De Héctor Hernández Montecinos
Una pared de sal. Un monumento a las huellas. Olas y olas de un mar que se eleva cantando. Alguien camina en el fondo del océano. Observa los pájaros que pasan a su alrededor. El mar y los sueños. Lo que se hunde en el ojo del tiempo. Los cadáveres semánticos que caen por las uñas al escribir. Todo se chorrea de esquirlas. Cartas viajan sobre los países y nadie las ve. Nadie quiere leerlas. Los barcos son ballenas muertas que hablan por telepatía. Es un paisaje de la mente. Lo sé y no llego hasta allá. Abro libros con algas y las algas abren otros libros. No tenemos raíces porque el bosque es imaginario. Esas montañas a lo lejos están muertas y lo que vemos de ella es su oscuridad. Tampoco es un río sino una vena que acaba de estallar. Eso que brilla allá arriba es una puerta. Nadie cruza a la velocidad de esos postigos. Puentes. Tal vez. Escaleras. Tal vez. Una escena de una película que una vez nadie vio. Es mi mente y sus paisajes. Es lo que vive detrás de mis ojos. Son puntos de colores que se conectan cada milenio. No soy yo. Somos uno que florece en su jardín genético. Es él. Un flujo. Un pliegue. Una sensación. Las llamas de un faro que se quema. Los barcos que regresan para lanzarse al fuego. Los libros dice alguien. La península se hunde con los brazos abiertos. Las dudas de una historia. El fracaso de su geografía.
Héctor Hernández Montecinos (Santiago, Chile, 1979).
Su proyecto en poesía, Arquitectura de la Mentalidad, está conformado por La Divina Revelación (1999-2011), Debajo de la Lengua (2007-2009) y OIIII (2012- 2019). Sus ensayos autobiográficos sobre el quehacer poético son Buenas noches luciérnagas (2017), Los nombres propios (2018) y Contra el amanecer (en preparación). Todos publicados por RIL editores en Chile y España.
Fotografía: Cortesía del autor.







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