al puerto de Veracruz. En muchos casos las personas vuelven a los recuerdos de ese punto de contacto, una buena o mala experiencia, y de ello hay diversas constancias.
Lo cierto es que León Felipe desde su arribo en 1923 mostró una gran capacidad de adaptación. Describía la capital de México como un sitio donde era posible vivir sin menoscabo de la dignidad. Contó con la buena disposición del medio intelectual y académico para ubicarse. Sobre todo, Berta Gamboa fue una especie de Beatriz dispuesta a conducirlo por los vericuetos tanto neoyorkinos y de la cultura estadounidense como de su patria. Aquí visitó sitios de interés arqueológico e identificó los rasgos originarios y los de España en un país donde se le acogió sin reparos. En consecuencia, si bien, hay pocos escritos específicos del poeta relacionados con el tema, son elocuentes y es advertible en su poesía cómo, sin perder sus objetivos reivindicatorios sobre España, permeaba en él una cultura diversa sin alterarle. Más aún, su tono en ocasiones parece optimista:[1]
Vine aquí casi como el primer heraldo de este éxodo. Sin embargo, yo no soy un refugiado que llama hoy a las puertas de México para pedir hospitalidad. Me la dio hace dieciséis años, cuando llegué aquí por primera vez, solo y pobre y sin más documentos en el bolsillo que una carta que Alfonso Reyes me diera en Madrid, y con la cual se me abrieron todas las puertas de este pueblo y el corazón de los mejores hombres que entonces vivían en la ciudad. […] Después, México me dio más: amor y hogar. Una mujer y una casa. Una casa que tengo todavía y que no me han derribado las bombas. Ahora que tanto español refugiado no tiene una silla donde sentarse, tengo que decir esto con vergüenza. Pero tengo que decirlo. Y no para mostrar mi fortuna, sino mi gratitud. Y para levantar la esperanza de aquellos españoles que lo han perdido todo…
Españoles del éxodo y el llanto, México os dará algún día una casa como a mí.
Ya he advertido cómo Maria Luisa Capella se ha ocupado de examinar la influencia dialectal de México en la poesía de León Felipe. Incluso algunos estudios detectan cambios en la sintaxis, sin precisar en relación con qué, pues la mayor parte de su obra se escribió en México y la misma gramática peninsular ha sufrido los cambios propios de los tiempos y los dictados académicos del caso. De hecho, su renovado sentido de pertenencia le permitía referirse con soltura a asuntos históricos y políticos nacionales. Más allá del vocabulario incorporado al abanico lingüístico, para saber cómo la nueva tierra de adopción ha penetrado en el alma del hombre es necesario escuchar al poeta decirlo de manera expresa. En la conferencia dictada en 1955 en las Galerías Excelsior de la Ciudad de México, en honor del poeta venezolano Andrés Eloy Blanco muerto el 21 de mayo de ese año, León Felipe, el más mexicano de los poetas españoles no tuvo ambages en definirse:[2]
No quiero ser un extranjero ni un intruso en este coro. No llevo en los bolsillos una cédula que justifique mi nacimiento en tierra americana, pero que me saquen la sangre y si no tiene el sabor ancestral y actual del viento aquilino de esta meseta, que me quemen los pies como a Cuauhtémoc. […] La cosa es clara y me rebelo cuando un aduanero mexicano me pregunta quién soy, de dónde vengo y cómo me llamo… El viento, el verbo, vale tanto como la tierra por lo menos… No discutamos sobre el valor de nuestra carne indisoluble que está hecha de los dos. Mestizo soy como mexicano el de mañana… Mestizos somos todos por la fuerza del viento y por el milagro del amor… Y después de todo no hay más que mestizaje en la historia del hombre. De arcilla y del soplo está formado… y en dosis muy diversas es una mezcla extraña de la bestia y del ángel. Ardía en ganas de decir esto y no encontraba la ocasión. Éste es el momento. Porque ahora es cuando yo necesito una carta de mexicano o de mestizo para cantar en el coro con Andrés Eloy Blanco y con todos los poetas de la América española.
No está de más recordar sobre este tema su asombro en el prólogo a ¡Oh, el barro, el barro!: “¡Oh, este mexicano que sería capaz de robar el sol para dárselo a ese mendigo que se muere de frío!… Qué pueblo es éste que lo pierde todo, lo arrebata todo para darlo todo?”[3] Octavio Paz en su “Saludo a León Felipe” (1938) reunido en Las peras del olmo, ya había anticipado el significado del poeta transterrado[4] y la nueva tierra: “A través de León Felipe el mexicano se reconoce en el español y adquiere su hombría cabal, su plena y dolida humanidad. León Felipe, vástago de la luz castellana, está frente a nuestra luz mexicana. Y este nuevo encuentro de Castilla y de la Meseta mexicana en el espíritu poético de León es ya una mutua reconquista”. Por ello, León Felipe pudo haber dicho lo que María Zambrano escribiese años después: “[…] el exilio que me ha tocado vivir es esencial. Yo no concibo mi vida sin el exilio que he vivido. El exilio ha sido como mi patria, o como una dimensión de mi patria desconocida, pero que una vez se conoce, es irrenunciable.”[5]
[1] Español del éxodo y del llanto, op. cit., pp. 7-8.
[2] Obra poética escogida, op. cit., pp. 368-369.
[3] Ibid., p. 401.
[4] Miguel León-Portilla hizo una clara explicación del término en “José Gaos, un gran español transterrado”, El País, 27 de agosto de 1989, de la siguiente manera: “Discípulo distinguido de Ortega y Gasset, catedrático en la universidad de Madrid y rector de ella (1936-1938), José Gaos, que acuñó el término, fue eso, ‘un transterrado’. Quiso él introducir así una tajante distinción. ‘Desterrado’ es el que tiene que dejar su patria y pasa a lugar que le es ajeno. En cambio, ‘transterrado’ es quien, teniendo que salir de su tierra, se establece en otra que le es afín y en la que llega a sentirse ‘empatriado’, como lo dijo también Gaos. Al igual que otros muchos miles de españoles, quedó él transterrado en México a raíz de la guerra civil”. https://elpais.com/diario/1989/08/28/opinion/620258410_850215.html (consultado el 2 de junio de 2019).
[5] 156 Las palabras del regreso, Amarú, Salamanca, 1995, pp. 13-14.
Jorge Ruiz Dueñas (Guadalajara, México, 24 de abril de 1946).
Poeta con 28 títulos literarios. Parte de su obra ha sido vertida al inglés, francés, portugués, árabe y griego. Premio Nacional de Poesía Ciudad de La Paz 1980; Premio Nacional de Periodismo 1992; Premio Xavier Villaurrutia 1997. Invitado de honor del Salon International de l´Édition et du Livre de Casablanca (2004). Miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua.







Dejar un comentario