De Rocío García Rey


COMBATE

“Porque somos reflejo de dolor y de dicha en la pupila muerta de

 todos los ahogados”.

Ruiz de Francisco

Porque somos los náufragos vacilantes
no pudimos ver los colores del arcoíris en penumbra
no nos atrevimos a escuchar las viejas canciones
que podían curarnos las heridas.

Porque somos la especie que nació bajo la polución
nuestra piel no albergó la humedad de la lluvia
que brotó de los cuerpos vencidos.

Tras el combate en las aceras grises
no pudimos morir en paz
porque nuestros labios recordaron
cómo se pronuncia la vida.

Aurora

Consentimos otro tipo de rezos
los del despliegue de la sangre
y abrumadas por las consignas del verdadero destierro
te cobijamos en el que tu hija mayor
te ofrendó como altar durante meses.
Te digo, consentimos otro tipo de rezos
y la sangre latió en su plegaria para darnos 
todos los avisos.
Nos postramos ante el lamento tejido durante cuatro años.
Nunca olvidamos tu nombre
por eso aquella noche no hubo derrumbe intermitente
sólo un derrumbe sueño.
El sueño eclipsado que Rosario Castellanos me había enseñado.
El silencio fue el incienso para acordar cuerpo a cuerpo
que fuimos paridas por tus flores.
Ahora otras flores menos nítidas, menos amistosas con la vida.

II

Un día quise hablarte de las poetas suicidas
y tu espantada dijiste “¿Pero por qué hicieron eso?”
No supe traspasar el umbral de la explicación
sólo te miré a los ojos absortos en tu propio duelo.
Era un duelo mudo, mamá.
Y la inmovilidad de los poemas hizo que mis versos
crujieran y se hicieran polvo,
con el que desee cubrirte el día de tu invierno.

III

En la Aurora de deshizo el abrazo diseñado
indolora respiración
quebranto eterno.
No supe rezar en la hora del inminente adiós.
Pero te digo, consentimos otros rezos
y prometimos abrazar la traducción de la placenta – archivo.

Ojos sin luz

Aquella fotografía rompió vaivenes,
pero no todos quedaron sumergidos
en la vergüenza colectiva,
algunos pusieron de pretexto el ventarrón de las noches
para no ver la oscuridad del cuerpo deshojado.
Quisieron gritar: “Accidentes de la historia”
La propia Clío se declaró
Sin luz en las pupilas.
Aquella fotografía rompió vaivenes
Y al final el niño sirio
acuchillado por las olas
ahora viaja en el olvido.

PASOS

Como si al final de esta navegación nocturna….

debiera regresar a recoger mis pasos…”

 Jorge E. Adoum

I

Andan mis pasos cuesta abajo
como si quisieran llegar hasta la infancia.

II

He adherido tu piel a mi ventana
para navegar ciudad adentro
para escucharte noche adentro
para quererte cuerpo adentro.
He conversado contigo
y al mismo tiempo
he contado cada tristeza
arrojada por los trenes
es decir
que he conversado contigo
para hundirme en los cantos
nocturnos de la tierra.

III

Como si fuera hermana de la lluvia
he mojado tu cuerpo
espesas gotas renovando tu sonido.

IV

Ahora ciudad sitiada
ciudad herrumbre
mis pasos se dirigen a otro tiempo
a otro asfalto.

V

Caleidoscopio de lluvia
hoy sólo quiero encontrar
el nombre de mis juegos.

VI

La ciudad reposa
dentro de tus ojos
conversemos del otoño
conversemos del mar
mientras la noche
cubre los terrenos baldíos.

Dido

No hay más que decir, luego de rezar
los apuntalados versos del otoño.
En cada andén y en cada calle
supimos que la vida estaba descompuesta.
Y a ti, madre, sin que te lo dijeran,
entendiste que había que orientar tu sol
hacia tu porción de luna
con ese montaje de fulgor
te acompañamos a desfilar
hacia la lívida obediencia.
La obediencia mayor no la comprende el arcoíris
por eso la noche sólo se tiñe de silencio
o de quebrantos heredados por las abuelas Heroidas.
No hay más que decir,
ahora la mortaja de Dido
es nuestro único poema.

