De Mónica Sarmiento-Archer


Eco unidimensional

“yo sé del canto del viento…”
en los hospitales
en los tugurios
en las calles
las cárceles 
los rincones del hogar

hasta allí llegó un canto fúnebre 
desde cualquier lugar constante 
se repite un coro:
“niña de 11 años, embarazada 
tras ser víctima de violación”
“niño de 10 años sufrió abuso sexual 
por un miembro de su propio hogar”

qué importa la fecha o la ciudad 
sucedió ayer
hace un año
ahora mismo 
en mi país 
en tu casa 

a los 11 años una flor 
conoció la fuerza del huracán 
quizá en los 13 su agresor 
disfrazado de anciano fósil 
o espantapájaro 

un séquito pregona su devoción
impide el aborto legal

clama el derecho de adopción 
con ellos la ley en audiencia
pide permiso al violador

en una frontera
un albergue 
una escuela
merodea otro depredador

una niña en sombras 
da a luz un cuerpo
deja la masa que ató su vientre
ya no juega con muñecas rotas

otra rosa despertó en su dolor
envenenada al amanecer 
repite la misma canción
día tras semana 

desprovista de juicio
esparce su veneno 
meses años siglos 
del acto
pecado original de eva

vaga muta de cuerpo y de forma 
inocentes cortesanas del destino 

¿cómo vivir, oh corazón robado?

Retorno 

El niño     usa sus manos y ojos
la madre          su cerebro inagotable
el padre                       un corazón cansado
todos van hacia la misma ruta
pulmones        desechos
manos                         deformes
pies                                         agrietados
el hombre descompuesto vuelve a ser niño.

des-uso

al bolígrafo
de la acera
en broadway
lo saltan
lo pisotean

se detiene
en una esquina
lo vuelven a pisar
lo tiran a un lado 
se mueve al otro

ese objeto
que un dia
escribió este poema

también el cuerpo
que lo pensó
ahora son
artefactos
en desuso.

aedo

en esta lista de invitados
anhela que lo publiquen  
navega en su universo 
con reconocimientos
lo cobija un armario 
lleno de sus libros 
para existir cada 
domingo se lee
este usurero 
se escucha
así mismo

el poeta laureado
para continuar 
creyendo ser 
se publica
se busca
encanta
canta

Se desaparece 
se hace llamar
Rimbaud.

nieve perlada

¿en qué momento
un hombre pierde la razón?
deja de tener juicio
tiempo y conciencia

de este desierto
de blanco rugoso
el frío penetró
en sus huesos
punzante lluvia
de duendes dorados
caen en su atardecer

este paisaje
cubre un cuerpo
que ha expirado

otro sin cobijo
inválido se deforma

de regreso a nueva york
de este lado del cristal
una levedad cálida
se desprende

del otro lado
¿cuántos morirán congelados
en rincones fúnebres?

en esta vieja cafetería
este dios que abriga
derrite diamantes punzantes
lágrimas de escarchas
se deslizan al destello solar

una naturaleza
amanece furiosa
ante un sol que renace
entre el mar y el infinito

en este invierno
solo los árboles resisten
a este sonido sombrío

Para los que danzan


Mansamente en la ciudad se arrastran los fantasmas  
al rumor de voces confundidas despiertan al crepúsculo  
en aquellas calles verdes
marrones
amarillentas  

flotan los objetos que se persiguen moribundos  
de tanto regurgitar la euforia contenida  
en descompuestasfiguras humanas  
que se yerguen inconscientes 

ante el huracán intentan flotar 
sobre los despojos de sí mismos  
dejando el ímpetu del gozo 
que salió de excursión  
en un cúmulo de ansias contenidas

en Tribeca quedó el lapsus de la presteza cotidiana  
que se refleja tras cromosaturados espacios que duermen 
al primer movimiento  
la belleza comienza a huir sigilosa en la noche 

en el Soho la conciencia cruzó de esquina 
el instinto se alejó de su propia sombra 
y tomó un descanso
en las desiluminadas flores de Jeff Koons 

en Chamber Street se repiten aquellos movimientos grabados  
en esa esquina azulada
morada de imágenes impresas del arrebato de Toulouse-Lautrec 
en el Moulin Rouge The Dance
que lucen por la sangre oxidada de la noche exhausta
con tímidos grados de ausencia de memoria
el vicio observa
y confunde
el simple espacio donde se empieza a volar 
déjà vu de días y horas
de instantes en micros segundos

nunca sabré en qué orilla se confunde
la persona y el personaje

un cálido beso me despierta a la realidad 
en el Met aquellos fantasmas seguirán danzando  

una voz sigilosa me recuerda que van a cerrar el museo.

El mundo de los diablillos

Había salido a caminar por un parque perdido. A la entrada, la figura de Luigi Stornaiolo me saludó con su peculiar sonrisa: solitario, inclinado en la esquina de un banco de maderas astilladas. Respondí con un gesto. Él, devolviendo la cortesía, me invitó a recorrer uno de los jardines que acababa de crear. Lo seguí. El hombre de pocas palabras, cuya mirada guiaba el trayecto, avanzaba en silencio. Nos adentramos en uno de sus paisajes ardientes.

Al atardecer, un sol apacible descendía, modulando el ánimo. Nos encontrábamos dentro de un jardín descompuesto, hecho de borrones grises, con las manos del pintor aún impregnadas de color. A nuestro paso, intervenía las formas, ajustando lo inacabado. Al fondo emergía la silueta de una escuela. Por las tardes, las almas que la habitan abandonan el espacio, dejando tras de sí un silencio denso.

Durante el día, esas presencias lo ocupan. Se desplazan entre rutinas impuestas, rozando, a veces, otras voluntades. Crecen en una ambigüedad inquietante: gestos angelicales, impulsos erráticos. A temprana edad incorporan signos de una adultez premature, objetos, velocidad, consumo; se desplazan en motocicletas, como en carros de fuego, anunciando su presencia, ensayando una identidad que aún no les pertenece.

El instinto se impone como territorio: su única patria. El tiempo del porvenir se percibe lejano, casi inexistente. Las decisiones se deslizan hacia lo inmediato, hacia lo tangible.

El conocimiento no se presenta como refugio, sino como una promesa difusa. Permanecen en una zona intermedia: incapaces de habitar plenamente el presente, sin herramientas para proyectarse hacia el futuro.

Es verdad que entre estos ángeles caídos hay otros que portan la llama, los restos de una memoria transmitida: hábitos bajo el sudario de sus progenitores. Día a día intentan afirmarse, sostener una dirección posible entre los herederos de la nada, protegidos por el manto de sus antecesores. Se mantienen en un equilibrio inestable, expuestos a los seductores duendes, fuerzas que los atraen y los desvían.

Luigi me invitó a continuar el recorrido por lo que llamó su purgatorio. Sin embargo, pronto comprendí que habíamos cruzado hacia otra zona: un huerto trastocado, próximo al juicio final. Allí, esas pequeñas entidades habían tomado el espacio. Nos aproximamos.

Desde el fondo irrumpió un grupo de criaturas: carcajadas entrelazadas con gritos desgarrados, inconscientes, desbordadas por una energía sin contención. Al advertir nuestra presencia, se dispersaron abruptamente, como si algo en ellas reconociera el límite. Permanecía, no obstante, una pulsión común: un deseo insistente de ser vistos.

Conscientes de un único objetivo, alcanzar un millón de seguidores en Instagram, su tránsito adquiría una urgencia casi ritual.

Entonces, del alborotado bestiario, emergió la imagen.

No era un cuerpo ni un rostro, sino una superficie en tensión: un gesto fijado en su propia exhibición.

Comprendí que no huían.

Se proyectaban.

Y en ese instante, el acto quedó inscrito.


Mónica Sarmiento Castillo-Archer (Loja, Ecuador).

Actualmente reside en Nueva York. Es doctora en Bellas Artes por la Universidad Complutense de Madrid. Se desempeña como directora de Bi/Coa: Bicultural Community of the Americas y es coeditora de Puente Atlántico, revista de la ALDEEU. Su obra poética ha sido presentada internacionalmente en múltiples idiomas y en diversos festivales. Su producción artística forma parte de importantes colecciones, entre ellas Casa de América (Madrid), el The Metropolitan Museum of Art y el Museum of Modern Art. Ha recibido distinciones de la Fundación Cultural Miguel Hernández (España), de la Orden de Carlos III (España), y de la UNESCO en Valencia, España. Más información: https://www.bicoa.org/


Fotografía: Cortesía de la autora.

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