Espejos

Desconocí mi cuerpo
cando aún podíamos conjugar
el nombre de la abuela.
No me bastó abrir la ventana
para derramar lamentos.
El equipaje lo impuso la enfermedad,
el cuerpo roto,
y yo sigilosa quise esconderme del mundo.
Ampliada quedó la escenografía
para representar lo que el colibrí
nos hizo creer era ecuanimidad,
pero las gardenias se marchitaron
al proclamar tu historia.
Comí gardenias, lutos historia.
No había razón para brindar,
pero el vino entró a mi cuerpo.
Y en el espejo se reflejó el luto.
No pude hacer maletas para
partir contigo.
Sólo un poco de piel acechada
por mis propias manos.
En soledad volé a la tempestad,
mientras tu hija mayor
cada día preparaba
tu tranquila noche.
Se hizo invierno,
se volcó el otoño
y mi cuerpo aun sin equipaje,
viajó al silencio que significó
la aurora.

Hermanas

“Mi hermana no escribe poemas

y es improbable que de pronto /

se ponga a escribir poemas.”

Wislawa Szymborska

Yo tengo dos hermanas
a quienes desearía darles flores diariamente,
cuidar su alacena y pronunciar con ellas su cansancio.
Hermanas –madres que siguen pariendo a veces
relojes descompuestos.
Tal vez han olvidado el viaje de Alicia
y los movimientos del conejo.
Historias compartidas nos salvan de ocres manecillas.
Lúgubres tiempos habitamos.
Acaso por ello mi hermana menor
a veces se aferre a la angustia y sus colores.
Y la otra hermana, roble invencible,
nos recuerda que podemos hacer nuestra pequeña primavera.
Si hiciéramos una representación
de nuestra dolorosa orfandad
tal vez empezaríamos a escribir cartas a las abuelas muertas
y con Rosario repetiríamos: “Sería feliz si yo supiera como”.
A la orilla del telón, las ánimas
también se consagrarían a los lutos.
Mis hermanas y yo guardamos lutos
que después colocamos en alguna parte del cuerpo.
Ellas trazan su amor para sus hijos.
Yo sólo paridora de palabras y locura.
El guiso que hace mi hermana mayor
azora paladares.
De la otra hermana me sorprende cómo
ha aprendido a cambiar el pañal a su pequeño hijo.
En tiempos de pandemia
no podemos hacer nuestra ronda
para pronunciar gerberas
El recuerdo se anuda a la imposibilidad de dar flores.
Dulce tormenta si tengo sus palabras,
sus imágenes.
Viajamos juntas en un tren de desolación
cuatro o cinco años viajamos con la madre.
He olvidado si alguna noche nos alimentamos
del pozo de las lágrimas.
La enfermedad nos abrazó a todas.
La danza fue clausurada y aparecieron
los nubarrones, las ojeras clausurando verdes.

II

Mis hermanas tienen hijos
y aun con las grietas que aparecen
detallan el dolor o la tristeza.
Yo la segunda hermana
a veces vivo con los colores de la culpa
por tener tiempo para conversar con las poetas muertas.
Szymborska habla de su hermana
yo pluralizo para hablar de dos mujeres
que, desde la distancia, abrazo cada día.
Me siento a escribir los nombres
de los padres e instantáneamente
la tinta se mueve hacia la vida.
Aparecen nuestros nombres
y la palabra brújula para seguir
latiendo en tiempos ocres.


Rocío García Rey (México).

Es Doctora en Letras por la UNAM. Se desempeña como profesora en la FFyL-UNAM, en la Universidad Lasalle y en el Museo Universitario del Chopo. Ha publicado varios libros de cuento y poesía: La otra mujer zurda, VersoDestierro, Mapa del cielo en ruinas, Mezcalero Brothers, Deseó Revolución, Cisnegro, La Plaquet Hijas de la noche, Cisnegro y Maya Cartonera. Sus textos tanto literarios como académicos han sido publicados en revistas nacionales y de Costa Rica, Colombia, Venezuela y Cuba.


Fotografía: Cortesía de la autora.

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